La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 137
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137: La Ultima Pieza (1) 137: La Ultima Pieza (1) “Bien, manos a la obra,” dijo Paltio con determinación.
“¡Entendido!” respondieron todos al unísono, listos para actuar.
“Vaya, dos discursos en un solo día.
Me sorprendes, Paltio.
No se te vaya a salir el cerebro,” bromeó Ron, mientras Alita asentía con una sonrisa traviesa.
El grupo decidió dividirse en dos equipos.
Paltio lideraría la búsqueda de la última pieza del Cetro de Avocios junto con Lucca, Lukeandria, Ban, Ludra y Dall.
Este último fue asignado porque, aunque no era muy hábil en combate, podía apoyar en tareas más sencillas como la exploración.
Por otro lado, Alita, Ron y Rodelos se unirían al equipo de Ariafilis para liberar a los prisioneros Reedalianos de la mina y contactar al profesor, quien podría ayudarlos a rastrear los misteriosos cristales.
Momentos antes de partir, Dall expresó su frustración: “Oigan, ¿por qué tengo que cavar con ellos?” preguntó, mirando a Ariafilis antes de que este se fuera.
Jock, siempre directo, le respondió sin rodeos: “Eso te ayudará a dejar de flojear.
Además, endurece el carácter.” Aunque la verdad era que lo habían dejado fuera del combate porque no era particularmente eficiente en situaciones peligrosas.
“Tranquilo, nieto.
Ya pronto regreso, será rápido,” dijo Rodelos, revolviéndole el cabello a Paltio con cariño.
“Ya regresamos, amigo,” dijeron Alita y Ron mientras se preparaban para partir.
“Bien, confiamos en ustedes,” les respondió Paltio con una sonrisa.
“Si encuentran rápido la última parte, avísenos,” añadió Ron antes de que ambos equipos se separaran.
Geki, siempre previsor, proporcionó herramientas como palas y picos para facilitar la búsqueda.
El cetro casi completo que llevaba Paltio comenzó a brillar con mayor intensidad en comparación con cuando estaban arriba.
Sin embargo, había un problema: el aparato brillaba en todas las direcciones hacia donde apuntaban.
“Esto va a ser complicado,” murmuró Paltio, observando el cetro con preocupación.
“Bueno, tranquilo.
Nos tienes a nosotros,” dijo Mok, tratando de animarlo.
“Bueno, Mok, será mejor que descanses.
Recuerda que no puedo curarte otra vez hasta mañana… o te saldrá una cola,” bromeó Paltio.
“Sí, descansa, Mok,” insistieron Lucca y Lume, quienes también pensaban que necesitaba recuperar fuerzas.
“Bien, será mejor que nos dividamos el trabajo,” propuso Paltio, organizando rápidamente al grupo.
“A ver, tú, Lucca, por ese lado… y, eh, ¿cómo te llamabas?” preguntó, mirando a Dall.
“Me llamo Dall,” respondió el joven algo incómodo.
“Ah, sí.
Entonces tú, Dall, irás con Lucca por esa sección,” indicó Paltio.
“Luego, Lukeandria, tú irás con Toco-Toco.
Él también ayudará, gracias a Golden,” continuó Paltio, señalando otra dirección.
“Ludra y Ban, por este lado.
Y, por último, Rykaru y yo revisaremos esta área,” concluyó, acariciando al pequeño cubierto de pelaje blanco.
“Bien, todos ya saben lo que deben hacer.
¿Alguna pregunta?” preguntó Paltio, mirando al grupo.
“¡Sí, yo!” dijo Dall, levantando la mano tímidamente.
“¿Qué pasa?” preguntó Paltio.
“Y si encontramos la pieza, ¿qué hacemos?
¿La recogemos y te la damos a ti?” preguntó Dall con curiosidad.
“¡Eh!
No, solo avísenme que la encontraron,” respondió Paltio rápidamente.
“¿Por qué?” insistió Dall, confundido.
Lukeandria intervino con sarcasmo: “Déjalo, nomás que lo recoja él.” “No, no seas mala,” replicó Paltio, mirándola con fingida indignación.
“Parece más distraído y tonto que tú,” bromeó Lukeandria entre risas.
Paltio la miró de reojo antes de explicarle a Dall: “No pueden tocarla porque, si lo hacen, un fuerte poder los repelerá.” “Ah, ok, entiendo,” respondió Dall, asintiendo con seriedad.
Dall, en su mente, repetía como un mantra: No debo tocar eso, no debo tocar eso.
Sin más demora, todos se pusieron manos a la obra, cavando en equipos para buscar la última pieza del cetro.
Por su parte, Alita creó una plataforma de tierra que elevó al grupo hacia donde estaban los ciudadanos trabajando bajo el dominio de las Sombras Negras.
Al llegar arriba, vieron la entrada.
Ron, impaciente, estaba a punto de correr hacia ella cuando Ariafilis lo detuvo con firmeza.
“Cuidado, niño,” le advirtió ella.
“¿Pero por qué?
