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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 196

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196: Batalla de Ejércitos (2) 196: Batalla de Ejércitos (2) “No…

no,” grito Ariafilis con voz quebrada, viendo cómo su amigo y mentor, Jock, había dado su vida para protegerla del ataque de Blajon.

El cruel líder de las Sombras Negras se mofaba de la muerte de Jock, llamándolo un perdedor y cobarde por haber huido del reino cuando fue atacado.

Pero Ariafilis no podía permitirse derrumbarse.

Con nueva convicción y una furia ardiente en sus ojos, tomó la espada que aún sostenía el cuerpo inerte de Jock y se enfrentó nuevamente a Blajon.

Este sería un duelo a muerte.

Mientras tanto, Galatea estaba inmersa en una feroz batalla contra Mejod.

Las espadas chocaban repetidamente, pero a pesar de los esfuerzos de Mejod, Galatea permanecía intacta gracias a su armadura viva, que cubría todo su cuerpo como lo hacía con todos los guerreros de Fuertelia.

“Maldita mujer, ¿por qué no te mueres?

Estoy golpeándote en los puntos vitales y ni siquiera sangras,” gruñó Mejod, visiblemente frustrado.

“Tranquilo, viejo.

No podrás dañarme, al menos no con esa espada común,” respondió Galatea con una sonrisa confiada.

“Gracias a nuestras armaduras, que solo la gente de Fuertelia posee.” “Ya veo,” dijo Mejod, mostrando una sonrisa maquiavélica mientras sacaba un bastón de su espalda.

“Entonces es tu día de suerte.” “Ese bastón está impregnado de energía oscura.

Si te golpea, sí te hará efecto,” advirtió Mejod, antes de lanzar un ataque devastador con el artefacto.

El bastón chocó contra la espada de Galatea, partiéndola en dos.

Pero no contento con eso, Mejod le propinó un golpe directo en el brazo, infringiéndole una herida profunda.

“Gracias por el dato,” dijo Mejod con burla.

“Maldición, yo y mi bocotá,” masculló Galatea, mirando su brazo herido.

“Ahora ese sujeto me va a dar problemas.

Lo primero que debo hacer es quitarle ese bastón.” Por otro lado, en el campo de batalla, Alita seguía desatando su magia junto a Nakia, acabando con sus enemigos con movimientos precisos y coordinados.

Ron también estaba cerca, luchando al lado de Chiki con fiereza.

Lukeandria y Lume peleaban con estrategia y poder, derribando a sus adversarios sin descanso.

Mok, con el apoyo de las armas proporcionadas por Geki, eliminaba a los generales restantes de las Sombras Morada.

Toco-Toco también combatía con ellos, pero su objetivo era abrirse camino hacia Paltio.

Aunque había muchos soldados bloqueando su avance, el felino no se detenía, moviéndose con agilidad entre los enemigos.

En la nube flotante, Avocios yacía débilmente recostado en su colchón.

Con un suspiro cansado, murmuró: “Es hora…

No queda mucho tiempo.

Aún siento algo, aunque leve, pero estoy muy débil para actuar.

Debo decírselo.” “Toco-Toco…

Toco-Toco,” llamó Avocios en la mente del felino.

“¿Mi señor Avocios?

miau, ¿dónde está?

Me está llamando,” respondió Toco-Toco, sorprendido por la comunicación mental.

“No hay tiempo, muchacho.

Hay una ínfima posibilidad de poder salvar a Paltio,” indicó Avocios con urgencia.

“¿Es en serio, mi señor?

¿Pero cómo?” preguntó Toco-Toco, su tono lleno de esperanza mezclada con incredulidad.

“Pues con la esfera que te dio Silver, debes llevarla hacia el muchacho.

Yo haré el resto,” le indicó Avocios con urgencia en su voz.

“¿Eso quiere decir, señor, que…?” comenzó Toco-Toco, su tono lleno de asombro y esperanza.

“Sí, así es, muchacho.

Pero eso no importa ahora.

Apúrate, no hay tiempo.

Ya les he indicado a tus amigos que te apoyen.

No hay tiempo que perder,” añadió Avocios con firmeza.

“¡Sí, mi señor!

¡Enseguida, miau!” respondió Toco-Toco con renovada convicción y un brillo decidido en sus ojos.

“Voy por ti muchacho, espérame,” murmuró mientras avanzaba sin detenerse, esquivando enemigos con agilidad felina.

“Oigan, ¿por qué ese gato está tratando de llegar donde está el cuerpo del muchacho?” preguntó Meloc a Tertrol, frunciendo el ceño mientras observaba a Toco-Toco abrirse paso entre las filas enemigas.

“Pues seguramente quiere darle sepultura al mocoso.

Yo qué sé,” respondió Tertrol con desinterés, encogiéndose de hombros.

