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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 151

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151: El Pasado Cruel (2) 151: El Pasado Cruel (2) “¡Avancen con eso, ustedes sucias vizcachas malformadas!” gritó Meloc a los Vichus que estaban empujando una enorme carga cubierta por una gran manta.

Mientras tanto, Ribras observaba el lugar con atención, sus ojos analíticos recorriendo cada detalle del terreno.

“Señor, ¿cuánto más falta?” preguntó Troba, su voz cargada de impaciencia mientras miraba hacia Tejod.

Sin embargo, este ni siquiera le dedicó una mirada.

“Tranquila, Troba.

Él siempre es así, aunque más con las mujeres,” comentó Tertrol desde su caballo, ajustándose su capa con aire despreocupado.

“Qué troglodita y anticuado,” murmuró Troba, inspeccionando sus uñas con fingida indiferencia mientras era transportada en un palanquín llevado por seis soldados de su orden.

“¡Sí, mi señora!

¡Servimos para usted!” respondieron los soldados al unísono, inclinando ligeramente la cabeza en señal de obediencia absoluta.

“Según mis cálculos, muy pronto llegaremos gracias a estas redes de sistemas que creé.

Será de gran ayuda, mi querida R.U.B.Y., aunque aún está en fase de prueba,” dijo Trebolg con orgullo, acariciando un pequeño dispositivo en su mano.

“¡Ja!

Esa basura…

No creo que debas depender solo de las máquinas.

La fuerza lo es todo,” replicó Mejod con desdén, cruzándose de brazos.

“¿Qué dijiste, anciano?

¿Quieres pelear contra mis máquinas?” respondió Trebolg, visiblemente molesto mientras apretaba el dispositivo en su mano.

“Tranquilos, ustedes dos.

Para mí, lo mejor es torturar y demoler el espíritu de tu enemigo.

Así se goza mucho más,” intervino Blajon con una sonrisa siniestra, como si saboreara la idea de infligir dolor.

“Va, tan bárbaro como siempre,” murmuró Troba con desagrado, mientras los tres comenzaron a discutir entre sí.

Tertrol, montado en su caballo, se llevó una mano a la frente, masajeándola como si intentara calmar un inminente dolor de cabeza.

“Vaya, qué par de tontos,” murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza con resignación.

De repente, todos se quedaron en silencio al escuchar la voz grave y tenebrosa de Tejod.

Con un golpe de su báculo al suelo, provocó que todo temblara bajo sus pies.

“¡Cállense y enfóquense en la misión!

Si bien les di poderes, también puedo quitárselos.

¿Entendieron?” ordenó Tejod, su mirada fulminante recorriendo a cada uno de ellos.

Los cuatro se quedaron mudos y asintieron rápidamente con un movimiento de cabeza.

“Sí,” respondieron al unísono, sin atreverse a desafiarlo.

“Ya sabía que Tejod iba a entrar en cualquier momento a callarlos,” murmuró Tertrol en voz baja, apenas audible para sí mismo.

Luego, Tejod dirigió su mirada hacia Tertrol y le preguntó: “¿Ya está listo el aparato que me dijiste que nos ayudará a vencer?” “Sí, señor.

Voy a hablar con los científicos para estar preparados,” respondió Tertrol con voz tranquila, aunque por dentro ardía de furia.

“Algún día me vengaré, ya verás,” se prometió a sí mismo, ocultando su resentimiento tras una máscara de obediencia.

Tertrol retrocedió hacia donde estaba Meloc y su grupo.

“¿Cómo va el aparato, Meloc?

¿Ya está listo?” preguntó, su tono profesional pero firme.

“Meloc dice que ya están haciendo los últimos ajustes y que estará listo ni bien encontremos el objetivo,” respondió uno de los subordinados de Meloc, señalando la enorme carga cubierta por la manta.

“Genial.

Espero que todo salga bien, después de todo estoy confiando en ti, mi rata jefa de ciencias,” indicó Tertrol, su tono deliberadamente sarcástico mientras miraba a Meloc.

“Sí, mi señor.

Confié en mí.

Todo saldrá bien,” respondió Meloc con una reverencia exagerada, intentando ocultar su incomodidad.

Tertrol regresó donde Tejod para informarle: “Mi señor, ya estamos listos.” “Bien, mi segundo al mando.

Ya estamos por llegar donde esos tontos.

Lo presiento.

Además, el maestro me lo ha indicado,” dijo Tejod con una sonrisa malévola, su báculo brillando con una energía oscura mientras avanzaban hacia su destino.

“¿Y podremos ver al maestro pronto?” preguntó Tertrol, su voz cargada de expectativa mientras miraba a Tejod con atención.

“Sí, él hará acto de presencia para ayudarnos contra el creador de este mundo,” respondió Tejod, sus ojos brillando con una mirada perversa mientras acariciaba el medallón colgando de su cuello.

De repente, una voz resonó desde el frente: “¡¡¡Alto!!!

No avancen más.” El grupo se detuvo abruptamente.

Frente a ellos, un pequeño gato naranja se plantó con valentía, bloqueando el camino.

