La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 19
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19: ¿Y mis amigos?
19: ¿Y mis amigos?
Mientras seguían viajando hacia Fuertelia, ya estaban en el quinto día del trayecto.
—Toma, Alita —dijo Mok con una sonrisa cálida mientras sostenía un anillo entre sus dedos—.
Veo que te fascinó este anillo cogiendo en su mano el de piedra azul.
Puedes usarlo para practicar.
Cuídalo bien, luego me lo devuelves.
—¡Sí, gracias, Mok!
—respondió ella con entusiasmo.
—¿Y cómo se usa?
—preguntó Alita, examinando el objeto con curiosidad.
—Debes pensar en cómo fluye el agua o simplemente decir “agua” en voz alta —explicó Mok con paciencia.
De pronto, un chorro de agua surgió del anillo y cayó directamente sobre la cara de Ron.
—¡Alita, para!
—gritó Ron mientras era empapado por el torrente inesperado.
—¡Ups!
Lo siento —se disculpó ella, aunque su sonrisa coqueta dejaba entrever cierto regocijo.
Ron sacudió la cabeza, intentando recuperarse del susto.
—Si vas a practicar, mejor hazlo cuando estemos fuera de la carreta.
¡Ahora estoy todo empapado y no traigo muda de ropa!
—Bueno, tranquilo, no fue para tanto —intervino Mok, quien extrajo otro anillo de su bolsillo.
Con un gesto elegante, invocó una ráfaga de calor seco que secó a Ron al instante.
—¡Genial!
Gracias, Mok —dijo el muchacho, visiblemente aliviado.
Paltio observó a su mayordomo con admiración.
Aún no podía creer que aquel hombre, a quien siempre consideró simplemente como su cuidador real y parte de su servidumbre, guardara tantos secretos y habilidades extraordinarias.
Recordó todas las historias y cuentos que Mok le había narrado durante su infancia: hazañas heroicas, duelos épicos y viajes inolvidables.
Siempre pensó que eran meras fantasías, pero ahora, después de todo lo que habían vivido juntos, comprendía que eran verdades ocultas bajo un velo de humildad.
Conmovido, miró a Mok y le dedicó una sonrisa sincera.
El mayordomo, percibiendo el gesto, respondió con una leve inclinación de cabeza.
—¿Por qué lo hiciste, Mok?
—preguntó Paltio, intrigado.
—Bueno, al verlo sonreírme, pensé que sería un bonito gesto devolverle la sonrisa —contestó Mok con serenidad.
—Pero…
¿no sabes por qué sonreí?
—insistió Paltio, frunciendo ligeramente el ceño.
—No, señorito, pero si he de suponer, diría que es porque pensó que los cuentos que le contaba eran solo eso: cuentos, y no verdades.
Y que ahora finalmente me cree.
El príncipe abrió los ojos sorprendidos.
—¿Acaso le pediste a Golden que leyera mi mente?
—No hace falta, señorito.
Recuerde que yo lo crie, así que conozco todas sus mañas y sé cómo piensa —respondió Mok con tono afectuoso.
—Bueno…
—murmuró Paltio, tocándose la nuca y sonrojándose ligeramente.
—¡Ey!
Guarden silencio —interrumpió Pax, levantando una mano para captar la atención del grupo—.
Hay varias carretas adelante en fila y no avanzan.
Bajaré a preguntar qué ocurre.
Sin perder tiempo, Pax descendió del carruaje y se acercó a la carreta que estaba justo delante.
Pero cuando llegó, descubrió algo extraño: no había nadie ni en el asiento del conductor ni entre los pasajeros.
Solo los caballos permanecían quietos, atados a sus puestos.
Extrañado, continuó hasta la siguiente carreta, pero el resultado fue el mismo: completamente vacía.
Regresó apresuradamente al grupo, con el ceño fruncido.
—Esto es extraño —anunció Pax, preocupado—.
Acabo de ir a verificar por qué no avanzan, pero no hay nadie en ninguna de las carretas.
Solo están los caballos, pero estos no se mueven.
—¿Qué?
—exclamaron todos al unísono.
—Debemos quitar las carretas para poder pasar —propuso Paltio con urgencia.
—Son un montón, principito —replicó Pax, cruzándose de brazos—.
Nos demoraríamos al menos dos días más para sacarlas del camino.
—¿Pero entonces cómo seguimos?
No hay otro camino, ¿verdad?
—preguntó Ron, mirando a su alrededor con ansiedad.
—No, este es el único —confirmó Mok con gravedad—.
El primer rey de Avocadolia diseñó una red de pistas y puentes que conectaban exclusivamente entre sí cada pueblo.
Tomar otro camino nos llevaría mucho más tiempo y, además, tendríamos que dejar la carreta y los caballos atrás.
—¡Diantres!
—exclamó Paltio, frustrado, golpeando con fuerza un lateral del carruaje—.
¿Es que nada sale bien?
—Paciencia, señorito —dijo Mok con firmeza, colocando una mano tranquilizadora sobre el hombro del joven príncipe—.
Ya verá que encontraremos la solución.
En ese momento, notaron unas huellas en el suelo.
—¿Qué son esas huellas?
—preguntó Ron, iluminando el lugar con su linterna improvisada.
—Son muchas… —murmuró el muchacho, observando cómo las marcas se extendían hacia la oscuridad.
—Quizá si las seguimos, podremos encontrar a los dueños de estas carretas y hacer que las retiren del camino —propuso Alita con determinación.
—Sí, creo que tienes razón.
