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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 174

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174: Deseo (1) 174: Deseo (1) Paltio abrió lentamente los ojos, emergiendo de un mar de pensamientos confusos que lo habían envuelto durante quién sabe cuánto tiempo.

Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su vista.

Al mirar a su alrededor, se quedó helado.

“¿Cómo?

¿Qué?” murmuró para sí mismo, incrédulo al darse cuenta de que estaba en su habitación, en su reino, en Avocadolia, su hogar.

Más específicamente, estaba echado en su cama, como si nunca se hubiera ido.

Lo último que recordaba era haber sido tragado por un torbellino cuando Toco-Toco colocó la llave dorada en aquella puerta misteriosa que había aparecido de la nada.

“Es verdad…

¿Dónde está el felino?” se preguntó Paltio, levantándose rápidamente y buscando con la mirada alguna señal del gato.

Antes de que pudiera seguir analizando lo que había ocurrido, la puerta de su habitación se abrió de golpe.

Mok, su mayordomo, entró con su habitual compostura.

“Señorito Paltio, es hora de que vaya al colegio.

Ya es tarde,” dijo con calma, ajustándose los guantes blancos que siempre llevaba.

“Mok…

¡Qué bueno que estás aquí!” exclamó Paltio, corriendo hacia él y lanzándose a sus brazos en un abrazo apretado.

Fue un gesto instintivo, uno que no había hecho en mucho tiempo.

Sentir la presencia sólida y real de Mok hizo que Paltio se detuviera un momento.

“Es…

real,” pensó, tocando ligeramente el hombro de su mayordomo.

Pero algo en su mente seguía gritando que algo no cuadraba.

“Tranquilo, señorito,” dijo Mok, devolviendo el abrazo con una sonrisa apenas perceptible.

“Veo que seguramente tuvo algún mal sueño.” Paltio asintió lentamente, aunque su mente seguía dando vueltas.

“Sí…

ha de ser eso,” murmuró, tratando de convencerse a sí mismo.

Sin embargo, una parte de él no podía evitar sentir que todo esto era demasiado extraño para ser solo una pesadilla.

Mientras bajaba la guardia un poco, Paltio decidió contarle a Mok lo que recordaba: el torbellino, la puerta, la llave dorada, y cómo todo lo había llevado hasta este momento.

Mok escuchó atentamente, sin perder su expresión tranquila.

“Tranquilo, príncipe.

Seguro tuvo una pesadilla,” dijo finalmente, dándole unas palmadas en el hombro.

Aunque las palabras de Mok parecían tranquilizadoras, Paltio no podía sacudirse la sensación de que algo no estaba bien.

Aun así, decidió seguir adelante por ahora.

“Tienes razón…

debe ser eso,” dijo, aceptando parcialmente la explicación.

“Bien, señorito, es tarde.

Apresúrese y cámbiese.

Lo espero afuera con el carruaje,” dijo Mok antes de salir de la habitación.

Una vez fuera, el mayordomo murmuró para sí mismo: “Carruajes tanques, animales parlanchines y monstruos…

Vaya, hoy se levantó con una gran imaginación el príncipe.” Paltio se vistió rápidamente y bajó las escaleras.

En la mesa del comedor lo esperaban sus padres, el rey y la reina de Avocadalia.

Esto lo sorprendió aún más; siempre había deseado compartir más tiempo con ellos, pero siempre estaban ocupados con asuntos del reino.

Verlos ahí, sentados juntos, listos para desayunar con él, era algo que nunca imaginó posible.

Conmovido, Paltio corrió hacia ellos y los abrazó con fuerza.

Los reyes se miraron entre sí, sorprendidos por la repentina muestra de afecto.

“Vaya, hijo, ¿te sientes bien hoy?

Te has levantado con un gran semblante y energías, por lo visto,” comentó el rey, sonriendo con ternura.

“¿Qué te pasó, hijo?

¿Estás bien?” preguntó la reina, acariciando suavemente el cabello de su hijo.

