La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 167
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- Capítulo 167 - 167 Operación Limpieza de Oscuridad
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167: Operación Limpieza de Oscuridad 167: Operación Limpieza de Oscuridad Da un poco de miedo ese profesor,” dijo Ludra, aunque su tono intentaba sonar casual.
Sin embargo, por dentro, también estaba aterrada por la mirada y la sonrisa maquiavélica que el profesor había mostrado momentos antes.
“Tranquilos, yo ya me acostumbré,” intervino Karpi con una pequeña risa nerviosa.
“Siempre que algo le gusta y puede aplicar su ciencia, el profesor parece endemoniado y se ríe como tal.” Hizo una pausa antes de agregar: “Aunque peor es cuando es algo satisfactorio…
ahí sí da miedo.” “Entonces, manos a la obra,” dijo Rodelos con firmeza, rompiendo la tensión momentánea.
“Bien, el profesor dijo que debíamos usar esto y esto, y luego colocar esto,” explicó Ban, señalando algunos controles en el Kbot junto con Ludra.
Después de presionar algunos botones, del estómago del robot emergió una especie de manguera flexible.
El profesor les indicó que debían conectarla a la caja transparente, que al parecer protegía a quienes estaban cerca de cualquier irradiación emitida por el cristal.
Rápidamente, Rodelos jaló la manguera y la conectó en un lateral de la caja.
De la manguera salió un gancho que se introdujo automáticamente en el interior de la estructura trasparente.
El Kbot comenzó a vibrar intensamente, moviéndose de izquierda a derecha como si fuera un péndulo descontrolado.
En la pantalla que formaba su “rostro”, los círculos que representaban su interfaz cambiaron.
Tres círculos aparecieron, uno más grande que el anterior, y comenzaron a llenarse gradualmente, como si cargaran algún programa complejo.
Al completarse los tres círculos, un líquido azul brillante comenzó a fluir por la manguera, expandiéndose hacia el interior de la caja.
El líquido inundó cada rincón, cubriendo completamente al cristal oscuro.
El cristal reaccionó de inmediato, emitiendo una aura densa y pulsante, como si luchara contra el líquido azul.
Las energías opuestas colisionaron, creando una especie de campo de fuerza visible que hacía temblar el aire a su alrededor.
Era como si dos fuerzas primordiales estuvieran librando una batalla invisible.
Todos observaban asombrados, pero también asustados por lo que podría ocurrir.
Sin decir palabra, decidieron alejarse lo más posible del Kbot y la caja, preparándose para cualquier eventualidad.
¿Y si algo salía mal?
¿Y si todo explotaba?
El líquido azul empezó, a corroer el cristal, como si intentara abrirse paso hacia su núcleo.
Las energías del cristal luchaban desesperadamente por mantenerse estables, resistiendo la infiltración del líquido.
Durante varios minutos, la tensión entre ambas fuerzas fue palpable, como un duelo silencioso pero poderoso.
De pronto, una luz cegadora estalló, obligando a todos a cerrar los ojos instintivamente.
El brillo era tan intenso que parecía traspasar sus párpados, dejándolos momentáneamente ciegos.
Cuando finalmente pudieron parpadear y recuperar la visión, se encontraron con una escena sorprendente.
El cristal ya no era ni blanco ni oscuro.
Había adoptado un color azul cristalino, brillante y sereno.
La caja que lo contenía comenzó a resquebrajarse, como si su propósito hubiera llegado a su fin.
Una luz pura emergió de su interior, disparándose directamente hacia el cielo.
El cielo, que hasta ese momento había estado envuelto en una inmensa oscuridad a pesar de ser mediodía, comenzó a irradiar un fulgor dorado.
Las sombras que lo cubrían se desmoronaron como un jarrón que cae al suelo, fragmentándose por completo y revelando el resplandor del día.
Finalmente, el cristal se desintegró por completo, dejando solo un fino polvo brillante en su lugar.
“Eso es fascinante,” dijeron todos al unísono, sus rostros iluminados por la luz del día que ahora bañaba el reino de Reedalia.
No eran los únicos que lo celebraban; los aldeanos también miraban hacia el cielo con asombro y alegría.
Solo el cuadrante donde se encontraba Reedalia había recuperado su claridad, mostrando un agradable y cálido día después de tanto tiempo bajo la opresión de la oscuridad perpetua.
“No puedo creerlo…
¡es la luz del día!” exclamó Ariafilis, emocionada, con lágrimas brillando en sus ojos.
Su voz temblaba de gratitud y alivio.
“Sí, señora, así es,” respondió Jock con una sonrisa orgullosa, observando cómo los rayos dorados se filtraban entre las nubes.
“¡Vaya, ese viejo profesor sí que sabe hacer su trabajo!” dijo Rodelos, riendo abiertamente.
Había una mezcla de felicidad y nostalgia en su tono.
“Nunca pensé que volvería a ver este hermoso cielo.” “Profesor, es usted un genio,” añadió Ban, inclinándose ligeramente hacia la pantalla donde aparecía el científico.
