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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 187

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187: Alba Marina (4) 187: Alba Marina (4) “¿Estás seguro, gato?

¿Buscaste en todas partes?” preguntó Chiki con tono escéptico, arqueando una ceja hacia Toco-Toco.

“¡Pues claro!

¿Quién crees que soy, pulgoso?” respondió el felino con indignación fingida, levantando la cabeza altivamente.

“Tranquilos, no peleen.

Este no es el momento”, intervino Nakia, colocándose entre ambos mientras extendía sus alas como un gesto de paz.

“Tienes razón”, admitió Chiki, aunque escupió al suelo en señal de desagrado.

“Ya busqué diez veces y no había más estatuas en todo el lugar.

Incluso revisé una especie de bunker, y nada.

Estas eran las últimas estatuas en todo el reino”, aseguró el felino con firmeza.

“Entonces, ¿dónde pueden estar los padres de mi papi?” preguntó Rykaru, mirando a los demás con preocupación en sus ojos.

Su voz temblaba ligeramente, reflejando su angustia.

“¿Es que acaso los destruyó el maldito de Tejod e hizo que Paltio trabajara para todo este tiempo para nada?” dijo Ron, apretando los puños con frustración.

“No creo”, respondió Mok, pensativo.

“Aunque no las he visto, presiento que debe tenerlas en un lugar especial.

Son lo más preciado para él, su única moneda de cambio contra el señorito”.

“¿Entonces qué hacemos?” preguntó Alita, cruzándose de brazos mientras observaba a Mok con atención.

“Lo mejor será ir a buscar al señorito”, sugirió Mok.

“¿Sabes dónde está?” preguntó Nakia, inclinándose hacia adelante con curiosidad.

“Debemos ir al Mar de Bruma”, respondió Lucca después de unos segundos de silencio.

“¿Al Mar de Bruma?” repitieron Alita y Ron al unísono, intercambiando miradas nerviosas.

“Sí, el Mar de Bruma”, confirmó Lucca con seriedad.

“Ese lugar está encantado… Además, da un poco de miedo”, comentó Alita, abrazándose a sí misma mientras recordaba las historias que había escuchado sobre ese sitio.

“Tranquila, yo te protejo”, dijo Ron intentando parecer valiente, aunque por dentro sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

No era precisamente conocido por su coraje frente a lo desconocido.

“Bien, entonces vamos.

No hay tiempo”, ordenó Mok, consultando el reloj de Paltio, cuya esfera indicaba que faltaba menos de una hora para el evento crucial.

“En el carruaje tanque llegaremos en menos de eso”, añadió Mok, liderando el grupo con determinación.

Toco-Toco rápidamente encontró el vehículo, y todos subieron a bordo, avanzando a toda prisa hacia su destino.

Mok conocía bien el lugar.

El Mar de Bruma estaba situado a las afueras del reino, cubierto por una densa neblina que impedía ver más allá de unos pocos metros.

Era el lugar perfecto para perderse si no se conocía bien la zona, pero Mok lo había explorado antes durante su entrenamiento con Rodelos, quien le enseñó cómo entrar y salir sin perderse.

Mientras tanto, Tejod y su enorme ejército ya habían llegado al punto central del Mar de Bruma, justo debajo de un imponente acantilado.

Pero no estaban solos.

Los otros seis concejales y los ejércitos de las sombras los esperaban en silencio, impacientes por el inicio del evento.

“Saludos, Tejod”, dijeron los demás líderes de las sombras, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.

“Sí, sí, ya basta de tanta formalidad”, respondió Tejod con desdén, agitando una mano para restar importancia a los saludos.

“Bueno, como ya saben, estamos aquí porque muy pronto volverá nuestro señor Urugas, gracias a este cetro que tiene en su mano el príncipe”.

Los demás líderes dirigieron miradas cargadas de odio hacia Paltio.

Después de todo, gracias a la llegada de ese joven a sus reinos conquistados, el caos había comenzado a propagarse, poniendo en peligro sus planes.

Tertrol se acercó a Tejod con paso decidido y una sonrisa calculadora.

“Mi querido señor de las sombras rojas y líder de las sombras”, comenzó, inclinándose ligeramente en señal de respeto fingido.

“Por favor, una vez que despertemos al gran señor Urugas, le pido que me entregue al muchacho por todos los males que nos hizo pasar”.

“¡Ah, sí!” respondió Tejod con sorna, aunque sus ojos brillaban con irritación.

“Pues únete a la fila”, añadió, señalando con desdén a los demás líderes, quienes también clavaron sus miradas llenas de resentimiento en Paltio.

Todos parecían tener cuentas pendientes con el joven príncipe… todos, menos Troba.

“¿Y tú no vas?” preguntó Mejod, dirigiéndose a Troba con tono suspicaz.

“¿Yo?

Sí, también voy”, respondió ella rápidamente, forzando una sonrisa para disimular sus verdaderas intenciones.

Su mirada se desvió hacia el suelo, evitando cruzarse con la de Tejod.

“¡Silencio!” rugió Tejod, cuyos ojos parecían hervir de ira contenida.

La tensión en el aire se hizo palpable mientras su voz resonaba como un trueno.

“Yo decidiré a quién le entrego al muchacho, pero por ahora es indispensable para lo que tenemos que hacer.

Y eso sí, no te lo daría a ti, Tertrol”, concluyó, lanzándole una mirada cargada de fastidio.

