La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Avocadolia en peligro
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2: Avocadolia en peligro 2: Avocadolia en peligro “Pero ¿cómo es posible?” Indagó la reina, con un tono que mezclaba incredulidad y preocupación.
“Es por la ausencia de nuestro dios Avocios,” respondió el rey con solemnidad, sosteniendo el cetro entre sus manos.
“Ya no queda mucho de su magia.
Esto es lo único que permanece como testimonio de su poder.” La reina miró el cetro con escepticismo.
“No veo nada,” murmuró, frunciendo ligeramente el ceño.
El rey, paciente, hizo girar el cetro en su mano, y este comenzó a emitir una tenue luz que iluminó débilmente la sala.
“Pronto, vayan por antorchas e iluminen el lugar,” ordenó el general, con voz firme pero controlada.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe.
Un guardia entró apresurado, jadeando mientras informaba al general: “¡Señor, estamos bajo ataque!” “Rápido, guardias, protejan al rey y a la reina.
¡Es una orden!” exclamó el general Rex, señalando a los soldados con urgencia.
Los demás presentes en la sala salieron apresuradamente, buscando refugio junto a otros grupos de guardias.
“¡Oh, no!” exclamó la reina de pronto, llevándose una mano a la frente.
“¿Qué ocurre, amada mía?” preguntó el rey, girándose hacia ella con preocupación.
“Nos olvidamos del almuerzo con Paltio.
Seguramente estará molesto porque otra vez lo dejamos solo,” confesó la reina, bajando la mirada.
El rey suspiró, intentando calmarla.
“Ahora no es el momento para preocuparnos por trivialidades.
Nuestro hijo entenderá.
Por ahora, necesitamos que dos de ustedes vayan a proteger al príncipe,” dijo dirigiéndose a los guardias.
Dos de ellos asintieron, tomaron antorchas encendidas y partieron hacia la torre donde se encontraban los aposentos del joven príncipe y los reyes.
El general salió al balcón, desde donde podía observar el vasto reino.
Con un gesto rápido, indicó a los guardias que custodiaban la reja: “¡Suene las campanas!
¡Estamos bajo ataque!” Los soldados escucharon la orden, pero antes de que pudieran moverse, algo los atacó repentinamente.
En un parpadeo, quedaron petrificados en el acto, como estatuas inmóviles.
El pueblo, sumido en una oscuridad inquietante, parecía haber perdido toda vida.
El general sacó su reloj de bolsillo y lo consultó con perplejidad.
“¿Cómo puede estar todo tan oscuro?
Son apenas las cuatro de la tarde,” murmuró para sí mismo.
Al levantar la vista, notó que el silencio era absoluto.
Ni un solo sonido rompía la quietud del ambiente.
Era como si el mundo entero hubiera sido devorado por una fuerza invisible.
“Lleven a sus majestades al búnker,” ordenó el general a los soldados que lo acompañaban.
Pero antes de que pudieran cumplir la orden, sintió una presencia extraña detrás de él.
Se movió con agilidad, desenvainando su espada para bloquear cualquier ataque.
Sin embargo, cuando giró, no había nadie.
De pronto, una sensación gélida lo invadió.
Intentó moverse, gritar, pero su cuerpo se había vuelto rígido, como si estuviera siendo petrificado lentamente.
Sus ojos se abrieron con horror mientras sentía cómo su carne se convertía en piedra.
“¡General!” gritó un soldado que acudió al escuchar los desesperados sonidos de su superior.
Cuando llegó, levantó su antorcha para iluminar el lugar.
Lo que vio lo dejó paralizado: frente a él, una estatua de jade rojizo representaba al general, congelado en una expresión de pánico eterno.
“¿Qué le pasó, general?
¡Contésteme!” rogó el soldado, extendiendo una mano temblorosa hacia la figura.
Pero antes de que pudiera tocarla, la misma fuerza misteriosa lo alcanzó.
Su cuerpo se endureció, y en cuestión de segundos, también se convirtió en piedra.
Mientras tanto, los padres de Paltio corrían junto a los guardias que los escoltaban.
A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar gritos distantes de las personas que habían estado con ellos en la sala de guerra.
