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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 182

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182: Preparativos (1) 182: Preparativos (1) Los ciudadanos disponibles para el combate se reunían en la base de la resistencia de Ban, integrándose poco a poco con el ejército local.

El ambiente era tenso pero determinado, un reflejo del peso de la misión que les esperaba.

“Bien, terminamos por hoy”, anunció Rodelos con firmeza mientras recorría con la mirada a los presentes.

Había supervisado cada movimiento durante el entrenamiento, evaluando cuidadosamente si todos estaban listos para el desafío que se avecinaba.

Aunque algunos aún mostraban signos de agotamiento, sus rostros irradiaban resolución.

“¿Cómo va todo por aquí?” preguntó Ariafilis mientras se acercaba a él.

“Pues…

se hace lo que se puede en el poco tiempo que tuve”, respondió Rodelos con un suspiro cansado.

“Usted es un buen maestro”, dijo Alcho desde el suelo, aunque sus piernas no le permitían ponerse de pie.

“Tan bueno que ya ni me puedo mover”, añadió el joven con una sonrisa forzada, tratando de aligerar el ambiente.

“Gracias, señor”, indicaron algunos soldados entre murmullos, inclinando la cabeza en señal de respeto.

“Fue un privilegio entrenar con el gran Rodelos”, declaró el rey Hass con admiración sincera.

“Así es”, coincidieron los reyes de Bacadolia y Pinkertalia, aunque no había hecho más que observar.

El primero, Bacos, era un hombre robusto de lentes redondos que llevaba un traje amarillo extravagante propio de la realeza; el segundo, Piertol, era un hombre de barba oscura sin cabello, vestido con ropajes sencillos pero elegantes, propios de un comerciante próspero.

Ambos irradiaban autoridad a pesar de su apariencia contrastante.

“Sí, ni que lo digan”, comentó Strongia secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

A su lado, un hombre mayor y otro joven observaban la escena.

El hombre mayor, su esposo, el rey Fuerol, era delgado y llevaba una túnica morada que ondeaba con gracia incluso en su avanzada edad.

Aunque las canas surcaban su cabello, aún conservaba la energía propia de los más jóvenes.

El joven, Llarol, su hijo y príncipe heredero, era apuesto y estaba en excelente forma física.

Su postura erguida reflejaba disciplina y determinación.

“Ni que lo digas”, respondieron los otros dos reyes, intercambiando miradas cómplices.

“Lástima que nuestros hijos no tienen tu misma resistencia”, continuaron, señalando a sus respectivos vástagos, quienes yacían exhaustos en el suelo.

“En mi caso, mis hijos aún son unos niños”, intervino Hass con una sonrisa melancólica, mirando hacia un rincón donde jugaban despreocupadamente una niña y un niño de aproximadamente nueve y cinco años.

“Sí, mi padre, el rey Leit, era fuerte y muy astuto en combate”, recordó Ariafilis pensativamente.

“Pero lamentablemente murió en batalla intentando salvar a su pueblo.

Sus entrenamientos eran duros, pero no tanto como este bajo la tutela de Rodelos”.

“Tu padre era excepcional en combate”, afirmó Hass con nostalgia.

“Nunca logré derrotarlo”.

“Es una lástima que haya caído ante el enemigo”, dijeron Piertol y Bacos casi al unísono, bajando la voz como si temieran perturbar el recuerdo.

“Pero bueno, dejó el reino en buenas manos”, concluyó Strongia, mirando a Ariafilis con orgullo maternal.

“Gracias, alteza”, respondió Ariafilis, ruborizándose ligeramente ante el cumplido inesperado.

“Es momento de descansar”, anunció Rodelos mientras salía del lugar.

Antes de marcharse, giró sobre sus talones y añadió con firmeza: “Espero mucho de todos ustedes”.

Todos lo miraron, algunos apoyados en sus armas o sentados en el suelo, pero a pesar del cansancio que los embargaba, le dedicaron sonrisas llenas de gratitud.

“Así se motiva a la gente”, comentó Ludra con admiración, observando cómo Ban mantenía un perfil bajo al lado de ella.

Sabía que, aunque Ban era excelente dirigiendo estrategias, no se sentía cómodo con discursos ni gestos emotivos.

“¿Yo qué?” respondió Ban encogiéndose de hombros, fingiendo inocencia.

En otro sector de la base, el profesor trabajaba incansablemente para dar los últimos ajustes a sus invenciones.

Ahora, con la ayuda de los ingenieros de Bacadolia, contaba con más manos dispuestas a colaborar.

