La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 147
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- Capítulo 147 - 147 Unir a los Guardianes 2
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147: Unir a los Guardianes (2) 147: Unir a los Guardianes (2) Silver estaba molesto.
Había intentado una y otra vez romper la barrera que aprisionaba a Meliradal, pero su esfuerzo no había dado resultado.
“Ojalá que Krasper estuviera aquí,” murmuró frustrado, golpeando el suelo con el puño.
De pronto, una voz familiar surgió detrás de él: “¿Yo qué?
¿Para qué soy bueno?” Silver giró rápidamente, sorprendido al ver a Krasper parado allí.
“¡Krasper, mi amigo!
¿Qué haces aquí?
¿Y dónde estabas?” preguntó Silver, emocionado por la inesperada aparición.
“Bien, son varias preguntas, amigo mío,” respondió Krasper con calma mientras se acercaba.
“Pero vine por la misma razón que tú: nuestro creador me llamó telepáticamente.
Aunque su voz sonaba muy débil,” explicó con un tono pensativo.
Krasper miró a su alrededor, admirando el lugar.
“Así que este es el santuario donde se hospeda Meliradal…
Vaya, está adornado y luce bastante lujoso,” comentó, inspeccionando cada detalle.
Luego, tras unos segundos de silencio, añadió: “Por cierto, ¿dónde está ella?” “Pues fue a traer unas cosas, pero el problema es que no puede salir de aquí.
Hay una barrera invisible que le impide abandonar el lugar, solo afecta a ella,” explicó Silver, señalando hacia el espacio donde la barrera estaba presente.
“¿Tú tendrás alguna arma que pueda destruirla?” “Ya veo,” dijo Krasper, observando cuidadosamente el entorno.
Examinó cada espacio minuciosamente, buscando algún indicio que pudiera ayudarlo a resolver el problema.
Después de un momento, miró a Silver y sonrió.
“Pues claro, amigo.” De su espalda hizo aparecer un extraño artefacto: una especie de lanza, pero en lugar de ser una lanza común, tenía un espiral que recorría su longitud, como si fuera la broca de un taladro.
Sin perder tiempo, entregó el arma a Silver.
“Apunta esto al centro de la barrera con gran fuerza,” instruyó Krasper.
Silver asintió y, sujetando la lanza firmemente, la presionó contra el espacio donde suponía que estaba la barrera.
La lanza comenzó a girar rápidamente, perforando algo invisible en el aire.
Un ruido agudo resonó, como si algo se estuviera partiendo.
De pronto, una grieta apareció en el aire, seguida de más fracturas que se extendieron como si fuera un vidrio quebrándose.
Todo el espacio comenzó a desmoronarse, y fragmentos de la barrera cayeron al suelo, evaporándose al contacto.
Silver, el guerrero plateado, se quedó impresionado ante lo que estaba viendo.
“Listo, ya está,” anunció Krasper, haciendo desaparecer la lanza con un gesto elegante.
Al poco rato, Meliradal regresó con una charola cargada de té y galletas.
Se llevó una sorpresa al ver a Krasper en el lugar.
“Hola,” dijo Krasper con una sonrisa antes de jalarla del brazo hacia donde él estaba, junto con la charola que traía.
Silver reaccionó rápidamente y tomó la charola antes de que se cayera.
“¡Espera, me vas a hacer daño!
¡Hay una barrera!” gritó Meliradal, preocupada.
Pero enseguida se dio cuenta de que nada le había pasado.
Miró a su alrededor, incrédula, y comprendió que finalmente había logrado salir del lugar.
“Pero ¿cómo?
Intenté tantas veces, pero nada funcionó,” dijo Meliradal, confundida y maravillada a la vez.
“Pues claro, amiga.
Esta barrera fue específicamente diseñada para ti,” explicó Krasper con un tono tranquilo, como si fuera algo obvio.
“¿Cómo que solo para mí?” preguntó Meliradal, frunciendo el ceño con cierta irritación.
“Así es,” respondió Krasper con calma.
“Verás, para protegerte de las sombras, Avocios me pidió que creara algo que te mantuviera a salvo.
Aunque él mismo modificó la barrera posteriormente, por lo que veo,” explicó Krasper, rascándose la nuca con aire despreocupado.
“¿Cómo que tú?” replicó ella, aún molesta pero también pensativa.
“Tranquila.
Lamento lo que tuviste que pasar,” dijo Krasper con sinceridad.
“Pero fue mi culpa.
Fui víctima de una trampa y no pude salir hasta que Paltio y sus amigos me rescataron.” “¡Oh!
Ya veo,” respondió Meliradal, relajándose poco a poco.
Una leve sonrisa apareció en su rostro mientras añadía: “Al menos recibiste tu merecido.” Se rio suavemente al recordar la situación de su compañero.
“También conociste a Paltio y sus amigos,” interrumpió Silver, aprovechando el momento para cambiar de tema.
“Sí, lo último que supe fue que ya estaba en camino a Reedalia,” respondió Krasper, asintiendo.
Una vez que los tres se tranquilizaron y conversaron sobre algunos detalles más, decidieron que era momento de reunirse con los otros guardianes.
