Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 176

  1. Inicio
  2. La Ultima Esperanza de Avocadolia
  3. Capítulo 176 - 176 Pesadilla 1
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

176: Pesadilla (1) 176: Pesadilla (1) Paltio estaba viviendo un sueño hecho realidad.

Rodeado de amigos que lo admiraban, una familia presente y feliz, y una vida que parecía sacada de sus deseos más profundos, comenzó a olvidar todo por lo que había luchado anteriormente.

Se dejó llevar por la calma y la alegría, pensando que finalmente había encontrado su lugar en el mundo.

Por otro lado, Toco-Toco también disfrutaba de esta nueva realidad.

Pasaba tiempo con Zaril, paseaba con amigos, y compartía momentos entrañables con sus padres.

Todo parecía perfecto.

La lucha contra Urugas, los sacrificios y los peligros vividos se desvanecieron como un recuerdo lejano.

Sin embargo, en las sombras, algo oscuro comenzaba a moverse.

“Es momento de cambiarlo todo,” resonó una voz tenebrosa, cargada de poder y malicia.

Esa misma voz susurró órdenes directamente al oído de Godar, quien hasta ese momento había estado contento por el príncipe y dedicado a cooperar en el reino.

Al escuchar las palabras de la voz, Godar recordó y murmuró con determinación: “Debo hacer lo que vine hacer por el amo Urugas.” Con pasos sigilosos, Godar se dirigió hacia uno de los sectores más protegidos del reino.

Los soldados vigilaban cada entrada, pero él logró escabullirse sin ser detectado.

Repitiendo como un mantra: “Debo hacerlo por el amo Urugas,” llegó hasta un panel de control escondido y, con manos temblorosas pero decididas, desactivó un sistema crucial.

Un pequeño sector del reino quedó expuesto, dejando una brecha vulnerable.

Desde las tinieblas fuera del reino, una gran sombra oscura comenzó a tomar forma.

Era Tejod, acompañado de su ejército de sombras rojas, esperando pacientemente el momento adecuado para atacar.

“Salve, señor Urugas,” dijo Godar, inclinándose profundamente frente a la imponente figura que emergía de las sombras.

Era Tejod, el enorme tejón al servicio del señor Urugas, acompañado por su ejército de sombras rojas, cuyos ojos brillaban como brasas encendidas en la oscuridad.

Cada uno de ellos emanaba una energía opresiva, como si la misma noche se hubiera solidificado en sus formas.

Tejod avanzó con pasos pesados, su cuerpo cubierto por cicatrices de batallas pasadas y su medallón oscuro pulsando con un brillo siniestro.

Detrás de él, las sombras rojas se movían en formación perfecta, esperando pacientemente la orden para atacar.

El aire a su alrededor parecía vibrar con una tensión casi palpable, como si el mundo mismo supiera que algo catastrófico estaba a punto de ocurrir.

“Bien hecho, Godar,” dijo Tejod con una voz grave y resonante, cargada de autoridad.

“El camino está libre, tal como lo ordenó el señor Urugas.” Godar inclinó nuevamente la cabeza, su expresión estoica pero llena de lealtad absoluta.

“Vivo para servir al señor Urugas,” respondió, antes de retroceder unos pasos para dejar que Tejod tomara la delantera.

Tejod observó el reino expuesto ante él, sus labios curvándose en una sonrisa fría y calculadora.

“Es momento de cambiarlo todo,” murmuró, casi para sí mismo, mientras levantaba una garra hacia el cielo.

Como si respondieran a su llamado, las sombras rojas comenzaron a moverse, deslizándose como humo vivo hacia el corazón del reino.

El caos no tardó en llegar a Avocadolia.

Las sombras rojas irrumpieron en el reino con una fuerza devastadora.

Los soldados intentaron defenderse, pero eran demasiados.

Uno a uno, fueron reducidos y convertidos en jade rojo bajo el poder del medallón de Tejod.

Nadie podía escapar de su influencia.

El reino que alguna vez había sido un lugar de paz y felicidad rápidamente se sumió en una oscuridad pura.

Hasta hacía unos momentos, Paltio había sido el centro de atención en la escuela.

Todos lo admiraban, lo felicitaban y lo trataban como si fuera alguien especial.

Pero de repente, todo cambió.

Una voz tenebrosa comenzó a susurrar en los oídos de cada persona presente, manipulando sus pensamientos y emociones.

Como si estuvieran bajo un hechizo, los rostros amables se transformaron en máscaras de desprecio.

