La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 165
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
165: Cristal Luz-Oscuro 165: Cristal Luz-Oscuro “Bien, ya tenemos el ejército que necesitábamos,” dijo Ban con admiración, impresionado por lo grandioso que había sido convencer a las masas.
“Pero ahora, ¿cómo vamos a hacer para llegar a tiempo a Avocadolia?
Además, ¿cómo haremos que todos lleguen?” “Buena pregunta,” respondió Rodelos, rascándose la cabeza pensativamente.
El profesor Kuang sonrió con confianza.
“¿Qué bueno que preguntan?
Estoy preparando un invento grandioso para resolver precisamente eso.” Ajustó sus gafas mientras hablaba.
“Solo denme un día.
Mientras tanto, ya les dije a los de Pinkertalia y Bacadolia que salieran de sus reinos en caso de que las sombras vuelvan a atacar.” “Así que lo tiene todo planeado, ¿eh?” dijo Rodelos, sonriendo con alivio.
“Bien, contamos con usted.” Todos cortaron la comunicación y decidieron reunirse nuevamente al día siguiente para ultimar los detalles del plan.
Mientras tanto, Ludra, Jock y Dall avanzaban por un sendero rocoso y accidentado, siguiendo las indicaciones que les proporcionaba el dispositivo del profesor Kuang en su búsqueda del diamante.
“Este lugar es muy inestable,” se quejaba Dall constantemente, tropezando con cada paso que daba.
“¿Me podría decir, señor Jock, por qué trajimos al mocoso a esta misión?” preguntó Ludra, rodando los ojos mientras observaba cómo Dall se tambaleaba y casi caía de nuevo.
“Bueno, era el único disponible; los demás soldados estaban ocupados con sus tareas,” explicó Jock con paciencia.
“Además, Ariafilis insistió.” “¿Por lo torpe que es?” preguntó Ludra, mirando a Dall con incredulidad mientras este volvía a tropezar.
“Creo que sí,” admitió Jock con una leve sonrisa sarcástica.
“¡Oigan!” gritó Dall repentinamente, después de tropezar y golpearse contra una gran roca que bloqueaba el camino.
“¡Auch!” “Pero ¿cómo se te ocurre, muchacho tonto?” exclamó Ludra exasperada, acercándose para ayudarlo.
Sin embargo, antes de que pudieran hacer algo más, una trampa se activó bajo ellos.
El suelo cedió de repente, tragándoselos en una especie de tobogán subterráneo.
Los tres comenzaron a deslizarse a toda velocidad por el túnel inclinado, gritando mientras eran arrastrados en múltiples direcciones.
Las paredes resbaladizas parecían estar cubiertas de algún líquido viscoso que impedía cualquier intento de detenerse.
“¡¿Qué es esto?!” gritó Jock, tratando infructuosamente de frenar su caída.
“¡Esto es divertido!” exclamó Dall, riendo nerviosamente mientras veía a los otros dos luchar por mantener el control.
En sus mentes, tanto Ludra como Jock maldecían internamente, culpando a Dall por haber activado la trampa.
“Todo esto es culpa de ese tonto de Dall,” pensaron al unísono, aunque no dijeron nada en voz alta.
En cambio, se concentraron en sobrevivir al descenso inesperado.
Finalmente, el vertiginoso descenso terminó, y los tres cayeron con un golpe sordo sobre el suelo de una cueva iluminada por pequeñas rocas que brillaban con un tenue resplandor azul.
La luz danzaba sobre las paredes irregulares, creando sombras que parecían moverse a su alrededor.
“¡Guau!
Esto es genial,” exclamó Dall, maravillado por el espectáculo luminoso que los rodeaba.
“¿Y ahora dónde estamos?” preguntó Jock, visiblemente preocupado mientras escaneaba el lugar en busca de una salida.
“No podemos quedarnos aquí; tenemos que volver con la señora Ariafilis.” Ludra se puso de pie, sacudiéndose el polvo de su ropa, y comenzó a observar el entorno con atención.
Las rocas brillantes cubrían las paredes, pero algo llamó su mirada: no todas eran del mismo tamaño ni estaban distribuidas al azar.
Parecía haber un patrón oculto en su disposición.
Dall, siempre impulsivo, extendió su mano hacia una de las rocas más cercanas.
Sin embargo, antes de que pudiera tocarla, Ludra fue más rápida y le dio un golpe en la mano.