Ahí está la salida,” protestó Ron, señalando hacia adelante.
En ese mismo instante, una cortina de fuego intenso cayó frente a él, bloqueando el camino.
Ron retrocedió asustado, pero rápidamente se dio cuenta de lo cerca que había estado de morir.
“Gracias, Ariafilis,” dijo, tragando saliva mientras veía cómo la gran cascada de fuego seguía rugiendo frente a sus ojos.
“Menos mal… casi no la cuento.” “Bueno, eso déjenmelo a mí y a Nakia,” intervino Alita con confianza.
Ambas extendieron sus manos bueno una sus manos y la otra sus alas, manipulando el fuego como si lo controlaran perfectamente.
Lo dirigieron hacia otra dirección, como si hubieran creado una cañería invisible por la que pasaba el torrente ardiente.
Para facilitar el paso, Alita colocó un pedazo de tierra sólida justo donde caía la catarata de fuego, permitiendo que todos pudieran cruzar sin tener que saltar o exponerse al peligro.
Uno a uno, los soldados atravesaron el improvisado puente.
Una vez que todos estuvieron al otro lado, Alita cruzó también, seguida por Nakia, quien voló rápidamente para alcanzarla.
“Eso estuvo cerca,” comentó Nakia, posándose sobre el hombro de Alita mientras revoloteaba ligeramente.
Todos se reagruparon y decidieron entrar en sigilo.
Observaron desde la distancia cómo los ciudadanos excavaban bajo la vigilancia de unos seres deformes con características de vizcachas.
Estos tenían cuerpos grotescos y ojos amarillentos que parecían brillar en la penumbra.
“Seguramente son los Vichus de los que hablaba ese Blaget,” murmuró Rodelos, frunciendo el ceño.
“Bien, es momento de usar nuestro sigilo, muchachos,” ordenó Ariafilis a sus soldados, haciendo un gesto con la mano para indicarles que avanzaran con cuidado.
Uno a uno, los soldados comenzaron a infiltrarse en el área, rescatando a los aldeanos que parecían estar al borde del colapso físico.
Trabajaban en completo silencio, asegurándose de no alertar a los Vichus.
Sin embargo, uno de los soldados cometió un error: tropezó con una roca suelta, provocando un ruido que resonó en el lugar.
Uno de los Vichus giró rápidamente su cabeza hacia el origen del sonido.
El enorme y deforme ser lanzó un chillido estridente, alertando a los demás.
Los ojos de los Vichus se iluminaron con rabia mientras se preparaban para atacar.
“¡Todos a sus posiciones!” gritó Jock, desenvainando su espada mientras los demás adoptaban posturas de combate.
Simultáneamente, en el Equipo de Paltio: Paltio y Rykaru continuaban escarbando en busca de la última pieza del cetro.
Rykaru estaba feliz, moviendo sus pequeñas patas cubiertas de pelaje blanco con entusiasmo.
Para él, era una gran aventura trabajar junto a su “papi.” Desafortunadamente, a pesar de sus esfuerzos y la rapidez con la que Rykaru cavaba usando solo sus garras (sin necesidad de herramientas), aún no encontraban nada.
“Vamos, pequeño, tal vez aquí esté,” animó Paltio, señalando otra zona cercana.
Rykaru respondió con un pequeño gruñido juguetón, listo para seguir buscando.
Por su parte, Lukeandria y Toco-Toco tampoco habían tenido suerte.
La muchacha comenzaba a desesperarse, aunque el felino excavaba con rapidez sobrenatural.
Sin embargo, lo único que encontraban eran rocas y más rocas.
Ban y Ludra también regresaron con las manos vacías, al igual que Lucca y el joven que lo acompañaba.
Este último se tomaba su tiempo, cavando con lentitud y evidente esfuerzo.
“Vaya, ese chico sí que es lento y débil,” comentó Lume, excavando mientras observaba a Dall desde lejos.
“Así parece,” respondió Geki, moviendo su pequeña cabeza de gecko en señal de acuerdo.
En un momento dado, Lucca decidió alejarse hacia otra zona, frustrado por la demora de Dall.
Mientras tanto, el joven seguía golpeando el suelo con el pico cuando algo llamó su atención: un destello brillante bajo la tierra.
Sin pensarlo dos veces, olvidó por completo la advertencia de Paltio sobre no tocar el objeto.
Parecía que, además de distraído, Dall también era un poco olvidadizo.
Con curiosidad, extendió la mano y tocó el objeto.
En ese instante, una poderosa descarga recorrió su cuerpo, provocándole un dolor tan intenso que lo hizo saltar hacia atrás.
Tras unos segundos de mareo, logró recuperar el equilibrio y exclamó: “¡Oigan, creo que encontré lo que estaban buscando!” Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, la tierra comenzó a temblar violentamente.
Justo debajo del objeto brillante, dos enormes ojos emergieron de la tierra, mirándolo fijamente.
Dall se quedó paralizado de terror mientras una enorme mandíbula surgió del suelo, lista para devorarlo.
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