La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 166
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166: ¿Suerte o Torpeza?
166: ¿Suerte o Torpeza?
“Así que un cristal de luz y oscuridad…
Me gusta ese nombre,” dijo Ludra, observando con fascinación el objeto frente a ella.
Su brillo oscuro parecía pulsar con una energía latente, como si estuviera vivo.
“Señora Ludra, ¿y ahora qué hacemos con esa cosa?
¿Acaso debemos destruirla?” preguntó Dall, su tono inocente revelaba su falta de experiencia, pero también su curiosidad.
“Pues no sé qué podamos hacer con él.
Lo mejor sería contactar al profesor o a Karpi para saber qué hacer,” respondió Ludra, cruzando los brazos mientras observaba el cristal oscuro con detenimiento.
Su tono era práctico, pero había un matiz de incertidumbre en su voz.
“¿Y cómo se supone que hagamos eso?” preguntó Jock, frunciendo el ceño.
“No creo que las señales lleguen aquí.” Miró a su alrededor, evaluando las paredes rocosas y el techo bajo de la cueva.
“Además, ¿cómo vamos a salir de aquí?” añadió, dejando escapar un suspiro frustrado.
Ludra sacó su caracola comunicadora y trató de establecer contacto, pero solo escuchó estática.
“Creo que tienes razón, Jock.
No podemos apoyarnos del exterior ni tampoco sabemos cómo salir de aquí.
Será cuestión de revisar la habitación.” Ludra indicó a Jock y Dall que tomaran una piedra brillante cada uno para iluminar mejor el lugar.
Con las rocas en mano, los tres comenzaron a inspeccionar meticulosamente la sala, buscando algo que pudiera ayudarlos a escapar o entender el propósito del cristal.
El lugar parecía haber sido utilizado recientemente; todo estaba en buen estado, como si alguien lo hubiera abandonado de manera apresurada.
Ludra encontró unas hojas llenas de dibujos que describían el cristal.
Aunque la información parecía valiosa, no le servía en ese momento, así que decidió guardarlas cuidadosamente para compartirlas con el profesor o Karpi más tarde.
Jock, por su parte, descubrió un ordenador con luces parpadeantes que se movían erráticamente.
Parecía estar conectado al sistema de la habitación, pero no logró descifrar su funcionamiento.
Mientras tanto, Dall, siempre torpe, tropezó con algo en el suelo.
Al levantarse, notó una especie de rendija en la pared, como si esa parte estuviera ligeramente desplazada.
“¡Oigan!” llamó Dall, señalando su descubrimiento.
Ludra se acercó rápidamente y, al examinar la rendija, encontró un pequeño control oculto.
Sin dudarlo, presionó el botón, y la pared se abrió lentamente, revelando un ascensor enorme.
“Esto podría ser nuestra salida,” dijo Ludra, pensativa.
Observó el interior del ascensor y consideró que podrían usarlo para sacar el cristal de allí.
Sin embargo, no tenía idea de a dónde conducía.
Era un riesgo, pero no tenían muchas opciones si querían abandonar ese lugar.
Sin más deliberaciones, buscaron herramientas para transportar la caja transparente que contenía el cristal.
Jock encontró un carrito metálico que parecía lo suficientemente resistente.
Los tres intentaron levantar la caja, pero, aunque no parecía pesada a simple vista, resultó ser extremadamente difícil de mover.
Finalmente, Ludra encontró una barra metálica que usaron como palanca.
Después de varios minutos de esfuerzo, lograron subir la caja al carrito y empujarla hacia el ascensor.
Una vez dentro, notaron un panel con números para digitar un código.
“¿Y ahora qué hacemos?” preguntó Jock, cruzando los brazos con frustración.
“Pues yo no sé el código,” admitió Ludra, mirando el tablero con incertidumbre.
“Yo menos,” añadió Dall, rascándose la cabeza nerviosamente.
Los tres se miraron entre sí, sin tener idea de cómo proceder.
En ese momento, Dall, fiel a su naturaleza torpe, tropezó nuevamente, esta vez con el carrito.
Al caer, sus manos tocaron el panel accidentalmente, marcando números al azar.
Para su sorpresa (y suerte), las puertas del ascensor se cerraron y este comenzó a ascender con un leve temblor.
“Ese chico es especial,” se preguntó Jock a sí mismo, observando a Dall con una mezcla de asombro y confusión.
Por su parte, Dall estaba sumido en sus pensamientos, reprochándose internamente: “Qué tonto soy.
Debo tener más cuidado.” “Qué raro, pero ¿cómo lo hizo este mocoso?” murmuró Ludra, mirando alternativamente a Dall y al panel del ascensor.
A pesar de su torpeza, era innegable que su intervención accidental los había salvado.
El ascensor continuó subiendo rápidamente hasta llegar a la entrada inicial, donde la gran roca que antes bloqueaba el camino se deslizó hacia un lado, permitiéndoles pasar.
Sin perder tiempo, los tres empujaron el carrito con la caja transparente y el cristal en su interior, dirigiéndose de regreso hacia donde esperaban los demás.
Por otro lado, Ban estaba visiblemente preocupado.
Nunca había estado tanto tiempo separado de Ludra, y la ansiedad comenzaba a hacer mella en él.
Rodelos, notando su inquietud, le puso una mano en el hombro con calma.
“Tranquilo, ya regresan.
