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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 159

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159: A Por Avocios 159: A Por Avocios “Qué bueno resultó ser ese muchacho, Chiro,” dijo Golden mientras flotaba junto a los otros guardianes en el aire, gracias a los poderes de Meliradal.

“Sí, fue muy cooperativo.

Espero que se puedan hacer realidad sus sueños,” respondió Kilibur con un tono reflexivo, observando al joven desde las alturas.

Imágenes de lo que había pasado aún resonaban en la mente de los cinco.

Recordaron cómo Chiro, les había mirado con fe en sus ojos, esperanzado por un futuro mejor.

“Bueno, entonces, si les digo…

¿me ayudarán?

¿Ayudarán a que el mundo vuelva a ser libre, feliz e iluminado?” había dicho Chiro, su voz llena de determinación.

“Claro que sí,” había respondido Kilibur con calma, su mirada cálida pero firme.

“Después de todo, tú no eres un ser maligno.

Eso quiere decir que, incluso en la oscuridad, existe bondad.” Chiro, decidido, había insistido: “Bueno, entonces déjenme ir con ustedes.” Pero Krasper negó con la cabeza, cruzándose de brazos.

“No puedes ir con nosotros.

Solo puedo teletransportar a los guardianes con mi poder.

Serías una carga y nos demorarías.” Silver intervino rápidamente, su tono práctico pero amable.

“Vamos, chicos, díganos el lugar.” Chiro frunció el ceño, visiblemente frustrado.

“Entonces, ¿no pueden llevarme?

Solo me van a usar para dejarme aquí a mi suerte.” En ese momento, un hombre mayor, con porte noble, aunque cansado, se adelantó entre la multitud que comenzaba a despertar.

“Bueno, el muchacho puede ir con nosotros a un fuerte que no está muy lejos de aquí,” dijo el hombre, su voz cargada de autoridad, pero también de bondad.

Krasper lo miró con curiosidad.

“¿Y usted es…?” El hombre sonrió ligeramente, aunque su rostro mostraba las cicatrices de años de lucha.

“Yo soy el rey de Hassdalia, o lo era antes de que esas cochinas sombras llegaran y atraparan a mi gente.

Les doy las gracias.

Mi nombre es Hass.” Meliradal hizo una pequeña reverencia, impresionada por la presencia del hombre.

“Encantado, señor.

Yo soy Meliradal.” Una mujer de la multitud exclamó sorprendida: “¡Oigan!

¡Tú te pareces a la sacerdotisa de los de Fuertelia!” Meliradal asintió con una sonrisa modesta.

“Sí, esa soy yo.” Los demás prisioneros comenzaron a murmurar entre ellos, llenos de esperanza.

“Entonces, ¿han venido a salvarnos?” preguntaron algunos, despertando lentamente de su letargo.

Golden, siempre directo, respondió sin rodeos: “Bueno, de momento solo estamos en búsqueda de nuestro señor Avocios.” Krasper rodó los ojos, dándole un pequeño codazo a Golden.

“No seas tan serio y directo, gatito.” Kilibur intervino rápidamente para calmar los ánimos.

“Sí, estamos en eso, señores.

Por ahora, pero Paltio ya se encuentra en eso de buscar la solución para acabar con las sombras.” Chiro abrió los ojos con asombro.

“¿Paltio?

¿Te refieres al que puso a Meloc en coma?” “Sí, ese mismo,” confirmó Golden con orgullo.

Chiro soltó una risa nerviosa, mezcla de admiración y asombro.

“Vaya, si es una leyenda en el reino.

Todos quieren acabar con él.” El rey Hass asintió, impresionado.

“Ese Paltio debe ser alguien importante.” Silver sonrió con orgullo.

“Pues claro, él es el príncipe de Avocadalia.” El rey Hass se llevó una mano al pecho, genuinamente sorprendido.

“¿El príncipe?

¡Eh!

Quisiera conocerlo si es una persona con tales proezas.” Kilibur le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

“Seguro lo conocerá muy pronto.” El rey Hass asintió con gratitud, dirigiéndose a los guardianes.

“Pues, por ahora, estamos en deuda con ustedes.

Nosotros le prometemos que no le pasará nada al muchacho hámster llamado Chiro.” “Bien,” dijo Silver, satisfecho con el acuerdo.

Kilibur se giró hacia Chiro, colocando una mano sobre su hombro.

“Lo ves, no hay nada que temer.” Chiro pensó por un momento antes de hablar, asegurándose de darles toda la información que necesitaban.

“Está bien.

A quien buscan está lejos de aquí, bajo tierra.

Pasando el bosque donde estaba el Treelion, hay un gran valle.

Debajo de una gran roca se encuentra la entrada.” Krasper arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la cercanía del lugar.

