La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 158
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158: La Decisión de Chiro 158: La Decisión de Chiro Meliradal y Golden se escabulleron por varias casas, gracias a la velocidad sobrenatural de Golden, que hacía prácticamente imposible detectarlos.
Finalmente, llegaron al calabozo, el mismo lugar donde Paltio y sus amigos habían estado antes, aunque, en aquella ocasión, Paltio no había logrado salvar a nadie.
“Este es el lugar,” murmuró Golden, observando desde las sombras.
“Vaya, tienen bastantes más guardias que aquella vez.
Sí que subieron el número de tontos.” Una sonrisa arrogante cruzó su rostro mientras flexionaba las garras, listo para actuar.
“Bueno, entonces entraremos por el frente,” dijo Golden, preparándose para correr hacia la entrada.
Pero Meliradal lo detuvo con un gesto firme.
“Momento, gatito.
Tú podrás ser rápido, pero las personas que están dentro no lo son, y pueden morir en el intento de ser salvadas.” Su tono era calmado pero autoritario, recordándole la fragilidad de quienes estaban atrapados.
Golden bufó, cruzándose de brazos.
“Bien, ¿y qué plan tienes entonces, señorita pajaro?” preguntó, arqueando una ceja con sarcasmo.
Meliradal sonrió ligeramente, como si ya hubiera anticipado esa reacción.
“Pues verás, ¿qué te parece si creo una cortina de niebla y entramos por arriba?
Los gatos pueden trepar, ¿no es así?” desafió, mirando a Golden con una expresión traviesa.
Golden asintió, impresionado a regañadientes.
“Así que quieres entrar por arriba sin ser descubiertos… Bien,” respondió, aceptando el plan.
Con un movimiento elegante de sus manos, Meliradal invocó su magia, creando un manto denso de niebla que comenzó a extenderse rápidamente por todo el lugar.
Los guardias, desconcertados, intentaban abrirse paso entre el humo espeso que bloqueaba su visión por completo.
Usando la niebla como una cortina literal, Golden cargó a Meliradal sobre su espalda y, con una velocidad vertiginosa, ambos escalaron la pared del calabozo en cuestión de segundos.
Al ingresar al lugar, se encontraron con una escena desgarradora: decenas de jaulas alineadas, cada una ocupada por prisioneros conectados a máquinas que les drenaban lentamente sus poderes mágicos.
Algunos intentaban resistir, conjurando pequeñas chispas de magia para sobrevivir, mientras otros, derrotados, permanecían sentados en silencio, resignados a su suerte.
Sin embargo, todos llevaban collares electrificados que los mantenían bajo control, electrocutándolos si dejaban de usar su magia.
“Y ahora, ¿cómo vamos a liberar a todas estas personas?” preguntó Golden, observando el caos con preocupación.
Meliradal, siempre práctica, respondió sin dudar: “Primero debemos liberarlas.
Debe haber algún interruptor por aquí con el cual podamos desactivar todo.” Con su aguda vista de halcón, Meliradal comenzó a escanear cada rincón del lugar hasta que finalmente señaló una máquina central llena de cables y luces parpadeantes.
“Es por allá,” indicó, apuntando hacia la máquina.
Golden no necesitó más motivación.
Con un rugido contenido, se lanzó hacia la máquina y, con un solo puñetazo cargado de energía, la destruyó por completo.
Chispas volaron en todas direcciones, y las luces del lugar se apagaron abruptamente.
Las celdas se abrieron con un chirrido metálico, y los prisioneros comenzaron a salir, confundidos y desorientados, mientras afuera la gran neblina seguía cubriendo el área.
Uno de los guardias, alarmado, gritó desde la entrada: “¡Señor, algo pasó!
¡Se fue la luz en las celdas!” Milok, el líder de los guardias, frunció el ceño con irritación.
“¿Y con esta neblina no se ve nada?
¡Pronto, usen la máquina quita-neblina!” ordenó.