“Pero Golden está con Paltio, y este no puede salir de la semilla del muchacho,” señaló Meliradal, preocupada.
“Y Kilibur…
no sé dónde está.” “Tranquila, puedo sentir a Kilibur,” aseguró Krasper con confianza.
“Con mi habilidad, puedo transportarnos hacia él.
Recuerden que mi habilidad solo funciona con los guardianes únicamente.” “Bien, entonces, ¿qué esperamos?
Es momento de irnos,” dijo Silver con decisión.
“Esperen un momento.
Necesito despedirme de mis seguidoras.
Ya regreso,” anunció Meliradal.
En un instante, unas alas majestuosas surgieron de su espalda, y salió volando del lugar con elegancia.
“Típico de esa mujer, siempre salir corriendo del lugar,” comentó Krasper con un tono sarcástico pero cariñoso.
“Oye, Krasper,” dijo Silver, aprovechando el momento a solas.
“Tú sí recuerdas todo, ¿verdad?
No te borraron la mente como a ella, a Golden y a Kilibur.” “Pues claro, mi querido amigo perro,” respondió Krasper con una sonrisa traviesa.
“El maestro no quiso hacer eso conmigo porque necesitaba que creara armas para la guerra que se avecina.
Mi memoria tenía que estar intacta.
Pero…
¿por qué a ellos tres les borró o tergiversó las cosas del enfrentamiento?” “Buena pregunta,” reflexionó Silver, cruzando los brazos.
“No sé por qué a los tres les dejó algunas nociones de ese evento o, en algunos casos, las tergiversó.
Imagino que cuando encontremos a Avocios, nos lo explicará.” “Bien, vamos tras esa chica pájaro antes de que se demore,” dijo Krasper, tocando el hombro de Silver.
En un abrir y cerrar de ojos, ambos desaparecieron del lugar.
Mientras tanto, Meliradal había llegado a donde estaban sus seguidoras.
“Hola, mi querida Galatea,” dijo Meliradal con voz cálida.
“Mi señora, justo iba a ir a verla, pero…
¿cómo es que usted está aquí?” preguntó Galatea, sorprendida al verla.
“Bueno, es una larga historia, mi niña.
Prometo contártela con más detalle después,” respondió Meliradal con una sonrisa tranquilizadora.
Hizo una pausa y continuó: “Solo he venido a decirte que me estoy retirando de este lugar.
Hay cosas que debo hacer en otro sitio para prepararnos para la lucha final contra las sombras.” Miró a Galatea con seriedad y añadió: “Recuerda, protege a tu pueblo y usa lo que te di en caso de emergencia.
Aunque será mejor que estés convertida en la tejona si alguien viene.” “Sí, señora, así lo haré…
Pero si se va, ¿quién nos dará protección?” preguntó Galatea, con una mezcla de preocupación y admiración en su voz.
“Tranquila, tú y tu pueblo son personas fuertes.
Lo harás bien.
Dejo el reino de Fuertelia en tus manos,” respondió Meliradal con firmeza, pero también con un tono cálido que inspiraba confianza.
“Pero, señora, si se está preparando para la batalla final, cuente con nosotros.
Déjenos cabalgar a su lado,” dijo Galatea con convicción en sus palabras, mirando a Meliradal directamente a los ojos.
“No, mi niña.
Es una misión complicada la que tenemos por delante.
Pero pronto llegará el momento en que tu pueblo pueda ayudar en esta guerra.
Ya recibirás el llamado,” explicó Meliradal con serenidad, colocando una mano sobre el hombro de Galatea en un gesto tranquilizador.
“Está bien, mi señora.
Si usted lo dice, oigo y obedezco,” respondió Galatea, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
“Bien, mi niña.
Solo no te olvides de hacer lo que te dije, y cuídense.
No se metan en problemas,” expresó Meliradal, dedicándole una última sonrisa antes de alejarse.
“Es una promesa, mi sacerdotisa,” dijo Galatea, haciendo una reverencia profunda.
“No era necesario eso, mi niña, pero bueno…
Cuídate y cuídense.
Ya me tengo que ir,” respondió Meliradal con ternura.
Detrás de ella, Silver y Krasper esperaban pacientemente.
“Nos vamos,” anunció Krasper, cruzándose de brazos.
“Sí,” respondió Meliradal, acercándose a ellos tras despedirse de Galatea con un último gesto de la mano.
“Entonces, debemos buscar a Kilibur,” dijo Silver, mirando a Krasper expectante.
“Está bien,” respondió Krasper, cerrando los ojos por un momento para concentrarse.
“Déjenme buscar dónde puede estar ese zorrito.” Krasper extendió su percepción, buscando la presencia de su compañero.
Un instante después, abrió los ojos con una sonrisa triunfal.
“¡Ah, ya lo encontré!” exclamó, tocando el hombro de Silver y Meliradal al mismo tiempo.
En un abrir y cerrar de ojos, los tres desaparecieron del lugar, dejando atrás el reino de Fuertelia y dirigiéndose hacia donde Kilibur se encontraba.
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