Su mirada se perdió por un momento, como si estuviera recordando su propio recorrido anterior.

“Vaya, no puedo creer que el señor estuviera tan cerca del lugar donde yo estuve,” murmuró, su voz cargada de incredulidad mezclada con una pizca de ironía.

Una media sonrisa apareció en su rostro mientras cruzaba los brazos, adoptando su característica pose confiada.

“Parece que el destino tiene sentido del humor,” añadió, casi como si hablara consigo mismo, aunque sus palabras resonaron entre los demás.

La frase quedó suspendida en el aire, cargada de un matiz peculiar: una mezcla de resignación y determinación que solo Krasper podía transmitir con su estilo único.

“Has sido de gran ayuda, muchacho.

No olvidaremos tu apoyo,” le dijo Kilibur a Chiro con una sonrisa sincera antes de despedirse.

El equipo del rey Hass se estaba preparando gracias a los suministros que Kilibur y Krasper habían proporcionado, mientras Meliradal utilizaba su magia para curar a los heridos y debilitados.

Con gratitud en sus corazones, los ciudadanos despidieron a los guardianes, deseándoles éxito en su misión.

Antes de partir, Chiro se acercó sigilosamente a Kilibur y le susurró algo al oído que dejó al zorro impactado, con una mezcla de asombro y preocupación reflejada en su rostro.

“Bien, no hay tiempo que perder.

Nos vamos,” dijo Krasper, tomando al chico zorro por el brazo y desapareciendo junto al grupo en un destello de energía.

De regreso a la conversación inicial, los cinco guardianes ya estaban cerca del lugar que Chiro les había descrito, listos para entrar y rescatar a su creador, Avocios.

“Bien, ¿y cómo le vamos a hacer para entrar?” preguntó Golden, observando el terreno con cautela.

Meliradal intervino rápidamente, su voz cargada de precaución.

“Si entramos, así como así, nos descubrirán y se llevarán a nuestro señor de este lugar.” Silver miró a Kilibur con curiosidad.

“Y qué te dijo Chiro, ¿eh?

Seguro se enamoró de ti,” bromeó con una sonrisa pícara.

Kilibur se sonrojó visiblemente, agitando las manos en señal de negación.

“¡No!

¿Qué cosas dices, Silver?” Meliradal, siempre traviesa, se unió a las bromas.

“Seguro le gustaste.

Eres simpático, además… tú no tienes sexo definido, ¿verdad, zorrito?” dijo, riendo entre dientes mientras escuchaba la conversación.

Kilibur se puso aún más rojo, cruzándose de brazos.

“¡No es eso!” protestó, aunque era evidente que no quería seguir hablando del tema.

Golden, impaciente como siempre, interrumpió con firmeza.

“¡Dejémonos de tonterías y ayuden a generar un plan!” exclamó, frunciendo el ceño.

Meliradal soltó una risita.

“Aguafiestas,” murmuró, aunque obedeció y se centró en la situación.

“Bueno, luego hablaremos de eso,” dijo Kilibur, intentando recuperar la compostura.

“Volviendo a lo que tú dices, será mejor usar mi magia de tierra e ir por debajo sin ser detectados,” propuso Meliradal.

Silver asintió pensativo, pero con una advertencia en mente.

“Y si hay cámaras y otras cosas, recuerden que estos de las sombras están muy adelantados en lo que es tecnología.” “Si es así, bueno, entraré yo rápido a inspeccionar una vez que nos colemos adentro,” sugirió Golden, confiado en su velocidad.

Krasper negó con la cabeza, colocándose al frente.

“Bien, pero sería mejor que yo vaya.

Mi invisibilidad puede ayudarnos.” Golden bufó, aunque aceptó la lógica de la propuesta.

“Bien, hazlo.

Los demás esperaremos la señal.” Mientras tanto, Kilibur seguía preocupado por lo que Chiro le había dicho antes de partir.

Sin embargo, sabía que no había tiempo para discutirlo con los demás en ese momento.

Meliradal creó un ascensor de tierra, utilizando su magia para abrir un túnel seguro bajo la superficie.

Todos entraron rápidamente, y el grupo descendió varios metros mientras ella usaba su magia de plantas para detectar cualquier señal de vida cercana.

“Hemos llegado,” anunció finalmente, abriendo una pequeña rendija en la pared de tierra para observar el exterior.

Al mirar por la abertura, vieron una enorme puerta roja custodiada por varios guardias armados hasta los dientes.

“Esa es la puerta que dijo Chiro.

Debemos pasar por ella sin ser vistos,” murmuró Krasper, analizando la escena con cuidado.

Golden arqueó una ceja, mirando a Meliradal con curiosidad.

“Oye, Meliradal, ¿no nos podías haber llevado directamente pasando la puerta?” preguntó, algo molesto por el obstáculo.

