Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 220

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Ultima Esperanza de Avocadolia
  4. Capítulo 220 - 220 Greedstorm
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

220: Greedstorm 220: Greedstorm “Bien, ya que te salió esa carta marcada con azul, es mi turno,” dijo Greedo mientras tomaba una carta del mazo.

“¡Oh!

¡Qué bien!

Me salió la carta con la marca verde,” anunció con un tono de fingida sorpresa.

Sin perder tiempo, sacó otra carta: “¡Excelente!

Otra vez una verde.” “¡Hey!

¡Estás haciendo trampa!” gritó Eveldow, furioso al ver cómo Greedo acumulaba cartas con el símbolo verde sin cesar.

“No lo creo,” respondió Greedo con calma, sonriendo con suficiencia mientras tomaba otra carta.

“Es solo que eres un mal perdedor…

y no tienes suerte.” “¡Es un vil engaño!” protestó Eveldow, su voz cargada de frustración.

Su mirada estaba fija en el mazo, como si esperara descubrir algún truco oculto.

“Bien, si tanto insistes en comprobar si hay trampas, toma una carta,” dijo Greedo, extendiendo el mazo hacia Eveldow.

Este lo tomó con desconfianza y, para su consternación, le salió nuevamente una carta que cambiaba el curso de la jugada.

“Ya ves, señor Eveldow, no estoy haciendo trampa,” dijo Greedo con una sonrisa triunfal.

Acto seguido, tomó otra carta y, como era de esperarse, obtuvo otra propiedad de alto valor.

Eveldow seguía teniendo sospechas; algo no cuadraba.

¿Cómo era posible que Greedo obtuviera tantas cartas valiosas consecutivamente?

“Pues estás haciendo trampa.

No sé cómo, pero lo haces,” acusó Eveldow, aunque sin pruebas contundentes para respaldar sus palabras.

Mientras tanto, Greedo pensaba para sí mismo, disfrutando de su ventaja oculta: Ese tonto sospecha, pero nunca sabrá.

Ni siquiera imagina que lo golpeo con mi poder “Pago Injusto”.

Puedo comprar cartas y siempre me tocarán las que yo quiera, cuando yo quiera.

“Mira, para que veas que todo está en orden y no hay trampas, haré que en estos monitores se muestren las cartas que tenemos cada uno.

Así podrás ver exactamente qué cartas poseemos hasta el momento,” propuso Greedo con aire confiado.

“Bien,” aceptó Eveldow, aunque con cierta resignación.

“Aunque eso de nada me servirá.” Unos monitores holográficos aparecieron flotando entre ambos, mostrando claramente las cartas en posesión de cada jugador.

Greedo tenía tres propiedades altamente valiosas, mientras que Eveldow solo contaba con tres propiedades bajas y dos cartas de rotación de sentido.

Quedaban 42 cartas disponibles en el mazo.

“Bien, perderé a propósito para que veas que no hago trampas,” declaró Greedo mentalmente con un gesto teatral.

Tocó el mazo y, como si estuviera siguiendo un guion perfecto, sacó una carta de rotación de sentido.

“¡Oh!

Veo que te toca a ti esta vez,” dijo, cediendo el turno con una sonrisa calculada.

Por dentro, Greedo estaba disfrutando del momento.

Sabía que este era el instante perfecto para activar su verdadero plan: usar su habilidad de “Sentido de la Avaricia” para tentar a Eveldow y hacerlo caer en una trampa aún mayor.

“Dígame, señor Eveldow,” comenzó Greedo, inclinándose ligeramente hacia adelante con una expresión intrigante.

“¿Cuán preciada es su vida?

Bueno, más específicamente, su reino después de la muerte.

Porque, siendo un espectro tan poderoso, no debería estar vagando por un castillo caído y putrefacto…

¿O me equivoco?” Hizo una pausa dramática antes de continuar: “Cuando puedo ofrecerle un gran castillo de oro.” Eveldow se detuvo justo antes de tomar otra carta, sus ojos centelleando con una mezcla de incredulidad y cautela.

Las palabras de Greedo resonaron en su mente, sembrando dudas y deseos que creía enterrados hacía mucho tiempo.

“¿Usted ofreciéndome un castillo a mí?

¿Por qué?” preguntó Eveldow, su voz cargada de escepticismo.

“¿Qué se trae entre manos?” “Qué perspicaz es usted,” respondió Greedo con una sonrisa calculada.

“Verá, puedo ofrecerle esas riquezas y mucho más.

Sé que usted ama las cosas brillantes…

Esas cosas que deslumbran y seducen.