“¡No hagas nada!” le ordenó con severidad, lanzándole una mirada fulminante.
“Ya bastante problema nos has causado por hoy.” ¡Auch!
Eso duele dijo Dall sobándose la mano.
Jock cruzó los brazos, molesto.
“Debería haber rechazado esa orden,” murmuró para sí mismo.
“Debería haber dejado a este muchacho ayudando a los demás.” Aunque su tono era bajo, sus palabras resonaron con frustración.
Mientras Dall y Jock discutían entre ellos, Ludra continuó examinando las piedras.
Observó que estas seguían una secuencia precisa: iban aumentando de tamaño conforme avanzaban hacia una de las paredes de la cueva.
Una idea comenzó a formarse en su mente.
“¿Qué haría Karpi en esta situación?” se preguntó, recordando la astucia de su compañera.
Se acercó lentamente a la roca más grande, situada frente a una de las paredes.
Con el corazón latiendo rápidamente debido a la mezcla de miedo y nerviosismo, tomó la piedra con ambas manos y la sacó cuidadosamente de su posición.
En ese instante, Jock y Dall se quedaron paralizados, observando con horror lo que ella acababa de hacer.
“¡Espera, noooo!” gritaron ambos al unísono, demasiado tarde para detenerla.
Antes de que pudieran reaccionar, la pared frente a ellos comenzó a abrirse lentamente, revelando una habitación oculta detrás.
Ludra, decidida a tomar la iniciativa, avanzó primero hacia la abertura, sosteniendo la roca brillante en su mano.
Los otros dos la siguieron con cautela, visiblemente temerosos de lo que podrían encontrar.
La habitación no era común y corriente.
Estaba llena de aparatos electrónicos desconocidos, cables que colgaban del techo y luces intermitentes que parpadeaban con un brillo azulado.
En el centro de la sala, una enorme caja transparente resplandecía débilmente.
Dentro de ella, un cristal ennegrecido flotaba suspendido, emanando una energía oscura y palpable.
Ludra se quedó sin aliento al verlo.
No podía creerlo: era exactamente lo que habían estado buscando.
El diamante que necesitaban estaba allí, frente a ellos, custodiado por una tecnología que parecía estar muy por encima de su tiempo.
“Vaya, creo que hiciste un buen trabajo después de todo, Dall,” dijo Ludra con una media sonrisa, dándole un pequeño golpe con el hombro.
Aunque su tono era burlón, había un deje de reconocimiento en sus palabras.
“Así que eso es lo que estábamos buscando,” murmuró Jock, acercándose cautelosamente a la caja transparente.
Observó el cristal ennegrecido con detenimiento, pensativo.
“Al parecer, la señorita Ariafilis tenía algo de razón al insistir en traer a Dall con nosotros.” Una parte de él comenzó a preguntarse si ella sabía que el muchacho tenía una especie de “suerte” para encontrar cosas importantes.
Sin embargo, esa idea se desvaneció rápidamente cuando vio a Dall tropezar nuevamente, esta vez con una pequeña roca en el suelo.
“¡Ese es el cristal!” exclamó Dall emocionado, acercándose con entusiasmo hacia la enorme gema en forma de rombo.
Pero antes de que pudiera tocar la caja transparente, Ludra lo detuvo con firmeza.
“Es mejor que no te le acerques mucho,” advirtió ella, su expresión seria mientras lo alejaba.
“Es lo que dejó al señor como estaba antes de que Paltio lo curara.” La mención de aquella historia hizo que Dall retrocediera de inmediato, visiblemente asustado.
“Tranquilo,” dijo Ludra riendo ligeramente, aunque su mente seguía analizando la situación.
“Por suerte, parece que esa caja enorme y transparente bloquea la irradiación de esa cosa.” Se quedó observando el cristal por unos momentos más, intentando comprender su naturaleza.
“Pero…
¿por qué está ennegrecido?” preguntó Jock, frunciendo el ceño mientras estudiaba la oscuridad que emanaba de la gema.
“Bueno, no tengo la respuesta a eso,” admitió Ludra, cruzando los brazos mientras reflexionaba.
“Cuando apareció uno en nuestro reino, era blanco, casi transparente, pero ahora…
es pura oscuridad.” “Entonces, ¿es un cristal de luz y oscuridad a la vez?” sugirió Dall en voz alta, inclinando la cabeza con curiosidad mientras miraba fijamente el objeto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com