Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 156

  1. Inicio
  2. La Ultima Esperanza de Avocadolia
  3. Capítulo 156 - 156 El Sexto Guardian 3
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

156: El Sexto Guardian (3) 156: El Sexto Guardian (3) Maggus seguía peleando contra los Tropogax.

Codo a codo, mano a mano, enfrentaba a esas bestias que parecían no tener ningún punto débil.

Cada vez que derribaba a una, otra tomaba su lugar, levantándose como si la muerte misma no pudiera tocarlas.

“Maldición, tenía razón Golden… Estas horrendas cosas son peligrosas,” murmuró Maggus entre jadeos, limpiándose la sangre que brotaba de una herida en su frente.

“Pero voy a encontrar una forma de acabar con ellas.” Las bestias comenzaron a atacarlo con más ferocidad, desgarrando su carne y dejando grandes heridas que brillaban bajo la luz mortecina del campo de batalla.

Sin embargo, Maggus seguía en pie, su cuerpo tambaleándose ligeramente pero su espíritu inquebrantable.

En lugar de sentirse abatido, una extraña sensación de felicidad lo invadió.

Sabía que finalmente había encontrado la forma de morir como siempre había deseado: luchando hasta el último aliento.

“Si voy a morir, moriré como yo quiera, malditas bestias,” gruñó con determinación, sus palabras cargadas de orgullo y resignación.

Una energía renovadora recorrió su cuerpo, alimentada por su inquebrantable espíritu de lucha.

Era como si cada golpe recibido le hubiera devuelto un propósito olvidado.

Desató un aura poderosa que lo envolvió como un torbellino dorado, iluminando el campo de batalla con un brillo casi sobrenatural.

“Si no puedo matarlos así, entonces los haré polvo para que no puedan levantarse nunca más,” declaró con firmeza.

Con una fuerza sobrenatural, se lanzó contra uno de los Tropogax, golpeándolo con una velocidad vertiginosa.

Sus puños eran un borrón imposible de seguir a simple vista, y la criatura comenzó a desintegrarse bajo la avalancha de ataques.

Cuando finalmente quedó reducida a polvo, Maggus sonrió débilmente, aunque su respiración era entrecortada y su cuerpo estaba al límite.

“Faltan 19,” murmuró, su voz cargada de resolución.

Uno tras otro, Maggus repitió el mismo proceso.

Se movía tan rápido como Golden, convirtiéndose en una máquina imbatible.

Su mente estaba enfocada únicamente en la victoria; no podía permitirse darles tregua.

“Debo darme prisa… No debo darles tregua,” se repetía a sí mismo como un mantra.

Finalmente, solo quedaba un único Tropogax en pie frente a él.

Maggus cayó de rodillas, exhausto, mientras sentía cómo sus fuerzas se agotaban por completo.

“Ya casi no me queda energía,” murmuró, observando cómo la criatura se levantaba nuevamente con un rugido ensordecedor.

El monstruo chilló, un sonido que resonó como un trueno en el campo de batalla.

Pero Maggus no estaba dispuesto a perecer sin acabar con esa cosa.

Con lo último que le quedaba de energía, se abalanzó sobre la bestia, estrellando su cabeza contra ella en un poderoso cabezazo.

Luego, con un esfuerzo ímprobo, levantó los brazos y utilizó sus piernas con una velocidad indescriptible, golpeando al Tropogax hasta que finalmente colapsó, reducido a polvo.

“Vaya… Por fin terminé,” susurró Maggus, cayendo al suelo con un golpe sordo.

La sangre brotaba de sus heridas, tiñendo la tierra a su alrededor.

El cielo se oscureció lentamente, señalando que ya era de noche.

Maggus cerró los ojos por un momento, pero su cuerpo aún respondió a un último impulso.

“Aún me queda algo de energía… Debo ir donde mi señor Avocios.

Debe estar en problemas,” se dijo a sí mismo, obligándose a ponerse de pie con gran esfuerzo.

Arrastrando los pies, comenzó a caminar hacia el castillo.

Al llegar, su corazón se detuvo por un instante.

Lo que alguna vez fue un majestuoso palacio ahora era un paisaje desolado, reducido a polvo y cenizas.

No había nadie a la redonda.

“No puede ser… El señor Avocios perdió.

Pensé que era poderoso, pero fue derrotado por esos de las sombras,” murmuró, su voz temblorosa y llena de incredulidad.

Con una última chispa de determinación, intentó avanzar, pero su cuerpo ya no respondía.

Cayó de rodillas, sabiendo que su tiempo había llegado.

“Debo ir y salvarlo…,” susurró, aunque sus palabras apenas salieron como un hilo de voz.

Finalmente, aceptó su destino.

“Así que ahora sí voy a morir… Fue una gran vida.

Lástima que no pude llegar a ti, Avocios.” Su cuerpo se desplomó lentamente, sus ojos mirando hacia el horizonte oscuro mientras el viento frío acariciaba su rostro.

“No te sientas mal, mi amigo.

Hiciste todo lo que siempre te pedí… y más,” resonó la voz de Avocios en la mente de Maggus, cálida pero cargada de melancolía.

“Quizá tú no puedas con lo que viene, pero algún día uno de tus sucesores lo conseguirá.

Descansa como siempre lo quisiste, amigo mío.” Maggus, al escuchar esas palabras, dejó escapar un último suspiro, su pecho elevándose una vez más antes de quedarse inmóvil.

Una sonrisa débil se dibujó en su rostro, cargada de paz y resignación, mientras los primeros copos de nieve comenzaban a caer suavemente sobre él.

Sin embargo, el blanco puro de la nieve pronto se tiñó de negro al mezclarse con el hollín de los restos quemados del campo de batalla, creando un manto oscuro que parecía envolverlo como un abrazo final.