Y yo se las puedo dar.” Hizo una pausa dramática antes de continuar: “A cambio, solo le pido que deje de apoyar a Paltio y sus amigos y se una a mi lado.” Greedo colocó un contrato sobre la mesa, sus ojos brillando con malicia mientras esperaba la reacción de Eveldow.

“¿Quiere que firme esto y me una a su equipo?” preguntó Eveldow, mirando el contrato con desconfianza.

“Así es.

¿No le parece un trato justo?” respondió Greedo, su tono fingidamente amable.

“¡Por supuesto que no me parece justo, tonto!” exclamó Eveldow, su voz resonando con indignación.

“Yo no vine por Paltio, sino por su alma.

Además, soy un ente poderoso.

Una vez que gane esta partida, volveré a ser el más poderoso.

Y yo no me inclino ante ningún amo.” “Vaya, vaya…

Parece que tiene un espíritu difícil de doblegar,” comentó Greedo con una risa ligera, aunque por dentro estaba molesto.

“De acuerdo, dejaré esa oferta en pie por ahora.

Piénselo bien.

La oferta expirará cuando la última carta salga del mazo.” “Patrañas,” murmuró Eveldow mientras tomaba otra carta del mazo.

Al revelarla, una sonrisa cruzó su rostro.

“¡Ah!

Una mediana.

Parece que mi suerte está cambiando.” Eveldow continuó sacando cartas, cada vez más emocionado.

La siguiente fue una carta alta.

“Nada mal,” comentó Greedo, manteniendo la calma por fuera, aunque por dentro su expresión era de creciente preocupación.

Observaba atentamente mientras, en las sombras, un pequeño demonio dorado manipulaba sutilmente las cartas a favor de Eveldow.

“¡Oh!

¡Otra alta!” exclamó Eveldow, tomando otra carta.

“Bien, creo que es mi turno,” pensó Greedo, haciendo un gesto casi imperceptible al demonio dorado.

Mientras tanto, otro diminuto demonio, invisible para Eveldow, comenzó a retirar discretamente algunas monedas de la mesa hacia las manos de Greedo.

“¡Bien!

Creo que estoy de suerte,” dijo Eveldow, emocionado mientras seguía sacando cartas que le favorecían.

“Estoy que echo humo.

La suerte volvió a mí.” En poco tiempo, Eveldow había acumulado un total de 6 cartas bajas, 5 medianas y 5 altas, mientras que Greedo solo tenía 3 cartas altas en su posesión.

Sin embargo, Greedo no parecía preocupado.

Por el contrario, una risa cómplice brotó de su interior mientras observaba cómo el demonio dorado trabajaba en secreto.

“Bien, ya te divertiste lo suficiente.

Ahora es mi turno,” murmuró Greedo para sí mismo.

Con un movimiento discreto, activó a un demonio diminuto que coloco la carta que le permitía cambiar el turno en la mano de Eveldow.

“Ahora me toca a mí,” declaró con una sonrisa triunfal.

Comenzó a tomar cartas del mazo, una tras otra.

En rápida sucesión, sacó cinco cartas medianas, cuatro altas y tres bajas.

Solo quedaban 18 cartas en el mazo: 1 carta de cambio de giro, 6 cartas bajas, 6 altas y 5 especiales que quitaban una carta y la devolvían al mazo para ser seleccionada al azar.

Greedo continuó con su turno, sacando cartas estratégicamente mientras observaba el marcador.

Las cifras estaban claras: Greedo tenía 8 cartas altas, 5 medianas y 3 bajas, mientras que Eveldow poseía 6 bajas, 5 medianas y solo 5 altas.

Quedaban apenas 15 cartas en el mazo.

“Ya que solo quedan 15 cartas, te propongo algo,” dijo Greedo con una sonrisa calculada.

“Una carta tú, luego una yo.

¿Te parece justo?” “Bien,” respondió Eveldow, aunque sus ojos brillaban con desconfianza mientras revisaba rápidamente sus propias cartas.

“¡Excelente!” exclamó Greedo, haciendo un gesto casi imperceptible hacia su mini demonio dorado, quien comenzó a moverse sigilosamente entre las sombras.

El reloj de arena seguía corriendo, cada grano cayendo como un recordatorio inexorable del tiempo restante.

Eveldow tomó una carta, pero esta vez le salió una opción especial: podía quitar una carta de su mano al azar y devolverla al mazo.

Una mano fantasmagórica emergió de la nada, eligió una de sus cartas altas y la colocó de vuelta en la baraja, que fue barajada inmediatamente.

Era el turno de Greedo, y, como si lo hubiera planeado, le salió precisamente la carta que Eveldow acababa de perder.

