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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 154

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154: El Sexto Guardian (1) 154: El Sexto Guardian (1) “Qué bueno que atendiste mi llamado, mi sexto guardián.” Dijo Avocios “Siempre estoy aquí para servirte, dejando todo de lado y acudiendo a tu llamado, mi señor,” respondió Maggus con formalidad, inclinando ligeramente la cabeza.

Avocios lo observó desde su trono, sus ojos brillando con un destello de nostalgia.

“Tan formal como siempre, señor de Avocadalia… o, mejor dicho, Maggus I.” Maggus era un hombre en sus treinta, aunque su apariencia dorada resplandecía con una intensidad mucho mayor que la de cualquier otro ser.

Su cabello corto y su porte imponente reflejaban la dignidad de quien había llevado una corona durante años.

“Y bien, ¿cómo va la familia?”, preguntó Avocios, recostándose ligeramente en su trono.

Maggus respiró hondo antes de responder.

“Pues, señor, como sabe, ya dejé de ser el rey hace mucho tiempo y cedí el trono a mi hijo.

Ahora, supongo que Rodelos debe estar en el poder; ese muchacho nació con la habilidad de la fuerza en su máximo esplendor.” “Interesante,” murmuró Avocios, asintiendo lentamente.

“Como sabes, solo les concedo el don de ser dorados a tu estirpe y a quienes se casen con ellos, otorgándoles el poder necesario para llevar el orden y la paz a la utopía que creé: Avocadalia y sus cinco reinos.” “Eso ya lo sé, señor.

No tiene por qué darme una clase de historia,” interrumpió Maggus, cruzándose de brazos con una leve sonrisa.

“Dígame, ¿para qué me hizo venir?” Avocios soltó una risa baja, casi melancólica.

“Tan perspicaz como siempre.

Veo que te quitaste la esfera, o collar, como le dicen ustedes, que podía concederte cualquier deseo libre de reglas.” “Sí,” confirmó Maggus, su tono más suave ahora.

“Se la pasé a mi familia.

Que ellos encuentren el uso correcto.

Además, yo ya soy viejo para andar pidiendo cosas.

He visto muchas cosas en mi vida… Y soy inmortal.

Es algo que me aburre.

Por eso me fui del reino.” Su voz tembló ligeramente al final, revelando una sombra de tristeza.

Avocios lo miró con atención, percibiendo el peso detrás de sus palabras.

“Así que eso no era lo que querías en un primer momento.

Ser alguien que pudiera vivir a mi lado y apoyarme en todo, convertirte en un guardián…” “Sí, lo sé, mi señor,” admitió Maggus, bajando la mirada.

“Era joven y ambicioso.

Era algo que quería en aquel entonces.

Ahora… Solo quisiera descansar en paz para siempre, junto a tantos de mis amigos que ya no están conmigo.” Avocios se levantó lentamente de su silla, caminando hacia Maggus con pasos deliberados.

“Pues, ¿qué crees?

Hoy es tu día de suerte, mi amigo.

Hoy cumpliré tu deseo.” Hizo una pausa dramática antes de añadir: “Pero antes, deberás ayudarme con algo.” Maggus soltó una carcajada seca, aunque sin humor.

“Vaya, contigo siempre todo es un ‘pero’.

Seguramente alguna restricción más, ¿no?

¿Qué es esta vez?” Avocios lo miró directamente a los ojos.

“Bueno, sí.

La verdad es que serás borrado de la mente de los otros guardianes y de cualquier otro lugar… hasta que yo lo decida.” Antes de que Avocios pudiera continuar explicando los detalles, Maggus lo interrumpió con firmeza.

“Acepto.

Sin remordimientos.” Avocios lo escrutó por un momento, buscando algún indicio de duda.

“¿Seguro que es lo que quieres?” “Sí, señor.

Eso es lo que he estado deseando estos últimos años de mi vida.

A pesar de que no envejezco como los demás, no soporto la idea de seguir viendo a mis sucesores morir ante mí.

Es algo… horrible,” confesó Maggus, su voz cargada de una tristeza profunda.

“Sí, y te lo dije antes: no ibas a aguantar ser un ser eterno como mis guardianes o como yo y mis hermanos,” respondió Avocios con calma, su voz cargada de sabiduría.

“Tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta de eso… Esto no es vida.” “Entonces cuento contigo,” afirmó Avocios, mirando a Maggus con seriedad.

“La tarea no será fácil, pero debes traer a Golden ante mí.

Está en peligro.

Y podrás morir en el campo de batalla, como siempre has querido… Siempre luchar.” Maggus frunció el ceño, dubitativo.

“¿Qué tratas de hacer?

Parece algo simple…” Avocios lo interrumpió con firmeza.

“Lo harás.

Pero ahora, como un mortal.” Con un gesto rápido, Avocios le quitó la inmortalidad.

Maggus sintió un cambio inmediato en su cuerpo.

Sacó un cuchillo y se hizo un pequeño corte en el dedo.

