La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 190
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190: Urugas 190: Urugas “Tonto niño”, dijo Urugas con una voz que resonaba como un trueno distorsionado, “quién diría que tú eres el que está impidiendo mi llegada.
Ahora vas a hacer algo útil.
No te resistas; no podrás zafarte de esos hilos”.
Paltio estaba inmovilizado, atrapado en una red de rayos letales que lo mantenían inmóvil frente al horror que se desplegaba ante él.
Con una rapidez sobrenatural, Tejod sacó una enorme espada de su capa, un arma que parecía haber estado oculta en algún espacio mágico similar a la bolsa de Paltio o el abrigo de combate de Mok.
Sin vacilar, clavó la hoja directamente en el corazón del muchacho.
“Muere”, siseó Tejod con una sonrisa cruel, retorciendo la espada antes de retirarla.
Paltio sintió cómo todo su mundo se apagaba, cómo sus esperanzas se desvanecían como humo en el viento.
En ese instante, imágenes de su vida pasaron velozmente por su mente: los momentos felices con sus amigos, las risas compartidas con su familia, las aventuras vividas junto a aquellos que amaba.
Todo parecía desmoronarse mientras caía de rodillas, incapaz de sostenerse más.
Finalmente, cerró los ojos y cayó al suelo, inerte.
“¡Paltio!”, gritaron todos en el campo de batalla, sus voces llenas de dolor y desesperación.
Mok fue quien más fuerte sintió el golpe, tratando de abrirse paso.
Lágrimas corrían por su rostro mientras recordaba cada momento de la vida de Paltio: desde el día en que lo vio nacer hasta todos los años que estuvo a su lado, cuidándolo como si fuera su propio hijo o un hermano mayor para el príncipe.
Rodelos, abrumado por la pena, intentó abrirse paso hacia donde yacía su nieto, pero los enemigos bloqueaban su camino sin piedad.
Alita y Ron también lloraron su pérdida, abrazándose mutuamente mientras luchaban por contener la desesperación.
Lukeandria, aunque contenía sus lágrimas, sentía un nudo en la garganta al recordar los momentos que había compartido con él durante su viaje.
Y Rykaru… Rykaru no pudo soportarlo.
“¡No, papi!”, gritó el pequeño con todas sus fuerzas al ver cómo Paltio caía en un charco de su propia sangre.
Quería correr hacia él, hacer algo —cualquier cosa— para salvarlo, pero los enemigos se lo impedían.
Su pequeño cuerpo temblaba de rabia y dolor mientras veía cómo su mundo se desmoronaba frente a sus ojos.
En ese momento, el cielo que había sido liberado brevemente de la oscuridad gracias a los robots del profesor comenzó a ser absorbido nuevamente por las tinieblas.
Las sombras regresaron con más fuerza que antes, teniendo el firmamento de un rojo profundo, como si fuera un río de sangre viviente.
Del portal en la luna emergieron unas manos gigantescas, seguidas por una figura imponente que emergió completamente de la dimensión oscura.
La criatura dio un golpe sordo sobre el lugar donde antes estaba el mar, evaporando toda el agua en un instante.
Lo que quedó fue una vasta llanura árida, como un desierto infinito, irradiando una energía maligna pura que helaba la sangre.
Todos los presentes se quedaron paralizados, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar.
La muerte de Paltio aún resonaba en sus corazones, pero ahora enfrentaban algo mucho más aterrador: una entidad primordial de maldad absoluta que había eliminado un mar entero con un solo movimiento.
El silencio era ensordecedor, roto solo por el eco lejano de la risa de Urugas, quien finalmente había llegado para reclamar su reino.
“¿Es usted en verdad, señor?”, preguntó Tejod con reverencia, inclinándose ante la figura que comenzaba a tomar forma frente a él.
“Así es.
Soy yo”, respondió una voz siniestra que parecía resonar desde las profundidades del abismo.