“Este es un territorio prohibido.

Nadie puede pasar sin la autorización de Avocios en persona,” declaró el felino con firmeza, aunque su tamaño contrastaba enormemente con la imponente figura de Tejod y su ejército.

“¿Y tú quién eres, pequeña sabandija naranja?

Quítate del camino, o te irá peor.

Solo vengo por el cobarde de tu jefe, el gran Avocios,” desafió Tejod, desmontando lentamente de su caballo con un aire amenazante.

“Así pues, no dejaré que avances, feo y sucio enorme roedor,” replicó el felino sin amedrentarse, mostrando sus pequeños pero afilados dientes.

“¿A quién llamas así, sucio gato parlante?” gritó Tejod, furioso.

Sus ojos se tiñeron de un rojo intenso mientras sacaba su medallón, que comenzó a brillar con una energía oscura.

Con un gesto rápido, convirtió al pequeño felino en jade rojo antes de destrozarlo en mil pedazos con su báculo.

“¿Alguien más quiere impedirme el paso?” preguntó Tejod, riendo con malicia y elevando la voz para que todos lo escucharan.

Sus tropas permanecían calladas, asustadas por lo que acababan de presenciar.

Recordaron cómo Tejod había arrasado con sus respectivos pueblos, y solo lo seguían porque era el emisario de Urugas en la Tierra.

Tejod reía con crueldad cuando, de pronto, de las montañas cercanas empezaron a surgir figuras.

Era un ejército compuesto por gatos, linces y tigres, todos listos para enfrentarlos.

“Vaya, creo que no escucharon el grito de Tejod y no se amilanaron esos individuos,” comentó Blajon con sarcasmo, cruzándose de brazos mientras observaba al enemigo acercarse.

“Tontos, no son nada contra el amo,” dijo uno de los soldados de las sombras rojas, quien aparentemente era el segundo al mando de Tejod.

“Rufalus, encárgate de esos ineptos.

No quiero usar mi medallón ahora; quiero ver que los aniquilen,” ordenó Tejod con frialdad, señalando al ejército felino.

“Sí, señor,” respondió Rufalus, un soldado completamente cubierto por una armadura que ni siquiera dejaba ver su rostro.

Aunque tragó saliva nerviosamente, añadió: “¡A la carga, soldados!” En ese momento, un gran contingente de soldados de las sombras rojas inició su avance hacia el enemigo a toda marcha.

Con espadas, lanzas y otras armas en mano, ambos ejércitos chocaron violentamente.

Los felinos luchaban con agilidad y ferocidad, defendiéndose y repeliendo a los atacantes.

Gatos saltaban ágilmente sobre sus enemigos, linces rugían mientras derribaban a los soldados de las sombras, y tigres utilizaban su fuerza bruta para abrirse paso.

A pesar de que el ejército de Rufalus superaba en número al de los felinos, estos últimos demostraban ser adversarios formidables.

Sin embargo, el ejército de las sombras rojas no cedía fácilmente.

Aunque los felinos estaban causando estragos, la superioridad numérica y la disciplina militar de las sombras hacían que la batalla fuera intensa y equilibrada.

Rufalus, observando cómo los felinos comenzaban a ganar terreno, tomó una decisión drástica.

“¡Llamen al grupo de arqueros y ballesteros!” ordenó con frialdad.

En cuestión de segundos, una lluvia de flechas cayó indiscriminadamente sobre el campo de batalla.

Las saetas no solo acabaron con la mayoría del ejército felino, sino que también alcanzaron a varios soldados de su propio bando.

El caos se desató por completo.

Los gatos luchaban con valentía, pero no podían enfrentarse en dos frentes: cuerpo a cuerpo contra los soldados de las sombras rojas y esquivando las flechas que caían desde el cielo.

Poco a poco, el ejército felino comenzó a replegarse, sus filas diezmadas por la estrategia despiadada de Rufalus.

“Esto me gusta,” murmuró Rufalus con una sonrisa malévola, observando el campo de batalla lleno de cuerpos.

“He acabado con ese ejército, aunque a un alto precio sacrificando algunos de nuestros propios soldados.” Se encogió de hombros con indiferencia.

“Bueno, no importa.

Hay más de donde vinieron estos.” Mientras tanto, uno de los gatos supervivientes corría desesperadamente hacia las montañas cercanas.

Llegó jadeando, con heridas visibles en su pelaje, y se dirigió al líder del ejército felino.

“¡Señor!

¡Tienen armas de largo alcance!” informó el soldado, tratando de recuperar el aliento.

El líder era un gato negro alto y fornido, cuya presencia imponente inspiraba respeto incluso en medio de la derrota.

Observó al soldado herido con seriedad antes de hablar.

“Ya veo…” dijo lentamente, su voz profunda y cargada de determinación.

“Entonces es hora de cambiar de estrategia.

No voy a perder más hermanos hoy, miau.” El líder felino miró hacia el horizonte, donde el enemigo celebraba su victoria momentánea.

Sus ojos brillaron con una mezcla de furia contenida y astucia.

Con un gesto firme, llamó a sus hombres para planificar su próximo movimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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