“No, tranquilos…

es solo que me alegra verlos a la hora del desayuno junto a mí,” respondió Paltio, casi al borde de las lágrimas.

Era un momento que siempre había anhelado, pero que nunca creyó posible.

“Pero Paltio, siempre estamos contigo a la hora del desayuno, incluso en el almuerzo y la cena,” dijeron el rey y la reina al unísono, mirándolo con cariño.

Paltio se quedó absorto en sus pensamientos.

No podía creer lo que estaba escuchando.

Todo lo que siempre había deseado —tiempo con sus padres, una vida normal— parecía estar sucediendo justo ahora.

Pero, ¿era real?

¿O era solo otra ilusión creada por su mente?

“Seguro que estás bien, hijo.

No tienes fiebre,” dijo su madre, tocando su frente con ternura.

Paltio sintió el contacto cálido de su mano, pero algo en su mente seguía gritando que algo no estaba del todo bien.

“No, es solo que los extraño,” respondió el muchacho, tratando de sonar casual, aunque sus pensamientos eran un torbellino de confusión.

“Vaya, hijo, nosotros también te extrañamos, pero solo dejamos de verte ayer después de darte las buenas noches,” comentó el rey, mirándolo con curiosidad.

Cada palabra que decían sus padres generaba más rareza en lo que estaba ocurriendo ante sus ojos.

Sentía una mezcla de desconfianza y gratitud al tenerlos tan cerca, pero algo en su interior le decía que esta escena era demasiado perfecta para ser real.

“Vaya, señorito, será mejor que se apure en tomar el desayuno.

Es momento de irnos a la escuela,” interrumpió Mok, apareciendo en la sala con su habitual compostura.

Paltio asintió rápidamente.

“Estoy bien, iré sin dudar,” respondió.

Quería saber qué más había cambiado en este mundo donde parecía que todos lo trataban como si fuera alguien diferente.

Tomó el desayuno apresuradamente, les dio un beso en la frente a cada uno de sus padres y salió corriendo hacia la puerta principal.

“¿Qué le pasa a ese muchacho?

Está algo raro el día de hoy,” comentaron ambos padres al verlo partir, observando cómo su hijo cruzaba rápidamente el umbral.

Al salir del palacio, los sirvientes comenzaron a saludarlo con entusiasmo.

“¡Buenos días, joven príncipe!” decían algunos, inclinándose respetuosamente.

Incluso Godar, quien siempre había sido reservado, le dedicó una amplia sonrisa.

Esto solo aumentaba la intriga de Paltio.

“¿Por qué todos actúan como si esto fuera completamente normal?” pensó, frunciendo ligeramente el ceño.

Al llegar al carruaje, el cochero abrió la puerta y ambos, Paltio y Mok, ingresaron.

Durante el trayecto, Mok lo observó con atención.

“Señorito, ¿está seguro de que se encuentra bien?

Ha estado actuando de manera extraña desde esta mañana.” Paltio asintió lentamente, aunque su mente seguía dando vueltas.

“Sí, todo está bien,” respondió, aunque su tono no lograba ocultar del todo su confusión.

Cuando el carruaje llegó a la escuela, Paltio se despidió de Mok y entró al edificio.

Desde el momento en que cruzó las puertas, todos lo saludaron como si fuera una celebridad.

Aunque técnicamente era el príncipe de Avocadalia, nunca había experimentado tal nivel de admiración y respeto.

Antes, solía ser objeto de burlas y bromas por parte de algunos compañeros.

Ahora, sin embargo, todos lo trataban con amabilidad y admiración.

Al acercarse al salón, vio a Alita y Ron esperándolo junto a un asiento vacío.

Ambos le sonrieron ampliamente cuando lo vieron acercarse.

“¡Hola, Paltio!” lo saludó Alita, acercándose con una libreta en la mano.

“Qué bueno que llegas.

Me ayudas con mi tarea de historia, ¿verdad?

