La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 188
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188: Alba Marina (5) 188: Alba Marina (5) Los concejales de las sombras lograron quitarle la vida al cetro de Avocios la última llama de luz del planeta.
Todo estaba regido por las sombras, los cielos aun ennegrecidos se oscurecieron aún más y la luna empezó a ser alcanzada por el mar que subía a toda potencia como un geiser.
El agua que subió no era un agua común sino mágica, antiguamente era una luz y ente puro, pero luego de la apareciendo de las sombras, se volvió en inerte y pútrido tan oscuro como la nada misma.
El agua subió y subió traspasando el cielo y bloqueando a la luna, parecía como si poco a poco el agua iba llenando la luna.
Una vez toda el agua cubrió la luna por completo esta irradio un destello negro, la luna parecía como un eclipse solo que en vez de ser oscuro parecía como una especie de portal se divisaba, el Alba Marina había dado inicio.
Al fin dijo una voz en la luna.
Por fin voy a poder ser libre dijo la voz.
Nuestro señor, dijeron los concejales arrodillándose ante la voz, lo mismo hizo Tejod y todos los demás lo siguieron.
Salve Urugas vitoreaban los presentes.
Si ya siento mi salida al fin dijo Urugas una manifestación de sombra que se iba acercando a ese portal, pero al querer cruzarlo no podía.
Pero qué es esto no puedo cruzar dijo Urugas tratando de pasar la dimensión en la que estaba, pero sin éxito.
No, no puede estar pasando dijo Urugas una gran voz endemoniada se escuchó en todo el lugar, molesta porque no podía salir.
Que sucede señor dijo el concejal.
No puedo pasar maldición aún hay una presencia de la luz de Avocios que no me deja pasar, donde esta donde esta decía embravecido Urugas.
Parece que tus planes no se van a cumplir Tejod le dijo Paltio ahora devuélveme a mi pueblo y lárguense de aquí, pues la luz a triunfado sobre la oscuridad.
Pero que tonterías dices mocoso dijo Tejod, no puede ser estamos tan cerca y el señor no puede salir estuve esperando esto durante años.
Que has hecho seguramente tu eres el responsable dijo mirando al muchacho con enojo.
No creo que yo haya hecho algo, pero veo que hay algo que ha logrado atrapar a tu señor sin dejarlo salir, creo que aun la magia de Avocios permanece en este mundo.
Que no lo vez es mejor que se rindan y olvídense de sacar a tu amo de esa prisión.
No, no, no mi señor este maldito fenómeno llamado Alba marina esta por acabar en cualquier instante.
No puedo permitirlo debo hacer algo por mi señor.
Pues es momento de que te rindas dijo Paltio con confianza mirando a Tejod.
Perdiste y la oscuridad contigo añadió.
Porque dices tantas tonteras juntas niño porque tienes esa confianza ahora dijo Tejod.
Pues porque nosotros hemos ganado dijo Paltio al divisar a los soldados que empezaron a divisarse del bosque.
Que quienes son esos dijo Tejod y los demás al ver a los recién llegados entre ellos estaban sus amigos y su abuelo que habían llegado a la batalla todos armados hasta los dientes rodeando a los ejércitos de las sombras.
Tontos ustedes un montón de inútiles no son más que nosotros, piensas que vas a ganar mocoso.
Ríndete Tejod, nosotros te superamos en número dijo Paltio.
En eso el cielo empezó a desquebrajarse y empezó a ver nuevamente el cielo de la noche normal ya no lleno de oscuridad de las sombras, sino que claro.
Pero como dijo Tejod al ver el cambio repentino del cielo es que alguien descubrió como destruir los cristales.
Ambos ejércitos empezaron el enfrentamiento.
Paltio por su parte estaba frente a Tejod y decidió atacarlo viendo la señal que lanzo Alita para decirle que habían recolectado a todos los ciudadanos que estaban convertidos en estatuas, pero no sabia decirle que no habían encontrado a sus padres pues no contaban con el enlace mental de Golden.
No había tiempo porque la batalla había empezado.
Con esa señal Paltio le dijo a Tejod, perdiste ya recolecte a todas las estatuas de los ciudadanos de Avocadolia.