Meliradal negó con la cabeza, su expresión seria.

“No, no puedo hacer eso.

Sentí unas señales de proximidad, y si llegábamos por ahí, quizá nos hubieran atrapado.” Golden bufó, cruzándose de brazos.

“¡Bah!

Que vengan entonces.

Les hubiera dado una tunda.” Kilibur intervino rápidamente, recordándole la realidad de la situación.

“Pues no creo que sea tan fácil, recuerda que estos sujetos capturaron a Avocios, un ente creador.” Silver asintió, compartiendo la preocupación de Kilibur.

“En eso tienes razón.” “Bueno, entonces confiamos en ti, lagartija,” dijo Golden con un tono algo sarcástico pero decidido.

Krasper sonrió con confianza, ajustando su habilidad para hacerse invisible.

“Dicho y hecho.

Déjenmelo a mí.” Sin esperar respuesta, se desvaneció en el acto, camuflándose perfectamente con el entorno como si fuera un camaleón humanoide.

Con movimientos sigilosos, Krasper comenzó a zigzaguear entre los pasillos, esquivando guardias y cámaras sin ser detectado.

Finalmente, llegó a una sala donde vio a una ardilla humanoide manipulando varios dispositivos tecnológicos.

En una pantalla gigante, aparecía Meloc.

“Vaya, así que tu líder huyó de Reedalia…

Qué sarta de cobardes,” comentó la la rata humanoide, Meloc, con un tono burlón.

“Vaya, así que tu líder huyó de Reedalia… Qué sarta de cobardes,” dijo Meloc con un tono burlón, su voz cargada de desdén mientras observaba la pantalla desde la que hablaba con Ribras.

Ribras, sin inmutarse, respondió con calma, aunque sus palabras denotaban una mezcla de diversión y orgullo.

“Tú también habrías huido si vieras un enorme Kaiyu lanzando lava hirviendo frente a ti.” Meloc soltó una risa breve, aunque forzada, como si intentara restarle importancia al asunto.

Sin embargo, su expresión rápidamente se tornó seria, sus ojos entrecerrándose ligeramente mientras parecía sopesar la posibilidad con genuina curiosidad.

“Pues sí,” respondió finalmente, su tono cargado de confianza, pero también de un matiz calculador, “o quizá lo habría enfrentado con mi ingenio y mi tecnología.” Después de una pausa deliberada, durante la cual su mirada pareció perderse por un momento, añadió con un brillo inquisitivo en los ojos: “Y qué…

¿lograron matar a la lagartija gigante?

¿O no?” Ribras negó con la cabeza, encogiéndose de hombros.

“La verdad, no sé.

Yo también salí del lugar antes de que todo terminara hecho cenizas.” Meloc asintió lentamente, claramente impresionado por el relato.

“Ah, un animal gigante… Bueno, luego me ocuparé de estudiarlo.

Quizá proporcione algo útil para el futuro.” Después de unos segundos de silencio, Ribras cambió de tema, adoptando un tono más práctico.

“Bueno, ya me tengo que ir, Meloc.

Debo regresar a nuestro lugar de origen con los de las sombras negras.

¿Qué hago con nuestro invitado?” Meloc respondió sin dudarlo, como si ya hubiera planeado cada detalle.

“Es mejor que lo lleves a nuestra casa en Tehtra.

Ahí estará más seguro y mejor cuidado.” Ribras sonrió con ironía, jugando distraídamente con un dispositivo en sus manos.

“Sí, oí que se robaron a tus prisioneros y a tu ayudante.

Veo que no duran mucho a tu lado tus asistentes, ¿eh?” Meloc frunció el ceño, visiblemente molesto por el comentario sarcástico.

“Vaya, las noticias llegan rápido hacia ti, mi amigo Ribras.

Pero no es impedimento para nosotros.

Muy pronto estará listo lo que íbamos a hacer.

Así que será mejor que te muevas de ese lugar y lleves a Avocios de inmediato a Tehtra.” Ribras asintió, aunque su tono seguía siendo burlón mientras colgaba la llamada.

“Bien.” Acto seguido, aplastó el tablero con frustración, dejando marcas de sus garras en el dispositivo.

“Esa rata no es mi jefe,” murmuró para sí mismo, aunque sabía que Meloc tenía razón.

Después de unos momentos de reflexión, Ribras levantó la voz para dar órdenes a sus compañeros.

“¡Oigan, muchachos!

¡Guarden todo!

Es hora de partir.” Mientras tanto, Krasper observaba todo desde las sombras, procesando la conversación que acababa de escuchar.

Su rostro reflejaba preocupación al darse cuenta de la urgencia del momento.

“¡Oh, no!

Será mejor que actuemos de inmediato,” murmuró Krasper, activando su comunicación con los demás guardianes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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