La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 221
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221: Caleidoscopio 221: Caleidoscopio Las copias grises de Alita y Nakia continuaban atacando sin descanso, sus movimientos tan precisos como los de las originales.
Las dos jóvenes luchaban con todas sus fuerzas, pero cada hechizo o ataque que lanzaban era bloqueado por sus adversarias, como si hubieran sido calcados exactamente de ellas mismas, como si una mano divina las hubiera creado a imagen y semejanza.
“¡Ja, ja!
No podrán contra esas copias tontas,” se burló Envydas desde las sombras, su voz cargada de malicia.
“Ya ríndanse y denme lo que yo ansío.” “¡Nunca, mujer loca!” gritó Alita mientras lanzaba otro ataque mágico.
Pero, como siempre, la copia gris repelió el hechizo con facilidad.
El cansancio comenzaba a notarse en los rostros de Alita y Nakia, cuyas respiraciones entrecortadas y gotas de sudor las delataban.
Por el contrario, las copias permanecían imperturbables, sin una sola señal de fatiga en sus inexpresivos rostros.
“¡Rayos!” exclamó Nakia, frustrada.
“No puede ser que no podamos acabar con estas cosas.
Es como si nos reflejáramos en un espejo y este fuera el resultado.” Con un grito de determinación, lanzó varias plumas mágicas que se convirtieron en fuego al contacto con el aire.
Sin embargo, su clon neutralizó el ataque con el mismo movimiento, como si supiera de antemano lo que iba a hacer.
“Un espejo…” murmuró Alita de repente, su mente trabajando rápidamente.
Observó los espejos dispersos por la habitación y sus ojos brillaron con una idea.
“Eso es…
Quizás pueda funcionar.” “Sígueme,” dijo Alita a Nakia, quien asintió sin dudarlo ni por un segundo.
Sabía que la joven era inteligente y audaz, y confiaba plenamente en su plan.
Ambas dejaron de atacar a sus respectivas copias, aunque estas continuaron lanzando ataques sin piedad.
“¡Rápido, ven conmigo!” gritó Alita mientras corrían hacia uno de los espejos cercanos.
Cuando llegaron, se posicionaron frente a él justo cuando las copias lanzaron otro hechizo directamente hacia ellas.
Alita le lanzó una mirada rápida a Nakia, y ambas saltaron hacia lados opuestos.
El ataque impactó contra el espejo, que comenzó a brillar intensamente.
Luego, como si el objeto tuviera vida propia, devolvió el hechizo con el doble de fuerza hacia quienes lo habían lanzado.
Las copias recibieron el impacto directamente y fueron destruidas en un instante, desvaneciéndose en partículas grises.
“Nada mal, chicas.
Bien jugado,” comentó Envydas con una sonrisa aparentemente complacida, aunque por dentro sentía una molestia ardiente, como una envidia corrosiva que le quemaba el alma.
“Usaron mis espejos a su favor,” reconoció Envydas, su voz ahora más fría.
“Pero eso no volverá a suceder.” Con un gesto de su mano, levantó todos los espejos de la habitación y los fusionó en una pequeña esfera brillante.
“Veamos si pueden con esto.” Lanzó la esfera hacia ellas.
A medida que avanzaba, comenzó a crecer rápidamente, emanando energía oscura y transformándose en un manto que cubrió a Alita y Nakia por completo.
Envydas observó cómo la esfera se convertía en un tubo gigantesco, pero en lugar de tener tres caras reflectantes, contaba con infinitos espejos en su interior.
Cada uno mostraba imágenes hipnotizantes, como mándalas giratorios que parecían absorber la atención de quien las mirara.
“Ya que veo que la fuerza no funciona,” dijo Envydas, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa, “ahora usaré sus sentimientos.” Alita y Nakia estaban atrapadas en un mundo de colores hipnotizantes que danzaban frente a sus ojos, como si las transportaran a otro lugar, lejos de la realidad.
De pronto, un prisma divisorio surgió entre ellas, separándolas y lanzándolas a lugares distintos.
Alita despertó del trance cuando, de entre los colores brillantes, emergieron figuras familiares que se acercaron lentamente hacia ella.
“Así que eres una maga,” dijo una voz severa.
“¿Pero qué clase de tonta maga eres?
Debías sacar buenas notas y ser un ejemplo para tus hermanos…
¿Y qué hiciste?
Te juntaste con unos inútiles como Paltio y Ron, y mira a dónde te trajeron: a un sitio peligroso, un lugar que no es para una señorita.” Las figuras comenzaron a transformarse en versiones distorsionadas de sus padres, cuyas voces cargadas de reproche resonaban como ecos dolorosos.
“Esto no está pasando,” murmuró Alita, tratando de convencerse a sí misma.
“Ustedes no son reales.” “¿Cómo que no somos reales?” respondió su madre con un tono cortante.
“¿Y cómo que no estamos aquí?
Estamos en casa, y aquí se siguen nuestras reglas.” El entorno cambió abruptamente, y Alita se encontró de vuelta en su hogar, rodeada por la familiaridad sofocante de las paredes de su habitación.
“Claro, esto es una ilusión,” pensó, intentando mantener la calma.
Pero antes de que pudiera racionalizarlo, su madre le dio una fuerte cachetada que la hizo tambalear.
“¡Debes entrar en razón, hija!” exclamó su madre con furia.
“¿Acaso crees que nos sacrificamos por ti para que te comportes así?