Para su asombro, este comenzó a sangrar.

Nunca antes había sangrado; ese era uno de sus poderes como guardián inmortal, además de sus características mejoradas.

Antes de partir, Maggus sonrió levemente hacia Avocios.

“Te veo de nuevo… o quizá no.” “Ten cuidado, Maggus,” respondió Avocios con una seriedad que resonó en el silencio de la sala, su voz cargada de advertencia pero también de preocupación sincera.

“Esas cosas… parecen creadas por el mismo señor de la oscuridad.” Mientras pronunciaba estas palabras, un rayo cegador surgió de sus manos, envolviendo a Maggus en un resplandor intenso que lo desvaneció en un instante.

El aire vibró brevemente con la energía del poder, dejando tras de sí solo un leve eco eléctrico, como si el propio destino hubiera intervenido en ese momento.

En ese momento, la puerta del salón se abrió y entró Meliradal junto a otros tres guardianes.

“Señor, estamos listos para ir al combate,” anunció Meliradal con determinación.

Pero Avocios negó con la cabeza.

“No, muchachos.

Tengo otros planes para ustedes.

Esta batalla está perdida, pero tranquilos, aún la guerra no está decidida.” “¡Pero señor!

Golden está en el frente.

Necesita nuestra ayuda,” protestó Silver, su voz cargada de preocupación.

“Tranquilo.

Por eso ya envié a alguien a su rescate,” explicó Avocios.

“Ahora tengo que hablar con cada uno a solas.” “¡Pero señor!

El enemigo está en las puertas casi,” insistió Kilibur, señalando hacia afuera con urgencia.

“No se desesperen.

Solo háganme caso.

Sé que después me lo agradecerán,” respondió Avocios con calma, aunque firme.

“Esperen afuera.

Debo hablar con Silver a solas,” ordenó, cerrando la puerta tras él y dejando a Kilibur, Meliradal y Krasper fuera.

Krasper golpeó ligeramente la pared con frustración.

“¡Maldición!

Deberíamos ir a apoyar a Golden.

Aunque es un testarudo, es nuestro amigo.” “Sí, tienes razón.

Debemos ir,” coincidió Kilibur, cruzándose de brazos.

Meliradal suspiró profundamente.

“Sí, pero Avocios nos ha dado una orden, y debemos cumplirla, aunque nos pese.

Golden pensará que somos unos traidores por no ir en su rescate.” Krasper hizo un sonido molesto con la boca.

“Esto no me gusta ni un poquito.” En el campo de batalla, Golden estaba exhausto.

Había peleado durante lo que parecían horas contra los monstruos, pero no podía ganarles.

Cada vez que creía haber acabado con uno, este se levantaba nuevamente, como si nada pudiera detenerlo.

Los 20 monstruos seguían atacándolo sin piedad, rodeándolo y lanzándose sobre él con una ferocidad implacable.

Golden intentaba encontrar su punto débil, pero era imposible.

Eran criaturas diseñadas para no caer, para no morir.

Golden respiraba entrecortadamente, su cuerpo cubierto de heridas y su energía menguando rápidamente.

No podía rendirse, pero sabía que estaba llegando a su límite.

“¡Maldición!”, rugió Golden, su voz cargada de frustración mientras intentaba abrirse paso entre los monstruos.

“No puede ser que me venzan estas cosas insignificantes.

Debo vengar la muerte de mis aliados y salvar al señor Avocios de lo que traman las sombras… ¡Debo darme prisa!” Pero las bestias eran implacables.

Movían sus enormes brazos con una velocidad sorprendente, casi igualando la agilidad de Golden.

Cada golpe que él lanzaba parecía no tener efecto duradero; las criaturas se levantaban una y otra vez, como si estuvieran hechas de algo más allá de lo físico.

El juicio de Golden estaba nublado por la ira.

La pérdida de sus camaradas, la desesperación de no poder avanzar, el peso de la responsabilidad… Todo eso lo consumía.

Su mente, empañada por la furia de querer vencer a esas criaturas y acabar con el ejército de las sombras, no le permitía pensar con claridad.

Todo parecía perdido.

Golden cayó de rodillas, exhausto, su cuerpo temblando por el esfuerzo sobrenatural.

Los Tropogax se acercaron lentamente, rodeándolo, listos para dar el golpe final.

Justo cuando todo parecía terminado, un rayo cayó frente a él con un estruendo ensordecedor.

El aire se llenó de electricidad, y una figura familiar emergió del resplandor.

“¿Me extrañabas, Golden?”, dijo una voz conocida, cargada de confianza y camaradería.

Golden levantó la vista, incrédulo.

“¿Maggus?”, murmuró, su voz mezcla de asombro y alivio.

“Sí, mi amigo.

Es hora de patearle el trasero a estos monstruos,” respondió Maggus con una sonrisa ladeada, desenvainando su cuchillo mientras observaba a las bestias con una mirada feroz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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