La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 199
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- Capítulo 199 - 199 Ritmo de Pelea
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199: Ritmo de Pelea 199: Ritmo de Pelea “Nosotros confiamos en ti, Ariafilis,” dijeron su padre y su mentor Jock al unísono, sus voces resonando con firmeza en su mente.
Pero entonces, una tercera voz emergió: la de su madre, una mujer tan bella como ella, que le habló con un tono decidido y lleno de orgullo.
“Tú eres mi mayor tesoro, hija.
Ve y patea el trasero a ese usurpador de tierras.” “¡Sí, entendido!” respondió Ariafilis, incorporándose justo antes de que la espada de Blajon pudiera atravesarla.
Con renovada determinación, murmuró: “Esto va por todos los Reedalianos caídos.” Con el rostro serio y centrado, se acercó hacia Blajon.
Una vez más, ambos chocaron espadas, pero esta vez Ariafilis giró rápidamente la hoja de su arma y, aprovechando su agilidad, lanzó una patada certera hacia el estómago de Blajon con su pierna libre.
El golpe fue devastador; Blajon quedó sin aire, soltando su espada mientras trataba inútilmente de recuperar el aliento.
Intentó maldecirla, pero las palabras no lograban salir de su garganta.
Ariafilis lo observó por un momento, dejando que el dolor lo sacudiera y lo hiciera perder el conocimiento.
Decidió capturarlo para que fuera juzgado como correspondía.
Dándole la espalda, comenzó a alejarse.
Pero antes de que pudiera avanzar mucho, Blajon, con un esfuerzo sobrenatural, recuperó el aire y gritó con fuerza y furia: “¡Yo soy Blajon, el líder de las Sombras Negras y el más temible de todas las facciones de las sombras!
¿Y una tonta muchacha no me va a derrotar?” Con ira desbordante, recogió su espada del suelo, se puso de pie tambaleándose y se lanzó hacia ella, que aún estaba de espaldas.
Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarla, Ariafilis dijo con calma: “Eres un tonto.” Con un movimiento rápido y preciso, esquivó el ataque de Blajon y, con una habilidad letal, cortó la cabeza del tejón negro, arrancándosela de inmediato.
La victoria era suya.
Ariafilis había vencido, pero las heridas acumuladas finalmente la pasaron factura.
Se desmayó en pleno campo de batalla, aunque con una leve sonrisa en su rostro, satisfecha por haber derrotado al enemigo que asesinó tanto a su mentor como a su padre.
En otra parte del campo de batalla, Galatea seguía enfrentándose a Mejod.
El maldito tejón morado utilizaba su arma mágica para debilitar el poder de la armadura que recubría el cuerpo de Galatea, aprovechando la habilidad única de su familia Fuerte, cuya resistencia dependía de la integridad de dicha armadura.
“Aún no puedo ser derrotada.
Este maldito oponente resultó ser más fuerte que Troba…
pero nadie es invencible.
Nadie,” se repetía Galatea a sí misma mientras evaluaba la situación con determinación renovada.
Decidida a inclinar la balanza a su favor, aumentó el poder de su armadura hasta que esta comenzó a generar unas especies de triángulos puntiagudos que sobresalían de encima de sus puños, como si fueran puntas de flechas o kunais.
Con ellos bloqueó el bastón de Mejod en seco antes de sujetarlo con firmeza.
Una vez que tuvo el arma bajo su control, canalizó toda su energía hacia sus manos, haciendo brillar las puntas de los triángulos con una luz intensa.
Con un movimiento preciso y cargado de fuerza, utilizó uno de los triángulos para atravesar el bastón de Mejod, partiéndolo limpiamente por la mitad como si fuera mantequilla cortada por un cuchillo al rojo vivo.
El tejón morado quedó boquiabierto, incapaz de procesar lo que acababa de suceder.
Pero no tuvo tiempo de reaccionar: Galatea aprovechó el momento para lanzarle una potente patada en el mentón que lo envió volando por los airesEl cuerpo de Mejod chocó contra una roca cercana; el impacto fue tan fuerte que puso fin a su vida en el acto.
“Bien, uno menos… pero me dejó cansada, ¡maldición!” murmuró Galatea, tambaleándose ligeramente debido al agotamiento.
Un soldado enemigo cercano vio su oportunidad y se acercó sigilosamente para apuñalarla por la espalda.
Sin embargo, antes de que pudiera atacar, Nomak, su gran amiga, intervino rápidamente y derribó al enemigo.
“Qué bueno que regresaste,” dijo Galatea con una sonrisa débil mientras Nomak la sostenía para evitar que cayera preguntándole si se encontraba bien.
“Sí, estoy bien.
Solo déjame descansar un momento.
Mejor hazme un favor: ata a ese sujeto para que no haga nada raro,” respondió Galatea, señalando a Mejod con un gesto cansado.
“Vaya, jefa, sí que le diste una paliza.
Está muerto,” comentó Nomak mientras revisaba el cuerpo de Mejod.
“Se me paso la mano,” murmuró Galatea antes de cerrar los ojos, exhausta por haber utilizado un ataque especial que drenó casi toda su energía.
“Mamá,” dijeron Maxin y Ragil al llegar corriendo al lugar, preocupadas al ver a Galatea en ese estado.
“Tranquilas, ella estará bien,” aseguró Nomak con calma, aunque su tono mostraba cierta preocupación.
“Pero será mejor que la cuidemos.” Por otro lado, Rodelos seguía combatiendo junto con Chip contra Trebolg, cuya máquina flotaba en el aire como un platillo volador.
Con una risa maliciosa, Trebolg activó varios brazos metálicos que emergieron desde el centro del artefacto.
