La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 22
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22: ¿5 por ciento?
22: ¿5 por ciento?
Paltio, muévete, le ordenó Golden con urgencia.
Pero el chico se quedó inmóvil, paralizado por el miedo mientras observaba cómo la antena-látigo de la reina se lanzaba hacia él como un relámpago oscuro.
Golden no dudó ni un segundo.
Con un movimiento preciso de su telequinesis, arrastró a Paltio fuera del camino justo cuando el látigo hendía el aire donde había estado.
El muchacho cayó al suelo con un golpe sordo, sacudiéndose el estupor.
—¡Oigan, niño!
—espetó Golden con una mezcla de irritación y preocupación—.
¿Ya te acobardaste?
Porque si es así, recuerda que tus amigos están contando contigo…
A menos, claro, que ya te hayas orinado encima del susto.
—¡No!
¡Claro que no fue eso!
—respondió Paltio, ruborizado y molesto.
Hizo una pausa, bajando la voz mientras intentaba explicarse—.
Es solo que… sentí algo raro cuando vi ese látigo.
Algo como una conexión, no sé…
Golden entrecerró los ojos, evaluándolo por un momento antes de responder: —Eso sí que es extraño.
Pero ahora no es momento de pensar en musarañas.
Es hora de pelear.
Paltio asintió con determinación renovada.
Esta vez, cuando el látigo volvió a lanzarse hacia él, saltó hacia un lado con agilidad, evitando el ataque por poco.
Su respiración era rápida y entrecortada, pero sus movimientos empezaban a sincronizarse con el peligro.
Desde su posición elevada, la reina observaba todo con una mezcla de furia e impaciencia.
—¡Maldita sea!
¿Dónde están mis guardias?
¿Y mi comida?
Así no puedo seguir expandiendo mi dominio.
¡Debo alimentarme!
—gritó, frustrada.
Luego, con un rugido gutural, lanzó su antena-látigo contra Paltio nuevamente, esta vez con más ferocidad.
El príncipe giró, se agachó y zigzagueó, esquivando cada embestida.
Sin embargo, el látigo estaba cerca, demasiado cerca.
Un sudor frío perlaba su frente, pero no podía permitirse detenerse.
—¡Uff!
Por poco ni cuento —murmuró entre jadeos, limpiándose el rostro con la manga.
La reina lo miró con desprecio desde su altura, sus ojos centelleando como brasas ardientes.
—¡Maldito feo mocoso!
Deja de moverte tanto.
No ves que tengo que atraparte para comerte.
Las reinas no jugamos con nuestra comida, así que coopera y deja que termine contigo de una vez.
Paltio apretó los puños, sintiendo cómo la rabia lo impulsaba a responder: —No gracias.
Yo no estoy en el menú.
Además, no soy feo.
Tú, en cambio, eres grande y fea, cucaracha.
Las palabras resonaron como un insulto mortal.
La reina dejó escapar un chillido agudo, lleno de ira y ofensa.
Su cuerpo comenzó a cambiar ante los ojos de Paltio: su caparazón pasó de un marrón oscuro a un tono amarillento más claro, y su antena-látigo se cubrió de púas afiladas que brillaban bajo la luz tenue.
—¡¿A quién llamas “fea cucaracha crecida”, mocoso insolente?!
—bramó, su voz retumbando como truenos en la caverna.
Con un grito de guerra mezclado con odio, lanzó su látigo hacia Paltio con una velocidad sobrehumana.
Golden actuó rápidamente, atrapando al chico con su telequinesis y jalándolo hacia atrás justo a tiempo.
El látigo impactó contra el suelo, destrozando la tierra y dejando un surco profundo donde Paltio había estado parado apenas un segundo, antes.
—Eso estuvo cerca —dijo Paltio, secándose el sudor de la frente con la mano temblorosa.
Miró a Golden, genuinamente agradecido—.
Gracias.
—Ni que lo digas —respondió Golden, aunque su tono seguía siendo serio.
Luego añadió, señalando a la reina con un gesto de cabeza—: Ahora dime, ¿qué vas a hacer?
Si esa cosa te toca, será tu fin.
