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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 194

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194: La Cura 194: La Cura Silver golpeó a un grupo de Tropogax con una fuerza devastadora, abriendo un camino para que sus aliados pudieran avanzar mientras ellos se quedaban atrás para enfrentar a esas bestias monstruosas.

Mientras tanto, todos los heridos regresaban al Ciertarias conocido como Rose, donde un equipo médico trabajaba incansablemente para atender a los caídos.

Paris y Dall organizaban a los soldados asignándoles habitaciones dentro del enorme animal mecánico.

Bueno, más bien solo Paris lo hacía, ya que Dall, con su torpeza habitual, parecía empeorar las cosas en lugar de ayudar.

“Los médicos estaban atendiendo rápidamente a los soldados heridos,” observó Paris con alivio.

“Por suerte, la gente de Hassdalia cuenta con magos capaces de curar heridas casi tan eficazmente como la esfera que Paltio solía usar con el cetro.” “Dall, será mejor que vayas afuera a ver si alguien necesita ayuda,” sugirió Paris con amabilidad, aunque en su mente cruzó fugazmente la idea de estrangularlo por todas las tonterías que había hecho hasta ahora.

El caos reinaba en el lugar.

Había múltiples heridos, y casi todos los cuartos estaban ocupados atendiendo a los pacientes.

Era un escenario abrumador.

“¿Qué voy a hacer?” murmuró Paris para sí misma, sintiéndose abrumada al darse cuenta de que estaba sola para apoyar en todo lo que pudiera.

En el laboratorio, el profesor continuaba probando diferentes métodos para devolver a la gente a su estado normal.

Su mente era un torbellino de pensamientos angustiados: “Debo apurarme…

Debo hacerlo rápido.

Todos me necesitan.” “Tranquilo, profesor,” dijo Karpi al notar la angustia en su rostro.

“Estamos aquí para ayudarlo.” En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Era Dall, quien entró sin prestar atención, ya que todos estaban concentrados en resolver el problema del amuleto.

En el suelo, había una lata que, para variar, Dall no notó.

Tropezó con ella y cayó sobre los controles del profesor, presionando accidentalmente un botón.

Una máquina conectada al sistema lanzó un rayo láser directamente hacia la caja transparente que contenía el amuleto.

Todos se paralizaron al ver lo que ocurría.

El rayo perforó la caja y apuntó directamente al amuleto, creando un silencio tenso en la habitación.

“¡Pero!

¡¿qué has hecho, mocoso descerebrado?!” gritó el profesor, furioso al ver el caos que Dall había causado sin querer.

“Y… yo…

lo siento,” balbuceó Dall, encogiéndose bajo las miradas acusadoras de todos.

“Pero…

¿ahora qué?

Esa cosa está brillando.

Seguramente nos vamos a convertir en jade rojo, ¡y será tu culpa!” exclamó el profesor, señalando al muchacho con frustración.

Dall se encogió de hombros, visiblemente avergonzado, mientras los demás lo señalaban con gestos de incredulidad.

Sin embargo, algo inesperado ocurrió.

El amuleto comenzó a despedir una luz blanca intensa y, de repente, se destruyó por completo, causando una explosión que sacudió el laboratorio.

Paris escuchó la explosión desde afuera y corrió hacia el laboratorio.

Al abrir la puerta, vio una densa nube de humo saliendo del interior.

Dentro, encontró a Dall tirado en el suelo, y supo de inmediato que probablemente había sido culpa del muchacho.

“¿Te encuentras bien, Dall?” preguntó Paris mientras lo ayudaba a levantarse.

“Creo que sí…

Solo una pequeña contusión, pero estaré bien,” respondió Dall, intentando sonreír a pesar de la situación.

Cuando el humo se disipó, el profesor y los demás miembros, incluida Karpi, comenzaron a levantarse con cierto dolor producto de la explosión.

El profesor, al dirigir su mirada hacia donde había estado el amuleto, descubrió que este se había desintegrado por completo en mil pedazos.

“¡No!

¿Y ahora cómo vamos a salvar a los demás?” exclamó el profesor, llevándose las manos a la cabeza con desesperación.

