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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 218

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218: El Rugido de León 218: El Rugido de León Rageret se levantó tras recibir de lleno la patada de Ron, que parecía cargada de una fuerza implacable.

El sujeto escupió sangre, limpiándose con brusquedad la comisura de los labios.

Luego, sonrió hacia Ron y Chiki, quien en ese momento intentaba incorporarse tras haber recibido una paliza devastadora.

“Bien,” dijo Rageret con una voz grave y burlona, “si tanto insisten en seguir peleando, les daré algo mucho más fuerte.

No digan luego que no traté de hacerlo suave…

pero ustedes, solo con verlos, desatan en mí esa ira pura.” Un rugido ensordecedor emergió de su garganta, como si un león furioso estuviera rugiendo a través de él.

El sonido reverberó por todo el lugar, haciéndose sentir en cada rincón.

Cuando el eco del rugido se disipó, Rageret lanzó sus puños hacia ellos con una ferocidad inhumana.

Pero esta vez, algo diferente ocurrió: sus golpes tomaron vida propia.

De sus puños emergieron bestias escarlatas, materializándose en leones etéreos cuyas garras afiladas brillaban con un brillo letal.

Estas criaturas se abalanzaron sobre Ron y Chiki con una velocidad vertiginosa.

Las garras de los leones fantasmales desgarraron sus cuerpos sin piedad, dejando heridas profundas que parecían arder como brasas al contacto con el aire.

La energía que emanaba de las manos de Rageret rugía con una intensidad casi tangible, envolviendo a sus enemigos en una tormenta de dolor.

Cada zarpazo no solo rasgaba su piel, sino que también parecía morderla, como si el mismo aire estuviera imbuido de ira ardiente.

Las bestias no solo atacaban físicamente; su presencia era opresiva, cargada de un odio primordial que parecía alimentarse del sufrimiento de sus víctimas.

Ron gritó mientras intentaba cubrirse, pero las garras lo alcanzaban sin misericordia, perforando su carne y desgarrando su armadura ya debilitada.

Chiki, por su parte, gruñó con furia contenida, resistiendo como podía, aunque sus movimientos eran cada vez más lentos, más pesados.

Ambos estaban atrapados en una danza mortal, rodeados por una cacofonía de rugidos y el sonido agónico de la carne siendo despedazada.

La escena era caótica, un torbellino de violencia y energía pura.

Los ojos de Rageret brillaban con una mezcla de satisfacción y locura, observando cómo sus adversarios luchaban desesperadamente contra algo que parecía invencible.

Cientos de estas criaturas aparecían con cada golpe de Rageret, el señor de la ira, causando una avalancha de dolor insoportable.

Ron y Chiki fueron arrastrados al aire como hojas en un remolino, para luego ser lanzados de vuelta al suelo con un impacto brutal.

Al caer, ambos quedaron tendidos, inmóviles, mientras la sangre brotaba a borbotones de sus cuerpos.

“Vamos, no me digan que ya se murieron,” se burló Rageret, cruzándose de brazos.

“¡Eso fue solo el calentamiento!” Ron, con la voz entrecortada y el cuerpo destrozado, intentó levantarse.

Su armadura de cristal sólido estaba agrietada, y la sangre brotaba de múltiples heridas.

Cada movimiento era una agonía, pero logró articular unas palabras con esfuerzo: “Eso…

eso fue muy potente.” Miró a Chiki, cuya respiración era igual de forzada.

“Maestro…

esto fue imprudente.

Deberíamos luchar juntos contra este monstruo.” Chiki, después de un momento de silencio, asintió lentamente.

Parecía que finalmente entraba en razón.

“Tienes razón,” respondió, limpiándose la sangre del hocico con el dorso de la pata.

“Parece que hay algo en este lugar que activa la ira contenida en quienes estamos aquí.

