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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 148

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148: Unir a los Guardianes (3) 148: Unir a los Guardianes (3) “Te encontré,” dijo Krasper con una sonrisa confiada.

En un abrir y cerrar de ojos, los tres desaparecieron de Fuertelia.

Kilibur estaba siendo estudiado y ayudaba a Karpi y al profesor Kuang a analizar cómo sus poderes podrían ser útiles en la lucha contra las sombras.

De repente, todos levantaron la vista al ver a tres figuras imponentes frente a ellos.

Karpi, Chip, París y el profesor se asustaron al instante, pensando que algo peligroso había irrumpido en su espacio de trabajo.

Karpi ya estaba a punto de tocar la alarma para llamar a Gikel en su rescate, pero detuvo su mano al escuchar la voz de Kilibur: “¡Amigos!, ¡qué hacen aquí!” “¿Amigos?” preguntaron los presentes, sorprendidos.

“Sí, ellos son los guardianes de Avocios.

Se los presento,” dijo Kilibur, visiblemente emocionado por la inesperada reunión.

Luego señaló a cada uno: “El que parece tener características de perro es Silver, el que parece un dragón de cómodo es Krasper, y ella…” Hizo una pausa dramática, transformándose momentáneamente en una mujer zorro mientras reía suavemente.

“Ella es Meliradal, la única mujer…

o tal vez no.” “Encantados, un gusto,” dijeron los tres guardianes al unísono, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.

“Oigan, eso significa que tú también eres un guardián, ¿verdad?” preguntó Karpi, mirando a Kilibur con curiosidad renovada.

“¡Pues claro!” respondió Kilibur con orgullo.

“Pero no te ves tan guardián como ellos.

Todos son unos seres un poco más altos que Gikel,” comentó Chip, observando el tamaño modesto de Kilibur.

“¡Soy un guardián y me encanta mi tamaño!” replicó Kilibur, cruzándose de brazos, aunque con un leve tono de fastidio en su voz.

“Y bien, ¿qué se supone que hacen aquí?

¿Han venido a ayudar en la guerra, acaso?” preguntó Kilibur, cambiando rápidamente de tema.

“No, y sí,” interrumpió Krasper, ajustándose la postura con aire reflexivo.

“Como sabes, Kilibur, no podemos inmiscuirnos en los asuntos de los seres vivos a menos que Avocios nos dé la orden,” explicó Silver con seriedad.

“Tienes razón, pero yo quiero ayudarlos,” insistió Kilibur con determinación.

“Está bien, pequeño, pero hay algo que debemos hacer primero,” intervino Meliradal con calma, su tono lleno de bondad, pero firme en su mensaje.

“Debemos encontrar a Avocios, y para eso necesitamos estar los cinco juntos.” “Bien, de eso se trata,” asintió Kilibur.

“Pero, ¿cómo vamos a hacer con Golden?

Está atrapado en la semilla de Paltio, no nos va a poder ayudar.” “Tranquilo.

En estos momentos, debe estar ya encontrando la última pieza del cetro en Reedalia,” aseguró Krasper con confianza.

“¡Oh!

Sí, eso lo sé, pero aún no hemos tenido noticias de él ni de sus amigos,” comentó Kilibur, preocupado.

En ese momento, en una de las pantallas de los robots del profesor Kuang, apareció Lukeandria.

Estaba agitada, con expresión de urgencia.

“Buenas, profesor.

Necesitamos urgente de su ayuda,” dijo Lukeandria sin preámbulos.

“Dime, ¿para qué soy bueno, señorita?” respondió el profesor, siempre dispuesto a colaborar.

“No hay tiempo.

Necesito que cree un aparato para encontrar unos cristales.

Deben ser los que cubren los cielos con las sombras.

Tiene que haber una red de ellos,” explicó Lukeandria rápidamente, su voz cargada de tensión.

“Entiendo, pero necesito más información sobre eso,” dijo el profesor, ajustándose los lentes mientras miraba a Lukeandria con curiosidad.

“No puedo decirte más ahora, estamos ocupados.

Luego hablamos,” respondió Lukeandria rápidamente antes de colgar la comunicación.

Sin embargo, justo antes de que cortara, el profesor exclamó: “Está bien, lo haré y se lo enviaré lo antes posible.” El profesor suspiró, pensativo, y murmuró para sí mismo: “Y esta niña…

¿cómo cree que voy a saber cómo lucen esos cristales para empezar la búsqueda?

No sé si emiten alguna energía o algo.” “Sí, son los cristales que vimos en nuestro reino.

Quizá yo pueda ayudar con eso,” intervino París, acercándose con un libro en sus manos.

Lo abrió en una página donde había una ilustración detallada de los cristales que ella misma había dibujado.

El profesor observó el dibujo con atención y comentó: “Nada mal, niña.

Sí que sabes dibujar, pero con un dibujo me será difícil encontrarlos.” “Entonces, esto puede ayudar,” dijo Karpi, sacando un pañuelo de uno de los cajones cercanos.

El profesor recibió el pañuelo y, al abrirlo, encontró unos pedazos de un diamante blanco que estaba oscureciéndose lentamente.

“¡Guau!

¿Qué es esto?

Es extraño,” dijo el profesor, examinándolo minuciosamente mientras se colocaba unos lentes para observarlo más de cerca.