Ríndete.
La sombra de Urugas seguía buscando que era lo que lo que no lo dejaba avanzar.
Pero como si ya absorbieron todo, drenaron el poder de Avocios, dejándolo inservible por años, que es lo que no veo que falte para liberarme.
Urugas se puso a revisar todo a su alrededor como si tuviera un escáner en los ojos.
Que es lo que pase por alto decía mientras revisaba todo.
Hasta que vio a Paltio.
Ese mocoso será él, la razón de que sigo aquí.
Urugas le mando una señal a Tejod.
Entiendo dijo Tejod sonriendo.
Rendirme niño piensas que no tengo un as bajo la manga.
Y de su cuello saco su amuleto para convertir en jade a cualquier ser vivo.
Al apuntarlo hacia Paltio no pasaba nada.
Que dijo el imposible.
Buscaba esto señor dijo Pax.
Tu maldita sabandija traicionera, pero que tengo en la mano dijo Los concejales de las sombras habían logrado extinguir la última llama de luz del planeta: el cetro de Avocios había sido consumido por la oscuridad.
Todo estaba sumido en tinieblas, y los cielos, ya ennegrecidos, se oscurecieron aún más.
La luna, testigo silente del ritual, comenzó a ser alcanzada por un torrente de agua que ascendía con una fuerza descomunal, como un geiser mágico.
Pero esta agua no era común.
Antiguamente, había sido un ente puro y luminoso, una manifestación de la vida misma.
Sin embargo, tras la aparición de las sombras, su esencia se corrompió, convirtiéndose en algo inerte y putrefacto, tan oscuro como la nada.
El agua subió implacablemente, traspasando los límites del cielo y cubriendo lentamente a la luna.
Parecía como si el astro estuviera siendo devorado por un mar interminable.
Finalmente, cuando toda la luna quedó completamente envuelta por el agua oscura, esta irradió un destello negro.
En lugar de un eclipse tradicional, lo que ahora se divisaba era un portal, una puerta hacia lo desconocido.
El Alba Marina había dado inicio.
“Al fin”, dijo una voz profunda y resonante desde el interior del portal.
“Por fin voy a poder ser libre”, continuó la voz, cargada de ansiedad y poder.
“Nuestro señor”, dijeron los concejales al unísono, arrodillándose reverentemente ante la presencia.
Tejod los imitó rápidamente, inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con su frente, y todos los demás presentes lo siguieron en señal de adoración.
“¡Salve Urugas!” vitoreaban los soldados y líderes de las sombras, sus voces mezclándose en un cántico ensordecedor.
“Sí, ya siento mi salida…
¡Al fin!”, exclamó Urugas, una manifestación de sombra que avanzaba hacia el portal.
Pero al intentar cruzarlo, algo lo detuvo.
“Pero ¿qué es esto?
¡No puedo cruzar!” gritó Urugas, furioso, mientras intentaba forzar su paso hacia la dimensión que lo llamaba.
Sus esfuerzos fueron en vano.
“¡No, no puede estar pasando!” rugió Urugas, su voz endemoniada resonando en todo el lugar.
El aire vibró con su ira, y una energía maligna recorrió el espacio, helando la sangre de quienes lo escuchaban.
“¿Qué sucede, señor?” preguntó uno de los concejales, inclinándose aún más bajo su mirada invisible.
“¡No puedo pasar!
¡Maldición!
Aún hay una presencia de la luz de Avocios que me lo impide.
¿Dónde está?
¿DÓNDE ESTÁ?” bramó Urugas, su voz cargada de rabia y frustración.
Paltio, observando la escena con atención, sonrió con ironía.
“Parece que tus planes no se van a cumplir, Tejod”, dijo el príncipe, cruzándose de brazos.
“Devuélveme a mi pueblo y lárguense de aquí.
Después de todo, parece que la luz ha triunfado sobre la oscuridad”.
“¿Qué tonterías dices, mocoso?” respondió Tejod, fulminándolo con la mirada.
“Estamos tan cerca…
¡El señor no puede salir!
Esto no puede estar pasando.