Me dejé llevar por eso…

y encima ahora soy tan tonto como para que un mocoso con pelos de césped como tú me esté sermoneando.” Hizo una pausa, apretando los dientes mientras se ponía de pie con dificultad.

“Esto no es nada.

Son solo raspones.

Con el señor Silver entrenamos mucho más duro.” Clavó sus ojos en Ron, mostrando una mezcla de orgullo y gratitud.

“Gracias por venir en mi ayuda, muchacho.

Creo que sí…

debemos trabajar juntos.

Levántate.

Aún tenemos que ganarle a ese sujeto.” “¡Bien!” dijo Ron, esforzándose por ponerse en pie.

A pesar de sus cuerpos magullados, cubiertos de moretones y heridas abiertas, ambos lograron erguirse nuevamente, decididos a continuar el enfrentamiento.

“¡Ah!

Me sorprenden,” exclamó Rageret con una sonrisa sádica que iluminaba su rostro ensangrentado.

“Son los primeros en sobrevivir a ese ataque.” En su mente, reflexionó: Parece que la rabia contagiosa entre estos dos se está disipando…

Pero, en fin, no necesito trucos para humillarlos.

Y, mirándolos fijamente con una mezcla de desprecio y curiosidad, les lanzó una pregunta cargada de burla: “¿Van a poder seguir peleando o quieren parar y morir de una vez?” “No nos subestimes,” respondió Chiki con voz firme, aunque su cuerpo temblaba ligeramente por el esfuerzo.

“Esa es la actitud, perro,” replicó Rageret con una risa cortante, “pero no seas tan altanero.

Esas miradas serias en sus caras… como si pudieran hacer mucho.” “¡No nos vencerás!” gritó Ron, aunque su voz sonaba desgastada, al borde del colapso.

“¡Aburridos!” Los ojos de Rageret brillaron con irritación.

“Yo quiero más ira, ya me cansé de tanta palabrería.

Es hora de pelear.” Hizo una pausa dramática antes de añadir: “Les dejaré descansar un rato.

Si sobreviven a mis esbirros, tal vez merezcan otra oportunidad.” Con un movimiento rápido, colocó sus puños en el suelo.

Una enorme ola de fuego surgió de la tierra, avanzando hacia Ron y Chiki.

Antes de que pudieran reaccionar, la ola se dividió y formó un círculo perfecto.

Las llamas se elevaron como muros ardientes, bloqueando cualquier camino de escape.

Y entonces, desde esas llamas, emergieron criaturas humanoides completamente envueltas en fuego.

Eran monstruos vivientes, hechos de ceniza y furia, rodeando a Ron y Chiki con una intensidad abrasadora.

“Bien, bien, veamos si pueden con mis criaturas de ceniza viviente,” dijo Rageret mientras se sentaba cómodamente a observar desde la distancia.

“Te sientes valiente aún, muchacho,” comentó Chiki, mirando a Ron con una mezcla de orgullo y preocupación.

“Pues, si no hay de otra, pelearemos contra esas cosas,” respondió Ron con determinación, aunque su cuerpo seguía protestando por el dolor.

“Qué bueno que pienses así.

Al menos moriremos dignamente y al lado de un amigo,” dijo Chiki con un tono ligero, casi como si estuviera tratando de aligerar el momento.

Ron se sonrojó ligeramente ante la insinuación, sintiendo un calor que no provenía del fuego circundante.

Sin embargo, esa sensación de gratitud se desvaneció rápidamente cuando Chiki agregó: “No te emociones mucho, niño.” “Perro tonto,” murmuró Ron, cambiando su expresión de emoción a una de fastidio por haber arruinado el momento.

“Bien, dejando eso de lado, hagámoslo,” dijo Ron, intentando sonreír a pesar del dolor.

“Está bien,” respondió Chiki mientras las criaturas de fuego comenzaban a acercarse, cada vez más cerca, listas para atacar.

En otro lugar, Rocky no lo estaba pasando mucho mejor.