“¿Eres un inútil, príncipe?

¿No sabes nada de nada?” dijo uno de sus compañeros con una sonrisa burlona.

“Pensaste que eras el mejor aquí, pero eres el más patético de este lugar,” añadió otro, su tono cargado de veneno.

Incluso Alita y Ron, quienes siempre habían sido sus amigos más cercanos, lo miraron con desdén.

Sus ojos, antes llenos de calidez, ahora reflejaban frialdad y rechazo.

Cada palabra que decían era como una puñalada directa al corazón de Paltio.

“¿Qué es lo que está pasando?” pensó, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba.

Su mente luchaba por comprender qué había cambiado tan abruptamente, pero no encontraba respuestas.

Todo lo que alguna vez había considerado seguro y real ahora parecía una cruel mentira.

En los pasillos de la escuela, cada persona que encontraba en su camino le lanzaba insultos y menosprecios.

“No sirves para nada,” decían.

“Ojalá nunca llegues a ser rey.” Cada palabra era como una puñalada que lo empujaba más hacia el abismo.

Desesperado, Paltio salió corriendo de la escuela, sintiendo cómo cada paso que daba era un golpe más a su corazón.

Las palabras crueles resonaban en sus oídos como ecos interminables: “Cobarde”, “Inútil”, “Refúgiate en tu palacio como el vil cobarde que eres.” Las calles por las que corría estaban llenas de gente que lo señalaba con desprecio, lanzándole insultos y burlas.

Pero lo que más le dolía no eran las palabras, sino la incredulidad.

“¿Cómo algo tan grato y preciado se convirtió en una pesadilla viviente?” pensó mientras lágrimas seguían brotando de sus ojos.

Su mente luchaba por comprender qué había cambiado, pero todo parecía desmoronarse a su alrededor.

Finalmente, llegó al palacio, el lugar que alguna vez fue su refugio seguro, pero ahora solo sentía que era una cárcel donde esconderse del mundo.

Por otro lado, Toco-Toco estaba disfrutando de un día aparentemente perfecto.

Había quedado de encontrarse con Zaril, la gata gris que siempre le había gustado.

Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, la misma voz oscura que había perturbado a Paltio comenzó a susurrar en el oído de Zaril.

Sus ojos se oscurecieron, y su expresión cambió completamente.

“No te acerques más a mí,” dijo Zaril con frialdad, su voz cargada de desprecio.

“No me importa tu amistad.

Eres un débil, un cobarde por habernos abandonado.

Me das asco.” Toco-Toco retrocedió, incrédulo.

“¿Qué está pasando?

Esto no puede ser real,” murmuró, cerrando los ojos con fuerza, esperando despertar de alguna pesadilla.

Pero cuando los abrió, la situación era aún peor.

Zaril ya no era la misma.

Su piel se había vuelto pálida y putrefacta, sus ojos vacíos y vidriosos, como si fuera un muerto viviente.

Aun así, seguía hablando, sus palabras como dagas clavándose en el corazón del pequeño felino.

“Todo es tu culpa,” susurró Zaril, su voz ronca y desgarradora.

Horrorizado, Toco-Toco intentó alejarse, pero al mirar a sus otros acompañantes, descubrió que todos ellos también habían cambiado.

Sus rostros estaban deformados, sus cuerpos convertidos en cadáveres ambulantes que lo comenzaron a señalarlo con sus patas huesudas, transformadas en dedos acusadores que parecían perforar su alma.

“Eres un cobarde,” decían.

“Nos abandonaste, no debiste irte.” El felino salió corriendo, su cuerpo temblando de miedo y confusión.

Mientras avanzaba a toda velocidad, el mundo a su alrededor comenzó a desmoronarse.

La hermosa ciudad en la que había estado hacía unos momentos se transformó en un paisaje desolado, lleno de escombros y ruinas.

El aire estaba cargado de un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de sus propios pasos y el viento que gemía como si llorara por la devastación.

“Miau…

¿Qué está pasando?” murmuró Toco-Toco, observando cómo todo lo que conocía se convertía en un cementerio.

Donde antes había risas y vida, ahora solo quedaba desolación.

Los edificios se derrumbaban, las calles estaban cubiertas de cenizas, y el cielo se oscureció hasta volverse un manto negro sin estrellas.

Finalmente, llegó a su casa, buscando refugio en el único lugar que creía seguro.

Pero lo que encontró allí lo dejó paralizado.

En el suelo, frente a él, estaba su madre, Siri.

