La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 20 - 20 Forma FELICA
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Forma FELICA 20: Forma FELICA “¿Qué son estas cosas?” preguntó Paltio, con los ojos muy abiertos mientras todo a su alrededor comenzaba a iluminarse.
“No lo sé, Paltio, pero parecen una especie de cucarachas con rostros… unos rostros extremadamente malévolos”, respondió Golden, señalando hacia las criaturas que se arrastraban por el suelo.
El joven príncipe miró a su alrededor, su respiración acelerada.
“Y ahora, ¿qué hacemos?
Esas cosas tienen a mis amigos, y probablemente también a los demás que estaban en esos carruajes”.
Golden observó cómo las diminutas criaturas lanzaban escupitajos babosos en dirección a Paltio, quien intentaba esquivarlos con movimientos rápidos pero torpes.
Había más de cien de esas criaturas rodeándolo, avanzando lentamente como una marea oscura e implacable.
“¿Puedes darme algo de tu poder para combatirlas?” preguntó Paltio, mientras retrocedía un paso más.
Golden negó con firmeza.
“Debes huir, Paltio”.
“¿Huir?
¿A dónde?” replicó el muchacho, desesperado, mientras giraba sobre sí mismo buscando una salida entre el cerco de insectos.
“Si te doy de mi poder, no lo resistirás.
Recuerda lo que ocurrió la última vez: te desmayaste.
Si eso pasa ahora, nunca encontrarás a tus amigos”.
Paltio asintió, comprendiendo la lógica detrás de las palabras de Golden.
“Entonces, ¿qué hago?” “Toco-Toco, sal, muchacho, hay trabajo que hacer”, llamó Golden.
Del holograma emergió nuevamente el gato parlante, con su característico brillo juguetón en los ojos.
“Miau, mi señor, ¿qué se le ofrece?” preguntó Toco-Toco, inclinándose ligeramente.
“Rápido, llévate al príncipe de aquí.
Luego planearemos una estrategia para rescatar a sus amigos”, ordenó Golden.
Toco-Toco asintió con decisión y, sin perder tiempo, agarró a Paltio del cuello de la camisa.
Con una velocidad sorprendente, ambos salieron disparados, dejando atrás una estela de luz que provenía de las botas del joven príncipe.
Cientos de pequeñas criaturas comenzaron a perseguirlos, emitiendo chirridos agudos que resonaban en el aire nocturno.
“Será mejor que apagues tus botas, muchacho.
Miau”, sugirió Toco-Toco mientras corrían.
“¡No puedo!
¡Me estás ahorcando con la forma en que me llevas!” protestó Paltio, su voz entrecortada por la falta de aire.
“Soy muy pequeño para cargar contigo, no tengo mucha fuerza, solo soy rápido”, explicó el gato, sin disminuir la velocidad.
“Pero si seguimos así, ¡no podré apagarlas!” insistió Paltio, jadeando.
Desde el holograma, Golden intervino: “Toco-Toco, amigo, ¿por qué no entras en tu forma FELICA?” “¡Ah, no, señor!
Esa forma no me gusta.
Me veo demasiado feroz y primitivo.
Además, el chico podría asustarse, y solo puedo mantenerla por unos instantes”, argumentó el felino.
“Es la única opción, Toco-Toco, a menos que quieras seguir ahorcando al príncipe”, replicó Golden con paciencia.
“¡Bah!
Está bien”, gruñó el gato.
Sin previo aviso, lanzó al muchacho varios metros hacia arriba.
“¡Guau!
¡Me voy a morir a esta altura!
¡O al menos va a doler mucho!” gritó Paltio mientras ascendía en el aire.
“Forma FELICA”, murmuró Toco-Toco.
En ese momento, el rubí incrustado en su collar comenzó a brillar con un intenso rojo carmesí.
Su cuerpo empezó a expandirse, creciendo hasta alcanzar el tamaño de una pantera, incluso más grande.
Su voz adoptó un tono más grave y, con un salto prodigioso, atrapó a Paltio en el aire antes de que este tocara el suelo.
“Mantente agarrado de mi lomo con todas tus fuerzas, y no te sueltes bajo ninguna circunstancia”, advirtió el felino gigante con voz grave mientras colocaba al príncipe sobre su espalda.
Paltio obedeció de inmediato, sus dedos aferrándose con desesperación al pelaje del animal.
La transformación había cambiado completamente la apariencia del gato: sus ojos brillaban con un destello salvaje, y sus colmillos sobresalían amenazadores.
El joven tragó saliva, nervioso.
“Es increíble… eres un súper gato”, balbuceó, tratando de calmar su temblor.
“Eh… ¿no vas a comerme?, ¿verdad?” El felino soltó una risa gutural.
“Miau, tranquilo, muchacho.
Por ahora, sigues con vida”.
En lugar de su habitual “miau”, Toco-Toco lanzó un rugido tan poderoso que hizo estremecer todo el bosque.
“¿Verdad?” comentó Paltio, impresionado por la transformación del gato.
“No”, respondió Toco-Toco con una voz grave y autoritaria, “pero si no apagas tus botas, sí”.
“Bien, lo haré”, dijo Paltio, tratando de juntar los pies para desactivarlas.
Después de unos momentos, logró apagarlas.
“Ahora no veremos nada”, murmuró el muchacho, preocupado.
“Tranquilo, yo puedo ver”, aseguró el gato.
“Solo sujétate fuerte”.
Toco-Toco, en su forma felina, comenzó a moverse ágilmente entre los árboles, saltando de rama en rama con una precisión asombrosa.
Finalmente, después de varios minutos de carrera frenética, anunció: “Creo que ya no nos siguen”.
“¿Cómo lo sabes?” preguntó Paltio, aún aferrado al lomo del enorme felino.
“Puedo sentir su aroma”, explicó Toco-Toco.
“Además, con este ojo rojo puedo ver perfectamente en la oscuridad”.
Pasado un rato, el gato regresó a su forma original y añadió: “Así es, con mi ojo rojo puedo detectar cualquier cosa en la noche.
Por cierto, niño, no pises por ahí.
Estamos en una rama.
Quédate donde estás”.
“Ok”, respondió Paltio, tratando de ubicarse en la penumbra.
“¿Y el otro ojo?
¿El verde?” preguntó, aferrándose con fuerza a la rama.
“Ese es para predecir movimientos y percibir fuentes de luz”, explicó el minino.
“Tal como lo sospechaba”, continuó Toco-Toco, “esas criaturas se dirigen hacia la luz”.
Su voz había vuelto a la normalidad, dejando atrás el tono ronco de su forma felina.
“Ahora puedes encender tus botas, chico, miau”.
Paltio, aún aferrado a la rama, asintió.
Un momento después, encendió sus botas, iluminando el entorno.
Se dieron cuenta de que estaban en lo alto de un árbol gigantesco.
“Y ahora, ¿cómo voy a bajar de aquí?” preguntó Paltio, mirando hacia abajo con inquietud.
“De la misma forma en que subimos: rama por rama”, indicó el gato con calma.
“Yo no soy bueno en eso”, protestó el príncipe.
“Bien, entonces ve”, dijo Toco-Toco, y sin previo aviso, le dio una palmada en una de las piernas.
Paltio salió disparado hacia el suelo, gritando de pánico mientras imaginaba el impacto.
Pero, justo antes de estrellarse, algo lo detuvo en el aire.
“¿Qué fue eso?” preguntó el chico, confundido, mientras sentía cómo sus botas tocaban suavemente el suelo.
“¡Puedo volar!” exclamó emocionado.
“No, Paltio”, intervino Golden desde el holograma.
“No puedes volar.
Usé mi telequinesis para mantenerte flotando y evitar que te estamparas contra el suelo”.
“Gracias, Golden”, respondió el príncipe, aliviado.
Sin embargo, añadió con un dejo de frustración: “Pero volar me hubiera gustado y ayudado mucho”.
El gato bajó del árbol y Paltio lo enfrentó, molesto.
“¡Oye Toco-Toco, casi me matas!
Y ¡Casi me hago encima!” “Pero no moriste, miau”, replicó Toco-Toco con indiferencia.
“Además, con eso perdiste el miedo a las alturas y a trepar”.
“Yo no le tengo miedo a las alturas, solo a trepar y caer”, aclaró el príncipe.
“Sí, sí”, dijo el gato, encogiéndose de hombros mientras regresaba al holograma de Golden.
“Y ahora, ¿cómo salvamos a mis amigos, Golden?” preguntó Paltio, visiblemente angustiado.
“He notado que la luz atrae a esas criaturas”, explicó Golden.
“Así que tendrás que pelear a oscuras”.
“¿Y cómo voy a hacer eso?” preguntó el príncipe, desconcertado.
“No lo sé, chico, pero se me ocurrirá algo en el camino.
Te avisaré cuándo debas apagar tus botas”.
Golden observó el vasto terreno que habían recorrido con Toco-Toco.
“Es un largo camino”, murmuró pensativo.
Mientras Paltio regresaba en busca de sus amigos, en una cueva amplia y resplandeciente se encontraban numerosos sujetos atrapados dentro de una sustancia viscosa de color ámbar.
Parecían estar encerrados en estructuras que recordaban huevos líquidos, adheridos a todas las paredes de la caverna.
En el centro de la sala, los amigos de Paltio permanecían en estasis, inmóviles, sumidos en un profundo sueño inducido.
Solo Pax, gracias a su armadura, había resistido el efecto del letargo, pero ahora estaba atrapado dentro de uno de esos capullos viscosos, incapaz de moverse, aunque aún podía hablar.
“¡Ay, no!
¡Qué asqueroso es todo esto!” exclamó Pax, su voz resonando débilmente dentro del capullo.
A través de la sustancia translúcida, pudo ver que eran pequeños insectos similares a cucarachas los responsables.
Estos seres se reían entre sí con un sonido chirriante y agudo.
“Bien, tenemos más huéspedes”, dijo uno de los insectos, frotando sus diminutas patas con malicia.
“Pronto la reina se levantará y tendrá un gran banquete.” Pax intentó moverse, pero su cuerpo estaba completamente inmovilizado por la sustancia viscosa que lo envolvía como un abrazo asfixiante.
La caverna brillaba con un fulgor tenue, producto de la sustancia ámbar que cubría las paredes y albergaba a los prisioneros.
El aire estaba impregnado de un olor dulzón y repugnante, mezcla de miel rancia y algo indefinible que hacía difícil respirar.
A pesar de estar atrapado, Pax sentía cómo su piel se erizaba ante la sensación de estar rodeado de pequeñas criaturas tan grotescas.
Pax, atrapado en esa prisión viscosa, luchaba internamente contra la desesperación.
Finalmente, con un tono lleno de rabia y frustración, murmuró dentro del capullo: “Son esos malditos insectos que creó Tejod…
esas cosas asquerosas llamadas…”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com