Cada brazo estaba equipado con un arma diferente: dos espadas afiladas, dos ballestas cargadas, una lanza larga, otra lanza con explosivos, y un escudo protector.
En total, eran siete brazos listos para atacar.
“¡Mueran!
¡Tomen esto!” exclamó Trebolg, mientras los brazos comenzaban a disparar y girar frenéticamente, lanzando ataques en todas direcciones.
Rodelos y Chip intercambiaron una mirada rápida antes de ponerse en acción.
Evitando los proyectiles y las embestidas de las armas, ambos intentaban encontrar una manera de desactivar la letal máquina de Trebolg.
“¡Cuidado!” gritó Chip mientras lanzaba una bola explosiva hacia la mano mecánica que portaba el lanzador de explosivos en el platillo volador.
“Gracias,” respondió Rodelos rápidamente, enfrentándose a los brazos armados con espadas mientras esquivaba los proyectiles de las ballestas y los embistes de la lanza.
“¡Mueran, mueran!” exclamó Trebolg con desdén, su voz cargada de sorna y burla.
“La tecnología y mi intelecto son superiores, tontos.
Así que esta batalla es mía.” Rodelos retrocedió un paso, evaluando mentalmente la situación.
“Maldición, si seguimos a este paso, Chip se quedará sin armas y yo sin energía,” pensó preocupado.
“Debo actuar rápido.” “Aumentaré la velocidad,” murmuró para sí mismo antes de intensificar sus ataques, haciéndolos más feroces y mortales.
“Señor Rodelos, ya no me queda mucha pólvora.
Lo siento, pero no creo poder seguir apoyándolo,” dijo Chip con frustración, agotando sus últimas municiones.
“No te preocupes, ya me las ingeniaré para vencerlo.
Retrocede y ve por más; yo estaré bien,” le aseguró Rodelos con firmeza.
Chip asintió y lanzó su última bola explosiva, creando una densa cortina de humo que cubrió el campo de batalla.
Aprovechando la distracción, huyó rápidamente para buscar más municiones y regresar a apoyar a Rodelos.
Trebolg activó un sistema de ventilación en su platillo, limpiando el humo como si fuera una aspiradora gigante.
Al dispersar la nube, miró alrededor con arrogancia.
“Creo que te abandonaron a morir solo aquí,” dijo Trebolg con una sonrisa burlona mientras observaba a Rodelos.
“No lo creo, pero no importa.
Yo solo puedo derrotarte,” respondió Rodelos con determinación.
“Brincos dieras,” replicó Trebolg con desprecio.
“Yo seré el ganador.” Rodelos afianzó su espada con fuerza y lanzó su escudo como un frisbee giratorio hacia el platillo.
El impacto hizo tambalearse ligeramente la máquina.
Rodelos aprovechó ese momento para saltar hacia el artefacto y, con movimientos precisos, cortó cuatro de los brazos robóticos: el de la lanza, los dos de las ballestas y el de la lanza explosiva.
El tejón verde se mostró molesto, pero aún confiado.
“No importa perder unas manos robóticas mientras tenga mis espadas y mi escudo para cubrirme,” dijo con suficiencia.
Sin embargo, esa confianza pronto se desvanecería ante la siguiente maniobra arriesgada de Rodelos.
Las espadas de Trebolg giraban con rapidez mientras usaba el escudo para bloquear cada ataque de Rodelos.
Este último, exhausto pero decidido, masculló entre dientes: “Maldición, este sujeto es muy tramposo.” “¡Ríndete, troglodita dorado!
Yo soy el ganador,” declaró Trebolg con absoluta confianza en su voz.
Flotando sobre su platillo, parecía inalcanzable, lo que hacía aún más difícil para Rodelos acercarse.
Pero entonces, algo inesperado ocurrió: el brazo del escudo cayó repentinamente, dejando a Trebolg vulnerable sin que se diera cuenta.
“¿Te importa si me uno a la acción?” dijo una voz familiar.
Rodelos volteó rápidamente para ver quién era.
“¿Hijo?
¿Eres tú?
Ya no eres una estatua de jade Rojo,” exclamó Rodelos con sorpresa.
“No, papá.
Estoy aquí también para ayudar a mi hijo Paltio,” respondió Medeos con determinación.
“Y si yo también me uno,” añadió Skila, la madre de Paltio, apareciendo junto a ellos con su arco en mano.
“Vaya, ¿tú también estás aquí, Skila?” dijo Rodelos con una sonrisa aliviada.
“Así es,” respondió ella mientras tensaba su arco y lanzaba dos flechas certeras hacia el platillo volador.
Las flechas impactaron directamente, desactivando los dos brazos restantes del artefacto.
“Tan rápida como siempre,” comentó Medeos con orgullo, mirando a su esposa.
“¡Malditos!
No crean que porque son más me van a derrotar,” gritó Trebolg desde su máquina, visiblemente frustrado.
“¡Ahora verán mi verdadero poder tecnológico!” En ese momento, una voz robótica resonó desde el interior del platillo: “RUBY versión dos activada.” El artefacto comenzó a transformarse drásticamente.
Cuatro piernas metálicas emergieron de su base, parecidas a las patas de un cangrejo, proporcionándole movilidad terrestre además de su capacidad de vuelo.
Un casco protector se desplegó alrededor de Trebolg, sellándolo dentro del núcleo del platillo.
Luego, la parte central del artefacto empezó a girar rápidamente, lanzando explosivos en todas direcciones sin discriminación.
“¡Ahora no podrán contra mi creación, avocados incompetentes!” se burló Trebolg desde el interior, su voz distorsionada por el sistema de comunicación del platillo.
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