“¡Todo esto es culpa de ese mocoso torpe!” añadió, señalando a Dall con un gesto acusador.

Los ojos recriminatorios de todos se posaron sobre el joven, quien estaba visiblemente nervioso y asustado.

Antes de que pudieran decir algo más, una alarma sonó en uno de los cuartos: “¡Intrusos en la antesala B!” “¿Cómo que intrusos?” preguntó el profesor, frunciendo el ceño.

“¡Nadie puede entrar aquí sin mi permiso y este brazalete especial!” Miró a Dall con furia creciente.

“¡Seguro fue culpa tuya otra vez!” gritó, avanzando hacia el muchacho con paso firme.

“Oiga, profesor, esa no es la sala donde estaban las estatuas,” intervino Karpi rápidamente, tratando de calmarlo.

“¡Tienes razón!

Será mejor que vayamos a investigar,” dijo el profesor, ajustándose los lentes con urgencia.

Luego giró hacia Dall y añadió: “Tú, Dall, te quedas quieto donde Paris pueda vigilarte.” “Entendido, señor,” respondió Dall en voz baja, aun temblando ante la mirada colérica del profesor.

El profesor y los demás corrieron hacia la sala.

Karpi llevaba su espada desenvainada, preparada para cualquier eventualidad.

Al abrir la puerta, se encontraron con un montón de ojos que los observaban fijamente desde la penumbra.

“¡Luz!” ordenó el profesor, activando los interruptores.

La habitación se iluminó, revelando una escena sorprendente: no era solo una persona; todos los habitantes del reino de Avocadalia estaban allí, completamente reanimados.

Ya no eran estatuas de jade rojo.

“¿Qué pasó?

¿Qué es este lugar?” preguntaron dos personas vestidas con ropajes reales, confundidas pero majestuosas.

“Ustedes deben ser los padres de Paltio,” dijo el profesor, reconociéndolos inmediatamente.

“Sí, nosotros somos.

¿Nos conoces?

¿Dónde estamos?” preguntaron los reyes de Avocadalia, visiblemente desconcertados.

“Bien, por el momento ya no están bajo el embrujo de Tejod, y.… bueno, están dentro de mi Rose,” explicó el profesor, intentando simplificar la situación.

“¿Su Rose?” repitieron ellos, intercambiando miradas confusas.

“¡Mis señores!

¿Dónde estamos?” preguntó una voz reconocida en cualquier parte: era el general Rex.

“No hay tiempo para explicaciones,” interrumpió Karpi con urgencia.

“¡Paltio necesita de su ayuda!

Está enfrentándose con toda la armada de las sombras.” “¿Nuestro Paltio?” dijeron los reyes al unísono, sus rostros llenos de preocupación.

“Sí, él mismo,” respondió Karpi con firmeza.

“La versión corta es que él, junto con los soldados de los cinco reinos y nuestra resistencia, está peleando contra esos malditos de las sombras,” continuó Karpi, mientras su expresión se endurecía.

“Bien, no hay tiempo que perder.

¡General Rex, reúna a las tropas!

Mi hijo necesitará toda la ayuda posible,” ordenó el rey de Avocadalia con autoridad renovada.

“¿Tienen armas?” preguntó el general, tomando el control de la situación.

“¡Claro!” respondió Karpi con una sonrisa de oreja a oreja.

“¡Síganme!” “Quién diría que nuestro pequeño lograría lo imposible: unir nuevamente los reinos…

Y no solo los reinos, sino también diversas razas,” comentó la madre de Paltio, mirando a Karpi y a otros aliados que estaban cerca.

“Vaya, no puedo creerlo,” dijo el profesor, rascándose la cabeza con incredulidad.

“Creo que le debo una disculpa a ese muchacho llamado Dall.

Será torpe, pero dentro de su torpeza logró encontrar la solución…

o tendrá suerte,” reflexionó en voz alta.

“No creo en la suerte; soy un hombre científico,” añadió rápidamente, como si se corrigiera a sí mismo.

“Intenté cortar ese amuleto con un bisturí y otras herramientas, pero ¿quién iba a pensar que una energía láser lograría romperlo y desactivar su poder?