De inmediato, los guardias sacaron unas extrañas máquinas que parecían aspiradoras gigantes, comenzando a drenar el humo rápidamente.
Meliradal observó la escena con frustración.
“Oh, no… Adiós al elemento sorpresa,” murmuró, cruzándose de brazos.
Milok, ahora visible gracias a la disipación de la niebla, sonrió con crueldad.
“Tontos.
¿De verdad creen que pueden salvar a sus compañeros?
¡Estos collares los mantienen bajo mi control!” exclamó, presionando un botón en un dispositivo que llevaba en la mano.
De inmediato, los prisioneros cayeron al suelo, retorciéndose de dolor mientras los collares emitían descargas eléctricas insoportables.
Sus gritos resonaron por todo el lugar, llenando el aire de desesperación.
“No se saldrán de aquí sin quitarme esto,” declaró Milok, su voz cargada de malicia.
“¡Hubieras dicho eso desde un principio!”, exclamó Golden con fastidio, quitándole el control de las manos a Milok y noqueándolo de un solo golpe certero.
En ese momento, los demás soldados irrumpieron en el lugar, armados con espadas y arcos preparados para atacar.
“¡Ay!”, dijo Meliradal con calma, levantando una mano mientras su magia helada congelaba a los soldados en el acto, dejándolos inmóviles como estatuas de hielo.
Una alarma comenzó a sonar estruendosamente.
Al parecer, uno de los soldados seguía afuera y había activado el sistema de alerta.
“Es hora de salir,” anunció Meliradal, mientras ayudaba a Golden a reunir a todos los prisioneros inconscientes.
Con un poderoso movimiento de sus manos, hizo que la tierra se abriera y los tragó, transportándolos fuera del lugar.
“Me pregunto cómo les irá a los otros,” murmuró Meliradal mientras desaparecían bajo tierra, dejando atrás el caos que habían causado.
Mientras tanto, Chiro estaba listo para revelarles algo, cuando la alarma comenzó a sonar.
Una sonrisa nerviosa apareció en su rostro mientras intentaba recuperar algo de confianza.
“Creo que ustedes van a estar en serios problemas,” dijo, aunque su voz aún temblaba ligeramente.
Kilibur frunció el ceño, visiblemente frustrado.
“¿Qué hacemos?
Se suponía que solo veníamos por esa información, y ahora… ¿qué hacemos?” Escucharon pasos acercándose rápidamente.
Varias botas resonaban en el pasillo, señal de que más soldados estaban entrando al lugar.
“¡Ayuda!”, gritó Chiro, alertando involuntariamente a los soldados que llegaban a investigar.
Silver actúo sin dudarlo, lanzándose hacia ellos y golpeándolos antes de que pudieran reaccionar.
“¡Bueno, déjame algo para mí!”, protestó Krasper, conjurando varias dagas que volaron directamente hacia los enemigos restantes, clavándose con precisión mortal.
Uno de los soldados cercanos gritó: “¡Por aquí también hay problemas!” “Bueno, es momento de irnos,” declaró Kilibur, transformándose en una bestia imponente que rugió con fuerza, asustando a los soldados que intentaban acercarse.
Los tres salieron del lugar llevando a Chiro como rehén, mientras la ilusión real de Kilibur peleaba contra los guardias que quedaban, distrayéndolos lo suficiente para garantizar su escape.
Saltaron por los tejados, dejando trampas de flechas y dagas estratégicamente colocadas por Krasper para ralentizar a cualquier perseguidor.
Finalmente, al llegar a las afueras del reino, se encontraron con el equipo de Golden.
“¡Vaya, eso fue muy loco!”, comentó Krasper, limpiándose el sudor de la frente con una sonrisa traviesa.
Meliradal soltó una carcajada ligera.
“No me divertía así desde hace mucho tiempo.” Golden, siempre práctico, fue directo al grano.
“Bueno, ¿encontraron a Meloc?” preguntó, cruzándose de brazos.
