La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 161
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161: Liberado 161: Liberado “¿Estás bien, perro?”, preguntó Golden con su característico sarcasmo, aunque preocupación asomaba en sus ojos dorados.
Silver respondió con una sonrisa confiada, aunque algo cansada.
“Sí, gatito.
Esto no es nada a comparación como cuando cargo mil millones de rocas en mi espalda.” Antes de que pudieran avanzar más, un grupo de soldados irrumpió en el pasillo, rodeándolos rápidamente.
Las armas apuntaban hacia ellos, listas para disparar.
Golden y Silver intercambiaron miradas, y una sonrisa tétrica apareció en ambos rostros.
Con movimientos sincronizados y precisos, acabaron con los enemigos en cuestión de segundos.
Los golpes resonaron por todo el lugar, dejando a los sujetos inconscientes en el suelo.
“Bien, es hora de buscar a nuestro señor,” dijeron al unísono, sus voces llenas de determinación.
Un gran “¡Sí!” salió de sus bocas mientras comenzaban a avanzar a paso raudo hacia el corazón del tanque.
Mientras tanto, Ribras tecleaba frenéticamente en su ordenador, configurando una secuencia destructiva.
Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro mientras murmuraba para sí mismo: “Bueno, con esto nadie sobrevivirá.
Ni siquiera ese ser dorado vivirá.” Ribras se detuvo un momento, reflexionando sobre su próximo movimiento.
“Será mejor que me vaya y que le diga a Meloc que vencí a estos sujetos y que Avocios murió en el proceso.
Sí, eso haré,” se dijo, intentando convencerse de que su plan era infalible.
Golden y Silver seguían avanzando sin detenerse, enfrentándose a cualquier peligro que se cruzara en su camino.
Derrotaron a decenas de soldados con rapidez y precisión, dejando un rastro de caos a su paso.
Finalmente, llegaron a un gran cuarto donde estaba el contenedor donde se encontraba Avocios.
“¡Mi señor!”, exclamó Golden, su voz cargada de emoción al ver finalmente a su creador.
Sin embargo, Silver frunció el ceño al observar el estado de Avocios.
“Pero… ¿qué le han hecho?
¡Parece un gas!” Golden negó con la cabeza, desconcertado.
“No lo sé, pero será mejor que salvemos a nuestro señor.” En ese momento, una voz resonó desde las sombras.
“¡Alto ahí!” Era Ribras, quien emergió con un control remoto en la mano, su expresión llena de arrogancia.
“No den un paso en falso, o destruiré este vehículo… ¡y con ustedes dentro!”, amenazó, agitando el control frente a ellos.
Golden lo miró con desdén, aunque una sombra de duda cruzó su rostro.
“Pues podrás destruir esta cosa, pero nosotros sobreviviremos.
Incluso Avocios no morirá ante una explosión,” respondió con firmeza, aunque su tono no lograba ocultar completamente su incertidumbre.
Ribras soltó una carcajada burlona, disfrutando del momento.
“¿Eso creen, tontos?
Por si no lo saben, en ese estado en el que se encuentra, puede morir como cualquier ser vivo.
Avancen si quieren averiguarlo,” les dijo, sabiendo muy bien que sus palabras eran una mentira calculada.
Silver gruñó, su mandíbula tensándose.
“¡Mientes!
Eso no puede ser verdad,” protestó, aunque la duda comenzaba a filtrarse en su mente.
Golden también vaciló, mirando alternativamente a Ribras y al contenedor de Avocios.
Ambos guardianes sabían que no podían arriesgarse a poner en peligro la vida de su creador.
Si Ribras decía la verdad, una explosión podría significar la muerte definitiva de Avocios.
Pero si era una mentira… abandonarlo sería traicionar todo por lo que habían luchado.
Ribras, consciente de su ventaja, continuó jugando con ellos.
“No lo sé… Ustedes deciden: ¿se rinden y abandonan a su creador, o mueren con él aquí mismo?” Su tono era confiado, casi burlón, mientras sostenía el control remoto con firmeza.
Golden y Silver sudaban, sus mentes trabajando a toda velocidad.
Sabían que, si se iban, nunca volverían a ver a Avocios.
Pero si enfrentaban a Ribras y este activaba el dispositivo, el resultado podría ser catastrófico.
Finalmente, Ribras rompió el silencio con una última provocación: “Entonces, ¿qué deciden, inútiles?
¿Se rinden y abandonan el tanque, o vienen por mi control, el cual no se los recomendaría si no quieren ver pedazos de Avocios por todos lados?” Una sonrisa triunfal se dibujó en su rostro mientras pensaba para sí mismo: “Seguramente elegirán irse.
Si son fieles a Avocios, lo harán… Y así me salvaré.” “Pues hemos decidido… ¡Krasper!”, dijo Golden, como si lo estuviera llamando a juicio por no participar.