¡Yéndote de aventurera, como una vagabunda!” “Es verdad,” añadió su padre con desdén.
“No queremos que estés con esos vagos, aunque uno de ellos sea el príncipe.
¡Y quítate esa ropa!
Esa ropa es de paganos e inútiles de nuestro lugar de origen.
Nosotros no somos magos; somos gente decente.
Así que ve a estudiar a tu cuarto.” Alita intentó resistirse, pero la presión de la autoridad parental fue abrumadora.
Con el corazón pesado, subió las escaleras hacia su habitación.
Una vez allí, varias versiones de ella misma, cada una de un color diferente, comenzaron a surgir de las sombras.
Cada una la menospreciaba con palabras crueles: “Eres una tonta.
¿Cómo puedes hacer caso a tus padres?
Eres un mal ejemplo.
Eres débil.
No tienes futuro.” Cada voz era como un golpe directo a su autoestima.
Alita se encogió poco a poco, colocándose en posición fetal mientras las palabras la aplastaban emocionalmente.
Su mente comenzó a llenarse de dudas, absorbiendo cada crítica como si fuera verdad.
Sentía que todo lo que había hecho estaba equivocado, que nunca sería suficiente.
Envidiando la vida libre que tenían sus amigos.
En otro lugar dentro del caleidoscopio, Nakia enfrentaba una situación igualmente perturbadora.
“Hola, hola,” dijo una voz conocida pero cargada de frialdad.
“¿Señora Meliradal?
¿Qué hace aquí?” preguntó Nakia, confundida al ver a su mentora aparecer frente a ella.
“¿Qué hago aquí?
Pues buscándote, tonta e insensible ave maleducada.
¿Quién te dijo que podías escapar y andar sola sin mi permiso?” respondió Meliradal con un tono cortante que Nakia jamás había escuchado antes.
“Pero usted me dio permiso,” replicó Nakia, desconcertada.
“Incluso me dijo que entrenara a la muchacha llamada Alita.” “¿Cuál Alita?
¿Esa cosa que está por allá?” Meliradal señaló lo que parecía ser el traje de Alita, ahora reducido a cenizas.
“¿Qué pasó aquí?” preguntó Nakia, horrorizada.
“Ya ves, es tu culpa por no cumplir con una simple orden.
Dejaste que la niña muriera,” dijo Meliradal con un tono frío y despectivo.
“Eres un ave inútil.
Regresa a tu jaula.” “Pero…
¡pero ella estaba viva hace unos instantes!” protestó Nakia, aunque su voz temblaba de angustia.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos mientras miraba las cenizas del traje de Alita, como si fuera una prueba irrefutable de su pérdida.
El peso de la culpa la aplastaba.
“Entra de una vez en tu jaula como castigo, y no saldrás,” ordenó Meliradal con firmeza.
Nakia, abrumada por la tristeza y la confusión, obedeció lentamente y se metió en la pequeña jaula.
Pero antes de que pudiera cerrar completamente la puerta, varias versiones de ella misma, cada una de un color diferente, emergieron de las sombras.
Con voces crueles y burlonas, comenzaron a atacarla emocionalmente: “Eres una tonta.
¿De verdad creías que podías ser una maestra?
Solo das lástima y pena ajena.
No deberías estar con la señora Meliradal.
No sabes nada de la magia, tonta.” Cada palabra era como un golpe directo a su autoestima, generando envidia en su ser hacía el mundo libre en el que podía volar y no encerrada en una jaula.
Al principio, Nakia intentó convencerse de que todo esto no era real, pero las voces de sus otros yo la hundían cada vez más en un mar de tristeza y culpa.
Su mente comenzó a desmoronarse mientras absorbía las críticas como si fueran verdades absolutas.
Desde las sombras, Envydas observaba con una sonrisa satisfecha.
“Vaya, vaya…
Parece que debí empezar con esto desde el principio,” murmuró para sí misma, disfrutando del espectáculo.
“Están perdiendo las ganas de combatir.
Los ecos del fracaso hacen que sus autoestimas bajen drásticamente.
Ya no faltará mucho para que pierdan la razón y me supliquen que acabe con ellas.” Mientras tanto, Mok y Geki luchaban contra un dilema aparentemente imposible.
Cada vez que intentaban atacar a Pridel, el daño recaía inevitablemente sobre el otro.
Ni los ataques físicos ni las armas mágicas de Geki podían romper ese ciclo destructivo.
“¡Ya sé!” exclamó Geki de repente, con una chispa de determinación en sus ojos.
Rápidamente creó un escudo frente a ellos y miró a Mok.
“Tengo un plan.” Ambos intercambiaron una mirada cargada de decisión.
Sabían que no había otra opción.
Sin decir más, Mok corrió hacia Pridel, con Geki montado en su hombro.
“¿Otra vez van a querer golpearse?” preguntó Pridel con una sonrisa burlona, seguro de su ventaja.
Pero esta vez fue diferente.
Cuando Mok lanzó un puñetazo directo hacia Pridel, Geki activó el escudo justo antes de que el ataque rebotara hacia él.
El impacto, en lugar de herir a Geki, rebotó contra el escudo y golpeó directamente el rostro de Pridel con una fuerza devastadora.
“Pero ¿cómo…?” balbuceó Pridel, tocando una pequeña hendidura en su mejilla.
Era la primera vez que su técnica fallaba, y la sorpresa en su rostro era evidente.
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