La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 185
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185: Alba Marina (2) 185: Alba Marina (2) Al escuchar el sonido de los soldados marchando y movilizándose desde sus puestos, el grupo dentro de la bolsa de Paltio —Alita, Ron, Lucca, Rykaru, Toco-Toco, Nakia, Chiki, Lume y Geki— se preparó para actuar.
Momentos antes, mientras se acercaban a las puertas del reino, Paltio les había dicho: “Bien, chicos, ya estamos casi en las puertas del reino”.
“Entonces, ¿qué es lo que vamos a hacer?” preguntó Ron con curiosidad, ajustándose la mochila improvisada que llevaba.
“Pues… no lo sé”, admitió Paltio, rascándose la cabeza pensativamente.
“Pero lo que se me ocurrió es que todos ustedes entren en la bolsa y, en el momento adecuado, salgan a apoyarme”.
“Eso podría funcionar… si no fuera por el inmenso ejército que Tejod tiene en tu reino”, intervino Lukeandria con tono serio.
“No podemos pelear contra todo un ejército, además de que tiene estatuas de los ciudadanos regadas por todas partes”.
“No había pensado en eso”, murmuró Paltio, frunciendo el ceño al darse cuenta de la magnitud del problema.
“Cuando no, Paltio.
Casi nunca piensas”, bromeó Alita con una media sonrisa, aunque su expresión rápidamente volvió a la seriedad.
“Si me lo permiten”, interrumpió Lucca, captando la atención de todos.
“¿Qué les parece si usamos la bolsa a nuestro favor?” “¿Cómo así?” preguntó Mok, inclinándose hacia adelante con interés.
“Explícate”, pidieron los demás al unísono.
“Bien, ¿qué tal si todos entramos en la bolsa como habíamos quedado, pero en vez de ir contigo, nos dedicamos a recolectar todas las estatuas y las guardamos dentro de tu bolsa mágica?” propuso Lucca con una sonrisa confiada.
“¡Eso puede funcionar!
¡Lucca, eres un genio!” exclamó Alita, emocionada ante la idea.
“Pensé que, como ya estabas viejito, no se te ocurriría nada bueno”, dijo Ron mirándolo con una sonrisa traviesa.
“¡No seas tonto, mocoso malcriado!” lo regañó Chiki, dándole un zape con su pata justo en la cara de Ron.
“¡Auch!” protestó el joven, sobándose la mejilla mientras fulminaba a Chiki con la mirada.
“Sí, eso puede funcionar”, asintió Paltio con determinación.
“Rápido, todos entren en la bolsa.
Trataré de usar un poco del poder de Golden para lanzarlos lo más lejos posible de la vista del enemigo”.
“Sí”, respondieron todos al unísono.
“Cuento con ustedes”, añadió Paltio con firmeza.
“Déjalo en nuestras manos”, aseguró Ron con entusiasmo.
“¡No alardees, niño!” replicó Chiki, jalándolo hacia la bolsa sin ceremonias.
“No quiero alejarme de ti de nuevo, papi”, dijo Rykaru, abrazándose a Paltio con fuerza.
“Lo sé, mi pequeño, pero será solo por unos instantes.
Luego nos volveremos a ver”, prometió Paltio, acariciando suavemente la cabeza del niño.
“¿Me lo prometes?” preguntó Rykaru, mirándolo con ojos llenos de esperanza.
“Te lo prometo”, respondió Paltio, envolviéndolo en un cálido abrazo que fue correspondido por el pequeño.
Una vez que todos estuvieron listos dentro de la bolsa y comenzaron a ingresar al reino, Paltio hizo exactamente lo que había dicho.
Usando un poco del poder de Golden, lanzó la bolsa lo más lejos que pudo, asegurándose de que aterrizara en un lugar seguro y fuera de la vista del enemigo.
En ese momento, todos dentro de la bolsa observaron cómo los soldados abandonaban sus posiciones y comenzaban a reunirse en dirección opuesta a donde ellos estaban.
Sin perder tiempo, decidieron salir de la bolsa.
Una vez afuera, el grupo se organizó rápidamente y partió en busca de las estatuas dispersas por el pueblo.
No tardaron mucho en encontrarlas, gracias a la coordinación eficiente entre todos.
Cada vez que avanzaban, metían una por una las estatuas en la bolsa de Paltio con cuidado.
“Ten más cuidado, Rykaru”, le indicó Alita cuando el niño casi deja caer una estatura al suelo.
“Lo mismo va para ti, Ron”, añadió, mirándolo con una ceja arqueada mientras él se distraía momentáneamente.
Poco a poco iban completando la tarea de recolectar las estatuas del sector donde se encontraban.
Sin embargo, Lucca rompió el ritmo con un suspiro: “Esto va a tardar mucho”.
“¡Déjenme a mí, miau!” exclamó Toco-Toco, activando su super velocidad.
En cuestión de segundos, regresó cargando varias estatuas a la vez.
“Parece que te has vuelto más rápido, michi”, comentó Chiki con una sonrisa apenas perceptible.
“Te faltó decir ‘y un poco más fuerte, miau'”, respondió Toco-Toco con orgullo fingido, levantando la cabeza altivamente.
“Oigan, Ron, haz lo que te he estado entrenando y apresúrate”, ordenó Chiki con firmeza.
“¡Sí, maestro!” respondió Ron rápidamente, ajustándose el improvisado contenedor que llevaba en la espalda.
Ambos, Ron y Toco-Toco, ahora llevaban especies de mochilas-contenedores gracias a la ayuda conjunta de Lume y Geki, quienes usaron su magia para crearlas.
