La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 144
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144: Un Plan Arriesgado 144: Un Plan Arriesgado Paltio salió despedido por la esfera de energía lanzada por Rykaru, volando con gran velocidad a lo largo del enorme cuello de la bestia hasta llegar a la cabeza, posicionándose estratégicamente por detrás.
Mientras tanto, Alita seguía resistiendo el avance de la bestia con todas sus fuerzas, trabajando junto a Nakia para inmovilizarla.
Ron, Rodelos y Chiki luchaban con tenacidad para retener uno de los puños de la criatura, evitando que este impactara contra el suelo.
Geki, con su caparazón resistente, bloqueaba el ataque de la otra mano de la bestia, protegiendo al grupo de un posible remezón devastador.
Lume, por su parte, congelaba las alas de la criatura para evitar que estas se desplegaran y le permitieran volar.
Sin embargo, la bestia no cejaba en su intento de zafarse de todos ellos y continuar avanzando hacia su objetivo.
En otro frente, Ludra y Ban ayudaban a los soldados de Ariafilis a evacuar a los ciudadanos.
De pronto, una de las copias ilusorias de Lume pasó corriendo frente a ellos, llevando sobre su espalda a Lukeandria y Lucca.
“¿A dónde van esos dos?” preguntaron Ludra y Ban al verlos pasar rápidamente.
Lukeandria y Lucca llegaron al campo de batalla, donde Golden rápidamente les explicó la situación crítica en la que se encontraban.
“Entiendo.
Usaré mi báculo para ver si le hace daño a la bestia,” dijo Lucca, decidido.
“Quizá si usas las dos espadas que esconde tu báculo,” sugirió Geki desde dentro de su caparazón, mientras recibía los impactos del puño de la bestia.
“¿Quién te dijo eso?
Es un secreto,” respondió Lucca, sorprendido.
“¡Vamos, viejo!
Necesitamos que las uses,” interrumpió Ron con urgencia.
“Bien, las usaré,” accedió Lucca.
Con un movimiento hábil, partió su báculo por la mitad, revelando dos espadas: una más grande y otra corta.
Se acercó al monstruo y lanzó un poderoso ataque en forma de media luna.
El golpe logró hacer un corte profundo en la piel de la bestia, pero de la herida comenzó a brotar lava, sellándola casi instantáneamente.
“¡Cuidado!
Mejor no hagamos eso,” advirtió Rodelos mientras todos retrocedían rápidamente.
La herida de la bestia se regeneró como la vez que Paltio emergió de su interior.
“Creo que sí funciona, pero, como dijo Paltio, al salir lava, esta reconstruye las heridas del monstruo,” reflexionó Alita.
Rápidamente, Alita y Nakia enfriaron el área afectada para que los demás pudieran continuar conteniendo a la criatura.
“Entonces solo podemos confiar en Paltio,” dijeron todos al unísono, mirando hacia arriba con esperanza.
En la cabeza del monstruo, que casi tocaba las nubes, Paltio trepó cuidadosamente por una especie de pelos gruesos y resistentes que cubrían la parte trasera de la cabeza de la bestia.
Al llegar a lo que pensaba que podría ser el cerebro de la criatura, decidió usar el poder de Golden para lanzar un ataque similar al que había utilizado contra las bestias anteriores.
Con un fuerte golpe, logró hacer un corte en el lugar que creía correcto.
Sin embargo, igual que antes, comenzó a brotar lava que rápidamente selló la herida.
“¡Maldición!” exclamó Paltio, frustrado.
En ese momento, la bestia pareció darse cuenta de su presencia.
Sus enormes ojos giraron hacia arriba, detectándolo.
La bestia lanzó un rugido ensordecedor que resonó por todo el campo de batalla.
Su poder fue tal que destruyó las ataduras mágicas creadas por Nakia y Alita.
Con un potente aleteo, repelió a Lume, enviándola lejos mientras todos los demás salían despedidos del lugar.
La criatura comenzó a elevarse en el aire, preparándose para lanzar otro devastador ataque de su aliento de fuego hirviendo.
Desde las alturas, extendió sus enormes patas delanteras, tratando de alcanzar a Paltio para sacarlo de su cabeza.
Los aldeanos, al ver a la enorme bestia surcar el cielo, fueron invadidos por el pánico.
El caos se apoderó de las calles mientras todos corrían en diferentes direcciones.
“¡Tranquilos, ciudadanos!” gritó Ariafilis, intentando calmar el miedo colectivo.
Sin embargo, su voz apenas lograba escucharse entre el alboroto.
La gente estaba demasiado asustada para pensar con claridad.
“¡Aún no ha terminado de hablar la Señora Ariafilis!” exclamó Jock, alzando la voz para que todos lo escucharan.