“¡Estás haciendo trampa, maldito!” gritó Eveldow, furioso al ver cómo sus posibilidades se desvanecían frente a sus ojos.

“No parece que la suerte esté de tu lado,” respondió Greedo con fingida inocencia, aunque su sonrisa era demasiado amplia para ser casual.

El juego continuó así por un rato, con Eveldow perdiendo lentamente todas sus cartas altas.

Finalmente, las cinco cartas altas que alguna vez poseyó estaban ahora en manos de Greedo.

Eveldow solo tenía cartas bajas, mientras que Greedo acumulaba 14 cartas altas.

Solo le faltaba una más para ganar, y en la mesa quedaban únicamente dos cartas.

“Mi oferta sigue en pie,” dijo Greedo, su sonrisa malévola iluminando su rostro.

“Únete a mí, y todo esto puede terminar.” “¡Todo es una trampa!” gritó Eveldow, frustrado y molesto por su derrota inminente.

No entendía cómo Greedo lograba manipular el juego tan hábilmente.

Entonces, antes de tomar una de las últimas cartas, decidió hacer algo inesperado: extendió su mano como si fuera a tocarlas, pero en lugar de eso, sintió una ligera brisa pasar entre ellas.

Algo no estaba bien.

Con determinación renovada, golpeó la mesa tres veces, fuerte y decidido.

En ese instante, el pequeño demonio dorado apareció frente a ellos, visible para ambos.

“¡Lo sabía!

¡Has estado haciendo trampa desde el comienzo!” acusó Eveldow, señalando al demonio con una mezcla de indignación y triunfo.

“¿Cómo?” preguntó Greedo, su tono ahora tenso, aunque aún intentaba mantener la calma.

“Recuerda que he vivido muchos años,” replicó Eveldow con frialdad.

“Y sé cómo convocar demonios en mi forma de espíritu.

Siempre has tenido el juego arreglado, maldito avaricioso y vil mentiroso.” Eveldow arrojó todas sus cartas sobre la mesa con un gesto de frustración.

Greedo, visiblemente molesto por la interrupción de su plan perfecto, soltó una carcajada burlona.

“¿Qué puedo decir?

Me gusta siempre ganar,” dijo con un tono arrogante mientras señalaba al pequeño demonio dorado que flotaba a su lado.

“Y estos pequeños demonios me ayudaron a lograrlo.” Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mientras disfrutaba del momento.

“Bien, ahora que has descubierto mi plan, ya no te queda mucho tiempo.

La muerte vendrá por ti,” declaró Greedo con frialdad.

De repente, un rugido ensordecedor resonó en el aire.

“¡Greedstorm!” grito.

En ese instante, el lugar se transformó en un caos absoluto.

Comenzó a llover monedas, pero no eran monedas comunes.

Al caer, desgarraban el acero como si fuera papel y perforaban la carne con una precisión brutal.

Eveldow gritó mientras las monedas impactaban contra su cuerpo, dejando heridas profundas que sangraban copiosamente.

Su figura espectral parecía tambalearse bajo el ataque implacable.

“¡Maldito seas!” gritó Eveldow, su voz llena de ira y dolor mientras trataba de protegerse del bombardeo letal.

“¡Ja, ja, ja!

Total, nunca dije que no se podía hacer trampa,” respondió Greedo con una risa estridente, disfrutando del espectáculo mientras observaba cómo las monedas desgarraban a su oponente.

Su expresión era una mezcla de sadismo y satisfacción, saboreando cada segundo de la agonía de Eveldow.

En otro lugar, Alita y Nakia se enfrentaban a unas copias idénticas de sí mismas, aunque estas versiones eran grises, sin vida ni brillo alguno.

Los reflejos hostiles resultaban ser igual de hábiles, replicando cada movimiento y habilidad con precisión inquietante.

“¡Son muy fuertes!” exclamó Alita mientras conjuraba un hechizo y lo lanzaba hacia sus adversarios.

Las copias grises respondieron al instante, bloqueando el ataque con un hechizo idéntico.

Cada intento de Alita y Nakia parecía inútil frente a la imitación perfecta de sus propias técnicas.

“Es inútil, muchachas,” dijo Envydas desde las sombras, su voz cargada de burla y suficiencia.

“No podrán contra mis reflejos hostiles.

Ya ríndanse y déjenme quedarme con sus cuerpos…

Y tú bello rostro, niña,” añadió, dirigiendo una mirada lasciva hacia Alita.

La risa de Envydas resonó en el aire mientras observaba cómo las dos, el ave y la chica luchaban desesperadamente contra sus propias imágenes distorsionadas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo