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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 157

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157: La Semilla 157: La Semilla “Pues, como verán, una vez que caí derrotado y fui capturado, envié a Silver a llevar el nuevo cetro,” comenzó Avocios, su voz calmada pero cargada de melancolía.

“Como saben, Avocadolia está muy lejos, y para cuando llegó allá, ya casi era la época en que Paltio estaba por nacer, después de tantas veces que sus padres no podían tener un heredero.” Avocios hizo una pausa breve, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras antes de continuar.

“Al nacer el muchacho, para su mala suerte, llegó al mundo sin vida… o tal vez se estaba aferrando con pocas chances de ganar.

Sus débiles latidos eran apenas un susurro, como si luchara desesperadamente por quedarse, pero el destino parecía haber decidido otra cosa.

Sus padres estaban devastados; habían perdido a un hijo sin llegar a conocerlo, y él nunca tendría la oportunidad de conocer el mundo que lo esperaba.” Pero ellos no se dieron por vencidos.

Rodelos tenía el collar con la esfera del deseo libre que le obsequié a Maggus.

Y, por azares del destino, decidieron utilizarla.

Al hacerlo, pidieron que Paltio tuviera vida.

El tono de Avocios se volvió más sombrío.

“Pero eso no iba a ser tan fácil como pensaban.

No ahora que yo era cautivo y mis poderes no funcionaban.

Así que lo único que podía hacer era enviar la única energía que quedaba rondando y vagando por el cielo: la esfera donde metí a Golden.” Avocios miró a Silver, quien asintió ligeramente antes de intervenir.

“Así que te mandé a buscar esa esfera, Silver.

Por suerte, la encontraste a tiempo.

Los padres ya estaban desesperados; casi tiraban la toalla con su hijo y lo iban a enterrar.

Menos mal que, gracias a unos médicos de Hassdalia, lograron mantener el cuerpo congelado para que no se descompusiera.” Silver sonrió débilmente, recordando aquel momento.

“Llegué justo cuando Rodelos estaba tratando de usar la esfera del deseo en Paltio.

Así que, antes de que pudiera activarla, coloqué la esfera de Golden en su lugar.” “Y no fue fácil hacerlo,” añadió Silver, rascándose la cabeza con una risa nerviosa.

“Ya saben, no soy muy… cauteloso.” Rodelos tomó la esfera con manos temblorosas, sus ojos llenos de esperanza y desesperación entremezcladas.

Con cuidado, la colocó sobre el pequeño Paltio, cuyo frágil cuerpo yacía inmóvil.

En ese preciso instante, algo extraordinario ocurrió.

Un destello de luz pura emergió de la esfera, envolviendo al recién nacido en un halo dorado que iluminó toda la habitación.

La energía vibró en el aire, como un eco celestial, mientras la esfera comenzaba a fusionarse con él.

Era como si el universo mismo contuviera la respiración, decidiendo darle una nueva oportunidad de permanecer en este mundo.

Los débiles latidos de Paltio se fortalecieron poco a poco, resonando como un tambor de vida que anunciaba su regreso.

Sus pequeños dedos se movieron apenas, y un leve suspiro escapó de sus labios, señal de que había vuelto a la vida.

La escena era mágica, casi irreal: donde antes solo había silencio y dolor, ahora había esperanza renacida.

“En otras palabras, tu energía, Golden, es la que le dio vida al muchacho,” concluyó Avocios, aunque omitió mencionar que la esfera también contenía parte de su propio poder.

“Así que, al acercarla a la semilla de Paltio, esta se activó y se fusionó, haciendo que Golden entrara en la semilla del recién nacido.

Y bueno, el resto ya lo conocen,” terminó Avocios, dejando el aire lleno de un silencio reflexivo.

Golden, visiblemente incómodo, rompió el silencio con una mezcla de confusión e inquietud.

“Pero eso no explica por qué, ahora que estoy fuera, él siga con vida,” dijo, su voz temblorosa.

Avocios lo miró con una expresión indescifrable.

“Pues eso no lo sé, muchacho.

Incluso para mí hay cosas extrañas en el universo.” Krasper, siempre dispuesto a molestar, no pudo evitar lanzar una broma.

“Así que serviste para algo bueno, gatito,” dijo con una sonrisa burlona.

Meliradal se unió al fastidio, disfrutando del desconcierto de Golden.

“Vaya, quien diría que tendrías un hijo,” comentó entre risas.

Golden, completamente rojo de vergüenza y confusión, intentó defenderse.

