La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 191
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191: La Traición 191: La Traición El profesor trabajaba con meticulosidad, inspeccionando cómo podría resolver el problema del amuleto y devolver a la gente a su estado normal.
Para evitar riesgos innecesarios, colocó el misterioso objeto dentro de una caja transparente, desde donde podía manipularlo sin temor a convertirse en estatua.
Dentro de Rose, Karpi colaboraba con otros científicos de Bacadolia, apoyando al profesor al organizar las estatuas sobre plataformas especiales.
Esto garantizaba que no se dañaran si volvía a ocurrir un movimiento telúrico como el de hacía rato.
“Sintieron eso, ¿verdad?
El movimiento fue muy fuerte,” dijo Dall entrando abruptamente.
Quería preguntarle algo a Toco-Toco, pero este había desaparecido “como alma que lleva el viento,” comentó el muchacho distraídamente.
En ese momento, tropezó con un lapicero que yacía en el suelo, casi derribando una de las delicadas estatuas.
“Dall, será mejor que te quedes afuera,” sugirió Karpi con amabilidad, aunque su tono revelaba preocupación.
“Yo me encargo de él,” intervino Paris, quien sacó al torpe joven del cuarto.
Sin embargo, antes de salir, Dall volvió a caer, esta vez por culpa de un pedazo de alfombra levantado.
“¿Qué vamos a hacer con ese chico?” suspiró Karpi, negando con la cabeza.
En el campo de batalla, Rodelos luchaba con ferocidad contra los soldados de las Sombras Rojas, que parecían multiplicarse sin cesar.
“¡Déjenmelo a mí, señor Rodelos!
¡Lo cubro!” gritó Chip, cuya nueva mano robótica lanzaba bolas explosivas que detonaban al contacto.
“Gracias, muchacho,” respondió Rodelos con gratitud antes de asestar un golpe certero a un enemigo cercano.
“Vaya, ese brazo te queda bien, mi querido amigo,” comentó Ludra mientras repartía patadas y puñetazos, desarmando hábilmente a los enemigos que osaban acercársele.
“Si nada nos detiene, debemos avanzar,” dijo Ban con firmeza, blandiendo su espada con precisión para abrirse paso entre los soldados.
“Será mejor que avancemos pronto.
Debemos llegar donde Paltio,” añadió Mok, abriéndose camino con su espada y unos kunais que surgían de su abrigo.
“Al menos para darle una digna sepultura…” murmuró Ron, sus palabras entrecortadas por lágrimas silenciosas mientras golpeaba a los enemigos con furia contenida.
“Mi papi…
No puede estar muerto.
Él no puede…” sollozó Rykaru, cuyas lágrimas brillaban bajo la luz del combate.
Con cada puño cargado de energía azul, liberaba su dolor en forma de ataques devastadores contra los soldados enemigos.
Cerca de allí, Alita y la verdadera Lukeandria peleaban lado a lado contra el ejército de las Sombras Azules.
Junto a ellas, Lucca movía su bastón con gracia y habilidad, desarmando a los enemigos sin derramar sangre.
Mientras tanto, Nakia lanzaba sus plumas encantadas hacia el campo de batalla, iluminando el caos con destellos plateados.
Chiki, por su parte, protegía a los heridos, usando sus ataques para que no se acerquen los enemigos a ellos.
Lume creaba clones de sí mismo para luchar, multiplicando sus esfuerzos frente a la avalancha de soldados.
Aunque eran demasiados, su determinación no flaqueaba.
Geki, en cambio, repartía armas entre sus compañeros, asegurándose de que nadie quedara indefenso en medio del fragor de la batalla.
La pelea parecía no tener fin.
Cada vez que vencían a un soldado, otro de una facción distinta emergía para enfrentarse a los aliados.
“Oye, Troba, ¿no vas a enfrentarte con ellos?” preguntó Mejod mientras se preparaba para lanzarse al combate.
“No, solo espero algo.
Ya sabes cómo son las cosas,” respondió ella con calma inusual.
“Si, típico de ti,” replicó Mejod antes de saltar sobre sus enemigos, acabando con varios de un solo movimiento de su lanza.
En ese momento, Trebolg surcaba el campo de batalla en su platillo volador, lanzando rayos hacia sus adversarios.
“¡Sí, mueran, escoria, mueran!” gritaba con entusiasmo desbordante, su voz resonando como un eco entre el caos.
Nadie daba tregua a nadie.
En medio del fragor, Tertrol y Meloc intercambiaron una mirada significativa.
Era hora de iniciar su plan.
Observaron cómo Pax —o, mejor dicho, Lukeandria— traicionaba a Tejod, arrebatándole el amuleto.
Ambos dirigieron su atención hacia donde estaba Tejod, justo cuando alguien se acercaba al líder de las Sombras Rojas.
“Señor,” dijo el recién llegado, deteniéndose frente a Tejod.
“¡Ah!
Eres tú, Bleko.
Pensé que te habías acobardado y no habías venido al campo de batalla,” respondió Tejod con desdén.
“No, señor.
Ya encontré lo que ellos tienen en mente y cuál es su plan,” explicó Bleko.
Sin embargo, algo en su postura y en su forma de hablar resultaba extraño.
