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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 150

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150: El Pasado Cruel (1) 150: El Pasado Cruel (1) Energías comenzaron a emanar de sus cuerpos, fluyendo como ríos de luz hacia el círculo en el suelo.

Los ojos de los cinco guardianes se volvieron completamente blancos, como si hubieran perdido temporalmente la vista.

Las energías proyectadas formaron imágenes dentro del círculo, como si fuera un televisor antiguo cobrando vida.

“Mis queridos guardianes, es hora de que conozcan y comprendan todo,” resonó la voz profunda y calmada de Avocios, llenando el espacio desolado con su presencia.

“¿Qué pasó ese día?

Será mejor que se los cuente…

Y también por qué les quité algunos recuerdos,” continuó Avocios, aunque antes de que pudiera seguir, Silver y Krasper interrumpieron al unísono: “¡Dijo todos, menos a mí!” mientras permanecían conectados al ritual.

Del círculo emergieron imágenes vívidas, revelando lo que realmente había ocurrido en aquel fatídico día.

El lugar que ahora eran ruinas áridas y desoladas, antaño había sido un reino majestuoso y vibrante.

Flores de colores brillantes cubrían los campos, pequeños ríos serpenteaban entre la vegetación exuberante, y en el centro se alzaba un enorme palacio cuyas partes altas brillaban en dorado y las bajas relucían en plateado.

Era un espectáculo digno de admiración, una obra maestra creada por manos divinas.

De pronto, una voz llamó desde el interior del palacio.

“Mi señor Avocios, ¿señor?, ¿dónde está?” preguntó un caballero con armadura dorada mientras caminaba por los pasillos.

Era Golden, cuya figura imponente contrastaba con la delicadeza de los adornos que decoraban las paredes.

Cada pasillo estaba lleno de pinturas que representaban los diferentes planetas donde Avocios había estado, creando vida junto con sus hermanos.

También había retratos de cuando Avocios creó a sus guardianes, otorgándoles habilidades únicas basadas en sus personalidades y naturalezas.

Golden siguió avanzando hasta llegar a la sala del trono.

Frente a él, un gran trono flotaba sobre nubes etéreas, pero estaba vacío.

“¿Dónde se habrá metido mi señor?” murmuró Golden, mirando a su alrededor.

En una de las paredes izquierdas, notó una mampara que ocultaba un jardín secreto.

Al abrirla, se encontró con un paisaje impresionante: flores de todos los colores, árboles frondosos y un pequeño estanque cristalino.

En medio del jardín, vio a alguien de espaldas, vestido con una túnica que parecía hecha de luz, con cabello largo y ondulado como la melena de un león.

“Por fin lo encuentro, señor,” dijo Golden, acercándose con respeto.

La figura se giró lentamente, revelando un rostro humano de unos cincuenta años, con barba relativamente larga y facciones amables pero poderosas.

Llevaba una túnica que le llegaba hasta las rodillas y estaba descalzo, conectado plenamente con la naturaleza que lo rodeaba.

“Ah, eres tú, mi pequeño Golden.

¿Qué haces por aquí?

¿No te parece tranquilo este lugar?” preguntó Avocios con una sonrisa cálida.

“Mi señor, ¿por qué está en esa forma y no en la que adoptó en este mundo?” preguntó Golden, preocupado.

“Relájate,” respondió una voz proveniente detrás de Avocios.

“¿Señor?, ¿qué hace conversando con el perro rabioso de Silver?” gruñó Golden, visiblemente molesto, mientras su armadura dorada parecía brillar con más intensidad debido a su irritación.

“¿A quién llamas perro rabioso, gato callejero?” respondió Silver al instante, sus ojos centelleando con un brillo desafiante mientras se erguía imponente frente a Golden.

Ambos comenzaron a discutir, sus voces resonando por todo el jardín como truenos que no admitían ser ignorados.

“¡Por lo menos yo no me paso el día lamiéndome como si fuera un felino mimado!” replicó Silver, cruzándose de brazos con una expresión altiva.

“¡Y tú no eres más que un cachorro mal entrenado que ladra sin parar!” contraatacó Golden, señalando a Silver con un gesto despectivo.

“Tranquilos, mis niños.

Parecen como perros y gatos peleando, como esos animales que hay en la Tierra,” comentó Avocios con una risa suave.

“Parece que crearlos inspirados en esos tipos de animales hizo que fueran así…

Aunque tal vez sería bueno corregir eso,” reflexionó en voz alta, pensando en los cambios que tendría que hacer.

“Tranquilo, mi señor.

Estos dos cabezas de chorlito estarán bien; no necesitan cambiarlos,” dijo una voz femenina con un tono relajado.

“¿Y tú también estás aquí, chica pájaro?” preguntó Golden al ver a Meliradal, quien estaba acompañada por una bandada de pájaros que revoloteaban tranquilamente en el jardín.

“Pero ¡qué atrevido eres!” exclamó Nakia, la pequeña ave compañera de Meliradal, volando alrededor de su ama con indignación fingida.

“Oigan, ¿pueden relajarse?

Yo estoy tomando un rico baño en esta fuente,” dijo Kilibur desde la pequeña laguna, disfrutando del agua fresca como si nada malo pudiera ocurrir.

“¿Qué tú también, niño zorro?

¿Por qué todos están aquí menos yo?

¿En qué momento empezó esta fiesta sin mí?

Nada más falta que aparezca esa lagartija por aquí,” dijo Golden, molesto porque parecía ser el único preocupado por la situación.

“Tranquilo, gato mimado.

Estoy por aquí observando a los reptiles reptar por el lugar,” respondió Krasper, señalando a unos camaleones e iguanas que se movían perezosamente entre las ramas de los árboles.