El ser que emergió ante Tejod era una criatura imponente, mitad humano y mitad jabalí gris.
Sus colmillos sobresalían de los costados de su boca, afilados como dagas, y sus ojos eran completamente negros, pozos sin fondo que parecían devorar cualquier esperanza a su paso.
Una cabellera negra y larga caía sobre sus hombros, mientras coderas y pierneras hechas de piel de jabalí cubrían sus extremidades musculosas.
En el centro de su pecho, la cabeza de un jabalí descansaba como un símbolo macabro de su poder, conectada a un cinturón que parecía la cola del animal.
Mallas negras de armadura cubrían su piel, completando un aspecto que irradiaba pura maldad.
“Soy yo, tu amo y dueño.
Soy Urugas el rey de las sombras”.
Al pronunciar su nombre, todo el ambiente cambió.
Una oleada de sed de venganza y destrucción se extendió por el lugar, como si el aire mismo se contaminara con su presencia.
Urugas era más alto que Tejod, con músculos marcados que evidenciaban su fuerza abrumadora.
“Al fin estoy en este mundo… ¡Libre al fin!”, declaró Urugas, mirando con satisfacción el cuerpo que había adoptado.
Observó todo a su alrededor, deleitándose con la devastación que ya había causado.
“Por fin comenzará la era del caos y la destrucción, gracias a la porción de poder que mi padre, RULER, me otorgó.
De esa esencia nací yo”.
Los siete concejales supremos y Tejod se arrodillaron inmediatamente ante él, mostrando su total devoción.
“Señor, ¿qué desea que hagamos?
Vivimos para usted”, dijeron al unísono, sus voces llenas de sumisión.
El resto de las tropas de las Sombras también se levantaron tras el estruendo inicial y se apartaron del ejército aliado de Paltio, arrodillándose ante su creador.
“De verdad, este es nuestro señor”, murmuró Tertrol, aunque lo hizo a regañadientes, visiblemente incómodo bajo la opresiva aura de Urugas.
“¡Salve, nuestro señor Urugas!
¡Vivimos para servirlo!”, exclamaron todos, aunque las palabras de Tertrol sonaron forzadas, como si luchara contra su propia voluntad.
Tertrol clavó su mirada en el cuerpo inerte de Paltio, aún tendido en el suelo.
“Maldito Tejod, me quitaste las ganas de matar al mocoso”, dijo con desdén, aunque su tono no ocultaba cierta satisfacción mezclada con desprecio.
Urugas se regodeaba, comenzó a caminar lentamente, observando todo a su alrededor con una mezcla de curiosidad y arrogancia.
Los concejales le volvieron a preguntar qué deseaba que hicieran, pero él parecía ignorarlos, perdido en sus pensamientos.
Sin embargo, después de un rato, su atención regresó a ellos debido a su insistencia.
“Bien, escuchen”, dijo finalmente, con una sonrisa cruel dibujada en su rostro.
“Voy a explorar este mundo y llenarlo de caos por completo hasta que no quede ningún ser viviente libre de oscuridad.
Claro, excepto ustedes, mis fieles seguidores ya que son netamente oscuridad desde su nacimiento creados por mí”.
Urugas señaló hacia el grupo que había llegado a apoyar a Paltio.
“Quizá pueden empezar con esos insolentes de allá.
Denme un entretenimiento digno de mi tiempo”.
“Señor, si eso desea, le daremos un entremés acabando con estos rebeldes que están frente a nosotros”, respondió uno de los concejales con una reverencia exagerada.
“Bien, háganlo.
Acaben con todos estos individuos.
No les demuestren piedad alguna.
Espero que sea divertido y me entretengan un poco.
Tengo otros planes que hacer”, declaró Urugas con indiferencia, creando un trono de huesos con un gesto casual de su mano.
Se sentó en él, cerró un ojo y dejó el otro abierto para observar cómo se desarrollaba la masacre.
