La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 177
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177: Pesadilla (2) 177: Pesadilla (2) Mientras Toco-Toco era abrazado por los esqueletos de sus amigos difuntos, presa de un dolor que parecía no tener fin, Paltio corría desesperadamente por las calles del reino, huyendo de las voces crueles que lo perseguían como fantasmas implacables.
Las palabras de burla y desprecio resonaban en su mente, cada insulto clavándose más profundamente en su corazón.
“Eres un fracaso”, “Nunca serás digno de ser rey”, gritaban los ciudadanos, señalándolo con dedos acusadores mientras él pasaba.
El muchacho corrió durante lo que le parecieron horas, sintiendo cómo el peso de la vergüenza y la confusión crecía con cada paso.
Finalmente, llegó al palacio, esperando encontrar refugio en el lugar que siempre había sido su hogar.
Al entrar, encontró el carruaje estacionado en la entrada, pero vacío, sin rastro de Mok o cualquiera de los sirvientes.
“¿Madre?
¿Padre?” llamó Paltio, su voz temblorosa mientras recorría los pasillos del castillo.
Sus pasos resonaban en el silencio sepulcral que llenaba el lugar.
Nadie respondió.
Fue de habitación en habitación, buscando frenéticamente a alguien, cualquiera, que pudiera darle una explicación.
Pero el palacio estaba completamente desierto.
Incluso el salón de conferencias, que solía estar lleno de vida y actividad, estaba vacío.
Paltio sintió un escalofrío recorrer su espalda.
“¿Dónde están todos?” se preguntó, su mente luchando por comprender qué estaba ocurriendo.
Cuando salió al exterior, la escena que lo recibió lo dejó paralizado.
Afuera de las rejas del palacio, una multitud de ciudadanos armados con antorchas y trinches gritaba furiosa, sus rostros deformados por el odio.
Paltio estaba aterrado.
Nunca antes había sentido un miedo tan profundo como el que lo invadió en ese momento.
Todos los ciudadanos que alguna vez lo admiraron ahora lo miraban con odio, sus rostros deformados por la ira mientras gritaban insultos y exigían su expulsión.
“¡Fuera de aquí, Paltio!
¡No eres bienvenido en este reino!” vociferaban, señalándolo como si fuera el causante de todos sus males.
Pero lo que más le partió el corazón fue ver a sus amigos entre la multitud.
Alita y Ron, quienes siempre habían estado a su lado, ahora lo miraban con desprecio.
Sus ojos, antes llenos de amistad, ahora estaban cargados de resentimiento.
“¿Cómo pueden hacerme esto?” pensó Paltio, sintiendo cómo cada palabra cruel se clavaba en su alma.
De repente, un grito desgarrador resonó desde atrás.
Paltio giró rápidamente y lo que vio lo dejó paralizado.
Una horda de guerreros con la insignia de las sombras rojas avanzaba implacablemente, liderados por Tejod, el enorme tejón humanoide cuya presencia irradiaba terror.
Con cada paso que daba, Tejod extendía su amuleto hacia los ciudadanos, transformándolos instantáneamente en jade rojo.
Sus cuerpos inertes brillaban brevemente con un resplandor sobrenatural antes de que él mismo los destruyera con sus puños masivos, reduciéndolos a fragmentos diminutos que quedaban esparcidos en el suelo.
Los presentes intentaron correr despavoridos, pero era inútil.
Nadie podía escapar de la maldición que se extendía como una plaga imparable.
Los gritos de pánico llenaban el aire mientras Tejod avanzaba sin detenerse, su expresión fría e indiferente mientras observaba la destrucción a su alrededor.
“¡Todo esto es tu culpa, Paltio!” gritaron algunos ciudadanos, señalándolo con dedos acusadores antes de ser alcanzados por la transformación.
Incluso Alita y Ron, quienes alguna vez fueron sus amigos más cercanos, lo señalaron con odio mientras sus cuerpos comenzaban a endurecerse y brillar con el característico resplandor del jade rojo.
“¡No, esperen!” intentó decir Paltio, extendiendo una mano hacia ellos, pero ya era demasiado tarde.
Tejod, con un movimiento rápido y despiadado, golpeó las estatuas recién formadas, rompiéndolas en pedazos frente a sus ojos.
El sonido de las figuras de jade rojo haciéndose añicos resonaba como un eco macabro, marcando el fin de todo lo que alguna vez fue familiar para él.
El tejón avanzaba sin detenerse, su expresión fría e indiferente mientras observaba la destrucción a su alrededor.
Para él, no eran más que piezas de un tablero que estaba barriendo sin piedad.
Cada paso que daba traía consigo más gritos, más caos, más dolor.