Estuve esperando este momento durante años.
¡Seguramente tú eres el responsable!” acusó, apretando los puños con furia.
“No creo que yo haya hecho algo”, replicó Paltio con calma, aunque una chispa de determinación brillaba en sus ojos.
“Pero veo que hay algo que ha logrado atrapar a tu señor sin dejarlo salir.
Creo que aún la magia de Avocios permanece en este mundo.
¿No lo ves?
Es mejor que se rindan y se olviden de sacar a tu amo de esa prisión”.
“¡No, no, NO!” gritó Tejod, desesperado.
“Mi señor, este maldito fenómeno llamado Alba Marina está por acabar en cualquier instante.
¡No puedo permitirlo!
Debo hacer algo por mi señor”.
La tensión en el ambiente era palpable.
Todos los presentes aguardaban, expectantes, mientras el tiempo parecía detenerse.
El destino del mundo pendía de un hilo, y ni siquiera los más poderosos entre las sombras podían prever qué sucedería a continuación.
“Pues es momento de que te rindas”, dijo Paltio con confianza renovada mientras clavaba su mirada en Tejod.
“Perdiste, y con ello, toda esta oscuridad también ha perdido”.
“¿Por qué dices tantas tonterías juntas, niño?
¿De dónde sacas esa confianza ahora?” replicó Tejod, frunciendo el ceño mientras intentaba disimular su creciente nerviosismo.
“Pues porque nosotros hemos ganado”, respondió Paltio, señalando hacia el bosque cercano.
Desde allí, comenzaron a emerger figuras conocidas: sus amigos, liderados por su abuelo, armados hasta los dientes, rodeando rápidamente a los ejércitos de las sombras.
“¿Quiénes son esos?” preguntó Tejod, visiblemente sorprendido al ver a los recién llegados.
Sus ojos se llenaron de incredulidad al reconocer entre ellos a Alita, Ron, Lucca, Rykaru y los demás.
Todos avanzaban con determinación, listos para enfrentar a las fuerzas de las sombras.
“¡Tontos!
Ustedes, un montón de inútiles, no son más que nosotros.
¿De verdad piensas que vas a ganar, mocoso?” gritó Tejod, tratando de mantener su postura arrogante, aunque su voz temblaba ligeramente.
“Ríndete, Tejod.
Nosotros te superamos”, declaró Paltio con firmeza.
En ese preciso instante, el cielo comenzó a desquebrajarse, revelando nuevamente el firmamento nocturno claro.
La oscuridad densa que había cubierto el mundo durante tanto tiempo se disipó, dejando paso a un cielo estrellado.
“Pero ¿cómo?” murmuró Tejod, desconcertado al ver el cambio repentino.
“¡Es imposible!
¡Alguien descubrió cómo destruir los cristales!” Ambos ejércitos iniciaron el enfrentamiento.
Los soldados de las sombras luchaban con furia, pero los aliados de Paltio eran más fuertes y estaban decididos a recuperar su mundo.
Mientras tanto, Paltio se encontraba frente a Tejod, preparado para enfrentarlo.
Al recibir la señal lanzada por Alita —un destello de luz desde lejos— supo que habían recolectado a todos los ciudadanos convertidos en estatuas.
Sin embargo, ella no pudo comunicarle telepáticamente que aún no habían encontrado a sus padres, ya que no contaban con el enlace mental de Golden.
Con esa certeza, Paltio miró directamente a Tejod y declaró: “Perdiste.
Ya recolecté a todas las estatuas de los ciudadanos de Avocadolia.
Ríndete”.
Mientras tanto, la sombra de Urugas seguía forcejeando, buscando la razón por la cual no podía cruzar el portal.
“¿Cómo es posible?
Si ya absorbieron todo…
Drenaron el poder de Avocios, dejándolo inservible por años.
¿Qué es lo que me falta para liberarme completamente?” Su voz resonaba con frustración mientras escaneaba frenéticamente el entorno, como si tuviera un radar incorporado en sus ojos oscuros.
“¿Qué es lo que pasé por alto?” murmuraba Urugas, revisando cada detalle.
Finalmente, su atención se centró en Paltio.