Además, no hay enemigos en la zona después de que el monstruo hiciera huir a las fuerzas de las sombras negras.” Después de una larga espera, Ban divisó a lo lejos tres figuras acercándose.
Llevaban consigo una enorme caja transparente montada en un carrito, y dentro de ella, el cristal oscuro brillaba con una energía inquietante.
“¡Ludra!” gritó Ban, corriendo hacia ellos con urgencia.
Su respiración era agitada cuando finalmente llegó junto a ella.
“Mi señor, ¿qué pasa?
¿Por qué viene así de rápido?” preguntó Ludra, sorprendida por la reacción de su líder.
“Me preocupé.
Pensé que les había pasado algo,” respondió Ban, recuperando el aliento.
Su voz revelaba una mezcla de alivio y frustración.
“No, señor, tranquilo.
Demoramos por algunos problemas,” explicó Ludra, lanzando una rápida mirada hacia Dall, quien parecía estar demasiado ocupado intentando mantener el equilibrio.
“Pero bueno, ya encontramos el cristal.
Aunque está diferente a como lo vimos en el pueblo.” “¿Se portó bien Dall?” preguntó Ariafilis a Jock, arqueando una ceja con curiosidad.
Jock dudó por un momento, sin saber si atribuir los logros del muchacho a suerte o a su habitual torpeza.
Finalmente, respondió: “Bueno…
de alguna manera ayudó en la búsqueda del artefacto.” “Qué bueno,” dijo Ariafilis, sonriendo ligeramente mientras observaba a Dall.
En ese preciso instante, el joven volvió a tropezarse con una roca y cayó al suelo.
“O no,” añadió Ariafilis, conteniendo una risa.
“Y ahora, ¿qué hacemos, señor?” preguntó Ludra, dirigiéndose a Ban.
“¿Y si lo destruimos?” sugirió Rodelos, frunciendo el ceño mientras observaba el cristal.
“¡No!” interrumpió Ban rápidamente.
“No podemos destruirlo, así como así.
Si lo hacemos, les pasará lo mismo que me pasó a mí.” Su tono era firme, dejando claro que esa no era una opción viable.
“Entonces no queda de otra.
Habrá que preguntarle al profesor,” dijo Ariafilis.
“Aunque debe estar ocupado con el traslado de los otros dos reinos.” “Mejor lo llamamos,” propuso Ludra, sacando su caracola comunicadora.
Al activarla, Karpi apareció en la pantalla, y rápidamente le mostraron el cristal encapsulado en la caja transparente.
“Tengo algunas anotaciones de esta cosa.
Quizá te puedan servir,” dijo Ludra, sacando unos escritos de su mochila.
“¿Cómo te puedo pasar la información?” “No será necesario,” interrumpió el profesor Kuang, quien había estado escuchando la conversación desde el fondo.
“Te enviaré uno de mis Kbots en unos minutos.
Llegará pronto,” aseguró el científico, ajustándose las gafas con entusiasmo.
Pasados unos minutos, uno de los robots del profesor Kuang llegó al campamento.
Con un movimiento rápido y preciso, el Kbot introdujo los documentos en su compartimento interno y desapareció tan rápido como había llegado.
Todos observaron con asombro cómo el documento que Ludra había entregado se evaporaba frente a sus ojos.
“Tranquilos,” dijo la voz del profesor a través de la conexión.
“El documento ya está en mi computador.
Puedes revisarlo, Karpi.” Karpi, siempre eficiente, comenzó a examinar la información en el sistema del profesor.
Sus ojos brillaban de emoción mientras leía cada línea, analizando los datos con precisión científica.
“Así que este cristal…
se alimenta de la luz y la convierte en oscuridad, como energía pura,” murmuró, visiblemente impresionada.
“Es por eso del cambio de su color: de luz a una oscuridad absoluta.” Hizo una pausa antes de continuar, su tono ahora más serio.
“Pero entonces…
no vamos a poder destruir ninguno de estos, ¿verdad?” Ludra bajó la mirada, visiblemente decepcionada.
“No lo sé, pero si no podemos destruirlo, ¿qué haremos?” “No diría eso tan pronto,” interrumpió el profesor Kuang, ajustándose las gafas mientras sostenía varios dispositivos en sus manos.
Su expresión era de concentración absoluta, pero también había un brillo travieso en sus ojos.
“¿Cómo dice, señor?” preguntó Karpi, inclinándose hacia la pantalla.
“Bien, escuchen con atención,” respondió el profesor, adoptando un tono didáctico.
“La energía no se puede destruir, solo transformar.
Así que, en lugar de destruir el cristal, vamos a purificarlo.
Si logramos revertir su naturaleza corrupta, podríamos liberar esa región del cielo perpetuamente oscuro.” Rodelos frunció el ceño, confundido.
“¿Y cómo piensa hacer eso, profesor?” El profesor sonrió ampliamente, casi con malicia, mientras levantaba un pequeño dispositivo que tenía en las manos.
“Pues, ¿cómo más?
Con la ayuda de mi Kbot que tienen a su lado y un invento que instalé hace tiempo.
¡Siempre quise usar el Limpiador de Energía!” Su sonrisa maquiavélica provocó una mezcla de admiración y temor en los demás.
“¡Empecemos la operación Limpieza de Oscuridad!” exclamó el profesor, claramente emocionado por poner en práctica su idea.
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