La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 170
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170: El Transporte (2) 170: El Transporte (2) “Si armo esto por aquí y esto por allá, y con esa cosa…
¡Sí, sí se!” se decía a sí mismo el profesor Kuang mientras trabajaba frenéticamente en su nueva obra maestra tecnológica.
Sus manos se movían con precisión quirúrgica, colocando piezas y ajustando conexiones con un entusiasmo que rayaba en lo obsesivo.
Finalmente, terminó de colocar las últimas piezas y comenzó a reírse como si estuviera poseído por algún espíritu maniático.
“Eso es bueno, ¿verdad, Chip?” preguntó Paris al escuchar la risa escalofriante del profesor, cuya intensidad parecía capaz de hacer temblar las paredes del laboratorio.
“Pues siempre que algo nuevo crea el profesor, significa que resultará,” respondió Chip encogiéndose de hombros, aunque su expresión sugería cierta precaución.
“Bien, señores, este nuevo invento nos ayudará,” anunció el profesor, aún con esa sonrisa que daba más miedo que confianza.
“Es momento de probarlo, y necesito un sujeto de prueba.
¿Algún voluntario?” Chip y Paris se miraron a los ojos, y sin pensarlo dos veces, dijeron al unísono: “No, pasamos.” “Qué mal,” murmuró el profesor, fingiendo decepción.
Pero justo en ese momento, el monitor frente a él comenzó a parpadear.
Era una llamada entrante, y en la pantalla apareció Ban, quien se encontraba aburrido en Reedalia, sin nada que hacer.
“Señor Ban, qué bueno que lo veo…
bueno, en el monitor.
Necesito su ayuda,” dijo el profesor con una sonrisa astuta, aprovechando la oportunidad.
“No, no le advertían,” susurraron Paris y Chip al unísono, haciendo gestos desesperados para disuadir al profesor.
Pero era demasiado tarde.
“Claro, profesor, para usted lo que quiera,” respondió Ban con su habitual buen humor, sin sospechar lo que estaba por venir.
Paris y Chip intercambiaron una mirada resignada.
“Ya fue nuestro señor Ban,” murmuraron en voz baja.
“¡Excelente!” exclamó el profesor, frotándose las manos con emoción.
“Bien, profesor, ¿qué es lo que tengo que hacer?” preguntó Ban, ajeno al destino que lo aguardaba.
“Bien, de momento acércate al Kbot que está en la zona,” indicó el profesor, cuyas intenciones seguían siendo un misterio para todos excepto para él.
Ban, al estar aburrido, decidió obedecer sin chistar las órdenes del profesor.
“Bien, y ahora, profesor, ¿qué sigue?” preguntó, mirando al Kbot con curiosidad.
El profesor soltó su característica risa desquiciada y presionó unos botones en una especie de cúpula que tenía frente a él.
Al presionar el último botón, dijo con una sonrisa siniestra: “Nos vemos pronto, señor Ban.” Ban no entendía qué significaba esa frase.
De repente, el Kbot frente a él comenzó a brillar intensamente, y en la pantalla de su rostro apareció un mensaje: “Actualización del programa.
Un momento…
recibiendo órdenes.” “Oiga, profesor, ¿sigo tocando el robot o no?” preguntó Ban, ligeramente confundido.
“Sí, siga, muchacho,” respondió el profesor, conteniendo apenas otra risa malévola.
En la pantalla del Kbot, otro mensaje apareció: “Actualización completada.
Teletransporte iniciado.” De pronto, del cuerpo del Kbot emergieron unas mangueras metálicas, y una de ellas, equipada con un dispositivo similar a un platillo invertido, se colocó firmemente en la cabeza de Ban.
El robot retrocedió unos pasos rápidamente, y una luz brillante envolvió a Ban por completo.
En un abrir y cerrar de ojos, desapareció del lugar sin dejar rastro.
“¡Señor Ban!
¿Dónde está?” exclamó Ludra, entrando apresuradamente en busca de él.
Sin embargo, solo pudo ver al Kbot, ahora inmóvil, y al profesor observando con atención una pantalla en la cúpula frente a él.
En la pantalla de la cúpula, un mensaje apareció: “Proceso de carga iniciado…
5 por ciento…
10 por ciento…
90 por ciento…
Carga completada.
Paquete recibido.” Un humo denso comenzó a salir de la máquina, y cuando este se disipó, una figura familiar apareció dentro de la cúpula.
“¡Eh!” exclamó Ban, parpadeando confundido mientras miraba a su alrededor.
“Bienvenido, señor Ban, de vuelta,” dijo el profesor con una sonrisa triunfal, mientras los demás presentes intercambiaban miradas entre el asombro y el alivio.
“¿Qué?
¿Señor Ban, qué hace aquí?” dijeron Chip y Paris al unísono, sobándose los ojos como si no pudieran creer lo que veían.