“Gracias, muchacho, por adularme,” respondió el profesor Kuang con una sonrisa modesta, aunque sus ojos brillaban de orgullo.
“Pero eso es solo mi trabajo: ser el mejor científico y traer la tecnología a nuestro mundo.” Sin perder tiempo, continuó ajustando algunos controles en su laboratorio.
“Bien, entonces debemos enviar a sus robots a donde estén para que purifiquen la energía de los cristales y pueda prevalecer la luz nuevamente sobre la tiniebla,” sugirió Rodelos, adoptando un tono más serio.
“Sí, señor, pero déjenles ese trabajo a mis creaciones, mis queridos Kbots,” indicó el profesor con entusiasmo.
“¡Con eso doy por iniciada la operación Limpieza de Oscuridad!” Su risa resonó como un eco maniático, provocando una mueca divertida en Karpi.
“Ahí vamos otra vez,” murmuró ella, negando con la cabeza, pero sonriendo al mismo tiempo.
“Gracias, profesor.
No sabemos cómo pagarle después de todo lo que está haciendo por el mundo,” dijeron todos con sinceridad.
“Tranquilos,” respondió el profesor, su expresión volviéndose más seria.
“Esta guerra aún no termina.
Puedo limpiar los cielos de las sombras, pero recuerden que aún deben enfrentar a las sombras que quedan.” “Tiene razón,” intervino Rodelos, asintiendo con firmeza.
“Será mejor que nos pongamos a entrenar mientras termina los preparativos para vencer a las sombras.” Sin más palabras, se despidieron del profesor, quien prometió enviar a sus robots a buscar los cristales Luz-Oscura, bautizados así por Ludra, utilizando radares instalados en cada uno de ellos.
Mientras tanto, en Reedalia, los habitantes celebraban con cánticos y risas, disfrutando de la luz del día que habían creído perdida para siempre.
En las calles, los niños corrían bajo el sol, y los adultos intercambiaban abrazos y palabras de esperanza.
Era un momento de renovación, un recordatorio de que incluso en las peores tinieblas, la luz podía regresar.
Sin embargo, en un lugar oscuro y tenebroso, muy lejos de la celebración, se reunían unas sombras que podrían helar la sangre de cualquiera.
En una sala circular, rodeada por muros de piedra negra que parecían absorber toda luz, estaban los líderes de cada facción de las sombras: Tertrol, Troba, Trebolg, Mejod y, finalmente, Blajon.
Cada uno ocupaba un asiento en una mesa redonda, sus figuras envueltas en una oscuridad densa que parecía tener vida propia.
Alrededor de ellos, siete sujetos encapuchados vigilaban cada salida.
Ni siquiera sus rostros eran visibles; sus capas cubrían completamente sus figuras, dejando solo una sensación de maldad pura que emanaba de ellos como un veneno invisible.
Los cinco líderes de las sombras, aunque poderosos, parecían insignificantes frente a esos siete seres.
La atmósfera era opresiva, cargada de una energía que hacía difícil incluso respirar.
“Señores, ¿por qué nos han traído hasta aquí?” preguntaron los cinco tejones líderes con un tono que mezclaba curiosidad y desconfianza.
Sus ojos recorrían la sala circular, tratando de comprender lo que estaba ocurriendo.
Sin previo aviso, los siete encapuchados comenzaron a flotar, sus figuras desvaneciéndose lentamente en el aire.
Un momento después, un estrado emergió del suelo con un movimiento casi imperceptible.
Sobre él había siete sillas, cada una tallada con símbolos antiguos que parecían brillar débilmente con un resplandor oscuro.
Uno por uno, los siete encapuchados reaparecieron, tomando sus asientos en silencio.
Su presencia era abrumadora, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado.
El que parecía ser el más alto de los siete, sentado en el centro del estrado, se inclinó ligeramente hacia adelante.
Su voz resonó en la sala, profunda y retumbante, como un trueno que desgarrara el cielo.
“Están aquí porque muy pronto será el momento en el que nuestro amo regrese a este plano,” anunció, su tono cargado de una maldad que helaba la sangre.
“Comenzará gobernando este insignificante mundo, llenándolo de su eterna oscuridad.
Luego avanzará hacia el siguiente, y así sucesivamente, hasta que el universo entero esté bajo su dominio.” Cada palabra que pronunciaba parecía vibrar en los huesos de quienes lo escuchaban, provocando temor y agonía incluso en los más fuertes.
Los cinco líderes de las sombras intercambiaron miradas nerviosas, aunque intentaban mantener una apariencia de calma frente a esos seres superiores.
“Prepárense,” dijeron los otros seis al unísono, sus voces como un coro de lamentos funestos.
“Ya falta poco para el Alba Marina.” El encapuchado del centro, quien claramente lideraba a los demás, volvió a hablar.
Su voz era aún más demoníaca y profunda, como si emergiera directamente del mismísimo infierno.
“Los hemos reunido aquí porque pronto partiremos hacia Avocadolia,” declaró, dejando que sus palabras resonaran en la sala antes de hacer una pausa dramática.
“Será el inicio.”
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