Su cuerpo estaba frío y rígido, su piel pútrida y sus ojos vacíos.

“Todo es tu culpa, Toco-Toco,” susurró ella con una voz que no era la suya.

Toco-Toco cayó de rodillas, sollozando.

“¡Mamá!

¡No, por favor!” gritó, extendiendo una pata hacia ella, pero sabía que no podía hacer nada.

Antes de que pudiera reaccionar, alguien más apareció frente a él.

Era Ged, su padre, cubierto de heridas y sangre.

“Lo siento, hijo…

No pude vencer al enemigo,” dijo con voz entrecortada antes de caer muerto a sus pies.

De pronto, todo a su alrededor se transformó en un campo de batalla.

Soldados caídos yacían por todas partes, sus cuerpos inertes y sus miradas vacías.

El viento mismo parecía hablarle, susurrando directamente en su mente: “Eres un débil.

Por tu culpa estamos muertos.

No llegaste a tiempo.” “¡¡¡Nooooooooooo!!!” gritó Toco-Toco, cayendo al suelo mientras lágrimas inundaban sus mejillas.

Todo lo que amaba, todo lo que alguna vez había sido su hogar, estaba destruido.

Sus amigos, su familia, su mundo…

Todos estaban perdidos.

Y él no había podido hacer nada para evitarlo.

En medio de su desesperación, Toco-Toco vio algo que le heló la sangre.

Frente a él, Golden estaba luchando contra un grupo de criaturas horribles: los Tropogax, bestias con garras afiladas como cuchillas y ojos rojos brillantes que parecían perforar el alma.

A pesar de sus heridas y la clara superioridad numérica de sus enemigos, Golden seguía peleando con valentía, defendiendo lo que quedaba de su legado.

“Debo ir por mi señor, me necesita,” murmuró Toco-Toco, limpiándose las lágrimas con una pata temblorosa.

Intentó avanzar hacia Golden, pero antes de dar un solo paso, sintió que unas manos frías y huesudas lo sujetaban con fuerza.

Eran los esqueletos de sus compañeros caídos, que habían regresado para detenerlo.

“No, tú no puedes hacer nada,” susurraron las voces huecas de los esqueletos, sus palabras resonando como ecos desde el más allá.

“Es mejor que te quedes aquí con nosotros…

para siempre.” “¡No!

¡Déjenme ir!

¡Debo ayudar al jefe, me necesita!” gritó Toco-Toco, forcejeando con todas sus fuerzas.

Pero las esqueléticas patas de sus compañeros eran implacables.

Lo sujetaron con firmeza, obligándolo a abrir bien los ojos para que no pudiera apartar la mirada de lo que estaba ocurriendo frente a él.

Golden, agotado y cubierto de heridas, finalmente sucumbió ante los ataques de los Tropogax.

Una de las bestias levantó su garra ensangrentada y la clavó directamente en el pecho del líder dorado.

El grito de agonía de Golden resonó en el aire, llenando el corazón de Toco-Toco de dolor y horror.

“¡No, mi señor, no!” gritó el pequeño felino, su voz quebrándose mientras veía cómo el cuerpo de Golden caía al suelo, inerte.

Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero las esqueléticas patas no lo dejaron moverse ni un centímetro.

“Ven con nosotros,” dijeron los esqueletos en coro, sus voces cargadas de una frialdad sobrecogedora.

“Es aquí donde perteneces.” Sin darle tiempo de reaccionar, todos los huesos comenzaron a girar alrededor de Toco-Toco, formando una esfera oscura y opresiva que lo envolvió por completo.

Dentro de esa prisión de tristeza y melancolía, Toco-Toco sintió cómo su corazón se hundía en un abismo de desesperación.

Desde las sombras, aquella voz terrorífica observaba todo con maligna satisfacción.

“Qué tristeza…

Qué dolor…

Qué pena,” dijo, arrastrando cada palabra con un tono burlón y cruel.

Luego, soltó una risa malvada que resonó como un eco siniestro en el aire.

“Veamos cómo le va al otro mocoso,” continuó, refiriéndose a Paltio con un brillo oscuro en sus ojos invisibles.

La escena cambió abruptamente.

Mientras Toco-Toco permanecía atrapado en su esfera de desesperanza, la atención volvió a Paltio, quien seguía enfrentando su propia pesadilla.

La voz oscura no estaba dispuesta a dejarlos escapar tan fácilmente; quería asegurarse de que ambos protagonistas sufrieran hasta el límite.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo