La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 172
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172: ¿Un Traidor?
172: ¿Un Traidor?
Los líderes de las sombras se levantaron de sus asientos y se dirigieron a sus respectivas casas, cada una marcada por un estandarte que ondeaba orgullosamente con los colores de su facción.
El ambiente era tenso, pero también lleno de expectativa; algo grande estaba por suceder.
Tertrol salió rápidamente del lugar sin dirigir palabra alguna a nadie, ignorando por completo la mirada confundida de Troba, quien parecía perdida en sus pensamientos.
Al llegar a su base, encontró a sus hombres descansando.
Cuando lo vieron entrar, Opal, su fiel lugarteniente, hizo un gesto rápido con la mano, indicando a todos que dejaran de hacer lo que estaban haciendo.
En un instante, el lugar quedó en silencio, y todos se inclinaron en una reverencia respetuosa hacia su señor de las sombras azules.
“Descansen,” dijo Tertrol con un tono autoritario pero calmado.
“Señor, ¿para qué lo convocaron los del consejo de las sombras?” preguntó Opal, acercándose con curiosidad.
“Es solo una reunión, Opal,” respondió Tertrol con indiferencia, aunque su expresión sugería algo más profundo.
“Nos están diciendo que debemos prepararnos para la llegada de Urugas.
Por fin conoceremos a nuestro creador.
Así que prepáralos a todos; deben estar listos.
En dos días nos vamos.” Opal asintió con firmeza.
“Sí, señor,” dijo antes de retirarse a cumplir con la orden, dejando a Tertrol solo en el centro de la sala.
Antes de que pudiera marcharse, Opal regresó brevemente para informarle: “Señor, Meloc lo espera en su viejo laboratorio.” Tertrol frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada.
Se dirigió a una esquina del lugar donde, con un movimiento hábil, levantó una especie de tierra que ocultaba una escotilla.
Bajo esta había unas escaleras que descendían hacia lo desconocido.
Sin vacilar, comenzó a bajarlas, adentrándose en las profundidades subterráneas.
Al final de las escaleras, se encontró frente a una puerta blindada que solicitaba un código de acceso.
Después de teclear cuidadosamente la combinación correcta, la puerta emitió un zumbido bajo y comenzó a abrirse lentamente.
Lo que reveló fue un laboratorio impresionante: tubos repletos de líquidos de colores fluyendo a través de sistemas complejos, máquinas sofisticadas que emitían luces intermitentes y un ambiente cargado de energía casi palpable.
En el fondo del laboratorio, Meloc estaba parado junto a alguien más.
Tertrol se detuvo en seco al reconocerlo: Blajon, el tejón de pelaje oscuro, estaba ahí, observándolo con su único ojo brillando como una estrella maligna.
“Pero ¿cómo…?” pensó Tertrol para sí mismo, sorprendido de verlo allí tan pronto.
“Hola, Tertrol,” saludó Blajon con una sonrisa siniestra.
“La reunión con el consejo fue tan horripilante como siempre, ¿no te parece?” “¡Ah!” replicó Tertrol, cruzándose de brazos.
“Si te refieres a ‘horripilante’, yo diría que fue más bien desgastadora.
Esos espectros son peores que Tejod; es como si te comieran el alma con solo mirarte.” Blajon soltó una risa gutural.
“Viste a la tonta de Troba, ¿verdad?
Cuando está en presencia del consejo, ni siquiera intenta hacerse interesante.” “Ni que me lo digas,” respondió Tertrol con desdén.
“Odio a esa tejona.” “Bien, bueno, a lo que vinimos,” interrumpió Blajon, cambiando bruscamente de tema.
“Lo que le preguntaba a Meloc es que hemos perdido comunicación con Ribras desde hace un día.
No sé nada de mi general, y Meloc solo me dijo que tuvieron una breve comunicación, pero tampoco puede contactarlo ahora.” Tertrol arqueó una ceja, pensativo.
“Vaya, ¿y qué habrá pasado?
Seguramente ya aparecerá,” dijo sin darle demasiada importancia al asunto.
“Bien, entonces…” Blajon cambió de posición, acercándose un poco más.
“¿Trajiste lo que te pedimos?” “Sí,” respondió Blajon con una sonrisa astuta.
“Aunque no está exactamente en óptimas condiciones, creo que te servirá.” Con un gesto dramático, reveló lo que había estado jalando consigo: un ataúd antiguo, cubierto de polvo y marcas de desgaste, que había sacado de Reedalia.
Al abrir el ataúd, un torrente de gritos y quejas escapó de su interior.
Tertrol arqueó una ceja con incredulidad al ver a la figura postrada dentro de la caja.
“¡Uy!
Pero ¿qué le pasó a este sujeto?” preguntó, señalando al ser que parecía debilitado, pero aún vivo.
“Bueno, aún sirve,” respondió Blajon con indiferencia.
“Y su odio ha sido suficiente para mantenerlo con vida.
Además, no importa; servirá perfectamente con las cosas que tenemos planeadas y con el arma definitiva para vencer a Tejod.” Meloc sonrió con una expresión endemoniada mientras observaba al prisionero con ojos llenos de malicia.
“Bien, creo que tú y yo nos vamos a divertir un montón…
por la ciencia,” dijo Meloc, acariciando el borde del ataúd con un brillo calculador en sus ojos.
“Espero que completes lo que debes hacer, pero hazlo rápido.
Solo quedan dos días para por fin deshacernos de Tejod,” indicó Tertrol con urgencia, cruzándose de brazos.
“Pondré manos a la obra, mi señor,” respondió Meloc, inclinándose ligeramente antes de cerrar el ataúd y llevarlo consigo, desapareciendo entre las sombras del laboratorio.
Mientras tanto, escondido en un rincón oscuro del túnel subterráneo, Bleko, el general de las sombras negras, escuchaba atentamente cada palabra.
Con características de una ardilla roja —cabello del mismo tono vibrante, una cola larga y peluda, y unos ojos oscuros como el carbón—, Bleko había seguido a su señor Blajon hasta allí, sospechando desde hacía tiempo que algo no cuadraba.
“Lo sabía,” murmuró para sí mismo.
“Algo no estaba bien, y por eso decidí seguirte, mi señor Blajon.
Escabulléndome por estos túneles, sabía que encontraría algo importante.” Determinado, activó unas aves de fuego que Tejod le había dado como herramientas de comunicación.
En pocos segundos, un holograma proyectó la imponente figura de Tejod en la pared del túnel.
“¿Quién osa llamarme?” preguntó Tejod con voz profunda y autoritaria, su mirada severa clavándose en Bleko a través del holograma.
“¡Ah!
Eres tú, Bleko, mi fiel sirviente.
¿Qué tienes para contarme, mi espía favorito?” preguntó Tejod, su tono relajándose ligeramente al reconocer a su leal general.
“Mi señor,” dijo Bleko, arrodillándose respetuosamente ante la imagen holográfica.
“Los rumores eran ciertos.
Tanto Blajon como Tertrol están planeando traición.” “¿En serio?
¿Ese par quiere sacarme del poder?” Tejod soltó una carcajada burlona, aunque sus ojos seguían siendo fríos como el hielo.
“Quiero ver que lo intenten.
Siempre he sabido que esos dos traman algo en mi contra, pero son tan cobardes que nunca hacen nada.” “Pero mi señor, esta vez es diferente,” insistió Bleko, levantando la vista con urgencia.
“Están creando un arma capaz de acabar con usted.
O bueno, eso es lo que dijeron ellos.” Tejod se detuvo por un momento, procesando la información.
Su expresión cambió sutilmente, mezclando curiosidad y desprecio.
“Un arma, ¿eh?
Parece que esos dos finalmente han decidido hacer algo elaborado para variar.” Hizo una pausa, pensativo, antes de preguntar: “¿Y por casualidad sabes qué es lo que planean?” “No, mi señor, aún no,” respondió Bleko rápidamente.
“Pero tenían a alguien encerrado en un ataúd.
No sé quién es ni para qué lo necesitan, pero parece que es clave para su plan.” Tejod entrecerró los ojos, su mente trabajando a toda velocidad.
“Interesante,” murmuró finalmente.
“De acuerdo, Bleko.
Sigue vigilándolos.
Necesito saber todo lo que puedan estar tramando.
Y recuerda: si algo sale mal, asegúrate de que yo sea el primero en enterarme.” “Sí, mi señor,” respondió Bleko, inclinándose nuevamente antes de que el holograma de Tejod desapareciera lentamente.
Bleko permaneció en silencio por un momento, observando las sombras que se retorcían en las paredes del túnel.