“¡Aquí llamas así!” gritó Golden, cada vez más furioso porque todos estaban relajados mientras él intentaba advertir sobre el peligro inminente.

“Relájate, muchacho.

Te van a salir arrugas,” bromeó Avocios con una sonrisa amable.

“Ven y únete a nosotros.” “Claro, si mi señor lo dice…” respondió Golden, casi sacándose el casco para ir a relajarse, pero de repente se detuvo y recordó la razón de su preocupación.

“No puedo, señor.

Ha habido avistamientos de un enorme ejército que se acerca a este lugar.

Mi señor, debemos estar alertas y contraatacar.” “Mmm…

Me pregunto si sería mejor hacer seres con rasgos humanos, pero con formas animales,” reflexionó Avocios en voz alta, sumido en sus pensamientos.

“Aunque no, mejor no.

Podrían comerse a los habitantes de este mundo, que son frutas y vegetales.” “¡Señor, no me ignore!

Debemos preparar una ofensiva contra el enemigo,” insistió Golden, ahora más serio que nunca.

Sin embargo, los demás seguían sin prestarle atención.

“Tranquilo, si vienen, tú puedes encargarte de ellos,” dijo Silver, restándole importancia al asunto.

“Soy fuerte y rápido, pero no podré contra todos ellos a la vez,” replicó Golden, visiblemente frustrado.

“Entonces, ¿eres un debilucho?” lo provocó Meliradal con una sonrisa traviesa.

“¡Yo no soy un debilucho!

Van a ver, puedo contra todos ellos,” respondió Golden, su ira aumentando con cada palabra.

“Relájate, gatito, o te va a dar un infarto,” bromeó Krasper, incapaz de contener su sarcasmo.

En ese momento, alguien entró corriendo al lugar: era Toco-Toco, el pequeño felino.

“¡Mi señor Golden, hay problemas, miau!” anunció el gato, jadeando por el esfuerzo de haber corrido hasta allí.

“¿Qué pasa, Toco-Toco?” preguntó Golden, mirando al felino con preocupación al ver su expresión de pánico.

“¡Sí, mi señor!

Vine corriendo con todas mis fuerzas,” dijo el gato, tratando de recuperar el aliento.

“¿Sí?

Dame tu reporte,” ordenó Golden, cruzándose de brazos con seriedad.

“¡Sí, el reporte es que se acerca un gran y poderoso ejército conformado por frutas de varias naciones!” explicó Toco-Toco rápidamente.

“Lo típico.

Siempre andan por estos lares,” interrumpió Krasper, como si fuera algo rutinario.

“¡No es como piensa, mi señor Krasper!

No solo vienen frutas con armadura, sino que están comandados por animales humanoides, como si fueran algún tipo de roedores, pero enormes, miau,” continuó Toco-Toco, haciendo gestos dramáticos para enfatizar su punto.

“Además, llevan consigo banderas de sombras de diversos colores, y al frente de ellos está un enorme tejón.” “¿No vinieron la vez pasada?” intervino Meliradal, recordando batallas anteriores.

“Sí, creo que sí,” añadió Kilibur, saliendo del agua y secándose despreocupadamente.

“Sí, pero esta vez vienen armados hasta los dientes y con un armamento que nunca antes había visto, mis señores,” dijo Toco-Toco, su voz temblorosa pero decidida.

“También han traído algo enorme oculto bajo unas mantas enormes.

Desconozco qué puedan ser; no pude infiltrarme más allá,” añadió el minino, bajando la cabeza en señal de disculpa.

“Hiciste bien en contármelo,” respondió Golden, asintiendo con seriedad mientras ponía una mano sobre el hombro del pequeño felino.

“Además, el que iba al frente emanaba un hedor lleno de oscuridad y maldad pura,” continuó Toco-Toco, estremeciéndose al recordar la sensación opresiva que lo había invadido al acercarse demasiado.

“No deberíamos preocuparnos por esas trivialidades.

Con mis armas, podemos acabarlos,” intervino Krasper, cruzándose de brazos con arrogancia mientras mostraba una sonrisa confiada.

“Tranquilos, mis niños.

Si lo que dice Toco-Toco es cierto, será mejor que nos alistemos,” dijo Avocios, su tono ahora más serio y preocupado.

Su mirada se volvió distante, como si estuviera analizando algo que los demás no podían ver.

“¿Qué sucede, mi señor?” preguntó Golden, notando cómo la expresión de Avocios había cambiado repentinamente al escuchar la última parte del reporte de Toco-Toco.

“No lo sé, pero creo que es algo que sí necesita de mi supervisión,” respondió Avocios, su voz cargada de determinación.

“Vamos, muchachos.

Es momento de enfrentarlos.

No deben llegar aquí,” ordenó, transformándose en su forma de avocado humanoide dorado, radiante y majestuoso.

“Jamás entenderé por qué te gusta tanto esa forma, señor,” comentó Krasper con una sonrisa sarcástica, aunque era evidente que respetaba la decisión de su creador.

“Simple: en el planeta al que fuimos, la Tierra, los probé y me fascinaron.

Así que decidí darles vida aquí, además de hacerlos mis portadores de luz y orden,” respondió Avocios con una sonrisa tranquila, sus ojos brillando con nostalgia.

“Bien, muchachos, a sus puestos,” dijo Avocios sin vacilar, su tono firme y autoritario mientras señalaba hacia el horizonte donde pronto aparecerían las fuerzas enemigas.

Los guardianes intercambiaron miradas rápidas, cada uno asumiendo su posición con determinación.

Golden ajustó su armadura, Meliradal extendió sus alas con elegancia, Krasper desenfundó sus armas con un destello de energía, y Kilibur emergió del agua completamente seco, listo para la batalla.

Todos sabían que este enfrentamiento sería diferente, y que el destino de su mundo dependía de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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