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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 168

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168: La Conjunción del Mal 168: La Conjunción del Mal “Señor Tertrol, ya casi estoy terminando con lo que teníamos planeado.

Muy pronto podremos ponerlo en funcionamiento,” dijo Meloc, ajustando uno de los dispositivos en su mano mientras hablaba.

Su tono era entusiasta, pero cargado de nerviosismo.

“Bien, entonces muy pronto venceré a ese asqueroso Tejod,” respondió Tertrol con una voz grave y cargada de odio.

“Cada hueso, cada grito, cada recuerdo será un deleite para mí.” Sus palabras resonaban como un eco oscuro, llenas de una sed de venganza que parecía consumirlo por completo.

Era evidente que Tejod representaba algo más que un simple enemigo; era un obstáculo que le impedía avanzar, un fantasma que necesitaba exorcizar.

Los dos estaban conversando cuando, de repente, el aire a su alrededor se distorsionó.

Una especie de grieta apareció en el espacio frente a ellos, como si el mismo tejido de la realidad se desgarrara.

De la grieta emergió un ser envuelto en una túnica negra, con una capucha que ocultaba completamente su rostro.

No se podía ver nada bajo esa sombra, pero su presencia era abrumadora, como si la oscuridad misma hubiera tomado forma física.

Un aura de maldad pura emanaba de él, acompañada de un leve sonido de lamentos que parecía provenir de otro mundo.

“Señor, es…

¡es uno del consejo de las sombras!” exclamó Meloc, su voz temblorosa y sus ojos desorbitados por el pánico.

Retrocedió instintivamente, incapaz de apartar la mirada de la figura siniestra.

El ente frente a ellos levantó una mano enguantada y habló con una voz profunda y retumbante, cargada de dolor y autoridad.

“Salve Urugas y su oscuridad perpetua.” “Sí, salve,” respondió Tertrol con voz firme, aunque inclinándose ligeramente en señal de respeto.

Meloc, por su parte, permaneció paralizado, incapaz de articular palabra alguna ante la presencia abrumadora del concejal.

“A qué se debe su visita, oh emisario de Urugas y miembro del consejo de las sombras,” preguntó Tertrol, haciendo una reverencia más pronunciada para evitar mirar directamente al sujeto.

Sabía que enfrentar su mirada era un error fatal.

“Baja la cabeza y haz una reverencia,” ordenó Tertrol a Meloc entre dientes, notando que este seguía inmóvil, con la vista fija en el ser frente a ellos.

Pero Meloc no respondía; estaba atrapado en un trance horrendo, como si el ente estuviera escudriñando su alma misma.

Tertrol, irritado, agarró a Meloc del cuello y forzó su cabeza hacia abajo, sacándolo bruscamente de su estupor.

Con una voz demoniaca y llena de lamentos, el concejal habló nuevamente: “Quiero que reúnas a tus hombres.

Es momento de regresar a Tehtra.” “¿Y los prisioneros, su ‘oscuridad’?

¿Qué hago con ellos?” preguntó Tertrol, su tono respetuoso pero calculador.

El concejal respondió sin vacilar: “Colócalos en sus celdas y nunca los dejes salir hasta la llegada de nuestro señor.” “Como usted ordene, su maldad,” respondió Tertrol, inclinándose aún más profundamente.

Su voz era firme, pero cargaba una reverencia forzada que no dejaba espacio para errores.

Mantuvo la cabeza gacha, evitando incluso el más mínimo contacto visual con la figura siniestra frente a él.

El concejal lo observó en silencio por un momento, como si evaluara su lealtad con una mirada invisible bajo la capucha.

Finalmente, habló con una voz que parecía resonar desde las profundidades de un abismo: “Te espero en el granero.

No tardes.” Sin más palabras, su figura comenzó a desvanecerse lentamente, deslizándose hacia la misma grieta que lo había traído.

La oscuridad se cerró tras él, absorbiendo la luz del entorno hasta dejar únicamente un vacío escalofriante.

El aire que quedó a su paso estaba cargado de una sensación opresiva, como si la habitación misma recordara su presencia.

“¡Pero qué demonios fue eso, señor!” exclamó Meloc, recuperando finalmente el habla.

Su rostro estaba pálido, y sus manos temblaban visiblemente.

“Esos malditos nunca deben ser mirados al rostro,” respondió Tertrol con severidad, su voz cortante como un cuchillo.

