La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 152
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152: El Pasado Cruel (3) 152: El Pasado Cruel (3) Es hora de empezar a avanzar, dijo Ged, el gato negro con una voz cargada de determinación.
Bien, conmigo, usen sus escudos y… ¡a la carga!
ordenó alzando la cabeza hacia el cielo.
Todos los gatos lo siguieron hacia el ejército de Rufalus, moviéndose como una oleada oscura bajo la luz del atardecer.
Vaya, creo que vienen por más, murmuró Troba, observando el campo de batalla donde varios cuerpos de gatos se esparcían tras el primer asalto.
El paisaje era desolador, pero no había tiempo para lamentaciones.
Rufalus cruzó una mirada con Tejod, quien cerró los ojos por un instante, como si estuviera sopesando algo.
Rufalus, ya sabes qué hacer, dijo finalmente.
Sí, mi señor, respondió Rufalus con una inclinación respetuosa.
Pero en las filas enemigas, la tensión apenas podía disimularse.
¿Qué aburrido!
No vamos a pelear todavía, se quejó Blajon, tomando distraídamente agua.
Mi señor Blajon, intervino Blaget con una sonrisa torcida, yo también quería entrar en la batalla, pero creo que va a terminar más rápido de lo previsto.
Siempre tan impertinente, gruñó Ribras, interrumpiendo con su habitual tono frío.
Tú solo quieres oprimir y ver sangre, típico de ti.
Mientras tanto, yo prefiero analizar las cosas para proporcionar mejores datos y fortalecer al ejército.
Blaget soltó una risa burlona.
Ah, siempre tan predecible, Ribras.
Tanto como ese inútil de Bleko, que dejaron cuidando la ciudad.
No hay punto de comparación, zopenco, le espetó Ribras, fulminándolo con una mirada cargada de desprecio.
Te voy a.…, comenzó Blaget, pero Blajon levantó una zarpa con calma, interrumpiendo la disputa.
Tranquilos, ya habrá cosas que partir muy pronto, gruñó con malicia mientras se relamía los labios, anticipando el caos venidero.
El ejército felino regresó con más fuerza esta vez, utilizando escudos para protegerse de las flechas y organizándose en equipos estratégicos.
Conmigo, mis queridos amigos felinos, rugió Ged, liderando el avance con una energía imparable.
Los gatos se lanzaron hacia adelante, chocando nuevamente contra el ejército enemigo.
Ambos bandos luchaban con ferocidad, repeliéndose mutuamente.
Rufalus, sin embargo, no dudó en emplear la misma estrategia que antes: lanzar una lluvia de flechas sobre sus oponentes.
¡Es hora!, gritó Ged, dando la orden de utilizar los escudos como una gran parábola que bloqueara las flechas.
Mientras el resto mantenía la formación, él emergió desde el centro, con sus garras afiladas brillando bajo el sol, acompañado por cinco guerreros tan fuertes como él.
A destruir los arcos y las ballestas, ordenó antes de lanzarse al ataque.
Una y otra vez, ellos irrumpieron en las líneas enemigas, destruyendo armas y regresando rápidamente a la seguridad de sus refugios improvisados.
¡Malditos gatos!, rugió Rufalus, furioso al ver cómo su estrategia fracasaba.
¡Que salga la caballería!
Un grupo de soldados montados emergió entonces, golpeando los escudos con sus espadas para crear un estruendo ensordecedor.
En un primer momento, funcionó: algunos gatos soltaron los escudos, desorientados por el ruido.
Pero pronto se reagruparon, reforzando sus defensas aún más.
Frustrado, Rufalus cambió de táctica.
Las flechas normales fueron reemplazadas por flechas envueltas en fuego, y un contingente de sujetos portando bombas comenzó a lanzar explosivos que hicieron volar los escudos por los aires.
La estrategia de Ged, basada en correr rápido, destruir arqueros y volver a los refugios, ya no iba a servir.
Hasta que, desde el cielo, aparecieron un torrente de aves lanzando sus plumas como dardos mortales.
Pero estas no eran plumas ordinarias sino mágicas; cada una se transformaba en armas devastadoras: algunas ardían con fuego, otras brillaban con hielo, otras se endurecían como rocas o cortaban como cuchillas.
¡Llegamos!, anunció una enorme garza al descender majestuosamente al lado del ejército de Ged.
Flyco, ¡qué bueno que estás aquí!, exclamó Ged, visiblemente aliviado.
Un ataque aéreo mágico…, murmuró Rufalus, furioso al ver cómo sus tropas comenzaban a sucumbir ante el asalto inesperado.
Hola, Ged.
Bueno, no soy el único esta vez.
Debemos acabar con ellos, declaró Flyco, la general ave, con una voz que resonaba como el viento entre las montañas.
De pronto, desde todos los flancos, empezaron a surgir más animales armados pertenecientes al ejército de Avocios.
Zorros ágiles, perros leales, lobos feroces, serpientes sigilosas, iguanas veloces, nutrias astutas, hurones traviesos, dragones de cómodo, lagartos escamosos, tortugas resistentes y otros aliados emergieron en el campo de batalla.
