La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 193
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- Capítulo 193 - 193 Tropogax
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193: Tropogax 193: Tropogax Los amigos de Paltio luchaban arduamente contra el ejército enemigo, manteniéndolo a raya y obligándolo a retroceder.
Sin embargo, al hacerlo, divisaron algo que ya conocían demasiado bien: los Vichus.
Derrotaron la primera ola de enemigos mientras el ejército adversario formaba un muro impenetrable, impidiendo que avanzaran más allá para recuperar el cuerpo inerte de Paltio.
Ya estaban listos para continuar cuando Tertrol ordenó a Meloc liberar una nueva oleada de Vichus.
Esta vez no eran cien, sino el doble.
Y conforme avanzaban y peleaban, el número seguía creciendo, abrumadoramente.
Alita, Ron y Rodelos, junto con Geki, Lume, Nakia, Rykaru y Lucca, aún permanecían en pie, luchando con todas sus fuerzas para acabar con las bestias.
“¡Miau!
¡Déjenme algo de diversión!” exclamó Toco-Toco irrumpiendo en el campo de batalla.
Desenvainó sus armas y comenzó a clavárselas a las enormes criaturas, una tras otra.
Pero por cada Vichus que caía, más surgían de las sombras.
“¿Dónde está Paltio?” preguntó el felino, pero nadie respondió.
Todos estaban concentrados en mantener a raya a esas criaturas para proteger a los soldados más cansados y heridos que aún permanecían en el campo de batalla.
La situación parecía inclinarse a favor de los enemigos cuando, de repente, un círculo mágico apareció en el suelo bajo una gran cantidad de Vichus, quemándolos al instante.
“Por fin hemos llegado,” anunció una voz familiar.
Eran Meliradal, Kilibur, Silver, Golden y Krasper, los cinco guardianes de Avocios.
“Estamos aquí para ayudarlos,” dijeron al unísono.
“Mi señor Serlet, qué bueno que está aquí,” dijo Lucca, inclinándose reverentemente ante Krasper.
“¿Señor Serlet?” preguntaron Kilibur, Silver y Meliradal al mismo tiempo, intercambiando miradas confundidas.
“Es una larga historia,” respondió Krasper con un gesto desenfadado.
“Mi señora, sacerdotisa Meliradal,” saludó Galatea junto con sus hijas, haciendo una reverencia respetuosa.
“Así que…
¿sacerdotisa?” comentó Krasper, lanzándole una mirada interrogante.
“Luego vemos eso,” respondió Meliradal con firmeza.
“Dejémonos de cosas.
¡A pelear!” ordenó Golden.
Con una velocidad impresionante, Golden se lanzó hacia el frente, derribando enemigos con movimientos precisos y devastadores.
Silver levantó enormes piedras del terreno y las lanzó sobre los Vichus, aplastándolos como si fueran insignificantes insectos.
Meliradal invocó un círculo mágico y lo lanzó hacia las jaulas de donde emergían las bestias, sellando su fuente.
Poco a poco, los aliados comenzaron a recuperar terreno.
“Ese doradito de nuevo…” murmuró Blajon con irritación mientras observaba cómo Golden acababa con los Vichus uno tras otro.
Después de eliminar a todos los enemigos restantes, Golden se acercó a Mok y le preguntó por Paltio.
El mayordomo, con lágrimas en los ojos, señaló hacia donde yacía el cuerpo inerte de su amigo.
“Murió,” respondió Mok con voz entrecortada y triste.
“Queremos ir por nuestro amigo caído.” “No,” dijo Toco-Toco pensando que lo que escucho no era verdad, mirando hacia donde apuntaba el mayordomo.
Con su aguda vista felina, distinguió el cuerpo inerte de Paltio a lo lejos.
“¡No!
¡Llegué tarde, maldición!” exclamó Golden, su voz cargada de frustración y dolor.
Estaba furioso, pero también abrumado por los recuerdos que inundaron su mente: los momentos de entrenamiento con su alumno, las risas compartidas, las lecciones aprendidas.
Toco-Toco también sintió una punzada en el pecho al recordar esos momentos, paralizado por la noticia, apretó los puños hasta que sus garras se clavaron en las palmas de sus manos.
Su mente era un torbellino de emociones: incredulidad, rabia y una profunda pena que amenazaba con consumirlo.
Había compartido tantos momentos con Paltio, desde bromas ligeras hasta discusiones serias sobre el destino y el deber.
Ahora, todo eso parecía reducirse a un eco distante.
Los guardianes al igual que los amigos de Paltio estaban tristes por la noticia de su amigo caído, pero debían seguir combatiendo, esta guerra estaba lejos de acabar.
“El señor Avocios tenía razón…
Algo pasaba con Paltio,” murmuró Golden con tristeza, dejando escapar un suspiro pesado.
Su mirada estaba fija en el horizonte, como si pudiera cambiar el pasado simplemente deseándolo.
¿Encontraron a Avocios?, señorita pregunto Nakia a Meliradal.
“Sí, pero está muy débil.
Está allá arriba,” respondió la sacerdotisa, señalando hacia su nube flotante.
“Ya veo,” dijo el ave pensativamente.
“Entonces estamos por nuestra cuenta.” Agachó la cabeza, aceptando la gravedad de su situación.
“Vaya, han llegado jugadores nuevos al campo de batalla.
Esto se pone interesante,” comentó Urugas con una sonrisa burlona, observando desde su posición privilegiada.
“¿Vas a hacer algo con ellos?” preguntó, dirigiendo su atención a Tertrol.
“Tranquilo, mi señor.
Aún hay más para su deleite,” respondió Tertrol con malicia, haciendo una reverencia exagerada.
En ese momento, unos carruajes enormes aparecieron en el campo de batalla como si hubieran sido conjurados de la nada.
