La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 155
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155: El Sexto Guardian (2) 155: El Sexto Guardian (2) “Vaya, sí que te dieron una paliza estos monstruos, Golden.
¿Aún puedes ponerte de pie?”, dijo Maggus al llegar a la escena, su voz cargada de confianza mientras liberaba un poderoso impulso que hizo retroceder a las bestias con un rugido ensordecedor.
Golden, aun jadeando, apretó los dientes y se puso de pie con esfuerzo, aunque sus piernas temblaban ligeramente.
“Claro que puedo.
Sabes con quién estás hablando: ¡la mano derecha de Avocios!”, respondió con orgullo, aunque su respiración entrecortada revelaba lo cerca que había estado de sucumbir.
“Y tú, ¿qué haces aquí?
¿Dónde están los demás?”, preguntó Golden, mirando a su alrededor en busca de refuerzos.
Maggus soltó una risa breve pero decidida.
“¿Los demás?
No, ellos no vendrán.
Yo soy toda la caballería que necesitas.
Bueno, tú y yo… como en los viejos tiempos.
Acabaremos con estas bestias.” Golden frunció el ceño, sospechando algo.
“Bueno, acerca de eso… Es mejor que regreses al castillo.” Antes de que Golden pudiera reaccionar, Maggus lo miró fijamente y luego hacia el castillo, calculando la trayectoria.
Con un movimiento rápido, cargó un poder impresionante en su mano y lanzó a Golden por los aires con una fuerza abrumadora.
“Pero ¡qué haces, Maggus!”, gritó Golden mientras salía volando por los aires hacia el castillo, su voz resonando en la distancia.
Maggus sonrió ligeramente, aunque su expresión era melancólica, cargada de una mezcla de determinación y tristeza.
“Tranquilo.
Recuerda que yo soy inmortal,” dijo con calma, su voz firme pero teñida de una nota casi imperceptible de vulnerabilidad.
“Saluda a Avocios de mi parte cuando llegues.
Cuando termine con estas cosas, tú y yo comeremos algo.” Pero Golden no sabía que las palabras de Maggus eran ahora un eco vacío de lo que alguna vez fueron.
Su amigo ya no era inmortal.
El sacrificio de Maggus, el peso de su mortalidad recién adquirida, quedaba oculto tras esa sonrisa resignada, como un secreto que nunca llegaría a revelar.
“¡¡¡MAGGUS!!!”, rugió Golden mientras era enviado lejos del campo de batalla, desapareciendo en dirección al castillo.
Maggus se giró hacia los Tropogax, su sonrisa desafiante iluminada por el brillo rojizo que comenzaba a emanar de su cuerpo.
“Bien, ahora somos ustedes, 20 contra mí,” declaró con determinación.
De su cuerpo emergió una energía intensa que formó una armadura de color carmesí vibrante.
“Es tiempo de acabar con ustedes, bestias horrendas.” En el castillo, Avocios estaba conversando con Silver, explicándole un plan crucial.
Silver, visiblemente triste, escuchaba en silencio mientras sostenía un cetro renovado de energía, consciente de que debía partir hacia Avocadalia sin decirle nada a nadie.
De pronto, una gran estela cruzó el cielo, cayendo cerca de ellos con un estruendo.
Era Golden.
“¡Golden!”, exclamó Silver sorprendido.
Golden se levantó con dificultad, sus piernas temblando ligeramente mientras se sostenía el estómago con una mano, el dolor del impacto aun reverberando en cada movimiento.
Su respiración era entrecortada, casi como un gruñido bajo, y sus ojos dorados brillaban con una mezcla de furia y determinación.
“¿Qué haces aquí, perro rabioso?
¡Debemos ir a la batalla!”, rugió, su voz cargada de indignación mientras señalaba hacia el campo de combate con un gesto brusco.
“¡Maldito Maggus!
¡No te voy a perdonar esto!”, añadió, apretando los dientes con tanta fuerza que parecía que podría romperlos.
El peso de la traición implícita en las acciones de Maggus lo carcomía por dentro, pero más allá de la ira, había un destello de preocupación en su mirada.
Sabía que algo no estaba bien.
En ese momento, Avocios tuvo una revelación.
Se giró hacia Silver con seriedad.
“Ya es hora.
Esto debes llevarlo hacia el próximo en la sucesión.” Golden, al ver que Silver se preparaba para partir, lo confrontó con ira.
“¡No huyas, perro cobarde!
¡Regresa a la batalla!” Avocios, sin embargo, intervino rápidamente.
Con un gesto elegante, hizo flotar a Golden en el aire, deteniéndolo antes de que pudiera avanzar.