Ribras respondió confundido: “¿Cómo que Krasper?
Esa no es ninguna de las opciones.” Sin darle tiempo de reaccionar, Krasper apareció de inmediato al costado de Ribras, quitándole el control remoto de las manos con rapidez felina.
“¿¡Pero ¿¡cómo!?”, exclamó Ribras, visiblemente sorprendido antes de recibir un golpe certero que lo dejó inconsciente.
“¡Lo logramos!”, dijeron Silver y Golden al unísono, compartiendo una mirada de alivio triunfal.
Minutos antes, lo que Ribras no sabía era que Krasper había estado escuchando toda la conversación por el enlace mental.
Golden, usando su telepatía, le había ordenado mentalmente que se infiltrara dentro del tanque, acercándose sigilosamente gracias a su habilidad para mimetizarse con el entorno.
Esta ventaja le permitió deslizarse sin problemas hasta Ribras y neutralizarlo en cuestión de segundos.
“Bien, enemigo vencido,” declaró Golden con satisfacción, cruzándose de brazos.
Pero Krasper frunció el ceño, señalando el dispositivo en sus manos.
“Pero un momento… ¿y cómo detenemos esta máquina?” Silver soltó una risa irónica, mirando a Golden con reproche.
“¿Qué?
¿No pensaste en todo, Golden?” Golden rodó los ojos, molesto.
“Y ahora necesitamos ir al cuarto de control para apagarlo,” añadió Silver, señalando hacia el interior del tanque.
“Bueno, eso déjenmelo a mí,” dijo Golden, quien salió corriendo a toda prisa por el enorme vehículo, inspeccionando puerta por puerta.
El tanque era tan grande como un edificio rodante, y cada segundo contaba.
Finalmente, llegó a la cabina del conductor, solo para encontrar al piloto muerto.
Su corazón se aceleró al ver los números en la pantalla, que descendían rápidamente.
“¡Tenemos un problema!”, avisó Golden mediante el enlace mental.
“¿Qué pasó?”, preguntaron los demás al unísono.
“Pues no hay conductor.
Está muerto, y esta cosa está sin rumbo.
Además, hay unos números en la pantalla que van hacia atrás,” explicó Golden, su voz tensa.
Krasper maldijo entre dientes, comprendiendo de inmediato la situación.
“Maldición, ese control era una mentira.
Ya había activado la autodestrucción de esta cosa.” “¡Entonces debemos salir de aquí de inmediato!”, gritó Golden.
Silver, siempre pragmático, creó un enorme hoyo en una de las paredes del tanque con un poderoso golpe.
“¡Ha llegado el momento de salir de esta cosa!”, anunció, aunque su expresión cambió al ver la prisión donde estaba Avocios.
“Sí, pero… ¿cómo vamos a llevar a Avocios?”, preguntó Krasper, señalando el recipiente que contenía a su creador.
Silver, confiado en su fuerza, dio un paso al frente.
“Pues con un golpe,” dijo, lanzando un puñetazo contra el recipiente.
Pero este no se rompió.
Krasper soltó una carcajada burlona.
“Perro tonto, solo piensas con los músculos.
Ahora ya veo por qué peleas tanto con Golden.” Silver gruñó, irritado.
“Es un material muy resistente.
No se romperá tan fácilmente.” Golden regresó junto a ellos, su rostro tenso.
“¡No hay tiempo, muchachos!
Lo último que decía el reloj eran 20 segundos.” “Debemos irnos rápido por ese hueco que hizo el perro,” indicó Golden, señalando el enorme agujero en la pared.
Krasper asintió, pensando rápidamente.
“Necesitaremos hacer algo arriesgado.” Luego se dirigió a Silver: “Silver, ¿podrás cargar todo eso?” Golden intervino con sarcasmo: “Pues el pulgoso puede.
Es el más fuerte… o eso dice.” Silver, ignorando el comentario, respondió con determinación: “Claro que puedo.
Yo lo haré.” Con un esfuerzo sobrenatural, Silver levantó el pesado recipiente desde abajo, colocándolo sobre su espalda.
Aunque su rostro se puso rojo del dolor, su fuerza titánica logró mantenerlo en alto.
Krasper, mientras tanto, sacó uno de sus inventos.
“Golden, toma esto,” dijo, entregándole un dispositivo extraño.
Golden lo examinó con curiosidad.
“¿Y esto qué es?” “Pues eso, amigo mío, es mi invento: un propulsor,” explicó Krasper con orgullo.
“¡Eh!”, respondió Golden, confundido, pero sin tiempo para preguntas.
Krasper cogió el arma junto con Golden y, tras apretar un gatillo, ambos salieron disparados hacia afuera del vehículo, llevándose también a Silver y el recipiente con Avocios.