Solo tú lo sabes hacer; eres el más aplicado.” “¿Yo?

¿El más aplicado?” preguntó Paltio, señalándose a sí mismo con incredulidad.

“¡Claro!

Siempre tan modesto,” respondió Ron, riendo.

“Eres el mejor en todo.

Incluso eres increíble peleando y me defiendes de los que me buscan pelea sin razón.

Eres muy bueno, deberías enseñarme algún día.” “¡Eh!

¿Estamos hablando de mí?, ¿verdad?” dijo Paltio, levantando una ceja y señalándose nuevamente, todavía incrédulo.

“Claro, tú.

Encima eres bromista,” comentó Ron, dándole un codazo juguetón.

Alita lo miró detenidamente, notando algo extraño en su comportamiento.

“¿Estás seguro de que te sientes bien?” preguntó, inclinando la cabeza con curiosidad.

“Sí, no es nada,” respondió Paltio, frotándose la parte de atrás de la cabeza con una risa nerviosa.

Sin embargo, su mente seguía girando.

“¿Qué está pasando aquí?

¿Es esto real?” “Buenos días, clase,” anunció el profesor al entrar, saludando con una sonrisa cálida.

“Y felicidades a Paltio, nuestro mejor alumno.

Siempre es un placer tenerlo en clase; su dedicación es inspiradora.” Paltio parpadeó varias veces, incrédulo ante las palabras del profesor.

Su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta.

“¿Qué está pasando?” murmuró para sí mismo, mirando a sus compañeros, quienes asentían como si fuera completamente normal que el príncipe fuera elogiado de esa manera.

Todo parecía ir sobre ruedas, como si este fuera el mundo perfecto que siempre había deseado…

pero algo no encajaba.

Mientras trataba de procesar lo que estaba ocurriendo, se dio cuenta de que todos los ojos estaban puestos en él.

Alita le sonrió desde su asiento, y Ron le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.

“Esto tiene que ser una ilusión…

¿verdad?” pensó, sintiendo cómo su corazón latía con una mezcla de emoción y desconfianza.

En otro lugar, Toco-Toco despertó lentamente, parpadeando confundido al encontrarse en un lujoso palacio.

Estaba acostado en una cama que parecía hecha de seda y oro, mucho más cómoda de lo que jamás había imaginado.

Antes de que pudiera procesar dónde estaba, una voz profunda resonó en la habitación: “Vamos, niño, es momento de entrenar.

Debemos ir a entrenar con el señor Golden.” “¿Qué pasó, miau?” dijo Toco-Toco, incorporándose rápidamente.

Sus ojos se abrieron como platos al ver quién estaba hablando: un enorme felino de color negro, imponente y majestuoso como una pantera, que lo observaba con una sonrisa paternal.

“¡Papá!” exclamó Toco-Toco, frotándose los ojos con sus pequeñas patas.

Por un momento, pensó que estaba soñando.

Pero cuanto más miraba, más claro era que esto no era un sueño.

Era Ged, su padre, el general de las sombras doradas, alguien a quien creía perdido para siempre.

“¿Tonterías?

¿Qué dices, hijo?

Yo siempre he estado vivo…

o al menos eso creo,” respondió Ged entre risas, acercándose para darle un cariñoso golpecito en la cabeza.

“Papá…

¡miau!

¡No puedo creer que estés aquí!” dijo Toco-Toco, saltando de la cama y abrazando al gran felino.

La emoción era abrumadora, pero también había un dejo de incredulidad en su voz.

“Oye, mira, creo que Toco-Toco se levantó con aires de comediante,” dijo Ged, riendo mientras llamaba a alguien más desde la puerta.

“Ven para que lo veas.” En ese momento, otra figura entró en la habitación.

Toco-Toco se quedó helado, sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocerla.

Era una figura que no había visto en mucho tiempo, alguien que creía perdido para siempre.

“Ma…

ma…” balbuceó Toco-Toco, incapaz de completar la palabra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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