La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 197
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- Capítulo 197 - 197 Enemigos Desbloqueados
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197: Enemigos Desbloqueados 197: Enemigos Desbloqueados “Pero Maggus…
ya todo está perdido,” murmuraron los cinco guardianes, rendidos en el suelo mientras los Tropogax restantes seguían golpeándolos sin piedad.
“¡No!
¡Demuestren que ustedes son los guardianes y protectores de Avocios!
¡Vamos a darle con todo!” les indicó Maggus con firmeza, infundiendo coraje en sus compañeros desde el plano espiritual.
Los cinco guardianes, movidos por las palabras de su viejo amigo, sacaron fuerzas de donde pudieron.
Con una explosiva variedad de golpes envueltos en su propia energía, lograron derrotar a los últimos Tropogax, desintegrándolos completamente.
Sin embargo, tras ese último esfuerzo sobrenatural, los cinco cayeron nuevamente al suelo, completamente exhaustos.
“Bien, lo hicieron bien.
Ahora descansen,” dijo el espíritu de Maggus, observándolos con orgullo antes de comenzar a desvanecerse.
“Es tiempo de que las nuevas generaciones se encarguen de los problemas, aunque claro, fue culpa de las antiguas no haber vencido al mal como se debía.” En realidad, aquella aparición de Maggus había sido una proyección creada por Avocios, quien había invocado brevemente el espíritu de su viejo amigo para inspirar a los guardianes en su momento más oscuro.
Avocios y el espíritu de Maggus se encontraron en ese plano intermedio.
“Así que vas a hacer lo que pienso, ¿verdad, viejo amigo?” preguntó Maggus con seriedad.
“Sí, ya no soy capaz de seguir siendo lo que soy,” respondió Avocios, su voz débil pero llena de determinación tras el drenaje de energía que había sufrido.
“Bien, espero que Paltio pueda aceptar lo que tienes en mente, mi querido amigo,” dijo Maggus antes de desaparecer por completo.
“Espero verte de nuevo.” “Eso espero, mi amigo,” murmuró Avocios, usando un poco de su poder restante para mover la nube creada por Meliradal hacia el campo de batalla.
Mientras tanto, los jóvenes aliados seguían avanzando hacia el cuerpo de Paltio, decididos a cumplir su misión a toda costa.
“Siento la presencia de Avocios en lo alto, aunque es débil.
Veo que se dirige hacia aquí…
Pero, ¿por qué será?” se preguntaba Urugas, analizando la situación desde su posición estratégica.
Los chicos luchaban con todas sus fuerzas para abrirse paso, pero los enemigos eran demasiados y el avance era lento.
Justo cuando parecía que no podrían continuar, escucharon una voz familiar que resonó con autoridad: “¡Al ataque!” Era la voz del general Rex, quien lideraba a toda la armada de Avocadalia, entrando triunfalmente al campo de batalla para apoyar a Mok y sus amigos.
“¡Avancen!” ordenó Rex con decisión.
No solo él estaba allí; también se encontraban el padre de Ron, la madre de Alita y su padre, estos dos últimos utilizando sus poderosas artes mágicas para despejar el camino.
Todos los que podían pelear se unieron a la batalla con un espíritu inquebrantable.
“¡Vamos con todo!” exclamó el rey de Avocadalia, portando una espada y un escudo, mientras la reina, equipada con su arco y flechas, lanzaba ataques precisos desde la retaguardia.
Ambos llevaban trajes de combate diseñados específicamente para la ocasión, demostrando que estaban listos para enfrentar cualquier desafío.
La llegada de refuerzos cambió el rumbo de la batalla, dando nueva esperanza a los aliados.
“¿Qué es lo que necesitan?” preguntó el rey a Alita mientras repelía a un grupo de enemigos con su espada.
“Bien, su majestad, ve hacia esos entes oscuros por allá.
Allí está Paltio,” indicó Alita apresuradamente tratando de decirle la noticia al rey, señalando hacia donde se encontraba el cuerpo inerte del joven.
“¿Pero no veo a mi hijo, Alita?” respondió el rey, escaneando el campo de batalla con preocupación creciente.
“Yo sí lo vi…
pero está muerto,” indico la reina con lágrimas en los ojos, llevándose una mano al pecho al distinguir el cuerpo de su hijo a lo lejos, rodeado de un gran charco de sangre.
“No debimos llegar tan tarde,” dijo el rey con voz cargada de culpa, mientras seguía luchando contra los enemigos que intentaban detenerlos.
“Tranquilos, sus majestades, miau,” intervino Toco-Toco, acercándose rápidamente.
“Con esto podremos salvar a su hijo.” Mostró la esfera brillante que había estado custodiando.
“¿Cómo así?” preguntó el rey, confundido.
“Amor, ¿esa no es la esfera libre de deseo que tenía tu padre de sus ancestros?” exclamó la reina, reconociendo el objeto.
“Sí, es verdad,” confirmó el rey, frunciendo el ceño.
“Pero ya no habíamos usamos esa cosa cuando Paltio nació.” En ese momento, una voz resonó en sus mentes: “No hay tiempo.” Era Avocios, comunicándose telepáticamente con los padres de Paltio.
“Mis queridos hijos,” continuó Avocios, “esa esfera es la misma de aquella vez.
Solo que en esa ocasión no fue usada; utilicé la esfera de Golden porque mis poderes fueron sellados.
Pero ya les contaré más en otra ocasión.
No hay tiempo.
Deben llegar y colocarla donde está Paltio.