Al salir del tanque, Krasper gritó: “¡Ahora, Meliradal!” De inmediato, Meliradal utilizó su magia para crear una especie de pared de aire que amortiguó su trayectoria, evitando que se alejaran demasiado.
Al mismo tiempo, Kilibur invocó un enorme colchón de energía mágica para que todos cayeran sobre él.
El equipo aterrizó con un golpe sordo, pero a salvo.
El vehículo siguió su camino hasta estrellarse contra una enorme roca, explotando en mil pedazos como una bola de fuego gigantesca, iluminando el cielo nocturno y acabando con Ribras en el acto.
Una vez todo terminó, los cinco guardianes se reunieron frente al recipiente que contenía a Avocios.
La tensión aún flotaba en el aire, pero también había un sentimiento de alivio por haber logrado escapar del desastre.
Kilibur, siempre analítico, examinó cuidadosamente el artefacto con sus agudos ojos.
“Y ahora… ¿cómo lo liberamos?”, preguntó, su voz cargada de preocupación mientras tocaba el material resistente con cautela.
Silver cruzó los brazos, recordando su intento fallido.
“Pues ya probé con mi fuerza bruta, y parece que este material es prácticamente indestructible.” Meliradal dio un paso adelante, su mano brillando con energía mágica.
“Puedo probar con magia,” sugirió, aunque su mirada mostraba cierta duda sobre si funcionaría.
Krasper negó rápidamente con la cabeza, interrumpiéndola antes de que pudiera intentarlo.
“No, no creo que sea buena idea.
Podríamos dañar a Avocios en el proceso,” dijo con firmeza, sus ojos reflejando precaución.
Golden, siempre práctico, interrumpió la conversación con un tono decidido.
“Entonces, ¿qué hacemos?”, preguntó, claramente esperando una solución rápida pero efectiva.
Krasper, siempre metódico, se acercó al recipiente con una expresión pensativa.
Sacó unas reglas que creó en el momento y comenzó a tomar mediciones precisas, examinando cada detalle del artefacto.
Después de unos minutos de cálculos intensos, asintió para sí mismo como si hubiera encontrado la solución.
“Creo que tengo un plan,” anunció, entregando a cada uno de sus compañeros una especie de espada corta cargada de energía.
Kilibur frunció el ceño, confundido.
“¿Y esto para qué?”, preguntó, inspeccionando la pequeña arma en sus manos.
Krasper respondió con calma, señalando puntos específicos en el recipiente que había marcado previamente.
“Todos debemos colocar un poco de nuestro poder en estas espadas y colocarlas a la vez en cada lado que he marcado en el contenedor.
Es la única forma de romperla sin arriesgar a Avocios.” Krasper, tomando el liderazgo del momento, se colocó al frente con una postura firme que irradiaba confianza.
Sus ojos brillaban con intensidad mientras observaba a sus compañeros prepararse, asegurándose de que cada uno estuviera listo para lo que venía.
“Están listos,” dijo con voz clara y decidida, cargada de seriedad, pero también de un matiz tranquilizador.
Miró a cada uno de sus compañeros, deteniéndose brevemente en sus rostros para evaluar su determinación mientras veía cómo cargaban las armas con sus respectivas energías.
El ambiente se cargó de una tensión casi palpable mientras todos se preparaban para el momento decisivo.
El aire vibraba con la energía combinada de los cinco guardianes, cuyas espadas brillaban con intensidad, reflejando sus poderes únicos.
Krasper, firme y decidido, levantó una mano, su voz resonando con autoridad mientras comenzaba la cuenta regresiva.
“A mi señal… 5…” Cada número colgaba en el aire como un eco, marcando el inexorable paso del tiempo.
Los guardianes ajustaron sus posturas, concentrando toda su fuerza y determinación en este instante crucial.
“4…” El brillo de las espadas se intensificó, iluminando sus rostros con destellos que revelaban una mezcla de esperanza y nerviosismo.
La respiración de cada uno era controlada pero audible, sincronizada con el ritmo de la cuenta.
“3…” Meliradal cerró los ojos por un breve momento, sintiendo cómo su magia fluía con precisión hacia su arma.
Silver apretó los dientes, asegurándose de canalizar su poder sin perder el control.
Golden ajustó ligeramente su agarre, su mirada dorada fija en el objetivo.
“2…” Kilibur exhaló lentamente, dejando que su energía fluyera en armonía con la de los demás.
Krasper, con la mano aún levantada, sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, sabiendo que este era el momento en que todo se decidiría.
“1… ¡Ahora!” Como un solo equipo, los cinco lanzaron sus espadas hacia los puntos marcados en el recipiente, infundiendo cada ataque con sus poderes combinados.
Un destello cegador iluminó el lugar cuando las energías colisionaron, creando una onda expansiva que sacudió el aire a su alrededor.
Un gran crack se oyó.
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