“¿Cómo que hijo?

¡Paltio no es…!

¡No soy su padre!

Eso no es posible, ¿verdad?”, exclamó, buscando apoyo en los demás.

Kilibur soltó una carcajada, incapaz de contenerse.

“Quizá sí,” respondió, limpiándose una lágrima imaginaria de tanto reír.

Silver, siempre tranquilo, pero igual de travieso, decidió rematar.

“Ya ves, ahora así ya no estarás solo,” dijo, guiñándole un ojo a Golden.

La sala estalló en risas mientras Golden se cruzaba de brazos, murmurando algo entre dientes sobre cómo todos estaban equivocados.

“¡Tontos, yo no…!”, protestó Golden, visiblemente apenado por las bromas sobre su supuesta paternidad.

Avocios interrumpió con calma, su voz cargada de gratitud.

“Tranquilo, muchacho.

Gracias a ti ese niño aún sigue con vida.” Golden asintió, recuperando su determinación habitual.

“Pues es momento de ir a ayudarlo,” dijo con firmeza.

“Pero primero debemos sacarte de donde sea que estés, mi señor,” añadió, mirando hacia donde Avocios se manifestaba.

Silver intervino rápidamente, su tono decidido.

“Sí, es verdad.

Con el poder de nuestro señor de nuestro lado, venceremos al mal.” Krasper asintió con entusiasmo.

“Pero, ¿tienen alguna pista?”, preguntó Kilibur, su voz llena de preocupación.

Todos guardaron silencio, sus expresiones tristes reflejaban lo incierto de su situación.

“Un momento,” dijo Golden, rompiendo el silencio.

“Usted mencionó que el tal Meloc fue quien lo aprisionó.

Quizá si vamos a hacerle una visita, podamos averiguar dónde lo tienen cautivo.” Meliradal sonrió con sorna.

“Vaya, por fin usas ese cerebro tuyo.” Krasper aprovechó para lanzar otra broma.

“Ahora ya sé por qué Paltio es así… ¡Por ti, Golden!” Kilibur levantó una mano para interrumpir las bromas.

“Bueno, bueno, ya basta de tantas tonterías.

Debemos hacer las cosas rápido; no hay tiempo.

Paltio tiene solo cuatro días para llegar donde Tejod con el cetro.” “Es verdad,” coincidió Silver.

“Será mejor que vayamos entonces a Hassdalia, donde puede que esté esa rata.” Krasper extendió su mano con decisión.

“Bien, ¿qué esperamos?

Tómense de mi mano.” Todos se tomaron de las manos, preparándose para partir.

Antes de que desaparecieran, Avocios les envió un último mensaje.

“Buena suerte.” Los cinco llegaron a Hassdalia, un lugar que seguía siendo tan vacío como siempre.

La gente con poderes mágicos estaba aprisionada, y las calles parecían muertas, sin vida ni movimiento.

“Quizá podamos mover un poco las cosas aquí,” sugirió Meliradal, observando el entorno con atención.

“Recuerden, no nos pueden ver aquí,” recordó Silver, asegurándose de que todos entendieran las reglas del lugar.

Con un destello de magia, todos redujeron su tamaño al de un ser viviente común, camuflándose entre las sombras.

“Sé dónde puede estar,” dijo Golden, liderando el grupo con confianza.

Krasper asintió, organizando rápidamente un plan.

“Genial.

Nosotros iremos a sacarle las respuestas a esa rata, mientras tú y Meliradal liberan a unos cuantos ciudadanos.” Los guardianes decidieron separarse para resolver dos problemas a la vez.

Silver, impaciente como siempre, rompió una pared en lugar de entrar por la puerta principal.

“Esto es para pasar inadvertidos,” murmuró con ironía mientras el polvo se disipaba.

Kilibur, por su parte, utilizó su magia para transformarlos en los soldados de las sombras azules.

Juntos, entraron al laboratorio, pero el lugar estaba completamente vacío.

No había señales de nadie.

“¿Y ahora qué hacemos?”, susurró Krasper, inspeccionando el área con detenimiento.

En ese momento, escucharon pasos acercándose desde arriba.

La puerta se abrió bruscamente, y alguien entró quejándose en voz alta sobre las tareas que estaba realizando.

Sin dudarlo, Silver se movió rápidamente, atrapando al intruso antes de que pudiera notar su presencia.

El sujeto forcejeó, intentando liberarse.

“¡¿Quiénes son ustedes?!