“¡Ya oyeron!
¡A acabar con todos esos inútiles!”, gritaron los siete concejales con voz autoritaria.
Las tropas obedecieron al instante, y la batalla se reanudó con renovada ferocidad entre las filas de las Sombras y el ejército liderado por los cinco reinos.
Ninguno de los amigos de Paltio podía acercarse a su cuerpo inerte; para llevarlo consigo, tendrían que atravesar todo el ejército de Tejod, una tarea casi imposible en medio de la carnicería.
“¡Por Avocios!”, gritó Rodelos con desesperación, sus lágrimas cayendo sin control.
“¡Y por mi nieto Paltio!”.
“¡Por Paltio!”, respondieron todos al unísono, empuñando sus armas con determinación.
En contraste, el bando enemigo rugió con crueldad: “¡Por nuestro amo Urugas!”.
Mientras la lucha continuaba, Toco-Toco llegó corriendo hacia el profesor, llevando consigo el amuleto de Tejod.
Sin perder tiempo, el inventor comenzó a examinar el artefacto, buscando entender cómo funcionaba para poder liberar a todas las estatuas atrapadas dentro de su Rose.
“¡Vaya!, ¡qué genial es esa bolsa que tenía Paltio!”, exclamó el profesor, fascinado por como ese instrumento ayudo a traer a todas las estatuas del reino y que ahora se encontraban frente a él.
De repente, un estruendo resonó en el aire, tan fuerte que incluso el Ciertarias —la gigantesca amiga del profesor— se tambaleó ligeramente.
“No lo sé, miau, pero aquí traigo dos estatuas más.
Creo que son los padres de Paltio.
Por poco y se caen con ese estruendo de hace rato”, dijo Toco-Toco, señalando las figuras que las copias de Lukeandria le habían entregado antes de partir.
“Bien, profesor, se lo dejo en sus manos.
Yo regresaré a apoyar a los demás.
No me pierdo una gran batalla, miau”, anunció el felino antes de salir corriendo hacia el campo de batalla.
El profesor observó las estatuas a su alrededor, pensativo.
“Así que esta cosa convierte a cualquiera en jade rojo, ¿eh?
Debo encontrar cómo revertirlo lo antes posible.
Los muchachos necesitarán ayuda, y aquí hay suficiente trabajo para mí”, murmuró para sí mismo.
Nadie en ese lugar, ni siquiera Toco-Toco, sabía que Paltio había muerto o que Urugas ya estaba libre en este mundo.
En otro lugar, en la nube flotante de Meliradal, algo no estaba bien.
“Mis guardianes…”, dijo Avocios débilmente, aún agotado por el esfuerzo de sus últimas batallas.
“¿Qué pasa, mi señor?”, preguntó Golden, mirándolo preocupado mientras ajustaba el colchón donde Avocios descansaba, creado cuidadosamente por Kilibur.
“Algo no anda bien.
¿Qué quieres decir, señor?”, preguntó Silver, inclinándose hacia él.
Avocios movió lentamente su dedo, señalando hacia el cielo.
Todos miraron hacia arriba y vieron cómo este se teñía de un rojo sangre intenso, como si el mismo firmamento llorara la pérdida de algo vital.
“¿Qué es eso?”, dijeron Meliradal y Krasper al unísono, sus voces llenas de asombro y temor.
“Ni una de mis ilusiones podría ser tan fuerte como esto.
Es magia de otro nivel”, reflexionó Kilibur, frunciendo el ceño mientras intentaba comprender el fenómeno.
“Siento que algo malo le está pasando a Paltio.
Debemos darnos prisa”, declaró Avocios con urgencia.
Aunque ninguno de ellos sabía que Avocios y Paltio estaban conectados de alguna manera profunda e inexplicable.
Golden, siempre optimista, se decía mentalmente.
“Ya falta poco, Paltio.
Solo espera un poco más.
Iremos a apoyarte”.
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