Pero esos gritos fueron desvaneciéndose poco a poco, hasta quedar sepultados por el silencio absoluto que envolvía el reino.
“¡Más rápido, sus majestades!” instó un joven guardia, cuya voz temblaba ligeramente por la urgencia.
“¡Ay, no!” exclamó la reina, llevándose una mano al pecho.
“Espero que hayan encontrado a mi Paltio.
No sé qué haría si le pasa algo.” Caminaron apresuradamente por el jardín que conducía al búnker.
Las antorchas iluminaban el camino, pero lo que encontraron los dejó helados: varias estatuas de jade rojizo esparcidas entre los arbustos.
“¿Y esto?” preguntó la reina, confundida.
“No recordamos haber ordenado estatuas para el jardín.” “No son estatuas comunes,” respondió uno de los guardias, señalando con su antorcha.
Entre las figuras, reconocieron a uno de los cocineros del palacio, petrificado con su ropa de trabajo.
Junto a él, una joven cocinera también estaba inmóvil, su expresión congelada en un grito silencioso.
“¿Por qué jade rojo?” se preguntó el rey en voz alta, observando las figuras con creciente inquietud.
“Querido, ya puedes apagar tu cetro,” indicó la reina.
“Es lo único de la magia de Avocios que queda viva.
Los guardias tienen sus antorchas.” El rey asintió y comenzó a apagar el cetro, pero en ese momento tropezó con algo.
“¡Oigan!
¿Soldado, por qué te quedas parado?” preguntó, irritado.
Al acercarse, su rostro se descompuso.
El soldado también se había convertido en jade rojo.
“Amor, este otro también se convirtió en jade rojo,” dijo la reina, señalando al soldado con horror.
Pero antes de que pudiera decir algo más, ella misma se detuvo en medio de una frase.
Su cuerpo comenzó a endurecerse, y en cuestión de segundos, se transformó en una estatua de jade rojizo.
“Por fin…
La última pieza y magia viva de Avocios es mía,” resonó una voz grave y siniestra en la oscuridad.
El rey giró rápidamente, intentando localizar al dueño de la voz, pero no había nadie a la vista.
“Esto no puede caer en manos equivocadas,” murmuró, decidido.
Con un gesto rápido, recitó unas palabras arcanas, y el cetro se elevó hacia el cielo, desintegrándose en cinco fragmentos que se dispersaron en direcciones opuestas.
“¡NOOOOO!” rugió la voz desde las sombras.
Unos ojos grandes y furiosos emergieron de la oscuridad, acercándose al rey.
Cuando la luz del cetro se extinguió por completo, todo quedó sumido en tinieblas.
Sin embargo, poco después, varias antorchas con llamas azules iluminaron el lugar, revelando una figura gigantesca.
Era un tejón humanoide de tamaño colosal, de pelaje marrón y ojos rojos como brasas ardientes, rodeado por hombres encapuchados con túnicas rojas.
“¡Tú, maldito rey!
¡Cómo osas arrebatarle la última pieza al gran y soberano Urugas, señor de la noche!” gritó el tejón, blandiendo una espada afilada que brillaba bajo la luz azul.
“¿Quién eres?” preguntó el rey, tratando de mantener la calma.
“Soy Tejod, líder de las Sombras Rojas y fiel sirviente del rey oscuro Urugas,” declaró el tejón con orgullo.
“Devuélveme ese cetro, o destruiré la estatua de tu esposa.” Levantó su espada y la apuntó hacia la figura petrificada de la reina.
“¿Qué quieres con la magia de Avocios?” preguntó el rey, sin apartar la mirada de la espada.
“Necesito ennegrecerla y cubrirla de sombras para completar el ritual de nuestro señor,” respondió Tejod, acercándose amenazadoramente.
Agarró al rey del abrigo y lo levantó del suelo.
“Dámelo, o ella muere.” Mientras tanto, Paltio dormía profundamente en su habitación.
Los gritos distantes lo despertaron de golpe.
Abrió los ojos y se encontró con una oscuridad total.
Se levantó de su cama, aún adormilado, buscando algo con lo que iluminar la habitación.
“¿Qué está pasando?” murmuró, caminando a tientas.