Paltio tragó saliva, pero su expresión era decidida.
—Lo sé.
Pero no voy a rendirme.
Golden cruzó los brazos, pensativo.
—Tranquilo, muchacho.
Piensa bien tu siguiente movimiento.
Noté algo interesante cuando la llamaste “fea cucaracha”.
Perdió parte de su paciencia y reveló algunos puntos débiles.
Podrías aprovechar eso, pero tendrás que ser rápido.
Paltio asintió lentamente, observando a la reina con nuevos ojos.
Sus manos se cerraron en puños mientras analizaba cada detalle de su adversaria.
Sabía que el próximo error podría costarle caro, pero también entendía que tenía una oportunidad.
Y no la desperdiciaría.
—¿Cómo?
—preguntó Paltio entre jadeos, mientras la reina seguía lanzando su látigo con furia en todas direcciones, como si intentara barrerlo del mapa.
Afortunadamente, Golden intervenía justo a tiempo, alejándolo de cada ataque con su telequinesis.
—¡Paltio, pon atención!
No puedo estar diciéndote todo.
Debes aprender rápido.
Mira a tus pies: ¡ya casi no queda terreno!
—le advirtió Golden con urgencia.
Paltio bajó la vista y se dio cuenta de que apenas quedaba un pequeño fragmento de tierra bajo sus botas.
Era verdad.
—Sí, tienes razón —murmuró, tragando saliva.
La situación era crítica, pero algo dentro de él empezó a bullir.
Con un destello de astucia, gritó hacia la reina: —¡Oiga, señora insecto!
¡Es usted muy débil!
La provocación surgió efecto inmediato.
La reina emitió un chillido agudo, mezcla de indignación y odio puro.
—¡Es tu fin, muchacho insolente!
—rugió, preparándose para otro ataque devastador.
El látigo voló directamente hacia él, deslizándose por el aire como un rayo oscuro.
Pero esta vez, antes de que el golpe lo alcanzara, Paltio observó rápidamente a su alrededor.
Sus ojos se posaron en sus botas.
Sin dudarlo, chocó los talones dos veces contra el suelo.
Un brillo cegador explotó en la caverna, inundando el espacio con una luz intensa que dejó temporalmente a la reina desorientada.
Era el momento.
—¡Ahora, Golden!
¡Lánzame!
—ordenó Paltio con decisión.
—¿A dónde, muchacho?
—respondió Golden, notando cómo el látigo de la reina regresaba velozmente hacia ellos, listo para destruir el último montículo de tierra donde estaban parados.
—¡Al pecho de la bestia!
¡Rápido!
—gritó Paltio, sin tiempo para explicaciones.
Golden no necesitó más.
Con un movimiento preciso de su telequinesis, lanzó a Paltio hacia el torso gigantesco de la reina.
El chico salió despedido como un proyectil, justo cuando el látigo impactaba contra el suelo, pulverizando el último rincón de refugio.
La reina, aún cegada, frotaba sus ojos frenéticamente mientras recuperaba el control de su antena-látigo y la devolvía a su frente.
—¿Dónde te metiste, mocoso?
—bramó la reina, intentando escudriñar a través de su visión borrosa.
Luego, con una mueca satisfecha, murmuró para sí misma—: Creo que me pasé la mano y lo aplasté.
Bueno, ya no tendré más comida hasta que mis súbditos traigan nuevos sujetos.
Mientras tanto, Paltio había logrado aferrarse a un saliente en el pecho de la reina, una especie de rama que sobresalía de su caparazón.
Colgaba peligrosamente, sosteniéndose con ambas manos mientras trataba de no caer desde aquella altura vertiginosa.
—¡Sostente bien, muchacho!
Estás a una gran altura —advirtió Golden a través de su vínculo mental, preocupado por la precaria posición del príncipe.
—Lo sé, lo sé… —respondió Paltio mentalmente, tratando de mantener la calma mientras sus brazos comenzaban a entumecerse por el esfuerzo.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
—preguntó Paltio, sintiendo cómo sus dedos empezaban a resbalar.
Golden soltó un suspiro exasperado.