Bueno, sea lo que sea, me iré a disculpar.” El profesor salió del lugar con una sonrisa de oreja a oreja y regresó a su laboratorio, donde Paris y Dall aún estaban recogiendo algunas cosas.

Bueno, más bien, Paris estaba organizando, mientras Dall parecía ensuciar más de lo que limpiaba.

El profesor se acercó al muchacho, quien inmediatamente pensó que sería regañado nuevamente.

Pero, para su sorpresa, el profesor hizo algo completamente inesperado: le pidió una disculpa.

Luego, comenzó a reírse desenfrenadamente, como solo él sabía hacer, asustando al pobre Dall.

“Tranquilo, siempre es así cuando algo sale bien,” comentó Paris, tratando de calmar al muchacho.

“Gra…

cias,” respondió Dall, visiblemente confundido, justo antes de caerse nuevamente con una pequeña basura en el suelo.

“Creo que nunca cambiarás, muchacho,” dijo el profesor, negando con la cabeza, pero con una sonrisa indulgente.

“Pero bueno, retírense.

Vayan a ayudar a Karpi con la gente de Avocadalia.” “¿Eso quiere decir que ya no son estatuas?” preguntó Paris, levantando una ceja.

“¡Pues claro, muchacha!

Y todo gracias a este joven,” respondió el profesor, señalando a Dall con un gesto teatral.

“Pero bueno, es mejor que se vayan.

Tengo trabajo que hacer.” “Sí,” dijeron ambos al unísono, y salieron del laboratorio.

Claro, no sin que Dall volviera a tropezarse en el umbral.

“¡Ay, Dall!

No sé si lo tuyo es suerte o pura torpeza continua,” le indicó Paris mientras lo jalaba fuera del lugar.

El profesor apretó un botón en su mesa, y varias piezas de un Kbot aparecieron frente a él.

“Será mejor que haga más de mis amiguitos para que nos ayuden,” murmuró pensativamente mientras observaba los componentes.

“Entonces, ¿necesitará mi ayuda?

Como le dije antes,” interrumpió una voz detrás de él, emergiendo lentamente de las sombras.

Era Chiro, un joven con una mirada llena de curiosidad y determinación.

“¡Ah!

Eres tú, pequeño Chiro.

Sí, está bien.

Recuerdo que me pidió el rey Hass que te ocultara para que nadie te hiciera daño,” respondió el profesor con una sonrisa cálida.

“Sí, profesor, muchas gracias.

Pero oí ese estruendo y solo vine para ver si estaban bien,” explicó Chiro, rascándose la nuca con timidez.

“Bien, sí, estamos bien.

Solo fue una pequeña explosión,” aseguró el profesor, restándole importancia al incidente con un gesto despreocupado.

“Entiendo,” dijo Chiro, asintiendo con seriedad, aunque ya estaba a punto de retirarse por donde había venido.

Pero el profesor lo detuvo con un gesto rápido.

“Aunque…

ahora que lo pienso, sí necesitaría la ayuda de alguien inteligente como tú.

Después de todo, mi ayudante Karpi estará ocupada.” “Bien, no se diga más.

¡Manos a la obra!” añadió el profesor, entusiasmado, mientras comenzaba a organizar herramientas y planos sobre la mesa.

Mientras tanto, la gente de Avocadalia se preparaba rápidamente para apoyar en la batalla.

Sin embargo, en el campo de batalla, los guardianes enfrentaban problemas mayores.

Los Tropogax seguían siendo una amenaza implacable, y sus ataques no daban tregua.

“¡Vamos, muchachos!

¡Aún podemos hacerlo!” gritó Golden, rodeado por varios de esos monstruos mientras veía a sus amigos tirados en el suelo, exhaustos y heridos.

Su armadura dorada estaba desgastada, pero aún brillaba con una débil luz de esperanza.

Golden sabía que no podían rendirse.

No ahora.

No cuando tantas vidas dependían de ellos.

Con un rugido de determinación, levantó su puño y cargó contra los Tropogax, enfrentándolos con una fuerza renovada alimentada por la urgencia del momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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