La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 160
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160: Persecución 160: Persecución “¿Oíste eso, Golden?
Debemos actuar de inmediato,” dijo Krasper mediante el enlace mental que todos habían decidido establecer con Golden, aunque sabían que no podían hacerlo sin el permiso explícito de cada uno.
Golden asintió rápidamente, su mirada dorada brillando con determinación.
“Bien, entonces es momento de actuar.” Sin pensarlo dos veces, rompió la pared de tierra con un rugido poderoso y salió a toda marcha hacia los soldados, lanzándose al combate como una exhalación dorada.
“Adiós, elemento sorpresa,” murmuró Meliradal con ironía mientras emergía junto a Kilibur y Silver, preparados para enfrentarse a lo que fuera necesario.
Ribras, al ver a Golden acercarse, sonrió con burlona incredulidad.
“Vaya, eres tú, maldito guerrero dorado.
¿Pero qué te pasó?
¿Te encogiste?” Se cruzó de brazos, fingiendo desinterés, aunque sus ojos mostraban cautela.
Luego soltó una risita irónica mientras continuaba provocando.
“Seguramente ustedes son los que liberaron a los Hassladianos, y ahora vienen por su dios creador.
Seguro hicieron cantar al ayudante de Meloc, ¿eh?
Hoy en día no se consiguen buenos ayudantes.” Sin darles tiempo de responder, Ribras apretó un botón en su muñeca, y de repente, cincuenta Vichus emergieron del suelo, listos para atacar.
Con una sonrisa traviesa, Ribras activó un tubo en la pared y comenzó a escapar.
“Espero que me perdonen, pero tengo cosas que hacer,” dijo mientras desaparecía por el conducto.
Krasper apareció justo después de que Ribras escapara, gruñendo frustrado.
“¡Maldición!
¿Por qué no lo atrapé?” Golden, con los puños aun vibrando de energía, masculló entre dientes.
“Ese maldito se escapó.” “¡Tenemos compañía, Golden!” avisó Krasper, señalando a los Vichus que ya estaban rodeándolos.
Silver dio un paso al frente, su cuerpo lleno de energía lista para el combate.
“Déjenmelo a mí.” Golden lo detuvo con un gesto brusco.
“No, perro.
Mejor ve y rompe esa puerta.
Si no lo haces, perderemos la oportunidad de salvar a Avocios.” Kilibur, siempre estratégico, utilizó sus poderes de ilusiones reales para crear un ejército de zorros que luchaban ferozmente contra los Vichus.
Los zorros ilusorios brillaban con un destello etéreo mientras se lanzaban al combate, confundiendo y diezmando a los enemigos.
Meliradal, por su parte, invocó un arco hecho de energía pura que emergió de uno de sus guantes.
Con precisión letal, comenzó a disparar flechas cargadas de energía explosiva.
“¡No molesten, malditos monstruos!” gritó mientras una de sus flechas explotaba, eliminando a varios Vichus de golpe.
Golden, usando su velocidad sobrenatural, giraba como un torbellino dorado, sus puños impactando con fuerza devastadora contra cualquier enemigo que se le acercara.
“¡Fuera de mi camino!” rugió, derribando a un grupo entero de Vichus con un solo movimiento.
Krasper, con sus espadas giratorias en las manos, cortaba el aire con movimientos fluidos y precisos, desmembrando a los Vichus como si fueran hojas secas.
“¡Vaya!
Esto es pan comido,” comentó con una sonrisa arrogante mientras acababa con un par más de enemigos.
Silver, ignorando las bromas de Golden, se acercó a la enorme puerta roja.
Concentró todo su poder en uno de sus puños, que comenzó a irradiar una intensa aura dorada, como si un cometa estuviera a punto de estrellarse contra la superficie.
“Ya voy, tonto gato piojoso,” respondió Silver, molesto pero decidido.
Con un rugido ensordecedor, lanzó un poderoso golpe contra la puerta, pero esta ni siquiera se inmutó.
En el interior, Ribras observaba desde una pantalla mientras sus subordinados intentaban meter a Avocios en un enorme tanque de guerra.
Los soldados trabajaban con nerviosismo, asustados de cometer algún error.