Eran cincuenta en total, y cada uno emanaba una energía maligna que helaba la sangre.
Golden ya estaba listo para lanzarse al rescate y recuperar el cuerpo de Paltio, pero se detuvo en seco al ver lo que emergía de aquellos vehículos.
Era exactamente lo que temía.
Meloc, con un leve toque en un botón de su control remoto, activó los carruajes.
Estos comenzaron a abrirse como macabras cajas sorpresa, revelando criaturas monstruosas.
De su interior surgieron manos enormes, seguidas de rostros horripilantes.
Eran bestias humanoides, fusionadas con la raza de los limones verdes, conocidos por su naturaleza salvaje y destructiva.
Estas criaturas eran gigantescas, con brazos musculosos que parecían capaces de aplastar montañas y colmillos afilados como los de una morsa.
Sus ojos ardían con un fuego infernal, y cables gruesos atravesaban sus cuerpos, evidenciando la mezcla de tecnología y magia oscura que las mantenía activas.
No había inteligencia en sus movimientos, solo un instinto primario de destrucción.
“¡Hay, no!
¡Son esas cosas!” exclamó Krasper, visiblemente alarmado.
“¡Las que Maggus apenas pudo vencer!” “Por eso Golden no avanzó ni un milímetro,” añadió Silver con seriedad, observando la expresión de preocupación en el rostro de su compañero.
También notó la frustración y la rabia contenida en sus ojos, clara señal de que no solo lamentaba no haber llegado a tiempo para salvar a Paltio, sino también de que ahora enfrentaban un obstáculo aún mayor.
“Sí, son esos malditos Tropogax…
¿Y ahora cómo los vamos a vencer?” preguntó Kilibur, observando al enemigo con preocupación evidente en su rostro.
“Bien, no importa.
Con la visión que tuvimos de Maggus, sabemos cómo derrotarlos,” respondió Golden con determinación renovada.
“Así es.
No debemos dejar que se reconstruyan.
Tenemos que cortarlos hasta reducirlos a polvo,” añadió Meliradal mientras analizaba cuidadosamente a las criaturas.
“En aquel momento, Maggus peleó solo contra cincuenta, pero esta vez estamos los cinco,” dijo Golden, mirando a sus compañeros con confianza.
“Entonces, se los dejamos en sus manos,” intervino Rodelos.
“Nosotros iremos al rescate del cuerpo de mi nieto.” “Bien,” asintió Golden, colocándose su casco dorado y activando su armadura, que brilló con un destello poderoso.
“Ustedes, vayan con ellos,” ordenó, dirigiéndose a Toco-Toco, Nakia, Lume, Chiki y Geki.
“Nosotros, los guardianes, nos haremos cargo de estas monstruosidades.” De repente, la voz cansada pero firme de Avocios resonó en la mente de Silver.
“Silver, recuerda la esfera de deseos que te quedaste.
Debes dársela a Toco-Toco.
No hay tiempo para explicarlo, pero confía en mí.” “Entiendo, mi señor.
No es necesario que me lo explique,” respondió Silver por el canal mental, asintiendo con respeto.
“Toco-Toco, toma,” dijo Silver, entregándole la esfera al felino.
“¿Qué es esto, miau?” preguntó Toco-Toco, examinando el objeto con curiosidad.
“Llévala contigo y no hagas preguntas.
Te servirá cuando llegue el momento,” indicó Silver con seriedad.
Toco-Toco no entendía del todo lo que significaba, pero obedeció sin dudar.
Guardó la esfera en uno de los compartimientos de su cinturón y siguió al grupo hacia la batalla.
“Bien, prepárense, muchachos,” dijo Golden mientras observaba cómo no solo cincuenta, sino cien Tropogax avanzaban hacia ellos.
“Debemos darles espacio a los demás para que pasen.” “Entonces, vamos en serio,” comentó Meliradal mientras activaba su armadura azul, que desplegó unas alas impresionantes en su espalda.
“No hay de otra,” añadió Kilibur, ajustando su casco naranja mientras cuatro colas con fuego verde emergían detrás de él.
“Ya que,” concluyó Krasper, invocando su armadura morada, rodeada de un arsenal de armas listas para el combate.
Cada armadura tenía un diseño único que reflejaba la personalidad y habilidades de sus portadores: La de Golden lucía garras como hombreras y un guepardo tallado en su casco.
La de Meliradal tenía un casco en forma de halcón, plumas en sus brazos y unas majestuosas alas azules que parecían hechas de energía pura.
La de Silver destacaba por su casco en forma de lobo y unos guantes enormes decorados con dibujos de las garras de lobo.
La de Kilibur mostraba un casco de zorro y cuatro colas con fuego verde que danzaban a su espalda.
Finalmente, la de Krasper combinaba un casco en forma de dragón con garras en las hombreras y un arsenal letal que flotaba a su alrededor.
Los cinco guardianes estaban listos para enfrentarse a las monstruosidades que bloqueaban el camino.
“¡Por Avocios y Paltio!” exclamó Golden con voz vibrante.
Los demás guardianes repitieron el juramento al unísono, sus voces resonando como una promesa de victoria.
Silver fue el primero en avanzar, lanzándose hacia los Tropogax como un toro enfurecido.
Derribó a varios en su camino y le dio la señal al equipo de Rodelos para que avanzaran.
“¡Cuento con ustedes!” gritó antes de regresar al combate.
Pero los Tropogax caídos comenzaron a levantarse nuevamente, como si nada hubiera ocurrido, listos para seguir peleando.
“Si vamos a morir aquí, ¡que así sea!” rugió Golden, liberando una explosión de energía dorada que iluminó el campo de batalla.
Con furia contenida, se lanzó directamente hacia los enemigos, dispuesto a darlo todo por su causa.
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