Había enviado a casi todos sus Kbots a resolver el problema de los cristales, y a unos pocos los había destinado a Avocadalia para completar la otra parte del KTeleport.

“Vaya, así sí.

Me da gusto ayudar al profesor”, dijo Karpi mientras revisaba un panel con herramientas avanzadas.

“Sí, tienes razón”, coincidieron Paris y Chip desde el fondo del laboratorio mientras intentaban seguirle el ritmo al inventor.

El profesor supervisaba cada detalle, asegurándose de que todo estuviera exactamente como él quería.

Luego, posó su mirada en Rose, su fiel amiga, y murmuró para sí mismo: “Será mejor que también te haga algunas mejoras, mi querida amiga”.

Con delicadeza, tomó unas herramientas y comenzó a trabajar en su interior.

“Verdad, Chip, el profesor me dio esto para ti”, dijo Karpi, extendiéndole una caja metálica al joven.

“¿Qué es esto?” preguntó Chip, curioso, mientras la sostenía entre sus manos.

“No lo sé, pero el profesor dijo que era algo que te iba a ayudar”, respondió Karpi encogiéndose de hombros.

Chip examinó la caja con detenimiento, al igual que Paris, quien también estaba intrigada por el diseño inusual.

La superficie metálica brillaba débilmente, y una cruz roja sobresalía en el centro, atravesando toda la estructura.

“Qué raro…

No hay manera de abrirla”, observó Paris después de inspeccionarla.

“Creo que tienes razón”, admitió Karpi, frunciendo el ceño.

“Pensé que se abriría o algo así.

Tal vez el profesor solo me dio un pedazo de metal inservible”.

“Bueno, ya veré entonces”, dijo Chip, resignado, mientras la sujetaba con más fuerza.

En ese instante, una voz mecánica emergió de la caja: “Sujeto encontrado.

Procediendo con lo solicitado”.

Los tres se quedaron paralizados, intercambiando miradas de asombro cuando, de repente, la caja cobró vida.

Pequeñas patitas metálicas surgieron de su base, y con un brinco ágil, se adhirió al lugar donde faltaba el brazo de Chip.

Él retrocedió instintivamente, sorprendido, pero fue demasiado tarde.

La caja comenzó a deformarse y a fusionarse con su cuerpo, moldeándose lentamente hasta convertirse en un brazo completamente funcional.

Fascinado, Chip observó cómo el metal reluciente adoptaba formas precisas y articuladas.

Un pequeño holograma proyectó la imagen del profesor, quien apareció sonriendo desde los nudillos del nuevo brazo: “Felicitaciones, Chip.

Este brazo te ayudará a estar listo para la batalla.

Úsalo con discreción”.

Chip movió el brazo con cautela, maravillado al sentirlo como si siempre hubiera sido parte de él.

“Esto es fascinante”, pensó, incapaz de ocultar su emoción.

No podía esperar para probarlo y agradecer personalmente al profesor por este regalo inesperado.

“El detonador…

Chip está de nuevo”, se dijo a sí mismo, sonriendo con renovada confianza.

“¿El detonador Chip?” repitieron todos al unísono, sorprendidos por el autonombre que el muchacho se había dado a sí mismo.

Sin embargo, Chip no les prestó atención.

Estaba demasiado emocionado con su nuevo brazo, como un niño que acaba de recibir un juguete novedoso, y salió corriendo para explorarlo a solas.

“Bueno, qué suerte tienen algunos”, comentó Paris mientras veía a Chip alejarse con entusiasmo.

“Al menos tendrá una segunda oportunidad para el combate”, añadió Karpi con una sonrisa comprensiva, cruzándose de brazos.

En el laboratorio, el ambiente era de trabajo constante.

Todos estaban ocupados mejorando el armamento y el equipo que los soldados utilizarían en la batalla.

El sonido metálico de herramientas resonaba junto con los murmullos de los ingenieros, quienes intercambiaban ideas y ajustaban los últimos detalles.

Por otro lado, Ludra y Gikel se encontraban organizando a los civiles que permanecerían en la base mientras los demás partían a luchar.

Los encargados de quedarse serían quienes gestionarían los alimentos y suministros durante la ausencia de los combatientes.

Casi todos los habitantes de Pinkertalia habían asumido esta responsabilidad, pero también enseñaban a los civiles de otros reinos cómo colaborar eficientemente.

Todo parecía estar saliendo de acuerdo con lo planificado, cuando de pronto Strongia irrumpió en la sala donde Ban y Rodelos discutían estrategias.

Su expresión era grave, y su voz denotaba urgencia: “Tenemos problemas”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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