Las estatuas comenzaron a flotar hacia ellos gracias a la magia de aire de Alita, quien coordinaba los movimientos con precisión.
“Bien, vamos mejorando”, dijo ella, satisfecha con la eficiencia del equipo.
Una vez que terminaron gran parte del reino, el grupo se percató de que todos los soldados se habían reunido en la plaza central.
Frente a ellos, un sujeto encapuchado irradiaba una energía oscura y amenazadora, envuelto en un aura que helaba la sangre.
“¿Qué cosa es eso?” se preguntaron entre ellos.
Pero ni Toco-Toco, ni Chiki, ni Nakia, ni siquiera Lume y Geki sabían quién era.
“No lo sé, pero luce aterrador”, respondió Nakia, observando al misterioso ser con preocupación.
“Será mejor que continuemos con la misión”, sugirió Alita, intentando mantener la calma.
Antes de retirarse, vieron cómo se acercaba un enorme sujeto con facciones de tejón, pelaje marrón oscuro y ojos rojos brillantes.
Su sola presencia era imponente, especialmente con la túnica roja sangre que vestía.
“Ese es el maldito de Tejod”, murmuró Chiki con desprecio.
Era la primera vez que Ron, Alita y Lucca lo veían en persona.
Lo miraron con asombro mezclado con temor, incapaces de apartar la vista de su figura intimidante.
Junto a Tejod estaba Paltio, y a su lado, Pax (Lukeandria disfrazada), aunque algo les resultaba extraño: no veían a Mok con ellos.
Empezaron a pensar que algo malo podría haberle ocurrido al mayordomo.
“Ese sujeto irradia un aura muy maligna”, comentó Ron refiriéndose a Tejod.
“Pero no tanto como el sujeto con traje oscuro que no deja ver nada de él”.
“Sí, sé cómo te sientes.
Ese Tejod es fuerte, pero ese otro que está ahí parece ser aún más poderoso”, añadió Chiki con gravedad.
Por una vez, el perro decidió no golpear a Ron por lo que había dicho.
“Solo por esta vez no te daré un golpe”, bromeó Chiki, aunque su tono seguía siendo serio.
En la plaza, los soldados bajaron la mirada hacia Tejod con reverencia.
“Lord Tejod”, dijeron al unísono, inclinándose ante él.
Tejod, disfrutando del momento, se vanagloriaba de la escena frente a él.
Sin embargo, al ver al concejal frente a sí, rápidamente agachó la cabeza y declaró: “Mi señor, estamos listos aquí.
He traído el cetro”.
“Entiendo”, dijo el concejal con una voz oscura y amenazante que resonó como un eco siniestro en el aire.
Su tono era frío, pero cargado de autoridad.
“Pero… ¿qué haces con ese niño?” añadió, señalando a Paltio con un gesto apenas perceptible.
“Solo este muchacho puede tocar ese cetro”, respondió Tejod sin vacilar, su voz llena de desprecio.
“Por algo que el mismo Avocios colocó.
Esa cucaracha rastrera aún persiste y molesta a nuestro señor.
Por eso lo llevo conmigo”.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mientras continuaba: “Pero tranquilo, no podrá hacer nada.
Tengo a alguien o algo muy preciado para él”.
“Bien, ya veré la forma de apagar la llama de luz del cetro”, declaró el concejal con calma, aunque su presencia seguía irradiando una energía opresiva.
Paltio, sin poder evitarlo, dirigió su mirada hacia donde suponía que estaba el rostro del concejal bajo la capucha.
En ese instante, sintió cómo su corazón comenzaba a latir desbocado, y un miedo visceral recorrió cada fibra de su cuerpo.
Era como si estuviera enfrentándose al mismísimo vacío, una fuerza invisible que intentaba consumirlo por completo.
“Paltio, ¡Paltio!” lo llamó Pax en un susurro urgente, sacándolo bruscamente del trance.
“No debes mirarlo donde está el rostro”, le advirtió, colocando una mano sobre su hombro para estabilizarlo.
“¿Qué fue eso?” preguntó el príncipe, todavía tembloroso, con la respiración agitada.
“Es el poder de los concejales: la oscuridad pura, el vacío absoluto.
Por eso no debes verlos de frente”, explicó Pax con seriedad, su tono bajo pero firme.
“¿Quieres decir que hay más de uno?” preguntó Paltio, su voz ligeramente temblorosa mientras intentaba procesar la información.
“Se me había olvidado eso”, interrumpió Tejod con una risa burlona, bajando la cabeza de Paltio con una mano firme.
“Aún no quiero que sientas miedo… porque lo bueno está por comenzar”, añadió el tejón con una sonrisa malévola, disfrutando del temor que veía en los ojos del joven príncipe.
“El gran momento está por iniciar”, anunció el concejal con voz grave, extendiendo sus manos hacia el cielo.
Una grieta enorme comenzó a abrirse en el espacio frente a ellos, emanando una luz negra que contrastaba con el ambiente sombrío.
La grieta parecía devorar todo a su paso, distorsionando la realidad misma.
“Es hora de irnos”, ordenó el concejal, y uno a uno, todos comenzaron a cruzarla, incluido el príncipe Paltio.
Mientras avanzaba hacia la grieta, el joven cerró los ojos por un momento, recordando a su equipo.
“Confió en ustedes, muchachos”, pensó, aferrándose a la esperanza de que sus amigos lograrían cumplir su misión.
Con un último vistazo hacia atrás, Paltio ingresó a la grieta, dejando atrás su reino.
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