Hacía apenas unos momentos, Ban estaba en Reedalia, y ahora estaba frente a ellos, vivo y aparentemente intacto.
“¡Fue todo un éxito!” exclamó el profesor Kuang, soltando una carcajada desenfrenada que resonaba en el laboratorio como un eco siniestro.
El profesor procedió a explicar brevemente su experimento, pero Ban, al escuchar los detalles, frunció el ceño con preocupación.
“¿O sea que, si esto no hubiera funcionado, podría haber quedado reducido a partículas?” preguntó, cruzándose de brazos.
“Bueno, en el peor de los casos…
hubieras aparecido en pedacitos,” respondió el profesor con indiferencia, como si fuera algo completamente normal.
Luego, tratando de quitarle importancia, añadió: “Pero bueno, así es la ciencia.” Para rematar, le dio un par de palmadas en la espalda a Ban, como si estuviera felicitándolo por algún logro menor.
“¿Cómo eso puede ser bueno?” replicó Ban, molesto, avanzando hacia el profesor con intención de discutir.
Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, Paris y Chip se interpusieron rápidamente entre ambos.
“No hay tiempo para esto, señor Ban,” dijo Paris con urgencia.
“Karpi está en peligro.
Debe ir a ayudarla.” Ban, sin pensarlo dos veces, salió corriendo del laboratorio.
Antes de irse, giró hacia el profesor y le lanzó una mirada fulminante.
“Esto no ha acabado.
Ya verá cuando regrese,” dijo, señalándolo con el dedo antes de desaparecer por la puerta.
“¿Cómo puede estar tan tranquilo?” murmuraron Paris y Chip al unísono, observando cómo el profesor tomaba tranquilamente una taza de café, como si nada hubiera pasado.
El profesor, ignorando sus comentarios, se acercó a su invento y comenzó a examinarlo con entusiasmo.
“Bien, ahora tendré que ajustar algunas cosas para que pueda traer más de un ser vivo a la vez y hacerlo más grande,” dijo, garabateando ideas en un cuaderno cercano.
“Creo que le voy a poner el nombre de KTeleport.” “¿Por qué le tiene que poner una ‘K’ adelante a todo?” preguntaron Chip y Paris al mismo tiempo, rodando los ojos.
“¡Bueno, por mi nombre, claro está!” respondió el profesor con orgullo.
“Además, así nadie se copia de mis inventos.
Y también lo hace sonar bonito.” “Claro que no,” dijeron ambos sarcásticamente, viendo cómo el profesor volvía a reírse desenfrenadamente.
Mientras tanto, Ban corría por los pasillos del edificio.
A medida que avanzaba, notó que varias personas lo miraban con curiosidad.
Nadie lo reconocía; nunca antes lo habían visto en ese lugar.
Algunos parecían sorprendidos de que entrara con tanta libertad, como si fuera dueño del lugar.
Otros, sin embargo, notaron que llevaba las mismas ropas que su líder ‘X’, lo que les resultaba extraño.
Pero Ban no tenía tiempo para preocuparse por eso.
Solo tenía una cosa en mente: encontrar a Karpi y ayudarla en lo que sea que estuviera enfrentando.
En ese momento, Karpi, disfrazada de ‘X’, estaba intentando dar un discurso motivador a los soldados.
Sin embargo, Alcho, insatisfecho con el discurso, decidió intervenir.
Con la mejor intención, pero sin medir su fuerza, le dio una palmada en la espalda que, aunque amistosa, fue suficiente para hacer que Karpi perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
Al levantarse, el disfraz de Karpi se desajustó, revelando su verdadera identidad ante todos los presentes.
Los murmullos comenzaron a elevarse, llenos de indignación y confusión.
“¿Qué es esto?
¿Un chiste de mala broma?” protestó uno de los soldados.
“¿Por qué traen a la técnica Karpi disfrazada de nuestro líder?
¿Acaso nos menosprecian?” añadió otro, su tono cargado de resentimiento.
El ambiente se volvió hostil rápidamente.
Las voces aumentaron de volumen, y algunos soldados comenzaron a discutir entre ellos, elevando los ánimos hasta el punto de que parecía inevitable que las palabras se convirtieran en golpes.
Cuando todo parecía perdido y la situación estaba a punto de degenerar en una pelea, alguien irrumpió en la sala abriendo las puertas de par en par con ambas manos.
Todos se detuvieron y giraron hacia la entrada.
“¡Esperen!
¡No peleen!
¡Ya estoy aquí!
¡Su líder ‘X’ ha llegado!” anunció una voz familiar.
Karpi, aún nerviosa pero visiblemente aliviada, miró al recién llegado y exclamó: “¡Mi señor!
¡Qué bueno que está aquí!” Pero al mismo tiempo, una pregunta surgió en su mente: “¿Cómo supo que estaba en problemas?”
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