Vamos —dijo Paltio, asintiendo con decisión.
—Pax, ¿vienes?
—preguntó Alita mirándolo.
—No, gracias.
Me quedaré aquí.
No tengo ganas de adentrarme en lo desconocido —respondió Pax con indiferencia, cruzándose de brazos.
Ron levantó una ceja.
—¿Acaso te da miedo?
—¡Miedo, yo?
¡Nada de eso!
—replicó Pax, fingiendo indignación.
—Bueno, si quieres quedarte, quédate —dijo Alita encogiéndose de hombros—.
Al fin y al cabo, tenemos a Mok con nosotros.
—Bien, váyanse —respondió Pax, despidiéndolos con un gesto despreocupado.
El resto del grupo partió siguiendo las huellas.
Caminaron por senderos marcados entre la maleza, mientras Pax permanecía sentado junto al carruaje.
Sin embargo, poco después de que los demás se marcharan, comenzó a sentir algo raro: una especie de insecto subiendo lentamente por su brazo.
—¿Qué es esto?
—murmuró Pax, intentando distinguirlo bajo la tenue luz de su casco.
Pero antes de que pudiera reaccionar, algo cayó sobre él.
Y no solo sobre su casco, sino que lo cubrió completamente.
El fuego de su antorcha se apagó de golpe, sumiendo todo en la más absoluta oscuridad.
Un grito desgarrador rompió el silencio, alertando al grupo, que regresó corriendo al lugar.
Cuando llegaron, encontraron el carruaje vacío.
De Pax no había ni rastro.
—¡Muy gracioso, soldado de las Sombras Rojas!
¿Dónde estás?
—gritó Alita, buscando a su alrededor.
—Alita, ese sujeto nunca ha sido gracioso.
Ni siquiera trata de serlo —indicó Mok, frunciendo el ceño.
—Seguramente se fue por ahí a investigar la zona —sugirió Ron, señalando hacia el bosque oscuro.
—No lo creo.
Ese grito que escuchamos era su voz, aunque siempre sombría y llena de superioridad —observó Paltio con seriedad.
—No cabe duda —coincidió Mok—.
Será mejor que investiguemos hacia dónde pudo haber ido.
—¡Miren aquí!
—exclamó Paltio, señalando una parte del césped cercana al carruaje—.
Parece que algo se movió por esta zona.
El césped está aplastado, como si algo pesado lo hubiera pisado.
—Tienes razón, señorito.
Es mejor que vayamos a investigar —sugirió Mok, tomando la delantera con cautela.
Los cuatro avanzaron en fila: Mok y Paltio lideraban, seguidos de cerca por Alita y Ron.
Sin embargo, cuando estaban a punto de cruzar una zona particularmente densa de arbustos, Ron comenzó a murmurar: —Pero ¿qué es esto?
No puedo moverme… Antes de que pudiera decir algo más, su voz se apagó por completo.
Pasó un momento, y Alita se percató de que Ron ya no hablaba.
Preocupada, giró para ver qué le ocurría.
Pero al voltear, descubrió que Ron había desaparecido.
Asustada, se dispuso a avisar a Paltio y Mok, pero justo entonces algo emergió del suelo y la agarró con fuerza de los tobillos.
—¡Ahhh!
—gritó Alita, siendo arrastrada hacia abajo.
Intentó resistirse, pero no pudo hacer nada contra aquella fuerza sobrenatural.
En cuestión de segundos, desapareció también, dejando tras de sí solo un profundo silencio.
Mok y Paltio escucharon el grito de Alita y se giraron inmediatamente.
El ambiente se volvió tenso, cargado de una presencia ominosa.
Mok desenvainó su espada, preparándose para cualquier ataque.
De pronto, la antorcha que sostenía se apagó sin previo aviso.
Rápidamente, sacó su linterna mágica para iluminar el área, pero antes de que pudiera identificar algo, una sustancia viscosa y pegajosa brotó del suelo y lo atrapó.
Era baba, gruesa y resbaladiza, que comenzó a envolverlo por completo.
—¡Corra, señorito Paltio!
¡Corra!
—gritó Mok con desesperación mientras luchaba por liberarse.
Pero la baba lo arrastró hacia la oscuridad, hasta que desapareció por completo.
Paltio, horrorizado, intentó alumbrar el lugar donde momentos antes estaba Mok.
Sin embargo, antes de que pudiera enfocar su linterna, algo se la arrebató de las manos.
La oscuridad lo rodeó por completo, dejándolo solo y vulnerable.
Paltio se encontraba completamente a oscuras, desorientado y sin saber qué había ocurrido con sus amigos.
El silencio era opresivo, roto solo por el eco de su propia respiración agitada.
Justo cuando el miedo comenzaba a adueñarse de él, Golden apareció proyectada en su holograma como de costumbre, iluminando débilmente su rostro con su luz dorada.
—Señorito Paltio —dijo Golden con calma, aunque percibiendo la tensión en el ambiente—, utilice la luz de sus botas.
El chico, en medio del caos y con el corazón latiéndole a mil por hora, recordó de golpe aquel detalle.
En el tumulto del momento, se había olvidado por completo de esa función.
Sin perder un segundo más, chocó sus botas dos veces, tal como le habían enseñado.
Al instante, una luz cálida y potente emergió de ellas, iluminando el entorno de manera uniforme.
Sin embargo, lejos de aliviar su temor, la escena que se reveló ante sus ojos hizo que su corazón se detuviera por un instante.
Su mirada cambió de inmediato: el miedo inicial dio paso a más miedo.
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