“¡Esto pasa por ti, eres el culpable, Paltio!” gritaron las voces de los ciudadanos antes de ser silenciadas para siempre.
Era como si el mundo entero lo culpara, como si cada desgracia que ocurría en el reino fuera responsabilidad suya.
Paltio cayó de rodillas, derrotado.
Las lágrimas brotaban de sus ojos mientras veía cómo todo lo que amaba era arrancado de sus manos.
“Yo…
yo no quería esto,” murmuró, su voz apenas audible entre el caos.
Pero nadie lo escuchaba.
Ya no quedaba nadie que pudiera hacerlo.
El tejón humanoide se detuvo un momento, girándose hacia él con una sonrisa cruel.
“Patético,” dijo Tejod, su voz grave resonando como un trueno.
“Todo esto es tu culpa, muchacho.
Y ahora, es hora de que enfrentes las consecuencias.” “Yo…
pero yo no…” murmuró Paltio, incapaz de articular una defensa.
Todo parecía moverse demasiado rápido, como si fuera una montaña rusa que comenzaba tranquila y luego se desbordaba en un caos incontrolable.
De repente, una mano firme lo agarró del brazo y lo jaló hacia atrás.
Paltio giró rápidamente, listo para enfrentarse a otro ataque, pero al ver de quién se trataba, su corazón dio un vuelco de alivio.
Era Mok, su mayordomo y amigo de confianza.
“Pronto, señorito, debemos irnos.
Sus padres están a salvo, sígame,” dijo Mok con urgencia, su tono habitualmente calmado ahora teñido de preocupación.
Sin hacer preguntas, Paltio siguió a Mok mientras ambos huían del palacio.
El ejército enemigo avanzaba rápidamente, dejando destrucción a su paso.
Mok guio a Paltio hacia un escondite secreto, un granero camuflado entre los árboles.
Al entrar, Paltio se encontró con sus padres, quienes lo abrazaron de inmediato, llenando el aire de un calor que contrastaba con el frío de afuera.
“Qué raro…
¿Por qué ellos no me dicen nada malo ni me tratan como los demás?” pensó Paltio, confundido por la diferencia en el comportamiento de sus padres.
“Tranquilo, hijo mío, ya pasó,” dijeron ellos, sus voces cargadas de ternura mientras intentaban calmarlo.
“Pero afuera está el enemigo acabando con todo el reino.
¡Debemos actuar!” exclamó Paltio, su sentido de responsabilidad luchando contra el miedo.
“No, mi muchacho, ya no podemos hacer nada por ellos.
Debemos huir del reino,” respondió su madre con tristeza, pero también con determinación.
“¡Señor, se acercan!” gritó Mok, desenvainando su espada con rapidez.
Su postura era firme, listo para enfrentarse a cualquier amenaza que se interpusiera entre él y su joven señor.
Pero antes de que pudiera dar un paso al frente, la puerta del escondite salió disparada como un proyectil, arrancada de sus bisagras por una fuerza sobrehumana.
La madera astillada golpeó a Mok con brutalidad, lanzándolo contra una de las paredes con un ruido sordo.
“Así que aún había más por aquí,” dijo Tejod, su voz grave resonando como un trueno mientras entraba en el granero.
Sus ojos rojos brillaban con crueldad, y su enorme figura bloqueaba la luz del exterior, sumiendo el lugar en sombras aún más profundas.
Al verlo, los padres de Paltio reaccionaron de inmediato, colocándose delante de su hijo como un escudo.
“¡No, no le harás nada a nuestro hijo!” exclamaron al unísono, sus voces cargadas de desesperación, pero también de determinación.
Paltio, paralizado por el miedo, no podía moverse ni hablar.
Todo parecía moverse demasiado rápido, como si fuera un espectador impotente de su propia tragedia.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos mientras veía cómo sus padres intentaban protegerlo, sabiendo que era inútil.
“Como quieran,” dijo Tejod con indiferencia, sacando su amuleto hacia ellos.
Con un simple gesto, los cuerpos de los padres de Paltio comenzaron a transformarse en jade rojo, sus figuras inertes reflejando el horror de lo que estaba ocurriendo.
Antes de que la transformación terminara, ambos lograron decir una última frase: “Te amamos, hijo.” Una vez convertidos en estatuas, Tejod cerró sus puños masivos y golpeó las figuras, reduciéndolas a pedazos diminutos.
“Patéticos,” murmuró con desdén, como si acabara de aplastar insectos insignificantes.
“Ahora es tu turno, muchacho.
Es hora de acabar contigo.” Mok, herido pero decidido, se levantó de entre los escombros con dificultad.