“Sé que eres testarudo, mi amigo Golden, pero hoy no morirás.
Es momento de que vivas.” “¡Maestro!”, gritó Toco-Toco, viendo cómo Golden era retenido contra su voluntad.
Sin darles tiempo a protestar, Avocios envolvió tanto a Golden como a Toco-Toco en una esfera de luz brillante, que comenzó a elevarse en el aire y desvanecerse rápidamente.
Fuera del salón, los gritos de Golden alertaron a Meliradal, Kilibur y Krasper, quienes abrieron las puertas de golpe.
Al ver lo que Avocios había hecho, quedaron atónitos.
“Mi señor, ¿por qué hizo eso?”, preguntó Meliradal, incrédulo.
Kilibur añadió, indignado: “¡Señor!
¿Cómo pudo hacer eso a uno de sus guardianes?” Krasper, con su escudo listo para lanzar un rayo, protestó: “Esto no está bien.
Golden pensará que somos unos traidores.” Avocios los miró con calma, aunque su voz tenía un tono firme.
“Tranquilos.
Algún día lo entenderán.
Ahora, ve, Silver.” “Todos ustedes tampoco lo entenderán ahora, pero quizá en un par de años lo hagan.” En ese momento, Meliradal desapareció en un destello de luz, siendo teletransportada a Fuertelia, donde fue encerrada en una montaña solitaria.
Kilibur, por su parte, fue enviado a vagar sin rumbo por los bosques de Pinkertalia, un lugar lleno de niebla eterna y caminos interminables.
Krasper intentó protestar nuevamente, pero Avocios lo detuvo con una mirada cargada de tristeza.
“Sé que quieres salvar a tus amigos, pero por su bien es mejor que los dejes ir.
Hoy caeré, pero quiero que vivan felices.
No permitiré que mis guardianes sufran por mí.” Con un gesto final, envió a Krasper hacia las montañas donde Treelion, el árbol ancestral, echaba sus raíces profundas.
“Lo siento, mis hijos, pero no puedo permitirles morir por mí.” Mientras tanto, el ejército de Tejod ya había llegado al castillo.
Las tropas avanzaban como una marea oscura, arrasando con todo a su paso.
“¡Por fin estamos aquí!
¡Destrúyanlo todo!”, ordenó Tejod con una sonrisa cruel.
Los soldados comenzaron a incendiar el hermoso palacio que Avocios había construido con tanto esmero.
Los jardines, los campos, las estructuras majestuosas… todo lo que alguna vez fue hermoso quedó reducido a cenizas en cuestión de minutos.
El aire se llenó de humo y gritos, mientras las llamas devoraban lo que quedaba del legado de Avocios.
“Así que aquí estás, Avocios,” dijo Tejod, acercándose con una expresión de triunfo en su rostro.
Sacó su amuleto, listo para convertirlo en jade, pero antes de que pudiera hacerlo, una voz siniestra resonó desde las sombras.
“No…”, murmuró la voz, cargada de autoridad y malicia.
Una fisura dimensional se abrió frente a ellos, y de ella emergió una figura oscura, una sombra que parecía absorber toda la luz a su alrededor.
“Así que tú estabas detrás de todo esto, ‘RULER’,” dijo Avocios, reconociendo al ser oscuro.
La sombra soltó una risa grave y retumbante.
“Hace tiempo que dejé ese nombre atrás.
Prefiero el título de Urugas, que en la lengua de este mundo significa ‘el señor de la oscuridad’.” “Pues no dejaré que regreses a este mundo,” declaró Avocios con firmeza, lanzando un poderoso ataque hacia el portal dimensional del que estaba saliendo Urugas.
Urugas apenas se inmutó ante el golpe, su risa resonando aún más fuerte.
“No puedes destruirme con eso.
Tú y tus hermanos lo saben bien.
La energía no puede ser destruida, solo transformada.
Iré por cada uno de ellos cuando acabe contigo.” Avocios apretó los puños, su cuerpo irradiando una luz intensa mientras creaba una barrera protectora alrededor del portal.
“Eso ya lo sé, pero te contendré en ese lugar el mayor tiempo posible.
No saldrás de ahí, nunca.
No ganarás.” Tejod intentó romper la barrera con su espada, pero esta rebotó sin causar daño alguno.
“¡Maldición!
¡No puedo destruir este campo!”, rugió, furioso.
Avocios estaba logrando forzar a Urugas a retroceder hacia su dimensión, pero el ser oscuro no parecía dispuesto a rendirse tan fácilmente.
“Pronto, Tejod.
Usa tu arma,” ordenó Urugas, sintiendo cómo el poder de Avocios lo debilitaba lentamente.
Tejod volteó hacia Meloc, señalándolo con urgencia.