Tropezó con su mesa de noche y se golpeó el dedo del pie.
“¡Me lleva!” exclamó, mordiéndose la lengua para no soltar una grosería.
Con cuidado, comenzó a tantear la mesa hasta encontrar el cajón.
Lo abrió y sacó un frasco lleno de luciérnagas que emitían una tenue luz dorada.
La habitación cobró vida bajo su brillo suave.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la puerta y la abrió de golpe.
“¡Papá!
¡Mamá!
¿Están ahí?” gritó, su voz resonando en el vacío.
De pronto, unas manos lo agarraron por detrás.
Una mano firme le tapó la boca, ahogando su grito, mientras el frasco de luciérnagas caía al suelo y se rompía, sumiendo todo en la oscuridad nuevamente.
El chico intentó forcejear con lo que sea que lo tenía agarrado, pero una voz familiar lo detuvo: “¡Haga silencio, señorito Paltio!” Paltio balbuceó algo ininteligible bajo la mano que le cubría la boca.
“Señorito, no entiendo lo que dice,” susurró la voz.
“Voy a retirar mi mano, pero no haga ruido.
Hay problemas en el castillo.” Mok, el mayordomo, soltó lentamente al príncipe.
Paltio se giró hacia él, aún alterado.
“¿Por qué me cogiste de esa manera?
¡Casi me matas del susto y ahora estamos de nuevo a oscuras!” protestó, señalando los restos del frasco de luciérnagas en el suelo.
“Tranquilo, señorito.
Lo hice porque vi dos figuras extrañas merodeando por el pasillo,” explicó Mok, sacando una linterna pequeña de su bolsillo.
“Traje esto; es mejor para este lugar.” “¡Oh!” exclamó Paltio, visiblemente aliviado al ver la luz.
“Gracias a Avocios que estás bien, Mok.” “Y usted también, señorito,” respondió el mayordomo con una reverencia breve.
“¿Qué ha pasado?” preguntó Paltio, mirando a su alrededor con preocupación.
“No lo sé.
De un momento a otro, se fue la luz no solo aquí sino en todo el reino.
Escuché gritos, pero luego todo quedó en silencio.
Creo que algo o alguien nos ha atacado,” dijo Mok, apretando la linterna con firmeza.
“Pero eso es imposible, Mok.
Avocadalia es el reino más seguro, la matriz de todos los demás reinos.
¿Quién osaría atacarnos?” replicó Paltio, incrédulo.
“Parece que no somos tan invulnerables después de todo,” murmuró Mok, con una mezcla de resignación y temor en su voz.
“Debemos buscar a mis padres y al general para enfrentar lo que sea que nos esté invadiendo,” dijo Paltio con determinación.
En ese momento, escucharon un grito ahogado que provenía del jardín.
“¡Es mi padre!” exclamó Paltio, reconociendo la voz.
Con la linterna en alto, corrió hacia el origen del sonido.
“¡Espere, señorito!” gritó Mok, siguiéndolo de cerca.
Al llegar al jardín, vieron al rey siendo estrangulado por una figura gigantesca.
Era Tejod, el tejón colosal de pelaje marrón y ojos rojos como brasas.
“¡Suelta a mi padre, maldita cosa, seas lo que seas!” gritó Paltio, apuntando la linterna hacia Tejod.
“¿Quién osa interrumpir a Tejod en plena interrogación?” rugió el tejón, soltando al rey momentáneamente.
En ese instante, varios encapuchados emergieron de las sombras, rodeando a Paltio.
“¿Quiénes son estos?
¿Y por qué hay tantas estatuas de jade rojo?” preguntó Paltio, mirando a su alrededor con asombro.
Las antorchas de los encapuchados se encendieron con llamas azules, iluminando el macabro paisaje de figuras petrificadas.
“¡Señorito Paltio, no!” gritó Mok, lanzándose contra un par de encapuchados.
Pero fue rápidamente reducido y obligado a arrodillarse junto al príncipe.
“Vaya, vaya…
Quedaban dos vivos,” comentó Tejod con sorna, levantando al rey del suelo y tirándolo frente a Paltio.