A pesar de su estado, desenvainó nuevamente su espada y avanzó hacia Tejod, dispuesto a proteger a Paltio hasta su último aliento.
“¡Detente!” gritó, aunque su voz sonaba débil en comparación con la imponente presencia del tejón.
Tejod apenas lo miró antes de actuar.
Con un movimiento rápido, agarró a Mok del cuello y lo levantó en el aire como si fuera un muñeco de trapo.
“Inútil,” dijo con una sonrisa cruel, transformando al mayordomo en jade rojo.
Sin piedad, arrancó la cabeza de la estatua y la arrojó al suelo.
“Bah, ya no hacen la servidumbre como antes,” se burló, pisoteando los restos.
“Ese rostro…
Esa expresión de alguien que lucha hasta el final, pero bueno, no me interesa.” Con otro golpe, destruyó completamente la cabeza de la estatua.
“Bien, muchacho,” continuó Tejod, girándose hacia Paltio con una sonrisa macabra en su rostro.
“Eres el último de todo tu reino.
Siéntete complacido; morirás por mi mano.” Se detuvo un momento, observando al príncipe con desprecio.
“Creo que no hay necesidad de usar mi amuleto para esto.” Con un movimiento brusco, Tejod agarró a Paltio del cuello y lo levantó en el aire.
El muchacho, incapaz de moverse, solo podía llorar mientras gruesas lágrimas caían por sus mejillas.
“No me ensucies con tus sucias lágrimas mi traje, inútil príncipe,” gruñó Tejod.
“Prepárate a morir para que te encuentres con tus familiares.” Con un movimiento rápido y sin esfuerzo, Tejod rompió el cuello de Paltio y lo lanzó al suelo como si fuera basura.
El cuerpo del joven cayó con un golpe sordo, inerte y sin vida.
“Ya terminamos aquí,” declaró Tejod, dándose la vuelta para abandonar el lugar.
Antes de salir, echó un último vistazo hacia el cadáver de Paltio.
“Aun muerto, niño, me quedas mirando con esa mirada de odio y desesperación.
Qué patético,” dijo con una carcajada burlona.
“Todo esto lo pude hacer en un abrir y cerrar de ojos.
Ni siquiera necesitaba un ejército para esto.” Fuera del escondite, Tejod se reunió con sus soldados, quienes lo vitoreaban mientras observaban las ruinas del reino.
“Es momento de hacer que vuelva el señor Urugas,” anunció, su voz cargada de orgullo malévolo.
“Avocadolia ha caído.
Nada ni nadie puede detenernos ahora.” “¿Qué…
qué pasó?” se preguntó Paltio en su mente, observando con incredulidad cómo su cuerpo yacía inerte en el suelo, sus ojos vacíos mirando hacia el techo.
“¡Eh!
¿Estoy muerto?
¿Es esto lo que se siente al morir?” Su conciencia flotaba en un espacio indefinido, atrapado entre la vida y la muerte, entre la realidad y lo desconocido.
Pero pronto, los recuerdos comenzaron a golpearlo como olas implacables.
“Fracasé…
Falle en mi misión.
No pude salvar mi reino ni proteger a mi familia.
Ni siquiera pude unir Avocadolia con los otros cinco reinos como prometí.” Cada pensamiento era un peso que lo hundía más en el abismo de su propia culpa.
“Soy un cobarde…
No pude vencer a Tejod ni a sus sombras.
Perdónenme,” murmuró en silencio, aceptando su destino oscuro y cruel.
En ese momento, una voz aterradora resonó en el vacío, cargada de burla y malicia.
“Vaya, vaya…
Qué fácil fue esto.
Son un par de inútiles.
¿Por qué entraron a mis dominios si no iban a poder superarlos?” “Tranquilo,” respondió otra voz, esta vez delicada y suave, como un susurro maternal.
“No son del todo inútiles.
Simplemente fuiste demasiado rápido y quebraste sus espíritus antes de que pudieran intentarlo de verdad.” La primera voz, llena de crueldad, soltó una carcajada siniestra.
“Entonces, ¿qué quieres que haga?
¿Qué les haga vivir una y otra vez este mismo destino?
A mí me gustaría eso.
Hacer sufrir a la gente es mi especialidad.” “No,” interrumpió la segunda voz con firmeza.
“Eso sería cruel.
Además, tú no harías eso; te aburrirías con el tiempo.” Ambas voces discutían entre sí, como dos fuerzas opuestas luchando por imponer su voluntad.
Pero entonces, una tercera voz irrumpió en la conversación, sorprendiendo incluso a las dos primeras.
“Vaya, vaya…
Creo que te subestimamos.
Nos puedes ver.
Saludos, nosotros somos…”
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