Su vida pende de un hilo.” “Entendemos.
Si nuestro señor lo dice, lo haremos,” respondieron los padres de Paltio al unísono, asintiendo con determinación renovada y guardándose sus sentimientos de tristeza por la muerte de su hijo.
“Bien, entonces, muchachos, nosotros les abriremos paso,” añadieron los soberanos, preparándose para enfrentar a los enemigos que bloqueaban el camino.
“Hola, ustedes deben ser mis abuelos,” dijo Rykaru, interrumpiendo el momento con su habitual energía infantil.
“Traeré de nuevo a papi, ya verán,” aseguró con una sonrisa confiada.
“¿Ese niño medio raro nos dijo abuelos?” dijeron los padres de Paltio al unísono, mirándose entre sí con una mezcla de sorpresa y ternura.
“¡Vayan, muchachos!” gritó el padre de Ron mientras repelía a un grupo de sombras con movimientos precisos y poderosos.
“Apresúrate, hija,” dijeron los padres de Alita, acercándose a ella con urgencia en sus voces.
“Lamentamos no haberte dicho nada sobre nuestro pasado, pero veo que te has convertido en una gran maga.” La mirada orgullosa del padre y la sonrisa cálida de la madre reflejaban tanto arrepentimiento como admiración.
Todos entraron en acción, atacando a los ejércitos de las sombras con todo lo que tenían mientras abrían un camino para que los amigos de Paltio pudieran llegar hasta su cuerpo.
Sin embargo, un soldado musculoso y enorme de las sombras golpeó a Toco-Toco, haciendo que la esfera quedara brevemente expuesta.
Urugas, al percatarse, sonrió maliciosamente.
“Así que quieren hacer eso, ¿eh?” murmuró para sí mismo.
Mirando a sus consejeros, les transmitió un mensaje telepático: “Acaben con ellos.
No permitan que se acerquen al cuerpo del mocoso llamado Paltio.
Es posible que aún puedan usarlo para algo.” El rey, al notar la amenaza, saltó frente al enorme enemigo y bloqueó su ataque con su espada.
“¡Vayan de una vez!” gritó a los demás, lanzándoles una mirada urgente.
Todos avanzaron sin dudarlo.
Toco-Toco, Ron, Chiki, Alita, Nakia, Mok, Geki, Lukeandria, Lume, Rykaru y Lucca finalmente llegaron cerca de donde estaba el cuerpo frio de Paltio.
En ese preciso instante, uno de los consejeros de Urugas lanzó un rayo letal hacia el cuerpo de Paltio.
Pero antes de que pudiera impactar, Geki creó un muro de escudos protectores que bloqueó el ataque a tiempo.
“¡No pasarán!” declararon los siete concejales con sus voces amenazantes, colocándose frente al cuerpo de Paltio como una barrera impenetrable.
“¿Y estas cosas qué son?” preguntaron todos, mirando con incertidumbre a los misteriosos enemigos que ahora bloqueaban su camino.
“No los miren, en especial donde está su rostro, ¡miau!” advirtió Toco-Toco rápidamente, recordando lo que le había dicho antes el señor Desirnight: que había unos encapuchados cuyos rostros no debían ser vistos bajo ninguna circunstancia, ya que quienes lo hicieran serían enviados a un suplicio eterno.
“Entonces, ¿cómo se supone que vamos a pelear contra esas cosas?” preguntó Lucca, tratando desesperadamente de evitar mirar directamente a los enemigos.
“¡Con esto!” respondió Nakia, lanzando sus plumas cargadas de luz hacia los siete entes.
Estos se retorcieron visiblemente ante el contacto con la luz, aunque el ataque no fue completamente efectivo.
“Tal vez te ayude,” añadió Alita, invocando magia de luz desde su bastón.
Esta vez, el ataque les causó un poco más de daño, haciendo que los siete concejales se retorcieran aún más, aunque seguían en pie.
“Así que quieren jugar con luz contra oscuridad, ¿eh?” dijo el concejal más imponente, cuya voz resonaba con un tono burlón y amenazante.
“Pues bien, íbamos a limitarnos a infundirles miedo y terror mentalmente, pero ahora también se lo infundiremos físicamente.
El señor nos ha dado el libre albedrío para jugar con ustedes y entretenerlo a él.” Hizo una pausa dramática, permitiendo que sus palabras se deslizaran como un susurro amenazante en el aire tenso antes de continuar.
“Así que no sé cuánto tiempo tengan para llegar hasta el mocoso que está tendido en el suelo,” dijo, señalando con desdén hacia Paltio, cuyo cuerpo inerte yacía rodeado de sombras.
“Pero no se les permitirá dar un paso más.” Añadió una risa cruel, resonante y llena de burla, como si clavara su mirada en Geki.
Con un gesto deliberado de su mano, señaló al mayordomo y continuó: “Además, acabaremos con esa lagartija que traes en tu hombro.
Por su culpa no podemos dañar el cuerpo del príncipe; lo está escondiendo tras esos escudos.” “¡Y no dejaré que se acerquen!” exclamó Geki con valentía, reforzando su defensa al crear un doble muro de escudos alrededor de Paltio.
Los siete concejales hicieron como si intercambiaran miradas entre sí antes de quitarse lentamente las capuchas y sus túnicas oscuras, revelando sus verdaderas formas.
Su apariencia era aterradora: figuras grotescas envueltas en sombras vivientes, con ojos que brillaban como brasas ardientes.
“Esperemos que estén listos,” dijeron al unísono, sus voces resonando como un coro escalofriante.
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