La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 184
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184: Alba Marina (1) 184: Alba Marina (1) Paltio, Mok y Lukeandria —esta última nuevamente disfrazada como Pax— ingresaron a Avocadalia.
Los guardias de las sombras rojas les dieron paso sin cuestionar.
Al abrirse la gran puerta dorada, una comitiva de soldados los esperaba al otro lado.
El lugar seguía siendo tan tétrico como lo recordaban: estatuas de jade rojo, representando a los ciudadanos, se alzaban por doquier, proyectando sombras largas bajo la luz tenue que avanzaba con ellos.
“Ya verán…
Solo esperen un momento”, murmuró Paltio para sí mismo, fingiendo desinterés mientras lanzaba su bolsa lejos, asegurándose de que nadie lo notara.
Una sonrisa confiada se dibujó en su rostro.
“No sé qué haré, pero los liberaré de ese embrujo”.
El carruaje avanzó lentamente por las calles de la ciudad hasta llegar al palacio.
En la entrada, Tejod los aguardaba con una expresión calculadora.
“Vaya, príncipe, qué buen carruaje has conseguido”, comentó Tejod con sorna al observar el excéntrico vehículo.
Paltio y compañía descendieron del carruaje.
“¿Lo tienes?” preguntó Tejod, directo al grano.
“Sí, aquí está”, respondió Paltio, sacando de su espalda el cetro completo de Avocios.
Tejod se acercó para inspeccionarlo, sus ojos brillando con curiosidad.
Estaba a punto de tocarlo cuando algo dentro del cetro pareció emitir una energía sutil pero poderosa.
Con una mueca, decidió no hacerlo.
“Yo he cumplido con mi parte”, declaró Paltio con firmeza.
“Ahora te toca cumplir con la tuya”.
Tejod soltó una risa burlona y clavó su mirada en Paltio.
“Interesante…
Veo algo que ha cambiado en ti.
Te veo más decidido…
y no asustado y llorón como la última vez que nos vimos”.
“Así es como se forja el carácter en alguien: con una aventura contra el reloj”, replicó Tejod, su tono cargado de sarcasmo.
“Te traje lo que querías.
Ahora devuélveme a mis padres y a los ciudadanos.
Libéralos de esa prisión de estatuas de jade rojo”, exigió Paltio con determinación.
Se te subieron los humos, principito.
¿Quién te crees que eres para exigir?
Solo porque encontraste algo de valor en tu viaje…” Tejod lo miró fijamente, sus ojos rojos ardiendo con una intensidad destructiva.
“Yo decidiré cuándo los liberaré.
No me molestes, niño.
Por si no lo sabes, todavía tengo el control de tu reino.
Y si quiero, puedo convertirte a ti y a tu mayordomo en estatuas de jade rojo para adornar este lugar”.
Hizo una pausa deliberada antes de continuar: “Una vez que el alba marina inicie y logre drenar el poder de ese aparato mágico que trajiste, liberaré a tus padres.
Por ahora, espera.
En cinco horas comenzará lo interesante”.
Paltio apretó los puños, conteniendo su rabia.
“Sabía que ese maldito tejón no cumpliría con su promesa”, pensó, furioso.
Pero por suerte, tenía un as bajo la manga.
“Pasen a mi palacio mientras esperamos”, dijo Tejod con un tono provocador, disfrutando del peso de sus palabras.
“A mi palacio”, repitió Paltio mentalmente, pero su rostro permaneció impasible.
Sabía que el malvado tejón estaba intentando molestarlo, buscando arrancarle una expresión de odio o frustración.
Para su desgracia, Paltio no mostró ni un ápice de emoción.
Su máscara de serenidad permaneció intacta.
Paltio y Mok fueron conducidos a un cuarto apartado mientras Pax era llamado por Tejod para dar su reporte.
“Ese maldito tejón…
¿Quién se cree que es al decir que este es su palacio?” murmuró Paltio con frustración contenida, caminando de un lado a otro.
“Solo no me convierte en jade rojo porque sabe que sin mí no puede drenar la energía del cetro.
¡Él ni siquiera puede tocarlo!” “Tranquilo, señor”, respondió Mok con calma, colocando una mano sobre el hombro de Paltio.
“Hay que esperar la señal.
Además, recuerde que estamos en territorio enemigo.
Este lugar ya no es su hogar hasta que lo liberemos del control de la sombra”.
“Sí, tienes razón, Mok”, admitió Paltio, aunque su tono seguía cargado de irritación.
“Tú siempre eres tan sabio”.
Lanzó un puñetazo contra la pared, dejando escapar parte de su frustración.
“Solo espero que los chicos consigan lo que planeamos”.
En otra parte del palacio, Pax se encontraba frente a Tejod, quien lo observaba con una mezcla de satisfacción y desconfianza.
“Vaya, vaya…
Lo hiciste bien, Pax”, dijo Tejod con una sonrisa ladina.
“Acompañaste a ese mocoso durante todo su camino y me trajiste lo que te pedí.
Por eso te ascenderé a general de uno de mis escuadrones.