“No tienen rostro, y si lo haces, te llenará de dolor y sufrimiento.

¿Entendiste, Meloc?” Meloc asintió rápidamente, tragando saliva con dificultad.

“Me había olvidado de ellos, pero bueno…

un paso a la vez,” murmuró Tertrol, más para sí mismo que para su subordinado.

“Primero Tejod, y luego estos.” “Sí, mi señor,” respondió Meloc, intentando recobrar la compostura.

“Ah, y una cosa más,” añadió Tertrol, frunciendo el ceño.

“Señor, tenemos un problema.

Los prisioneros escaparon.

Alguien se los llevó.” “Menos mal que me dices eso ahora.

Si ese sujeto se hubiera enterado, nos habría castigado,” respondió Tertrol con un gruñido de frustración.

“Bien, será mejor que reúnas a todos y vayamos al granero.

Estarán esperándonos allí.” Meloc asintió apresuradamente y salió corriendo para cumplir la orden, dejando a Tertrol sumido en sus pensamientos.

El líder de las sombras miró hacia donde había estado el concejal, su expresión tensa pero decidida.

Sabía que el tiempo se agotaba, y los próximos movimientos serían cruciales.

“Opal, ten preparado nuestras cosas; nos vamos,” ordenó Tertrol a su mago, quien asintió sin pronunciar palabra alguna.

La eficiencia de Opal era conocida por todos, pero esta vez había un aire de urgencia que no dejaba espacio para retrasos.

Todo el ejército de Tertrol se reunió en el granero tal como lo había indicado el concejal.

Una vez allí, el aire comenzó a vibrar, y una grieta masiva se abrió en el espacio frente a ellos.

Era como si el mismo tejido de la realidad se desgarrara, dejando entrever un vacío oscuro e infinito.

Sin dudarlo, Tertrol lideró a sus hombres hacia la grieta, desapareciendo completamente del reino de Hassdalia.

En Fuertelia, algo similar estaba ocurriendo.

Un ser oscuro apareció ante Troba, cuya figura imponente parecía aún más amenazante bajo la sombra de la capucha.

Galatea, utilizando lo que Meliradal le había proporcionado, se transformó en la tejona dorada, al igual que sus dos hijas y un puñado de soldados, quienes adoptaron la apariencia de guerreros de las sombras amarillas.

Algo en su instinto alertó a Galatea de no mirar directamente a los ojos del misterioso visitante.

Siguiendo su intuición, advirtió a los demás sobre el peligro y, juntos, entraron en una grieta que se abrió repentinamente en el espacio, desvaneciéndose sin dejar rastro.

Lo mismo sucedió en Bacadolia y Pinkertalia, donde Trebolg y Mejod, respectivamente, recibieron la visita de otros concejales de las sombras.

Ambos líderes, sin dudarlo ni un segundo, abandonaron sus reinos junto con sus ejércitos, dejando a los aldeanos encerrados en prisiones improvisadas, a merced del destino.

Los reinos quedaron en silencio, como si la vida misma hubiera sido arrancada de ellos.

Por su parte, Blajon y todo su ejército ya estaban lejos de Reedalia cuando algo frente a ellos comenzó a desquebrajarse.

Como si el espacio mismo se rompiera, emergió un concejal de las sombras.

Con una voz profunda y resonante, les indicó que lo siguieran.

Sin cuestionar, Blajon y sus hombres ingresaron en lo que parecía un portal dimensional, desapareciendo del lugar.

Cuando el espacio volvió a abrirse, reveló un panorama escalofriante: Tehtra, la capital de las sombras.

Las estructuras eran oscuras, construidas con un material más negro que la noche, casi metálico, con una mezcla de antiguo y moderno que resultaba inquietante.

Al fondo, se alzaba un castillo monumental, cuyas torres retorcidas y formas grotescas lo hacían parecer sacado de una pesadilla.

El ambiente era opresivo, cargado de una energía maligna que parecía absorber cualquier rastro de esperanza.

“Ah, de vuelta en casa,” murmuró Blajon mientras descendía de su carruaje.

Inhaló profundamente el aire putrefacto y sonrió con satisfacción.

“Está tal cual como lo dejé: un lugar pútrido y horrendo, tal como me gusta.” “Síganme por aquí,” ordenó el concejal oscuro, dirigiéndose hacia el castillo.