Una inmensa cabeza de Glutto lo perseguía implacablemente por un laberinto surrealista hecho de pepinillos, queso, jamones y tocino.

Los enormes dientes de Glutto relucían con malicia mientras su lengua vibraba con anticipación.

“¡Corre, corre, tonto topito, o si no te comeré!” gritaba Glutto con una voz estridente y juguetona.

Rocky corría a toda prisa, tratando desesperadamente de escarbar la tierra para escapar por debajo.

Pero justo cuando pensaba que había encontrado una salida, otra cabeza de Glutto emergió del cielo, bloqueándole el paso.

“¡Ah, ah!

¡Eso es trampa!” exclamó la segunda cabeza con una risa burlona.

El piso bajo sus pies se transformó repentinamente en metal, impidiendo cualquier intento de escapar por el subsuelo.

“¡Maldición!” exclamó Rocky mientras seguía corriendo por su vida.

“Si sigo así, este ser me va a comer…” “¡Vamos, vamos!

¿Ya te cansaste, pequeño roedor?” La voz grave y burlona de Glutto resonó por todo el laberinto, cargada de una mezcla de diversión y amenaza.

“Si es así, deja de correr y conviértete en mi comida.” “¡Eso nunca!” gritó Rocky, su respiración agitada mientras seguía corriendo a toda prisa por los pasillos del laberinto.

Era un desafío mantener el ritmo con las extremidades adoloridas, pero sabía que detenerse significaba el fin.

La enorme cabeza de Glutto lo seguía de cerca, devorando todo a su paso.

¡Oh!

¡Qué delicia!” exclamó Glutto mientras engullía pedazos enteros del laberinto hecho de alimentos: pepinillos, queso, jamones…

Todo desaparecía en su voraz boca.

“Pero sabes qué sería aún mejor,” añadió con una sonrisa maliciosa, “tu carne asada.

¡Por supuesto!” Se rio entre dientes, disfrutando de su propio juego macabro mientras se burlaba de Rocky.

“Debo encontrar la salida de este lugar…

No quiero terminar como su cena,” murmuró Rocky para sí mismo, sus pensamientos llenos de desesperación.

Ya había perdido dos de sus extremidades frente a esa abominación hambrienta, y ahora estaba atrapado en este laberinto enfermizo.

“Tengo que salir…

Tengo que sobrevivir.” Rocky cerró los ojos por un momento, tratando de concentrarse.

“Usaré mi nariz para olfatear algo…

Cualquier cosa que me lleve a la salida.” Inspiró profundamente, pero lo único que pudo percibir fue el aroma embriagador de la comida que conformaba el laberinto.

Queso derretido, tocino crujiente, jamón ahumado…

Todo parecía conspirar contra él, distrayéndolo con promesas de saciedad mientras corría por su vida.

“Sabes…” La voz de Glutto volvió a resonar, esta vez con un tono nostálgico e irónico.

“Esto me recuerda a un juego de arcade.

Ya sabes, uno donde una cosa amarilla perseguía a unos fantasmitas mientras se comía unas píldoras.

Solo que aquí, tú eres esos fantasmitas…

Y yo no necesito de esas píldoras para devorarte.” Su risa estruendosa llenó el aire, reverberando por cada rincón del laberinto.

“¡Jua, jua, jua!” Glutto continuó su monólogo siniestro, disfrutando de su ventaja.

“Apúrate, roedor.

Encuentra la salida si puedes…

O te comeré de una sola bocada.

¡Serás mi platillo principal!” Rocky apretó los dientes, ignorando las palabras burlonas de su perseguidor.

No podía rendirse.

No ahora.

Aunque su cuerpo temblaba de agotamiento y su mente luchaba contra el pánico, sabía que debía seguir adelante.

El laberinto parecía infinito, pero en algún lugar tenía que haber una salida.

Solo tenía que encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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