“Maldito Tejod, pronto caerás.

Solo espera un poquito más”, pensó Tertrol para sí mismo, esbozando una leve sonrisa apenas perceptible para que nadie notara su odio creciente.

Tejod, ignorando las tensiones a su alrededor, miró entre el mar de gente que los rodeaba.

“Me pregunto dónde está mi espía… ¿Dónde está Bleko?

No lo veo por ningún lado”, murmuró, frunciendo el ceño.

“Bueno, no importa.

Ya aparecerá con su reporte.

Por ahora, me concentraré en preparar la venida de mi señor”.

“Señores del consejo de las sombras”, anunció Tejod con voz grave, elevando los brazos hacia el cielo oscurecido.

“Estamos listos para dar inicio”.

Las aguas del Mar de Bruma comenzaron a moverse lentamente, subiendo como si obedecieran una llamada ancestral.

El nivel del agua aumentaba, preparándose para ascender hacia lo alto y cubrir la luna por un breve período de tiempo, un fenómeno crucial para el ritual.

Los concejales de las sombras se reunieron en círculo, entonando cánticos extraños y guturales que parecían surgir de ultratumba.

Sus voces resonaban en el aire, distorsionando la realidad misma.

De repente, una enorme roca emergió del fondo del mar, flotando como una plataforma imponente.

“Estamos listos”, declararon los concejales al unísono, sus figuras envueltas en sombras densas que parecían absorber toda la luz a su alrededor.

Un camino de piedra se levantó desde la costa hasta la plataforma, mientras la bruma que cubría el lugar comenzó a disiparse lentamente, dejando al descubierto el escenario místico.

“Vengan por aquí, señor Tejod”, ordenó el concejal más imponente, señalando el camino con un gesto autoritario.

“Traiga al muchacho con usted”.

“Con cuidado, Paltio”, murmuró Pax en voz baja mientras el príncipe avanzaba junto a Tejod hacia el centro del ritual.

Tejod y Paltio cruzaron el camino, sus pasos resonando sobre la piedra fría y húmeda.

Finalmente llegaron al corazón del Mar de Bruma, donde la plataforma de roca lunar los esperaba bajo la luz tenue de la luna.

Los concejales miraron fijamente a Paltio.

“Coloca el cetro en el centro”, ordenaron, sus voces profundas y resonantes como ecos del vacío.

Uno de los concejales intentó tomar el cetro con sus manos, pero un chispazo de energía lo obligó a retroceder.

El artefacto brillaba intensamente, rechazando cualquier contacto no deseado.

Paltio no pudo evitar soltar una risa ahogada al ver que ni siquiera los más poderosos entre los malvados podían tocarlo.

Sin embargo, el más imponente de los siete concejales, con una voz que resonó como un trueno, les dijo a los demás: “Esto no es un impedimento”.

Acto seguido, hizo un gesto autoritario, y los seis restantes formaron un círculo perfecto alrededor del cetro.

Comenzaron a flotar lentamente, girando en torno al artefacto como si fueran un trompo oscuro.

Sus cánticos llenaron el aire, un lenguaje gutural y retorcido que parecía surgir directamente del infierno.

Las palabras eran pesadas, casi palpables, y cargaban consigo una energía maligna que helaba la sangre.

Mientras giraban, extendieron sus manos hacia adelante.

De ellas emergieron sombras densas y alargadas, que se asemejaban a garras afiladas.

Una gran energía oscura comenzó a emanar de estas formas etéreas, envolviendo el cetro en un abrazo opresivo.

Ambas magias entraron en conflicto.

La luz del cetro luchaba desesperadamente por mantener su pureza, resistiendo las oleadas de oscuridad que intentaban consumirlo.

Era evidente que la magia del cetro era viva, una entidad consciente que peleaba por su existencia.

Pero, a pesar de su valentía, no podía hacer frente a la combinación de las siete energías oscuras.

Un grito ahogado emergió del cetro, un sonido que parecía mortal, como si estuviera gritando en agonía.

Su brillo reluciente comenzó a apagarse, transformándose poco a poco en un color oscuro y opaco.

Era como si le hubieran arrancado el alma, dejándolo vacío y sometido.

“No…”, murmuró Paltio, horrorizado al presenciar cómo el cetro perdía su esencia.

Justo antes de que su luz desapareciera por completo, una última frase resonó en su mente: “Adiós, Paltio”.

El príncipe sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

Al parecer, el cetro había sido una energía viviente, una entidad consciente que ahora había sido extinguida para siempre.

Los concejales detuvieron su danza macabra y descendieron lentamente hasta tocar el suelo.

Con una reverencia teatral dirigida hacia el cetro oscurecido, declararon en coro: “Es hora.

Ha llegado el momento de traer a nuestro señor a este plano.

¡Salve Urugas, el dios de la oscuridad!” Sus voces resonaron en el vasto espacio, distorsionando el aire mismo mientras el ritual alcanzaba su clímax.

La energía oscura que ahora emanaba del cetro comenzó a expandirse, creando grietas en el cielo y alterando la realidad a su alrededor.

El agua del Mar de Bruma hervía bajo la influencia de tal poder, y la luna parecía temblar ante la presencia inminente de algo mucho más grande y terrible.

Paltio observó todo con el corazón acelerado, sabiendo que el verdadero desafío apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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