“Tienes agallas, muchacho, pero eres muy irrespetuoso al interrumpir una conversación de adultos.” Con una de sus enormes manos, Tejod golpeó a Paltio en el estómago.
El príncipe se dobló de dolor, cayendo al suelo.
“¡Detente, Tejod!
¡Es mi hijo, el príncipe!” gritó el rey, intentando levantarse.
“¿Y por qué debería detenerme?
Cuanto mejor acabe con uno de los que te importan mejor será para mí.
Así entenderás que no puedes resistirte,” respondió Tejod con frialdad.
Desenvainó su espada, cuya empuñadura parecía más un báculo mágico, y la apuntó hacia la cabeza de Paltio.
“Tu hijo por el cetro,” exigió Tejod, con una sonrisa cruel en su rostro bestial.
“¡No, espera!” suplicó el rey, extendiendo una mano temblorosa.
“Otra vez…
¿Por qué no entiendes que así es como funcionan las cosas?
Ya me has colmado la paciencia,” gruñó Tejod, bajando lentamente la punta de su espada hacia el cuello del príncipe.
“Es que, si lo matas, no podrás obtener el cetro,” dijo el rey con lágrimas deslizándose por sus mejillas.
Su voz temblaba, pero su mirada estaba fija en Tejod.
“Solo lo dices porque es tu hijo y quieres salvarlo,” replicó el tejón humanoide, entrecerrando sus ojos rojos como brasas.
“No, te digo la verdad,” respondió el rey, con una mezcla de firmeza y angustia.
“Antes de dispersar las partes del cetro, le puse un hechizo.
Solo Paltio puede encontrarlas y cogerlas.
Nadie más.” “¡Mientes!” rugió Tejod, apretando los puños con furia contenida.
Sus colmillos brillaron bajo la luz azul de las antorchas.
“Te juro que digo la verdad.
Sin él, no podrás encontrar las partes del cetro ni lograr lo que tu amo desea,” insistió el rey, extendiendo las manos en señal de súplica.
Tejod guardó silencio por un momento, sopesando las palabras del rey.
Finalmente, bajó su espada y se acarició el mentón con una garra afilada.
“Bien,” gruñó, con una sonrisa siniestra.
“Dejaré al niño vivir…
por ahora.
Pero tendrá que traerme el cetro completo.
Si falla, su pueblo pagará las consecuencias.” “Papá…” murmuró Paltio, con los ojos llenos de miedo y confusión.
Había estado a punto de morir, y ahora su padre le pedía algo que no entendía del todo.
“Lo siento, hijo,” dijo el rey, acercándose a Paltio con pasos lentos y pesados.
Su voz era un susurro cargado de culpa y tristeza.
“Sé que no hemos sido buenos padres, pero te pido que me perdones.
Lo que estoy poniendo frente a ti es quizás tu destino…
y nuestra única esperanza.
Encuentra las partes del cetro y salva a nuestro reino quizá puedas encontrar a Avocios.” El rey lo miró directamente a los ojos, transmitiendo una mezcla de amor y dolor que hizo que Paltio sintiera un nudo en la garganta.
“Bien, tiempo de terminar esta reunión familiar,” declaró Tejod con frialdad.
Sacó un amuleto extraño de su túnica y lo agitó en dirección al rey.
En un instante, el cuerpo del monarca comenzó a endurecerse, transformándose en jade rojo.
Antes de quedar completamente petrificado, el rey logró decir unas últimas palabras: “Paltio…
tu madre y yo te queremos mucho.” La estatua quedó inmóvil, con una expresión serena en su rostro, como si hubiera encontrado paz en medio de la tragedia.
Tejod se giró hacia Paltio, su mirada roja brillando con una intensidad que helaba la sangre.
“Ahora tú tienes una responsabilidad que cumplir ante mí, niño,” dijo, inclinándose hasta quedar frente a frente con el príncipe.
“Si fallas, tu pueblo morirá.” Los ojos de Paltio se abrieron de par en par, y su respiración se aceleró.
Sentía el peso de esas palabras como una losa sobre sus hombros.
La mirada penetrante de Tejod le provocó un terror visceral, pero también encendió algo dentro de él: determinación.
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