“No,” respondió Krasper, señalando a Chiro, “pero encontramos a este mocoso que sabe la respuesta.
Quizá tú puedas persuadirlo con tu poder psíquico.” Golden se preparó para usar su habilidad, pero después de unos segundos, frunció el ceño, visiblemente frustrado.
“Maldición… Usaron algún tipo de bloqueador.
Esos de las sombras son listos.” Krasper no pudo evitar burlarse.
“Vaya, gatito, ni para eso sirves.” “Oigan, eso no importa.
Lo puedo sacar a la fuerza,” intervino Silver, encogiéndose de hombros mientras miraba a Chiro con una sonrisa amigable pero amenazante.
Kilibur, al ver a la multitud de personas liberadas detrás de Meliradal, arqueó una ceja, sorprendido.
“Y…
¿quiénes son todos esos?” preguntó, señalando al grupo maltrecho de prisioneros.
Meliradal sonrió orgullosa.
“Bueno, son todos los que salvamos de un calabozo en este lugar.” Chiro observó horrorizado a la gente en mal estado, algunos apenas capaces de mantenerse en pie.
“Yo no sabía que maltrataban así a la gente…”, murmuró, genuinamente afectado.
Golden lo fulminó con la mirada, su furia evidente.
“¡Tú y tus malditas sombras hicieron esto!” Kilibur se interpuso rápidamente entre Golden y Chiro, extendiendo una mano para calmar la situación.
“Tranquilo.
Creo que si nos va a decir la verdad.” Golden lo miró incrédulo.
“¿Y por qué haría eso?” Kilibur sonrió con confianza.
“Pues porque puedo ver su alma, y no tiene índices de maldad.” Meliradal asintió, apoyando la afirmación de Kilibur.
“Si te basas en eso, Kilibur, entonces este muchacho nos dirá la verdad de dónde está Avocios.” “Pues verán,” comenzó Chiro, su voz temblorosa pero decidida, “si les digo dónde está, me tratarán como un traidor.
Pero si no lo hago, ustedes también me matarán.
Le tengo miedo a Tejod y sus hombres…
pero ustedes también lucen amenazantes.” Meliradal sonrió con calma, acercándose un paso hacia él.
“Vamos, muchacho, es por una buena causa.
¿No quieres que reine otra vez la paz y no la guerra?
¿Que los cielos vuelvan a ser blancos?” preguntó, su tono cargado de esperanza y determinación.
Chiro bajó la mirada, pensativo.
Después de unos segundos, suspiró profundamente.
“Bueno, sí… La verdad es que yo ni quería estar en este lugar, pero me dejé llevar por algunos compañeros.
Sí anhelo volver a los días de tranquilidad y felicidad, donde no se tenía que hacer nada.” Levantó la vista, sus ojos llenos de nostalgia.
“Una pregunta… ¿ustedes pueden hacer eso?” Golden respondió sin dudarlo, con su característica confianza.
“Pues claro.
Nuestro señor Avocios puede hacerlo.” Krasper, siempre pragmático, intervino rápidamente con una propuesta práctica.
“Mira, si gustas, nosotros te protegeremos.
Si decides abandonar este lugar, puedes decir que te secuestramos o algo así.
Entonces salvarías tu pellejo.” Chiro negó con la cabeza, aún dubitativo.
“Pero, ¿y si vuelvo y ustedes liberan a su jefe?
Igual me castigarán.” Se quedó en silencio por un momento, luchando internamente con sus pensamientos.
Finalmente, algo en su mente pareció decidirse.
Las palabras de Meliradal resonaron en él, junto con imágenes de cómo las cosas solían ser antes.
Sabía que las acciones que había estado tomando no eran del todo buenas, y ahora sentía que era el momento de cambiar eso.
“Ya tomé una decisión,” dijo Chiro, su voz firme, aunque aún débil.
Miró a los guardianes uno por uno, buscando seguridad en sus rostros.
Luego, tragó saliva y continuó: “Les diré dónde está… Avocios, él está en…”
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