—Bueno, tú fuiste el cerebrito que decidió llegar hasta aquí.
Ahora dime: ¿qué sigue, genio?
—¡Solo pude pensar en llegar aquí!
Después de eso… nada —admitió Paltio, frustrado consigo mismo.
—Típico de ti, muchacho —murmuró Golden, aunque sin perder su tono sarcástico.
En ese momento, la reina cambió su látigo a su estado anterior, sin púas, y comenzó a revisar los escombros con cuidado, buscando algún rastro del joven intruso.
—Paltio, según lo que dijo Pax, para acabar con esta reina debes destruir su fábrica de producción: el aguijón desde donde emergen los Curchacos —recordó Golden, con voz tensa.
—Bien, pero eso está muy abajo —respondió Paltio, mirando hacia abajo con un nudo en el estómago.
Su cuerpo colgaba precariamente, y sentía cómo sus músculos empezaban a fallar.
—Ya me duelen las manos… No puedo seguir en esta posición mucho más tiempo.
Me están temblando los brazos —susurró el joven, luchando por mantener el agarre mientras el viento helado le azotaba el rostro.
—Entonces no queda de otra —indicó Golden con un suspiro resignado—.
Te daré un poco de mi energía, pero solo un cinco por ciento, muchacho.
La última vez te di el veinte por ciento, y creo que fue demasiado.
—¿Qué?
¿Eso fue solo un veinte por ciento?
—Paltio abrió los ojos como platos, asombrado—.
No puedo ni imaginar cómo sería si usaras tu poder al cien por ciento…
Golden sonrió con orgullo, cruzándose de brazos mentalmente.
—Soy fuerte gracias a mis largos años de entrenamiento y al poder que me otorgó Avocios, el gran creador.
Pero no nos desviemos del tema.
Ahora, ¿estás listo?
—Sí, estoy listo —respondió Paltio con determinación brillando en sus ojos—.
Adelante, dámelo.
—Bien, pero asegúrate de aguantarlo, muchacho.
Este poder no es algo con lo que cualquiera pueda lidiar.
—Lo toleraré, en serio —aseguró Paltio, aunque su voz traicionaba un ligero nerviosismo.
—Muy bien, entonces toma esto —dijo Golden, y una oleada de energía recorrió el cuerpo de Paltio.
En un instante, unas ataduras verdes comenzaron a formarse alrededor de sus manos, cubriéndolas completamente como guantes hasta la punta de los dedos.
Su color verde resplandeciente coincidía perfectamente con el traje que llevaba puesto.
—¡Guau!
Esto se siente increíble —exclamó Paltio, flexionando los dedos mientras sentía cómo la fatiga abandonaba sus brazos de inmediato.
—Excelente.
Pero escucha bien: este poder es temporal, muchacho.
Tenemos unos veinte minutos como máximo, así que date prisa —advirtió Golden.
—Entendido.
¿Y cómo los uso?
—preguntó Paltio, aun admirando sus nuevas manos.
—Primero, salta hacia allá —indicó Golden, señalando el aguijón de la reina.
El chico tragó saliva al observar la distancia y la altura que debía superar.
—Está muy lejos… Si no lo logro, moriré.
—Tranquilo, confía en mí y en los guantes.
Deja el resto a ellos —respondió Golden con calma.
—¿A los guantes?
—repitió Paltio, confundido.
—Sí, exacto.
Y deja de hacer preguntas.
Solo lánzate ya.
—Está bien, aquí voy… Aunque sigo sin entender cómo unos guantes van a salvarme de esta locura —murmuró Paltio para sí, mirando la enorme distancia y la caída mortal que lo esperaba si fallaba.
—Por cierto, no grites mientras saltas, o la reina nos descubrirá —añadió Golden justo antes de que Paltio se lanzara.
El joven tomó aire y se impulsó hacia adelante, pareciendo más una ardilla voladora que un príncipe en batalla.
Planeó por el aire con una mezcla de estilo y desesperación, dependiendo de la perspectiva desde la que se viera.
Cuando estuvo cerca del objetivo, Golden intervino nuevamente.
—¡Mantén los guantes hacia adelante!