¡¿Por qué me han atrapado?!

¡No son soldados de las sombras azules!

¡Suéltenme, soy un científico!” Al encender la luz, descubrieron que era un joven científico: Chiro.

Su rostro estaba lleno de terror mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo.

Krasper, le apuntó con una espada.

“Bueno, muchacho, tú nos darás las respuestas que necesitamos.” Chiro tragó saliva, sintiendo cómo el miedo lo invadía mientras veía que lo habían atado y lo tenían amenazado.

“Tranquilo, niño.

No te vamos a hacer nada,” dijo Silver con calma, aunque su tono se volvió más amenazante al agregar: “No, a menos que no nos des la respuesta que esperamos.” Chiro tembló aún más, su respiración agitada revelaba el miedo que lo invadía por completo.

“¡Ey!

¡Ustedes dos son muy locos!”, intervino Kilibur, colocándose frente a Chiro con una media sonrisa burlona.

“Déjenmelo a mí.

Ya incluso puede que este joven se haya orinado en sus pantalones.” Silver y Krasper intercambiaron miradas, pero decidieron dar un paso atrás, dejando que Kilibur tomara el control de la situación.

Kilibur se inclinó hacia Chiro, su voz firme pero calmada.

“Te voy a quitar la venda para que nos digas lo que queremos saber, pero si haces algún ruido… Este par,” señaló a Silver y Krasper con un gesto despreocupado, “te pueden hacer algo.” El muchacho asintió rápidamente, incapaz de articular palabra.

Sabía que no tenía otra opción más que cooperar frente a estos tres desconocidos que parecían listos para cualquier cosa.

Con cuidado, Kilibur retiró la venda que cubría la boca de Chiro.

El joven tragó saliva antes de hablar, su voz apenas un murmullo tembloroso, como si temiera que el sonido de sus palabras pudiera desencadenar algo terrible.

“¿Qué quieren saber?” preguntó, intentando disimular su nerviosismo, aunque sus manos atadas temblaban ligeramente, delatando su miedo.

Kilibur, consciente de la tensión en el aire, decidió comenzar con algo simple para ganarse su confianza.

“Primero, para entrar en confianza,” dijo con calma, su tono más amable pero firme, “¿cómo te llamas?” El joven lo miró con recelo durante un breve momento antes de responder.

“Me llamo Chiro,” dijo finalmente, su voz un poco más clara, aunque aún cargada de incertidumbre.

“Bien, Chiro,” continuó Kilibur, señalando a sus compañeros con un gesto casual.

“Yo y estos dos que están conmigo somos guardianes de Avocios.” Krasper interrumpió de inmediato, visiblemente molesto.

“¡Oye!

¿Por qué le dices quiénes somos?

¡Es un secreto!” protestó, cruzándose de brazos con gesto indignado.

Kilibur lo ignoró y, con un movimiento elegante de su mano, desactivó las ilusiones que ocultaban sus verdaderas formas.

Chiro parpadeó sorprendido al verlos tal como eran.

Frente a él ya no había guardias de las sombras azules, sino tres figuras imponentes cuya presencia irradiaba poder.

No eran humanos comunes; sus energías eran palpables, casi abrumadoras.

“En verdad… son guardianes,” pensó Chiro, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

Podía percibir algo fuerte y ancestral rodeando a esos tres seres, una energía que no podía ignorar ni comprender del todo.

Kilibur cruzó los brazos, adoptando una postura autoritaria, su mirada fija en Chiro.

“Eres ayudante de un tal Meloc, ¿verdad?” Chiro asintió lentamente, su mente trabajando a toda velocidad mientras intentaba decidir cuánto debía revelar.

“Sí… Soy uno de sus colaboradores,” respondió con cautela, su voz apenas más audible que un susurro.

“Bien, esto es fácil,” dijo Kilibur, mirando a sus compañeros con una sonrisa satisfecha.

Luego volvió su atención hacia Chiro, su expresión tornándose más seria.

“Te ves tranquilo.

No noto oscuridad en tu ser, pero quiero preguntarte algo y es por lo que hemos venido: ¿sabes dónde está Avocios?” El rostro de Chiro palideció aún más.

Estaba atrapado entre dos fuegos: si les decía la ubicación de Avocios, sería considerado un traidor por las sombras azules, pero si se negaba, estos tres extraños probablemente lo matarían sin dudarlo.

El joven bajó la mirada, su mente trabajando a toda velocidad.

¿Qué iba a hacer?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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