“¡El príncipe de Avocadolia ha venido a ayudarnos!
¡Él vencerá a la bestia!” “¿El príncipe?
¿Qué hace el príncipe aquí?” murmuraron algunos aldeanos, sorprendidos.
Otros respondieron con escepticismo: “Hace tiempo que nadie de ese reino nos presta ayuda.” “¡Es verdad!
¡A mí me consta que vino a ayudarnos!” intervino Dall, aunque su nerviosismo era evidente.
A pesar de su timidez, decidió apoyar a Ariafilis para calmar las ansias y facilitar la evacuación.
“¡Además, tiene unos amigos poderosos que nos ayudaron a salir!” añadieron los soldados, respaldando a Dall.
Poco a poco, la calma regresó.
Los ciudadanos comenzaron a seguir las indicaciones de los soldados, cooperando para evacuar el área de manera ordenada.
“Gracias, Dall,” dijeron Jock y Ariafilis al unísono, agradeciendo su valiosa intervención.
Una compañera de Dall, con una sonrisa burlona, comentó: “Vaya, Dall… A veces sí sirves para algo.” Todos rieron ligeramente, rompiendo la tensión del momento.
Mientras tanto, Paltio luchaba por mantenerse sobre la cabeza de la criatura.
Las enormes patas de la bestia trataban de arrancarlo de su posición, pero él se aferraba con todas sus fuerzas.
“¡Deja a mi papi!” gritó Rykaru desde abajo.
Con la espada que Mok le había dado, apuntó hacia el cuello de la bestia.
Un corte profundo comenzó a abrirse, pero rápidamente fue llenado por lava que selló la herida.
“¡Es que no hay nada que hacer!” exclamó Paltio, frustrado.
Pero justo en ese momento, escuchó una voz familiar que lo llamaba desde su bolsa.
“¡Vamos, Paltio!
¡Úsame!” dijo la pieza llamada Tropalia.
Rápidamente, Paltio sacó la pieza de su bolsa y la tocó, colocándola en su frente.
En el círculo central de la pieza, una luz roja comenzó a brillar intensamente.
Imágenes, conocimientos y estrategias avanzadas pasaron por la mente de Paltio como un torrente de información, buscando cualquier detalle sobre la bestia y cómo derrotarla.
“Buena suerte,” dijo la pieza una vez que el proceso terminó.
Con el nuevo conocimiento adquirido, Paltio comprendió lo que debía hacer.
A través del enlace mental, le dijo a Rykaru: “Sigue haciendo eso, pero más rápido.” “¡Sí, papi!” respondió el niño con determinación, continuando sus ataques con renovada energía.
“¿Qué tienes en mente, Paltio?” preguntó Golden, notando la resolución en su tono.
“Bueno, espero estar en lo cierto, Golden.
Esta vez usaré el ochenta por ciento de tu poder,” respondió Paltio con firmeza.
“¿Podrás manejarlo?” preguntó Golden, preocupado.
“Sí, déjamelo a mí.
Por algo hemos entrenado,” replicó Paltio, con una chispa de esperanza en sus ojos.
“Bien, ahí te va,” dijo Golden con determinación.
De repente, una pechera y unas hombreras de un intenso color verde esmeralda comenzaron a materializarse en el cuerpo de Paltio.
Poco a poco, la armadura de Golden tomó forma, cubriendo su torso y brazos con un brillo etéreo.
Una nueva aura de poder recorrió el cuerpo de Paltio, llenándolo de energía mientras sentía cómo su fuerza aumentaba exponencialmente.
“¡Toma esto, maldita bestia!” gritó Paltio con voz potente.
Un gran rayo de energía emergió desde su pecho, canalizándose hacia sus puños, que brillaban con una luz deslumbrante.
“¡Es ahora o nunca, Rykaru!” exclamó Paltio a través del enlace mental.
Con una velocidad impresionante, Paltio lanzó una ráfaga de golpes precisos hacia el centro de la cabeza de la bestia.
Al mismo tiempo, Rykaru, con la espada en mano, realizaba cortes rápidos y certeros en el cuello de la criatura.
Ambos atacaban en perfecta sincronía, como si estuvieran conectados por un instinto compartido.
La lava que emanaba del cuerpo de la bestia intentaba sellar las heridas, pero los ataques combinados de Paltio y Rykaru eran tan rápidos y continuos que parecía imposible que la criatura pudiera regenerarse a tiempo.
Los golpes de Paltio resonaban como truenos, mientras los cortes de Rykaru brillaban con destellos plateados bajo la luz de la batalla.
“¡Es tu fin!” dijeron ambos al unísono, con una convicción que resonó en el aire.
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