Su caminar era rígido, y su tono carecía de la lealtad habitual.
Pero Tejod, distraído por su propia euforia tras cumplir su cometido de liberar a su señor, no le prestó atención.
“Bien, dímelo,” ordenó Tejod.
“Señor, será mejor que se lo diga al oído.
Aún hay sujetos leales a ellos cerca, y podrían escucharnos,” sugirió Bleko con cautela fingida.
Tejod asintió.
“Bien, entonces acércate y dímelo al oído.” Bleko obedeció, acercándose lentamente hasta quedar junto a Tejod.
Cuando llegó a su oído, susurró: “Esto es de parte de Tertrol…
Muere, Tejod.” Antes de que Tejod pudiera reaccionar, sintió el frío acero perforando su pecho, alcanzando su punto vital.
Con los ojos desorbitados por la traición, cayó de rodillas, balbuceando: “¿Tú?
¿Cómo osas traicionarme?” La sangre brotaba a borbotones, y las palabras apenas lograban salir de sus labios.
“Vaya, vaya… ¿A quién tenemos aquí, inmóvil?” dijo Tertrol, acercándose desde atrás con una sonrisa triunfal.
“Tú, maldito tejón asqueroso, siempre te creíste superior a mí.
Pues mira cómo estás ahora.
Por si no lo sabías, descubrimos a Bleko y le hicimos un lavado de cerebro.
Ahora es una mascota más mía.” “Maldito Tertrol…
Siempre quisiste mi posición…
Siempre quisiste traicionarme…
Desde siempre debí acabar contigo…” murmuró Tejod con dificultad, su voz apenas audible.
“Sí, pero no tenías las agallas,” replicó Tertrol con desprecio.
Sacó su espada y la clavó profundamente en la espalda de Tejod.
“Ahora yo seré el líder supremo de las sombras,” declaró Tertrol con arrogancia, limpiando su arma.
“Lástima que no podrás ver mi preciada arma secreta.” Todos quedaron en shock al presenciar la traición de Tertrol.
Todos, excepto Blajon, quien ya estaba al tanto del plan.
“Vaya, una traición… Me encanta.
Te lo permito,” dijo Urugas con una sonrisa siniestra mientras observaba a Tertrol acabar con la vida de Tejod.
“Pobre Tejod…
Siempre fue leal, pero nunca tuvo visión.
Sin embargo, veo en ti una sed de conocimiento y poder que me fascina.
Podrías ser mi líder del ejército de sombras, ¿eh, Tertrol?” “Si tienes algo más como esto, deleita mis sentidos con más sufrimiento,” añadió Urugas, relamiéndose los colmillos con un brillo malévolo en sus ojos.
“En parte se lo merecía por matar a Paltio,” comentó Lukeandria, mirando desde lejos.
“Tejod también fue apuñalado en el corazón mientras peleaba.
Es como ese refrán que dice: ‘Ojo por ojo y diente por diente’.
En este caso, yo añadiría: corazón por corazón.” “Pues bien, merecido se lo tiene,” respondió Ron, apoyando las palabras de Lukeandria.
“Sí, pero no debemos ser vengativos ni celebrar esas cosas,” intervino Mok, tratando de mantenerse calmado después de haber presenciado la muerte de Paltio y ahora ver cómo el villano sufría el mismo destino.
“Tienes razón,” asintió Rodelos mientras bloqueaba un ataque enemigo.
“¡Concéntrense!” gritó Alita, lanzando una ráfaga de magia que eliminó a varios soldados cercanos.
“¿Qué están viendo?
¡Ya oyeron al señor!
¡Ahora yo soy el líder supremo!
¡Vayan y acaben con el enemigo!” ordenó Tertrol, su rostro iluminado por una mezcla de emoción y sed de destrucción.
Galatea, al observar todo lo que estaba ocurriendo, supo que no podía quedarse con los brazos cruzados.
Era momento de actuar.
“Creo que es el momento de intervenir,” dijo Galatea, mirando a sus hijas, a Nomak y a sus soldados.
“Sí,” respondieron al unísono, despojándose del velo de la magia de Meliradal y revelando sus verdaderas identidades.
“Así que no eras Troba,” comentó Mejod con una sonrisa irónica al ver a los guerreros que habían cambiado de bando, pasando de ser soldados de las Sombras Amarillas a aliados de Fuertelia.
“Ya me parecía raro tu comportamiento.
Incluso para la Troba verdadera, nunca pensé que la vencieran tan fácilmente.
Siempre fue una tejona tonta y débil.” Mejod ajustó su lanza, preparándose para el combate.
“Pero yo no soy tan benevolente ni débil como esa tejona,” agregó antes de lanzarse directamente contra Galatea.
“Vaya, qué sorpresa: otra traición, pero esta vez por parte del enemigo,” dijo Urugas aplaudiendo lentamente, disfrutando del espectáculo.
“No dejan de sorprenderme.
Qué bueno, sigan entreteniéndome.” El señor oscuro abrió ambos ojos, dejando escapar una risa baja y gutural.
“Creo que es mi día de suerte.” “Vaya, el señor está contento, y eso que aún no sabe todo lo que tengo preparado,” murmuró Tertrol, relamiéndose los labios con malicia mientras contemplaba sus próximos movimientos.
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