“Tranquilos, apúrense.
Nadie podrá tirar esa puerta; es muy resistente,” aseguró Ribras con una sonrisa confiada.
Luego les ordenó: “¡Metan a Avocios en el vehículo!
Pero no muevan ningún cable, o el ser dentro podría escapar.” Los soldados obedecieron con sumo cuidado, temiendo incluso respirar demasiado fuerte mientras manipulaban el tanque.
Krasper, por su parte, trataba de ver si podía entrar por donde se había escapado Ribras, pero era inútil; la entrada estaba sellada.
Silver, con una mezcla de arrogancia y determinación, sonrió mientras concentraba toda su energía en su puño.
“Verán que soy el más fuerte,” dijo, lanzando un golpe cargado de poder hacia la puerta roja.
Su puño ardía con una energía propia, como si el mismísimo sol se hubiera encerrado en su mano.
Dentro del tanque, Ribras observaba nervioso mientras daba órdenes apresuradas.
“¡Apresúrense!”, gritó a sus subordinados, asegurándose de que todo estuviera listo para transportar a Avocios.
La puerta finalmente explotó, producto del potente golpe de Silver, rompiéndose en miles de fragmentos que salieron disparados como metralla.
Ribras, al ver la escena desde una pantalla interna, palideció visiblemente.
“¡Arranquen el vehículo, rápido!”, ordenó a uno de los soldados que estaba al volante.
Los demás guardianes, tras derrotar a los Vichus, se reunieron rápidamente con Silver.
El tanque comenzó a moverse, despegando del suelo con un rugido ensordecedor mientras ascendía hacia el cielo.
“Adiós, tontos,” dijo Ribras con una sonrisa triunfal mientras el vehículo salía disparado hacia arriba, dejando una estela de energía a su paso.
Golden, sin pensarlo dos veces, decidió seguir el vehículo por el mismo lugar por donde este había desaparecido.
“¡Maldición!
¡Debemos ir tras ellos!”, exclamó Golden, corriendo a toda velocidad detrás del tanque.
Krasper rodó los ojos, cruzándose de brazos mientras lo veía alejarse.
“Típico de ese gato siempre salir corriendo.” Silver, serio y decidido, respondió rápidamente: “Pues debemos ir tras el tanque, o será el fin y no podremos salvar a nuestro creador.” Meliradal, siempre práctica, utilizó su magia de viento para crear una nube flotante que elevó a todos hacia el cielo.
“Rápidamente, Meliradal, con la nube creada hizo que salieran por el mismo lugar volando.” Al salir, vieron a Golden persiguiendo el tanque a una velocidad impresionante, esquivando los ataques que el vehículo lanzaba hacia él.
Uno de los soldados dentro del tanque alertó a Ribras: “Señor, nos sigue uno de ellos… el dorado.” Ribras frunció el ceño, molesto pero determinado.
“Maldición, ese sujeto… Será mejor que lo mate.
Así mi jefe me dará una jugosa recompensa.” Con rapidez, Ribras dio otra orden a sus secuaces: “¡Rápido!
Conecten los cables de Avocios al vehículo.
Usaremos su poder en contra de sus aliados.” Los secuaces obedecieron, conectando los cables de la prisión de Avocios al sistema del tanque.
De una de las partes del vehículo emergió una especie de cañón ametrallador que comenzó a lanzar disparos de energía a diestra y siniestra hacia Golden.
Golden, utilizando su increíble velocidad, esquivaba cada ataque con precisión, moviéndose como un rayo dorado en el aire.
“Maldito seas, doradito,” murmuró Ribras entre dientes, observando cómo Golden seguía acercándose.
Uno de los soldados volvió a informar, con voz temblorosa: “Señor, ¡nos va a alcanzar!” Ribras, sin perder la calma, presionó unos botones en la consola, activando dos metralletas adicionales que emergieron de los costados del tanque.
Estas comenzaron a lanzar ataques aún más destructivos hacia Golden.
Cada disparo que fallaba impactaba contra el terreno, creando explosiones devastadoras que levantaban tierra y rocas.
Desde la nube flotante, Krasper y Kilibur observaban la escena con asombro.