“Usa tu arma.
Esperemos que funcione, porque si no, te cortaré la cabeza.” Meloc asintió nerviosamente y dio la orden a los Vichus que rodeaban el objeto cubierto por una gran tela.
Al retirarla, revelaron una máquina extraña: un dispositivo diseñado para lanzar un rayo concentrado, conectado a un recipiente metálico que parecía un tanque.
“Enciéndelo, Ribras,” ordenó Meloc, su voz temblorosa pero decidida.
El aparato cobró vida con un zumbido eléctrico, emitiendo un brillo azulado mientras se dirigía directamente hacia Avocios.
Este sintió cómo sus energías comenzaban a disiparse, como si algo estuviera drenando su poder vital.
“Pero ¿qué es esto?”, exclamó Avocios, visiblemente asustado por primera vez.
Tejod sonrió con crueldad, disfrutando del momento.
“Esto, mi querido señor creador de mundos, es tu perdición.” “¡¡¡NO!!!”, gritó Avocios mientras era jalado inexorablemente hacia la máquina, su cuerpo luchando contra una fuerza que parecía imposible de resistir.
“Sí, pronto gobernaré este mundo para luego ir por todo el universo.
No habrá lugar que esté libre de mi dominio,” declaró Urugas con una voz que resonaba como un trueno oscuro, cargada de ambición desmedida.
Avocios, aunque debilitado, aún mantenía una chispa de determinación en su mirada.
“No me rendiré mientras quede la luz de mi vida.
Tú no podrás salir de ahí.” Con su última fuerza, Avocios canalizó toda la energía que le quedaba, convirtiendo su cuerpo en un faro de luz pura.
La intensidad de su poder obligó a Urugas a retroceder, atrapándolo nuevamente en su dimensión oscura.
Urugas rugió de furia al sentir cómo las cadenas dimensionales volvían a cerrarse sobre él.
“¡Maldito seas, Avocios!”, gritó, su voz llena de odio mientras era arrastrado hacia las profundidades de su prisión.
Avocios, exhausto pero satisfecho, lanzó una última advertencia antes de ser consumido por la máquina.
“Nos volveremos a encontrar,” murmuró, justo antes de que su cuerpo fuera tragado por el dispositivo y depositado en el recipiente metálico.
El silencio invadió el lugar por un momento, interrumpido solo por el zumbido residual de la máquina.
“¡Sí, se pudo, señor Meloc!”, exclamó uno de sus ayudantes, rompiendo el silencio con una mezcla de asombro y júbilo.
Meloc respiró profundamente, su pecho subiendo y bajando con un temblor apenas perceptible mientras intentaba calmarse.
Abrió la boca para hablar y decir “lo logré…”, pero antes de que pudiera terminar la frase, sus ojos se encontraron con los de Ribras.
Este lo miraba con una expresión severa, casi como si estuviera evaluando cada movimiento, cada palabra.
Pero entonces, algo cambió en Meloc al ver la expresión de su colega.
“Lo logramos,” dijo finalmente, su voz temblorosa pero llena de una satisfacción que no podía ocultar.
Era como si las palabras mismas vibraran con el peso de lo que acababan de conseguir.
Tejod observaba todo con una mezcla de asombro y frustración.
Había capturado a un dios, algo que parecía imposible, pero Urugas no podía ser liberado en este plano.
Su plan aún no estaba completo.
“Señor Urugas, he fallado,” dijo Tejod, inclinándose ante la fisura dimensional que comenzaba a cerrarse.
Desde las sombras, la voz de Urugas resonó una vez más, ahora más débil pero igualmente autoritaria.
“Tranquilo, muchacho.
Aún no está del todo terminado.
Este es solo el inicio.
Ve y busca a los que tienen la luz de Avocios y hazlos trizas.
Solo así podré volver.” La voz de Urugas se apagó lentamente mientras regresaba a su letargo, dejando a Tejod con una misión clara.
“Así lo haré, mi señor.
Así lo haré,” juró Tejod, levantando la cabeza con renovada determinación.
Volviéndose hacia sus soldados, Tejod ordenó con voz firme: “¿Qué miran ustedes, soldados?
Continúen con la destrucción de este lugar.
Que no quede nada más que tierra desértica.” Los soldados obedecieron sin dudar, reanudando su tarea con ferocidad renovada.
Las últimas ruinas del palacio fueron reducidas a escombros, y los campos que alguna vez florecieron bajo el cuidado de Avocios quedaron convertidos en un desierto árido y desolado.
El legado de Avocios parecía haber sido borrado por completo… pero en el corazón de quienes aún creían en su luz, la esperanza seguía viva.
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