“¿Dónde conseguiste esto, muchacha?” preguntó el profesor, mirando a Karpi con asombro.

“Bueno, fueron pedazos de ese diamante cuando B… digo, ‘X’ quiso romper esos cristales y se le incrustaron pequeños pedazos en el rostro.

Ludra y yo tardamos horas en sacárselos,” explicó Karpi, evitando mencionar detalles innecesarios.

“Fascinante,” murmuró el profesor, observando cómo los fragmentos del cristal cambiaban de color cada vez que los movía de un lado a otro.

“Entonces, profesor, ¿puede hacer algo para apoyarlos?” preguntó Chip, acercándose con interés.

“Claro, solo denme unos minutos y lo enviaré en una versión mini de mi cohete,” respondió el profesor, ya concentrado en su tarea.

“¿Cuánto se demorará, señor?

Tal vez nosotros podríamos llevarlo hacia donde están ellos,” sugirió Kilibur, señalando a Silver y Meliradal.

“Oye, Kilibur, espérate,” interrumpió Krasper.

“Debemos irnos ya.” “¿Cómo piensan ir si no pueden sentir la presencia de Golden?, ¿eh?” replicó Kilibur, cruzándose de brazos con una expresión desafiante.

“Es verdad.

En todo caso, tendríamos que caminar, y está lejos llegar a Reedalia.

Para cuando lleguemos, ellos ya habrán salido del lugar,” añadió Meliradal con calma, aunque su tono dejaba claro que no había prisa.

“Tranquilos, pronto será el momento,” dijo Silver con serenidad.

“Por ahora, solo esperaremos.” “¿Eh?

¿Cómo que esperaremos?” preguntó Krasper, sorprendido.

“Sí, dentro de muy poco podrás sentir a Golden, y podremos ir hacia allá,” explicó Silver sin dar más detalles.

“¿Cómo sabes eso?” inquirió Kilibur, frunciendo el ceño.

“Pues, solo lo sé,” respondió Silver, encogiéndose de hombros con confianza.

“Bien, profesor, ya oyó.

Debemos darnos prisa con eso,” dijo Karpi, volviendo su atención al trabajo pendiente.

El profesor y Karpi se pusieron manos a la obra, moviéndose rápidamente de un lado a otro mientras reunían materiales y ajustaban componentes.

París y Chip también decidieron ayudar, llevando herramientas y organizando los robots del profesor para acelerar el proceso.

Mientras tanto, Kilibur conversaba con Silver y Meliradal sobre lo que planeaban hacer, pero Silver no ofreció más detalles hasta que estuvieran los cinco guardianes juntos.

Luego de un buen rato, Krasper comenzó a percibir algo.

“Creo…

sentir algo,” dijo, cerrando los ojos para concentrarse mejor.

“Es la energía de Golden.

La siento.” “¿A eso te referías?” preguntó Meliradal, mirando a Silver con curiosidad renovada.

“Sí, a eso,” respondió Silver con serenidad, asintiendo ligeramente.

“Es momento de partir, Kilibur,” anunció Silver, girándose hacia su compañero.

“Bien, profesor, ¿está listo el dispositivo?

Ya es hora de que me vaya,” indicó Kilibur, acercándose al grupo con impaciencia.

“Además, los otros están inquietos.” “Dennos unos segundos,” dijo Karpi, mientras el profesor seguía ajustando componentes del aparato con rapidez.

Finalmente, levantó la vista y exclamó: “¡Ya está listo!” Entonces, entregó el dispositivo a Kilibur.

“¿Y cómo funciona?” preguntó Kilibur, examinando el artefacto con curiosidad.

“Pues verás, funciona…” comenzó a explicar el profesor, pero Krasper lo interrumpió.

“No hay tiempo,” dijo Krasper, tocando a Kilibur en el hombro.

En un abrir y cerrar de ojos, ambos desaparecieron del lugar junto con Silver y Meliradal.

“Vaya, vaya…

Es asombroso.

Un momento estaban aquí, y al otro, ya no,” comentó el profesor, ajustándose los lentes mientras miraba el espacio vacío donde antes estaban los guardianes.

“Sí, verdad,” respondió París, aún asombrada por lo que acababa de presenciar.

Paltio observaba con asombro el rostro de su amigo, que había permanecido atrapado durante tanto tiempo dentro de su propia semilla.

Finalmente, Golden estaba libre, recuperando poco a poco su vitalidad.

Era como si un velo oscuro se hubiera disipado, dejando paso a una luz cálida y familiar que Paltio no había visto en mucho tiempo.

“Por fin…

estás de vuelta,” murmuró Paltio, su voz cargada de alivio y emoción mientras daba un paso hacia él.

Golden parpadeó varias veces, como si tratara de ajustar su vista a la realidad que lo rodeaba.

Luego, con una sonrisa débil pero sincera, respondió: “Sí…

estoy de vuelta.

Y ahora podré acompañarlos.” Paltio sintió una oleada de gratitud al ver a su amigo recuperado, pero antes de que pudieran continuar hablando, unas voces profundas, conocidas y resonantes irrumpieron en el aire, deteniendo cualquier otro pensamiento: “Golden, ha llegado el momento.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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