“Qué raro que te hayas frenado en matar al príncipe”, comentó Tejod con un dejo de sarcasmo, clavando su mirada penetrante en Pax.
“Casi no logras traerme el cetro, refiriéndose a lo que pasó en Reedalia”.
Hizo una pausa breve, como si saboreara el recuerdo de aquel momento tenso.
“Pero, a fin de cuentas, has cumplido”.
Su tono era calculador, una mezcla de advertencia y reconocimiento.
Aunque las palabras parecían un elogio, había un filo peligroso en ellas, como si Tejod estuviera midiendo hasta qué punto podía confiar en Pax.
“Mi única lealtad es servirle a usted, mi señor”, respondió Pax con reverencia fingida, inclinando la cabeza.
“Gracias por su decisión, me honra con esta propuesta.
No maté al príncipe porque, como ya comprobé durante el viaje, sin él no podemos tocar el cetro”.
“Sí, lo sé”, asintió Tejod, cruzándose de brazos.
“Por eso no lo he convertido en jade rojo aún.
Y en cuanto a ese mayordomo…
tampoco lo he tocado porque, si doblego al príncipe ahora, no hará nada útil.
Aunque tengo a sus padres bajo mi control, así que no creo que se atreva a desobedecerme”.
“Pero, señor, será mejor que mantenga al príncipe a su lado hasta el momento del Alba Marina”, sugirió Pax con cautela.
“No queremos que algo salga mal antes de tiempo”.
“Sí, tienes razón”, concedió Tejod, aunque arqueó una ceja con suspicacia.
“Sin embargo, siento algo diferente en ti.
Espero que no te hayas ablandado con el muchacho y su mayordomo después de tanto tiempo junto a ellos”.
“Claro que no, señor”, aseguró Pax rápidamente, manteniendo una expresión impasible.
“Como ya le dije, mi lealtad es solo hacia usted y hacia el amo Urugas”.
“¡Oh!
Eso es bueno de escuchar”, comentó Tejod con una sonrisa fría.
“Por aquí abundan las alimañas y los traidores, así que espero que no me des motivos para dudar de ti”.
“Nunca, señor”, afirmó Pax con firmeza.
“Bien, si lo dices…”, replicó Tejod con desdén.
“Dejémonos de tantas tonterías.
Es momento de que vayas a tu respectivo escuadrón.
Este soldado te llevará donde corresponde”.
Hizo un gesto hacia un soldado que aguardaba en silencio.
“Debemos estar preparados para ir al Mar de Bruma.
Ya falta poco para que la verdadera fiesta comience”.
Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro mientras hablaba.
Pax salió acompañado del soldado, alejándose del trono del palacio.
Mientras caminaba, sus pensamientos bullían con tensión contenida: “Maldición…
Ese Tejod, lo asesinaría si pudiera la verdad.
Pero sé que es demasiado poderoso, incluso con mi fuerza actual.
Puedo sentirlo en cada fibra de mi ser.
Espero que todo vaya según el plan”.
Un sonido atronador resonó por todo el reino: un cuerno profundo y poderoso que parecía convocar a todos los rincones del territorio.
Los soldados, apostados en sus puestos, comenzaron a abandonar sus posiciones y dirigirse hacia la plaza central.
Uno tras otro, llegaban formando un tumulto creciente, sus pasos resonando como un eco colectivo de disciplina y urgencia.
En el centro de la plaza, algo extraordinario comenzó a suceder.
Una grieta en el espacio se abrió lentamente, emanando una energía oscura y palpable que helaba la sangre de quienes la observaban.
De la grieta emergió uno de los concejales, el más imponente de los siete.
Su presencia era abrumadora, cargada de una autoridad que no necesitaba palabras para ser reconocida.
“Es hora.
Llamen a Tejod”, ordenó el concejal con una voz grave que resonó como un trueno en el silencio tenso de la plaza.
Al escuchar esas palabras, uno de los soldados se apresuró a regresar al palacio.
Entró con premura y se inclinó ante su señor.
“Señor, el concejal ha llegado.
Dice que ya es la hora”, informó el soldado con tono apresurado.
“Bien.
Prepárense y llamen al príncipe”, respondió Tejod sin titubear, su rostro impasible pero alerta.
“Bien, señor.
¿Y qué hacemos con el mayordomo?” preguntó el soldado, buscando instrucciones adicionales.
“Déjenlo aquí, pero bajo máxima seguridad”, ordenó Tejod con frialdad.
El soldado asintió y se retiró rápidamente para cumplir las órdenes, dejando a Tejod sumido en sus pensamientos mientras la sombra del concejal seguía extendiéndose sobre el reino.
Mientras tanto, en un rincón olvidado de Avocadalia, algo inquietante comenzó a ocurrir.
La bolsa que Paltio había lanzado descuidadamente empezó a moverse.
Al principio fue un leve temblor, casi imperceptible, pero pronto se intensificó.
De repente, varios ojos brillantes emergieron de la bolsa, parpadeando con una luz extraña que contrastaba con la penumbra del lugar.
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