Blajon y su ejército lo siguieron hasta llegar a la entrada principal.

Cuando las enormes puertas se levantaron, emitieron un chirrido agudo y siniestro, como si proviniera de ultratumba.

“Por aquí, líder de las sombras negras.

Solo usted,” dijo el concejal, señalando el interior.

“Los demás, vayan a sus respectivos lugares.” Blajon asintió y cruzó el umbral solo, mientras las puertas se cerraban tras él con un chirrido aún más estridente.

Al ingresar, el pasillo se iluminó con una serie de flamas de diversos colores: amarillo, verde, azul, negro, morado y rojo, intercalados entre sí.

Cada llama parecía palpitar con vida propia, proyectando sombras danzantes en las paredes.

Blajon caminó detrás del encapuchado, siguiendo el sendero iluminado hasta llegar a una gran puerta de marfil adornada con cráneos alrededor.

La puerta se abrió con un crujido ensordecedor, revelando una sala amplia y oscura.

En el centro había una mesa circular, rodeada por figuras que emanaban una presencia abrumadora.

“Vaya, por fin has llegado, el último líder de las sombras,” dijo una voz desde la penumbra.

En la mesa ya estaban sentados los otros cuatro delegados de cada facción, junto a ellos un concejal de las sombras cuya capucha parecía absorber cualquier rastro de luz.

Blajon tomó asiento lentamente, su confianza habitual tambaleándose bajo el peso de la atmósfera opresiva.

Esperaba que le preguntaran sobre su repentina salida de Reedalia, pero ese momento no llegó.

En cambio, dos sombras más aparecieron en la sala, completando así a los siete miembros del consejo de las sombras.

El ambiente se volvió aún más denso, como si el aire mismo se negara a moverse.

El encapuchado más alto, quien claramente lideraba al grupo, atravesó la mesa con un movimiento fluido, como si fuera una sombra incorpórea.

Los otros seis se materializaron a su lado, y de repente, un estrado emergió del suelo con siete sillas talladas en un material oscuro que parecía vibrar con energía maligna.

Los concejales tomaron sus asientos, mientras unos pájaros de fuego negro aparecían flotando en el aire, proyectando un holograma que mostraba a Tejod.

Este, al verlos, hizo una reverencia profunda.

“Mis señores,” dijo con respeto, dirigiéndose a los siete oscuros frente a él.

“Bien, ahora que estamos todos,” resonó una voz femenina entre los concejales.

Era aterradora, cargada de una crueldad tan pura que parecía capaz de asesinar con solo unas palabras.

Los otros seis emitieron un sonido gutural, un lamento profundo que resonó en los oídos de los líderes tejones, dejándolos temporalmente paralizados.

Tejod, observando desde el holograma, permanecía en silencio, su expresión estoica.

El más alto de los concejales, con una voz que parecía surgir de las profundidades del infierno, habló: “Los he convocado a todos aquí porque ya estamos cerca de la etapa final.

Es momento de comenzar con los preparativos.

El tiempo de Urugas muy pronto comenzará.” Hizo una pausa, permitiendo que sus palabras resonaran en la sala antes de continuar.

“Prepárense todos para su recibimiento.

Al fin lo conocerán, y él nos llevará a la victoria…

y a la perdición de nuestros enemigos.” Hizo un gesto con la mano, y las llamas de los pájaros de fuego crepitaron con más intensidad, iluminando brevemente sus rostros ocultos.

“Ordenen a sus soldados y prepárense para viajar a Avocadolia.

Desde allí, iremos al Mar de Bruma para extinguir la última llama de luz del ser llamado Avocios.

Con eso, nuestro señor regresará de su prisión.” “¡Sí, servimos a Urugas, señor de la oscuridad!” respondieron todos los líderes tejones al unísono, sus voces llenas de fervor, aunque algunos temblaban ligeramente bajo la mirada invisible de los concejales.

Mientras tanto, Galatea, disfrazada bajo la apariencia de Troba, luchaba internamente contra el miedo que la embargaba.

“¿En qué cosa me he metido?” se decía a sí misma, tratando de mantener una fachada de fortaleza.

Su respiración era superficial, y sus manos temblaban dentro de los guantes que ocultaban su verdadera identidad.

Sabía que un paso en falso podría costarle la vida, pero también entendía que esta era su única oportunidad para descubrir los planes de las sombras desde adentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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