Su cuerpo quedó inerte, inmóvil bajo ese velo sombrío, como si el mismo mundo llorara su partida.

Y así fue todo, dijo Avocios mientras terminaba de mostrarles la historia de lo que ocurrió en aquel entonces a sus guardianes.

Los guardianes regresaron lentamente a la realidad, dejando de tocarse las manos tras el vínculo mental que habían compartido.

Se miraron unos a otros, sus expresiones mezcladas entre asombro, culpa y tristeza.

Las antiguas rencillas que los habían separado durante años comenzaron a desvanecerse frente a la magnitud de lo que acababan de presenciar.

Golden, especialmente, sintió un peso en su corazón.

Miró a Silver y, con voz baja pero sincera, rompió el silencio.

“Lo siento, Silver.

No debí haber seguido guardándote rencor todos estos años.

Tú solo seguías órdenes, igual que yo.” Silver asintió, visiblemente conmovido.

“Gracias, Golden.

Yo también lamento haber sido tan terco.” El ambiente entre ellos se suavizó, y pronto las disculpas fluyeron entre todos.

Habían pasado demasiado tiempo culpándose mutuamente por decisiones que, ahora lo entendían, estaban fuera de su control.

“Así que Paltio tenía razón…”, murmuró Golden, rompiendo el momento con una mezcla de asombro y nostalgia.

“Había un sexto guardián con nosotros, y su nombre era Maggus.” Golden, sin embargo, no pudo contener su frustración.

Golpeó el suelo con una pata, sus ojos dorados brillando con furia.

“¿Cómo pudo hacer eso, mi señor?

¿Cómo pudo borrar a un amigo nuestro, y suyo también, de nuestras mentes?

¿Cómo pudo encerrarnos en lugares donde nunca podríamos volver para apoyarlo?

Eso fue cruel, muy cruel de su parte.” Krasper intervino rápidamente, tratando de calmar a Golden.

“¿No escuchaste, gato?

El señor Avocios lo hizo para protegernos.” Kilibur asintió, aunque su voz aún temblaba ligeramente.

“Sé que no fue la mejor manera, mi señor, pero al menos intentó salvarnos.

Nosotros queríamos estar allí, apoyarlo en la batalla, pero usted nos apartó para que no muriéramos.” Meliradal bajó la cabeza, su voz apenas un susurro.

“Encerrada por mi señor… para no morir.

Era algo que no quería, mi señor.

Yo, como los demás, quería ser su apoyo.” Avocios observó a sus guardianes con una expresión de profunda tristeza.

Sus hombros parecían más pesados, como si llevara consigo el peso de todas sus decisiones.

“Sé que todos ustedes hubieran hecho algo por mí, y no me hubiera gustado verlos morir frente a mis ojos.

No lo hubiera permitido.” Su voz se quebró ligeramente antes de continuar.

“Y tienen todo el derecho de estar molestos conmigo.

Yo tampoco quise que mi amigo Maggus fuera olvidado por todos… ni que muriera.

Pero ese fue su deseo.” La melancolía en su voz era palpable, resonando en cada palabra como un eco de la pérdida que aún llevaba en su corazón.

“Bueno, por un lado, está el hecho de que nos quería salvar, pero por otro, nos mintió todo este tiempo,” dijo Krasper, cruzándose de brazos con expresión pensativa, aunque llena de conflicto.

“Sí, así es.

Debiste consultarnos,” añadió Meliradal, su voz firme pero cargada de frustración.

“Sé que le hubiéramos dicho que sí, pero al menos podríamos haber hecho algo… En lugar de ver todo este caos que se ha suscitado después.” Golden, aún molesto, se acercó un paso hacia Avocios, sus ojos dorados brillando con intensidad.

“Pues yo no sé si lo perdonaré, mi señor.

No después de saber toda esta verdad.

Aunque tampoco has contado cómo es que aparecí en la semilla del niño llamado Paltio,” dijo Golden, su tono mezcla de reproche y curiosidad.

Avocios bajó la mirada, su rostro lleno de melancolía.

“Pues eso no te lo puedo decir,” respondió con suavidad, aunque su voz revelaba una profunda carga emocional.

Entre ellos comenzaron a surgir discusiones acaloradas.

Algunos estaban dispuestos a seguir apoyando a Avocios a pesar de su decisión pasada, mientras otros aún sentían que su confianza había sido traicionada.

Las voces resonaban en el espacio, mezclando argumentos y emociones.

“¡Basta de tantos secretos, señor!

¡Debe decirnos toda la verdad!”, interrumpió Kilibur, su voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza rápidamente.

Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras gritaba para calmar a todos.

“¡Dijo que iba a decir la pura verdad y no lo ha hecho!” El eco de sus palabras detuvo las discusiones abruptamente.

Todos se giraron hacia él, sorprendidos por su arrebato.

Kilibur respiraba con dificultad, sus lágrimas cayendo libremente, pero su postura irradiaba determinación.

Avocios lo observó en silencio durante unos segundos antes de hablar.

“Tienes razón, Kilibur.

¿Pero están seguros de que podrán enfrentar la pura verdad?”, preguntó, su voz cargada de advertencia.

Los cinco guardianes intercambiaron miradas inciertas.

Finalmente, uno a uno, asintieron lentamente, mirando hacia el hoyo donde habían emergido las imágenes previamente.

“Sí,” dijeron al unísono, sus voces decididas, aunque teñidas de nerviosismo.

“Bien, entonces verán eso también,” respondió Avocios, su tono serio pero resignado.

Los cinco se colocaron frente al hoyo una vez más, tomándose de las manos como antes.

El aire vibró ligeramente mientras nuevas imágenes comenzaron a surgir del hoyo, mostrando lo que ocurrió después de la batalla perdida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo