La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 208
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- Capítulo 208 - 208 7 vs Amigos Envydas
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208: 7 vs Amigos: Envydas 208: 7 vs Amigos: Envydas Envydas había ido atrayendo poco a poco a Alita y Nakia hacia sus dominios.
Desde afuera, el lugar parecía una gigantesca máscara de teatro, del tipo que usualmente carece de expresiones definidas.
Sin embargo, esta en particular emanaba un aura inquietante: si te acercabas lo suficiente, irradiaba una sensación de envidia tan intensa que podía sentirse en cada fibra de tu ser.
Dentro de este extraño espacio, Alita y Nakia observaban el cielo.
De pronto, miles de espejos emergieron a su alrededor, reflejando sus rostros con una claridad incómoda.
Desde esos espejos comenzaron a brotar enormes bolas de fuego que se dirigían directamente hacia ellas.
—¡Vamos, cubrámonos!
—gritó Nakia mientras extendía sus plumas mágicas.
Con un movimiento preciso, creó un campo de fuerza que las envolvió en una burbuja protectora.
Alita la secundó al instante, combinando su magia con la de su compañera para reforzar el escudo.
Las bolas de fuego caían como asteroides descontrolados, una tras otra, sin cesar.
El estruendo era ensordecedor, y el calor abrasador hacía que el aire dentro del campo de fuerza se volviera denso y sofocante.
—¡Con más fuerza, Alita!
—exclamó Nakia, concentrándose al máximo para mantener el domo intacto.
Finalmente, tras lo que parecieron horas interminables, el ataque amainó.
Ambas mujeres estaban exhaustas, jadeando por el esfuerzo.
Pero antes de que pudieran recuperarse por completo, una mano fría y viscosa agarró el brazo de Alita.
—¡Uh!
Qué piel tan sedosa y tersa tienes, muchacha —dijo Envydas, acariciando lentamente el brazo de Alita con una sonrisa insidiosa—.
Ya me dieron ganas de robártela y hacerme una igual para mí.
¿Crees que me quede bien?
Alita intentó zafarse, pero el agarre era firme.
La sensación de asco y vulnerabilidad la invadió.
—¡Suéltame!
—gritó, mirando a Envydas con una mezcla de miedo y repulsión—.
¡Eso es asqueroso!
—¡Uy!
Qué lástima que no te guste —replicó Envydas con una sonrisa malévola—.
Pero cuando mueras, no podrás objetar nada, ¿verdad?
—¡Quita tu mano de mi amiga!
—intervino Nakia, lanzando una de sus plumas explosivas hacia Envydas.
La mujer retrocedió justo a tiempo, evitando el impacto.
—Eso estuvo cerca —dijo Envydas, riendo con una voz serpenteante que resonó en el aire—, pero deberás esforzarte mucho más si quieres derrotarme.
Antes de que pudieran reaccionar, Envydas desapareció, dejando tras de sí un espejo que lanzó una enorme daga de hielo directamente hacia Nakia.
Por poco y gracias a los rápidos reflejos de Alita, quien la atrapó en sus manos y se agachó, lograron evitar el golpe mortal.
—¿Estás bien, Nakia?
—preguntó Alita, preocupada.
—Sí, gracias a ti —respondió Nakia, aún temblorosa.
—Pero… ¿cómo desapareció así?
—murmuró Nakia, desconcertada.
De repente, más espejos aparecieron a su alrededor, y un resplandor zigzagueante comenzó a rebotar entre ellos, formando una especie de escalera luminosa.
—Es porque puedo transportarme a través de mis espejos —explicó Envydas, cuya voz parecía provenir de todas partes—.
Y como estamos en mis dominios, hay espejos en todos lados.
—Entonces los destruiré —declaró Alita con determinación, avanzando hacia uno de los espejos.
—¡Noooo…!
—chilló Envydas, fingiendo horror—.
Si destruyes los espejos, tendrás siete años de mala suerte… o tal vez veinte.
Bueno, eso es lo que dicen —añadió con una sonrisa burlona.
—¡Tonterías!
—exclamó Nakia, lanzando una de sus plumas mágicas hacia el espejo más cercano.
La pluma golpeó la superficie brillante, pero en lugar de romperse, el espejo absorbió el ataque como si fuera un pozo sin fondo.
—¡Ja, ja, ja!
—se burló Envydas, su risa resonando con crueldad—.
Bueno, estos espejos no se rompen; solo reflejan los ataques del enemigo con mayor potencia.
Es como si fuera… mala suerte para ustedes.
De inmediato, todos los espejos comenzaron a vibrar.
Desde cada uno de ellos surgieron bolas de fuego y dagas enormes de hielo que cortaban el aire con un silbido agudo.
—¡Corre!
—gritó Nakia, jalando a Alita del brazo mientras huían desesperadamente.
A lo lejos, la risa burlona de Envydas las perseguía como un eco macabro.
—¡Corran, corran, mis pequeñas!
—se escuchó decir a Envydas desde algún lugar invisible—.
No dejen que los ataques las toquen, las maten o les causen daño.
Quiero esa piel de la muchachita y esas plumas de esa avecilla.
Finalmente, tras escapar de los ataques, Alita se dejó caer al suelo, exhausta.
Nakia se acercó rápidamente.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó Nakia, preocupada.
—No —respondió Alita, mirando al suelo con frustración—.
Si seguimos así, nunca lograremos vencerla ni salvar a Paltio.
En ese momento, Envydas apareció frente a ellas, materializándose como una sombra oscura.
—Qué aburrimiento —dijo con desdén—.
Veamos si esto hace que las cosas se pongan interesantes.
Levantó una mano y lanzó un rayo hacia ambas.
Pero, sorprendentemente, el rayo no las lastimó.
En cambio, sus cuerpos comenzaron a brillar intensamente.
De pronto, de esa luz emergieron dos figuras idénticas a ellas: una versión gris de Alita y otra de Nakia.
—Vaya par de inútiles —dijeron las copias grises con una voz fría y despectiva.
—Oigan, ustedes —ordenó Envydas a las copias—.
Hagan que me divierta un rato, pero recuerden: no toquen la piel ni el rostro de la muchachita.
—Sí, nuestra señora —respondieron las copias al unísono antes de lanzarse hacia Alita y Nakia con rapidez sobrenatural.
Mientras tanto, en otro lugar, Mok se encontraba cara a cara con el adversario más imponente de todos: el líder de aquellos extraños seres.
El sujeto llevaba un casco adornado con plumas que recordaban la cola de un pavo real, haciéndolo parecer aún más intimidante.
—Así que ustedes dos quieren enfrentarse a mí, ¿eh?
—dijo el líder, mirando a Mok y Geki con desprecio—.
Pero primero debo encargarme de esa lagartija que tienes en tu hombro, porque por su culpa no podemos dañar el cuerpo del muchacho, y el señor Urugas se enfadará.
El líder sacó un abanico de su espalda y comenzó a abanicarse lentamente, creando una brisa cálida que rápidamente se transformó en una oleada sofocante de calor.
—Disculpe, señor —intervino Mok, con calma imperturbable—, pero no tenemos tiempo para perderlo con usted.
Si nos permite pasar, debemos ir donde está el señorito Paltio.
El líder lo miró fijamente, evaluándolo con una mezcla de curiosidad y burla.
—Así que ya veo… Ese traje de mayordomo no es solo simple fachada.
Eres el sirviente de ese mocoso muerto, ¿verdad?
—replicó con crudeza, esperando provocar una reacción en Mok.
Pero Mok permaneció sereno, sin permitir que las palabras del líder lo afectaran.
—Ese es mi señorito y mi príncipe —respondió Mok con serenidad—.
He venido para llevarme su cuerpo.
Hágase a un lado, por favor.
El líder lo observó durante unos segundos antes de responder.
—¡Ah!
Al menos tienes modales —dijo, sin dejar de abanicarse con su extravagante abanico—.
Pero eso no significa que vaya a moverme.
Mok suspiró levemente, como si ya hubiera anticipado la respuesta.
—Si no se hace a un lado, entonces tendré que hacerlo por mi cuenta —intervino Geki desde el hombro de Mok, lanzando varios kunais hacia el sujeto.
Los afilados proyectiles volaron velozmente hacia el líder, pero justo antes de alcanzarlo, cambiaron abruptamente de dirección.
En lugar de regresar hacia Geki, los kunais giraron en el aire y se dirigieron directamente hacia Mok.
Por fortuna, Mok estaba preparado.
Con movimientos precisos y casi imperceptibles, sacó cuchillos de su abrigo y bloqueó cada uno de los ataques.
—Pero ¿qué fue eso?
—exclamó Geki, desconcertado.
—No lo sé —respondió Mok, manteniendo su calma característica—, pero estuvo cerca.
Menos mal que pude esquivarlos todos.
El líder los miró con una sonrisa arrogante, como si disfrutara de su confusión.
—¿Estás seguro?
—preguntó con tono burlón.
Antes de que Mok pudiera responder, un kunai se incrustó en su costado.
El impacto fue repentino y sorprendente.
—Pero ¿cómo…?
—murmuró Mok, tocando la herida con incredulidad.
—Veo que están sorprendidos, muchachos —comentó el líder con desinterés, mientras continuaba abanicándose tranquilamente—.
No me ando con rodeos ni tengo necesidad de atacarlos directamente.
Sin embargo, ustedes mismos se van a acabar matando entre sí si siguen intentando atacarme.
En mis dominios, nadie puede hacerme daño.
Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras resonaran en el aire cargado de tensión.
—Yo soy Pridel —declaró finalmente, con una voz fría y altiva—, la soberbia misma.
Y eso, señores, les costará muy caro.
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