“¿Qué demonios es eso?”, preguntó Krasper, incrédulo, mientras señalaba el tanque armado.
Kilibur, igualmente sorprendido, respondió: “Será mejor que ayudemos al minino.” Krasper, sin perder tiempo, entregó armamento a Silver.
Este último, con una expresión feroz, comenzó a lanzar lanzas hacia las armas del enemigo.
Las lanzas impactaron con tal fuerza que destruyeron las dos metralletas de los costados del tanque, dejándolas inservibles.
Dentro del vehículo, Ribras gritó furioso: “¡Maldición!
¿Qué fue eso?
¿De dónde viene el ataque?” Uno de los soldados, mirando las pantallas de vigilancia, informó rápidamente: “Señor, al parecer hay cuatro sujetos volando en lo que parece una nube.” “Ese doradito vino con apoyo.
Entonces será mejor que nos encarguemos también de esos.” Ribras frunció el ceño, visiblemente molesto por la interferencia inesperada.
Con un gesto rápido, ordenó a sus hombres activar otra arma del tanque.
Un potente láser emergió desde la parte superior del vehículo, lanzando rayos letales directamente hacia Meliradal y su equipo.
Meliradal maniobró su nube con destreza, esquivando los ataques mientras mantenía a todos a salvo.
Sin embargo, sabía que no podría seguir así por mucho tiempo; los rayos iluminaban el cielo como relámpagos constantes, amenazando con desestabilizar su magia.
“Silver, es momento de ir hasta ese tanque o se nos escapará,” dijo Krasper, con urgencia en su voz.
Actuando con rapidez, Krasper creó una especie de resortera gigante hecha de energía pura.
Junto con Kilibur, ambos jalaron la resortera, colocando a Silver en el centro como proyectil viviente.
“¡Apunten bien!
No quiero estrellarme en el suelo,” gritó Silver, su voz temblorosa mientras sentía la tensión en la improvisada catapulta.
Kilibur sonrió con confianza.
“Crearé dobles de nosotros con mi magia.
Con eso estaremos a salvo por unos momentos.” En un abrir y cerrar de ojos, varias copias idénticas de los guardianes aparecieron alrededor del tanque, distrayendo a los soldados.
Mientras tanto, Golden seguía persiguiendo el vehículo con determinación feroz.
Cada vez que lograba acercarse lo suficiente, una especie de fuego intenso emergía de debajo del tanque, quemando el camino y obligándolo a retroceder.
“¡Nunca podrán con esta máquina, inútiles!”, se jactó Ribras desde el interior, observando cómo sus contramedidas mantenían a raya a los intrusos.
“¡Bala de cañón!”, exclamó Krasper, soltando la resortera y lanzando a Silver directamente hacia el tanque.
El grito de Silver resonó en el aire mientras volaba a toda velocidad.
“¡Guau!
¡Voy a morir, voy a morir!” De pronto, giró su cuerpo, posicionándose con el puño hacia adelante.
Con un rugido ensordecedor, perforó uno de los laterales del tanque, dejando un agujero humeante.
El impacto sacudió todo el vehículo, y el gran aterrizaje de Silver resonó dentro del compartimento principal.
“¡Vayan a ver qué es eso!”, ordenó Ribras a sus soldados, visiblemente alterado.
Mientras tanto, murmuraba para sí mismo: “Maldición, debemos salir de aquí o si no, perdemos.” Golden, viendo la oportunidad, aumentó su velocidad.
En lugar de continuar en línea recta, subió por un costado del vehículo y entró por el mismo agujero que había creado Silver.
Uno de los soldados informó rápidamente: “¡Señor, dos entraron al vehículo!” Ribras palideció, sintiendo cómo el pánico comenzaba a apoderarse de él.
“No, no… Esto no puede estar pasando.
Si llego sin Avocios a Tehtra, seré el hazmerreír y me castigarán hasta la muerte,” se dijo a sí mismo, su mente trabajando frenéticamente en busca de una solución desesperada.
Finalmente, tomó una decisión drástica.
“Entonces lo único que me queda es hacer explotar este tanque,” murmuró con resignación, tecleando algo en su ordenador.
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