“Sí, pero es raro.

¿Por qué tratan de llegar hasta el muchacho?” intervino Urugas, quien seguía analizando la situación desde su posición estratégica.

Su mirada calculadora parecía intentar descifrar los movimientos de los aliados.

“¡Vamos contigo!” gritó Alita, acompañada de Nakia.

Ron y Chiki, Mok y Geki, Lukeandria y Lume, Rykaru y Lucca se unieron rápidamente al lado del felino.

Todos estaban decididos a apoyar a Toco-Toco para llegar lo antes posible al cuerpo de Paltio.

“Se los dejo en sus manos,” dijo Rodelos antes de regresar al combate, enfrentándose nuevamente a los soldados enemigos que bloqueaban el avance.

Las cosas no pintaban bien para los guardianes.

Los Tropogax eran más poderosos de lo que habían anticipado, y destruirlos no sería una tarea sencilla.

Para eliminarlos, debían quemar su poder interno y luego destruir sus partes, algo que requería precisión y rapidez.

Sin embargo, cada vez que derrotaban a uno, otro aparecía para tomar su lugar.

Golden atacaba con fiereza, acabando con uno tras otro, pero los Tropogax parecían multiplicarse.

Silver también peleaba con fuerza, destruyendo a uno o dos enemigos a la vez, aunque estos seguían emergiendo sin cesar.

Kilibur lanzaba bolas espirituales de fuego verde que quemaban a los enemigos tanto por dentro como por fuera, pero el esfuerzo lo estaba agotando rápidamente.

Krasper, por su parte, combinaba ataques mágicos con la astucia de Meliradal, quien encantaba las armas fabricadas por él para lanzarlas contra los Tropogax.

Estas bestias habían sido diseñadas específicamente para ellos, creadas para bloquear su avance y evitar que interfirieran en la batalla principal.

“¿Cuántos vas acabando, perro pulgoso?” preguntó Golden a Silver, jadeando mientras lanzaba otro golpe devastador contra un Tropogax.

“Unos quince, creo,” respondió Silver, tratando de recuperar el aliento.

“¿Y tú, michi?” preguntó Silver, girándose hacia su compañero con una sonrisa competitiva.

“Unos veinte, creo,” replicó Golden con orgullo.

“Sí, pero veo que aún siguen persistiendo estas bestias,” señaló Silver, frustrado al ver cómo los enemigos continuaban apareciendo.

“Sí, eso veo,” coincidió Golden, apretando los dientes.

“Pero no me voy a detener hasta vencerlos.

Y voy a ganarte en el número de enemigos derrotados, como en los viejos tiempos.” Con esa determinación, Golden se lanzó nuevamente al combate, desatando toda su furia contra los Tropogax.

“¡Maldición!

¡Estas cosas no mueren!” exclamó Meliradal, lanzando ataques frenéticos mientras impregnaba su magia en las armas creadas por Krasper.

Aunque sus movimientos eran imprecisos debido al cansancio, su poder seguía siendo abrumador.

“Vaya, mi fuego los quema al instante, pero me hace gastar mucha energía,” dijo Kilibur, acercándose a los demás con evidentes signos de agotamiento.

Los Tropogax iban cayendo uno tras otro, pero aún quedaba un número considerable: casi la mitad de su fuerza original seguía en pie.

Los cinco guardianes se reunieron en un círculo defensivo mientras los enemigos restantes los rodeaban por completo, cerrando el cerco como una jauría hambrienta.

Después de un rato más de intensa lucha contra estas bestias implacables, los ataques de los guardianes comenzaron a debilitarse.

Sus fuerzas estaban menguando rápidamente, y sus movimientos ya no eran tan precisos ni devastadores como antes.

“Ya no puedo más,” murmuró Kilibur, siendo el primero en caer de rodillas, completamente exhausto.

“¡Espera, no te rindas!” gritó Meliradal, aunque ella también estaba al borde del colapso.

Si no fuera por su báculo, que usaba como apoyo, ya estaría en el suelo.

Aún quedaban veinticinco Tropogax activos, y la situación parecía cada vez más desesperada.

Golden y Silver seguían haciendo equipo, acabando con algunos Tropogax, pero cada vez les tomaba más tiempo derrotar a uno.

Su resistencia estaba decayendo en picada, y sus energías se extinguían rápidamente.

“Bien, descansa,” dijo Krasper a Meliradal al verla tambalearse, incapaz de mantenerse en pie por más tiempo.

“Bien…

No fallen,” respondió ella antes de desplomarse en el suelo, completamente sin fuerzas.

Krasper continuó lanzando sus armas hacia los enemigos, pero estas ya no surtían el mismo efecto.

Con un último esfuerzo, le arrojó una espada encantada a Silver antes de caer rendido junto a los demás.