Paltio cerró los ojos, tratando de no pensar en la caída mortal que lo rodeaba.
Con un solo ojo entreabierto, murmuró: —Oh, por Avocios… Esto va a doler mucho si no me mata primero.
Justo cuando parecía que no llegaría, Golden usó su telequinesis para empujarlo suavemente hacia el aguijón.
Los guantes emitieron un brillo intenso antes de adherirse firmemente a la cola de la reina.
—¿Qué pasó?
—preguntó Paltio, abriendo los ojos de par en par al notar que estaba pegado al aguijón sin riesgo de caer.
—Bien hecho, chico.
Ahora escala —ordenó Golden.
—¿No me dijiste que estos guantes podían adherirse a las cosas?
—reclamó Paltio, todavía procesando lo ocurrido.
—Bueno, técnicamente no preguntaste —respondió Golden con un tono casual que dejaba entrever su diversión.
—¡Claro, porque no pensé que fuera relevante!
—gruñó el príncipe, aunque no perdió tiempo en empezar a subir.
Tragó saliva y comenzó a escalar lentamente, sintiendo cómo cada movimiento lo acercaba más al punto clave.
Finalmente, llegó a la parte superior de la cola de la reina.
Desde allí, Paltio levantó una ceja y miró hacia Golden.
—Y ahora, ¿qué sigue, Golden?
—Lo que debes hacer es levantar uno de los guantes —explicó Golden con urgencia—.
Luego, como si estuvieras cortando algo, bájalo hacia dónde estás montado.
En este caso, hacia el aguijón.
Paltio no dudó ni por un segundo.
Elevó su mano, adoptando una posición firme, como si fuera un cuchillo o estuviera a punto de ejecutar un golpe recto de karate.
Con determinación, bajó la mano con fuerza.
El guante comenzó a brillar intensamente, y al hacer contacto con el aguijón de la reina, lo cortó limpiamente, como si se tratara de una rebanada de pastel.
Mientras tanto, la reina seguía buscando frenéticamente entre los escombros.
—¡Oigan, mocoso!
¿Ya te moriste o aún puedo comerte?
¡No hay nada aquí!
—gruñó, moviendo furiosamente su látigo-antena mientras revisaba cada rincón.
De pronto, un grito desgarrador resonó en toda la caverna.
Era la reina, quien sintió un dolor insoportable recorrer su cuerpo.
Su rugido atronador se escuchó incluso más allá de la cueva, llegando hasta el exterior.
—¿Qué está haciendo ese muchacho?
—murmuró Toco-Toco mientras esquivaba a los guardias que lo perseguían.
Al oír el estruendo, todos los Curchacos que lo rodeaban detuvieron su persecución y giraron bruscamente hacia la dirección del grito.
—¡Oh, no!
No puedo dejar que interfieran miau; si lo hacen, el mocoso tendrá problemas… —pensó el gato rápidamente.
Con agilidad felina, se posicionó frente a los miles de Curchacos que corrían hacia donde estaba la reina.
—¡Son demasiados!
No voy a poder con todos… ¡Miau!
Pero puedo bloquearles el paso.
Espero que el chico pueda acabar con esa monstruosidad… —se dijo a sí mismo, tomando una decisión instantánea.
Sin perder tiempo, Toco-Toco sacó sus armas del cinturón y comenzó a atacar las rocas que formaban la entrada hacia la cámara de la reina.
Con movimientos precisos y rápidos, cortó la estructura, provocando un derrumbe espectacular que bloqueó completamente el acceso.
—Bien, con eso bastará —dijo el minino, satisfecho pero jadeante.
Sin embargo, antes de que pudiera relajarse, los Curchacos lo rodearon, mirándolo con furia.
—¡Pronto!
¡Maten a ese gato y luego limpiemos el camino!
¡Nuestra reina nos necesita!
—gritaron algunos de ellos, listos para el ataque.
Toco-Toco apretó los dientes, sabiendo que no tenía otra opción.
—Maldición… Después de todo, tendré que enfrentarme a ellos para ganar tiempo —pensó, poniéndose en guardia.
Sus ojos brillaron con decisión mientras evaluaba a sus enemigos.
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