Sabía que lo que había descubierto era solo la punta del iceberg, y que los próximos días serían decisivos para el destino de las sombras.
“Lo has hecho bien, Bleko, tan leal como siempre.
Mantenme informado de lo que están tramando esos dos,” dijo Tejod con un tono calculador, su voz resonando en el túnel como un eco siniestro.
“Sí, mi señor.
Vivo para servirle y sirvo para obedecerlo,” respondió Bleko con reverencia, inclinándose ante el holograma antes de que este se desvaneciera lentamente.
Bleko permaneció en silencio por unos momentos, reflexionando sobre lo que había escuchado.
“Me pregunto qué estarán haciendo…
Y qué contiene ese ataúd,” murmuró para sí mismo.
Determinado a descubrir más, comenzó a acercarse sigilosamente hacia donde Meloc estaba trabajando, cuidando de no ser detectado por Blajon o Tertrol.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de llegar lo suficientemente cerca para investigar, algo lo golpeó por detrás con una fuerza brutal.
Bleko cayó al suelo, aturdido, pero aún consciente.
Antes de perder completamente el conocimiento, escuchó una voz burlona que decía: “Vaya, vaya…
¿Pero a quién tenemos aquí?
¿Qué pasa, Bleko?
¿El gato te comió la lengua?” Cuando Bleko intentó enfocar su vista borrosa, alcanzó a ver que tenía en su poder un sobre con las aves de fuego que había usado para comunicarse con Tejod.
“Así que tenemos un traidor entre nuestras filas,” dijeron Blajon y Tertrol al unísono, notando el sonido que hizo Bleko al caer y acercándose rápidamente al lugar.
“Este maldito se estuvo contactando con Tejod.
Estamos en graves problemas,” dijo Blajon, frunciendo el ceño mientras examinaba el sobre.
“Tranquilo, no pasará nada.
Él no sabe del arma,” respondió Tertrol con calma, aunque su mirada reflejaba preocupación.
“Pero lo que sí podemos hacer es usarlo a nuestro favor, ¿verdad, señor Meloc?” Meloc apareció desde las sombras con una sonrisa endemoniada en su rostro.
“Sí…
Me voy a divertir con este traidor como nunca antes lo imaginaría.
Ya sé quién morirá por tenerlo.” Luego, llamó a quien lo había golpeado: “¡Gibrido!” De la oscuridad emergió una criatura grotesca, un híbrido compuesto de partes de animales caídos.
Tenía piernas de pantera, un brazo de lobo y otro de un lagarto extraño.
Su cuerpo estaba cubierto de pelaje similar al de un zorro, pero su espalda estaba adornada con alas largas y elegantes, como las de una garza.
Lo más perturbador era su cabeza: la de un aguacate podrido, con el cerebro expuesto y pulsando como si fuera un corazón.
Era una abominación viviente, como si el monstruo de Frankenstein hubiera sido reconstruido sin alma ni propósito claro.
“Gibrido, ya me había olvidado de ti, mi mascota, pero resultaste ser útil después de todo.
Te has ganado una recompensa,” dijo Meloc, acariciando el costado de la criatura con una mano enguantada.
La cosa híbrida no podía pronunciar palabras; solo emitía sonidos guturales y chirridos que resonaban en el aire como una mezcla de dolor y furia.
“¿Qué cosa tan desagradable es eso?” preguntó Blajon, arrugando la nariz con asco.
“Te dije que botaras eso,” comentó Tertrol, cruzándose de brazos mientras mantenía una distancia segura de la criatura.
“Pero, señores, esta ‘cosa’ nos ayudó a capturar al traidor.
Merece su premio,” replicó Meloc, defendiendo a su creación con orgullo.
“Bien, solo por eso…
Pero aleja esa cosa de mi presencia,” dijeron Blajon y Tertrol al unísono, retrocediendo hacia una puerta verde oscura que se abrió automáticamente al acercarse.
“Vamos, Gibrido.
Hay cosas que hacer y un arma que activar,” ordenó Meloc mientras entraban en la habitación.
Detrás de ellos, llevaron el ataúd misterioso y a Bleko, quien ahora estaba amarrado a una camilla, inconsciente y vulnerable.
La puerta se cerró tras ellos con un sonido metálico, dejando el túnel en un silencio sepulcral.
Solo quedaron las huellas de la criatura híbrida en el suelo, marcadas como cicatrices de aquella noche.
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