“Ese mocoso…
Sí, debe ser él.
Es la razón por la que sigo atrapado aquí”.
Urugas envió una señal mental a Tejod, quien sonrió con malicia al recibirla.
“Entiendo”, dijo el tejón, mostrando una sonrisa torcida.
“Rendirme, ¿eh, niño?
¿Piensas que no tengo un as bajo la manga?” Acto seguido, sacó un amuleto de su cuello, apuntándolo directamente hacia Paltio.
Sin embargo, al activarlo, nada ocurrió.
“¿Qué?” exclamó Tejod, incrédulo.
Inspeccionó el artefacto y notó algo alarmante: en lugar del poderoso objeto que alguna vez poseyó, solo quedaba un pedazo de roca inservible.
“¡Mi amuleto!
¿Buscabas esto, señor?” dijo Pax, levantando el verdadero amuleto que había estado guardando en secreto.
“¡Tu maldita sabandija traidora!” rugió Tejod, fulminando a Pax con la mirada.
“Pero ¡qué tengo en la mano!” gritó, examinando el trozo de roca sin valor alguno.
“¡Grrrrr!” bramó Tejod, lanzando un grito de ira que resonó por todo el campo de batalla.
“Pues no soy quien crees”, dijo Pax con calma mientras se quitaba el disfraz, revelando su verdadera identidad: Lukeandria.
“¡Tú!” gritó Tejod, con odio goteando en cada palabra.
“Esa mocosa de las lúcumas…
¡Deberías estar muerta, como tu gente!” “Y ahora, ¿decías que te rindes?” interrumpió Paltio, aprovechando el momento para presionar a Tejod.
“¡Tú cállate, maldito niño!” rugió Tejod, apretando los puños con furia.
“Aunque tengas el amuleto, ¡no sabes cómo usarlo!” “¿Qué amuleto?” preguntó Lukeandria inocentemente, mostrando sus manos vacías con una sonrisa traviesa.
“¡Chau, tonto, miau!” exclamó Toco-Toco desde lejos, agitando el amuleto robado antes de desaparecer a toda velocidad entre las sombras.
“Ahora sí, ¿te das por vencido?” dijo Paltio, avanzando hacia Tejod con determinación, listo para atacarlo.
“Espera un minuto, niño”, respondió Tejod, levantando una mano en señal de advertencia.
Con un movimiento rápido, sacó algo de debajo de su capa: dos estatuas de jade rojo.
“Porque si no, acabaré con tus padres”.
Paltio se detuvo en seco, su cuerpo paralizado por el shock.
Las palabras resonaron en su mente como un eco cruel.
“Mientes”, replicó Paltio, aunque su voz temblaba ligeramente.
“Alita me envió la señal de que recolectaron a todos”.
“¿Quieres averiguarlo?” dijo Tejod con una sonrisa malvada, sosteniendo las estatuas por el cuello como si fueran simples trofeos.
Paltio estaba inmóvil, dividido entre la ira y la desesperación.
No sabía qué hacer.
Sus padres estaban en peligro, pero también había prometido proteger a sus amigos.
“Yo me encargo de eso”, intervino Lukeandria, adelantándose con decisión.
Pero antes de que pudiera actuar, un rayo oscuro surgió de la nada, lanzándola violentamente por los aires.
“Vaya, pero qué molesta muchacha”, comentó uno de los concejales con indiferencia, observando cómo Lukeandria caía al suelo, aturdida pero aún consciente.
“Acabo con tu amiguita allá también, Paltio”, dijo Tejod con sorna, disfrutando del conflicto moral que veía en los ojos del príncipe.
Tejod lo tenía contra la pared.
“Tengo a tus padres y a tu amiguita.
¿A quién salvarás?” El aire pareció congelarse alrededor de ellos.
La tensión era palpable, y Paltio sentía cómo el peso de la decisión amenazaba con aplastarlo.
Su mirada iba de las estatuas de sus padres a Lukeandria, que intentaba ponerse de pie a pesar de su debilidad.
“Elige, niño”, murmuró Tejod, inclinándose hacia él con una sonrisa triunfal.
“Tu tiempo se acaba”.
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