Nos están acorralando, señor, dijo uno de los soldados a Tejod, quien permaneció impasible.
Será mejor que cuides tu tono ante el señor Tejod, respondió otro guardia con severidad.
En ese instante, el soldado que había hablado fuera de lugar fue convertido en jade rojo frente a los ojos horrorizados de sus compañeros.
Los demás retrocedieron, temblando, y se pusieron en posición de combate.
Vaya, llegó la acción, ronroneó Blajon, relamiéndose los dientes con anticipación.
Pues es hora de pelear, añadió Blaget, desenvainando sus garras con un brillo peligroso.
Todas las divisiones de las sombras se prepararon para recibir a sus enemigos.
Mejod, al ver que se acercaban unos enormes cocodrilos, soltó un bufido despectivo.
Con un simple golpe de su bastón, los convirtió en polvo.
Bah, inútiles.
Los convertiré en accesorios.
¡Uy!
¿Me los puedes hacer para mí?, pidió Troba con una sonrisa traviesa.
¡No!
Además, tus encantos no funcionan en mí, replicó Mejod, mientras seguía enfrentándose a otros adversarios.
Aguafiestas, murmuró Troba, antes de usar su poder para controlar a unos lobos cercanos, obligándolos a luchar contra sus propios aliados.
¡Vayan a pelear, tontos!
Yo no voy a hacer todo.
Defiendan a su dueña, le ordenó a su facción de sombras amarillas, que obedecieron de inmediato.
Vaya, no me gusta pelear mucho, pero con R.U.B.Y lo hago mejor, dijo Trebolg desde su esfera flotante, lanzando lanzas afiladas y explosivos hacia los enemigos.
Yo me encargo, señor, afirmó Yaco, junto a otros soldados que sacaron unas armas extrañas que emitían haces de luz láser, impactando con precisión mortal sobre sus objetivos.
¡Toma esto y esto!, rugió Mejod, golpeando a diestra y siniestra con movimientos rápidos y certeros.
Déjanos un poco para nosotros, mi señor, intervino Tredus, liderando a un grupo de soldados entre ellos Zor, que se lanzaron al combate con ferocidad renovada.
¡Bah!
Escoria, gruñó Tertrol, esquivando a sus enemigos con elegancia mientras blandía su espada con destreza letal.
Quizá un poco de magia les refrescará, añadió, llamando a Opal.
Opal emergió de entre las sombras y lanzó hechizos eléctricos que repelieron a los enemigos, dejando el aire cargado de chispas azules y olor a ozono.
El campo de batalla se convirtió en un espectáculo caótico y deslumbrante.
Ambas partes luchaban con ferocidad, sin ceder ni un ápice de terreno.
¡Protejan la cosa!, ordenó Tertrol a sus soldados, refiriéndose al cargamento donde se encontraban Meloc y Ribras, quienes parecían ser piezas cruciales en el conflicto.
Son muy hábiles… y son demasiados, dijo Blue, un zorro blanco de pelaje impecable, dirigiéndose a Roged, una tortuga caimana con una coraza que brillaba bajo el sol.
Ambos eran generales del ejército de Avocios.
No se desesperen, aún podemos contra ellos, respondió el general Ute, un siberiano robusto cuya voz resonaba con autoridad.
El ejército de animales de Avocios era repelido por el equipo de roedores de Tejod, quienes combatían con una eficiencia casi mecánica.
Curiosamente, Tejod permanecía al margen, observando todo desde su posición estratégica, como si estuviera esperando algo.
Hubo grandes explosiones que iluminaron el campo de batalla, seguidas de destellos de magia y el zumbido de armas extrañas.
El aire estaba cargado de energía, olor a pólvora y cenizas.
Cada movimiento, cada ataque, parecía coreografiado en medio del caos.
Toco-Toco, debes ir donde el señor Golden.
Todo aquí está siendo un caos; no puedo contenerlos por mucho tiempo, dijo Ged, su voz grave pero firme.
¿Pero papá?, protestó Toco-Toco, mirando a su padre con ojos llenos de preocupación.
Ged simplemente le entregó una carta sellada y lo empujó suavemente hacia atrás.
Vuelve al palacio y entrégasela al señor Golden.
Es importante.
Toco-Toco obedeció a regañadientes, corriendo tan rápido como sus patas le permitían.
Al llegar al palacio, encontró al señor Golden, un felino dorado de mirada penetrante, sentado en su trono.
Señor Golden, hay problemas en el campo de batalla.
El enemigo está repeliendo a nuestras fuerzas.
Al parecer, son demasiado fuertes y traen armas raras, informó el joven gato, jadeando por el esfuerzo.
Golden desplegó la carta que Ged había enviado y la leyó en silencio.
Luego, con un brillo resuelto en sus ojos, se puso de pie.
Tranquilo, amigo.
Es hora de que yo vaya al campo de batalla, declaró, preparándose para el combate.
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