“Solo quedamos tú y yo, gatito,” dijo Silver, jadeando mientras miraba a Golden con una mezcla de cansancio y camaradería.

“Así es, como en los viejos tiempos, perro,” respondió Golden con una sonrisa forzada, aunque sus movimientos ya eran lentos y pesados.

Mientras Silver se encargaba de proteger a los otros guardianes caídos, Golden seguía combatiendo con los monstruos restantes, luchando con todo lo que le quedaba.

Finalmente, solo quedaban cinco de estos monstruos.

Uno de ellos lanzó un golpe devastador contra Silver, quien, pese a intentar resistir, cayó al suelo derrotado.

Antes de perder la conciencia, logró murmurar: “Lo siento, Golden.

Te encargo todo.” “Maldición, esto no puede acabar así,” rugió Golden, lanzando un último ataque con todas sus fuerzas contra uno de los Tropogax.

Sin embargo, el esfuerzo final terminó por consumirlo, y también cayó al suelo, completamente exhausto.

“Estas cosas son muy poderosas…

incluso para mí,” murmuró Golden mientras su cuerpo se rendía ante la falta de energía, dejándolo inmóvil en el campo de batalla.

Todos estaban en el suelo, derrotados y a merced de los Tropogax, que no dudaron ni un segundo en comenzar a golpear brutalmente a los guardianes caídos.

Con cada golpe, las armaduras de los cinco se iban destrozando, incapaces de resistir la fuerza abrumadora de estas bestias.

Sus ataques eran tan poderosos que era evidente que una armadura común no habría durado ni un segundo contra ellos.

“Vamos, ¿qué pasa, muchachos?

¿Se van a dejar vencer tan rápido?

Pensé que eran más fuertes,” resonó la voz de Maggus en sus mentes, cargada de sarcasmo y preocupación.

“Maldito lunático…

Así que ya estamos muertos,” murmuró Golden con ironía, mirando a su amigo con una mezcla de cansancio y frustración.

“No, aún no, mi amigo,” respondió Maggus con firmeza.

Frente a ellos, los cinco guardianes vieron vívidamente la figura de Maggus, cuya presencia irradiaba calma y autoridad.

“Ya creo que estamos cansados…

No aguantamos más,” dijeron los otros cuatro guardianes casi al unísono, sus voces quebradas por el agotamiento.

“¿Qué?

¿En serio?

No puedo creerlo.

¿El musculoso Silver, el astuto zorrito, el dragón morado, la elegante pajarita azul y el gatito veloz se van a dar por vencidos?

¡Por favor!

Son un montón de llorones, ¿acaso no recuerdan quiénes son?

Si yo pude enfrentarme solo a una gran cantidad de esos monstruos, pensé que esto sería pan comido para ustedes.

Ustedes han combatido conmigo en innumerables ocasiones.

¿Van a rendirse tan fácilmente?

Esas cosas no pueden con ustedes,” exclamó Maggus con una mezcla de incredulidad y reproche en su voz.

“Además, deben salvar a mi…

tátara, tátara nieto Paltio,” añadió con una sonrisa traviesa pero cargada de seriedad.

“Pero Maggus, tú ya pasaste a mejor vida.

Quizá ahora estés con nosotros,” dijo Golden, tratando de encontrarle lógica a la situación.

“¡Tonterías!

Aún hay algo que puede cambiarlo todo, y tú lo sabes, Silver,” replicó Maggus con determinación.

Los otros cuatro guardianes lo miraron sorprendidos.

“No hay tiempo para explicarlo ahora, pero dense prisa.

Además, yo los conozco: levántense de una vez.

Nunca sucumbieron ante la adversidad porque ustedes son los jodidos guardianes de Avocios,” continuó Maggus, infundiendo fuerzas renovadas en sus compañeros.

Su voz era como un llamado a la batalla, un recordatorio de quiénes eran y qué representaban.

“Es cierto,” dijeron los cinco al unísono, sintiendo cómo una chispa de energía volvía a encenderse dentro de ellos.

Con actitud renovada, comenzaron a levantarse poco a poco, bloqueando los golpes de las bestias con sus auras.

“Un último esfuerzo,” exclamaron los cinco al unísono, mientras una explosión de energía brillante los envolvía.

Con movimientos rápidos y precisos, atacaron simultáneamente a cada uno de los Tropogax que tenían enfrente, desintegrándolos al instante y convirtiéndolos en polvo.

“Eso está mejor,” dijo Maggus, observándolos desde su forma espiritual con una sonrisa de satisfacción.

“Bueno, ahora sí descansen, se lo han ganado.

Dejen lo que sigue en manos de la nueva generación refiriéndose a los amigos de Paltio.” Con esas palabras, los cinco guardianes cayeron rendidos al suelo, exhaustos pero victoriosos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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