La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 225
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225: La Ultima Voluntad de Avocios 225: La Ultima Voluntad de Avocios “¡Tú no me harás nada!” dijo Toco-Toco con firmeza mientras detenía los ataques del Gibrido con sus propias manos.
Con un movimiento rápido, lanzó al monstruo por los aires.
Este cayó sobre una enorme roca cercana, partiéndola en dos con el impacto devastador de su cuerpo.
El Gibrido se levantó nuevamente, sus ojos llenos de odio, mientras gruñía con furia.
Su amo, Meloc, le había ordenado regresar al combate y acabar de una vez con su enemigo.
Con mayor confianza, Toco-Toco miró directamente al monstruo frente a él.
“No hagas nada y ríndete,” le indicó con calma.
“Acabaré contigo de una forma pacífica.” Pero la bestia ignoró sus palabras y solo respondió con gruñidos cargados de rabia.
“Bien…
entonces sufrirás,” dijo Toco-Toco serenamente, aunque su mirada era tan intimidante que habría hecho temblar a cualquiera.
Sin embargo, la bestia, movida por instinto asesino, seguía decidida a aniquilarlo a toda costa.
El felino lanzó un puñetazo directo al estómago del Gibrido.
A pesar del pelaje de zorro que actuaba como una armadura protectora, el golpe fue tan poderoso que dejó sin aire al monstruo.
Este cayó de rodillas, pero aun así gruñía con fiereza, negándose a rendirse.
La bestia intentó contraatacar con su enorme cola de lagarto, lanzándola hacia Toco-Toco con la fuerza de una bola de demolición.
Sin embargo, el felino desplegó sus enormes garras doradas y cortó la cola como si fuera mantequilla.
Un grito de dolor resonó en el campo de batalla mientras la bestia caía arrodillada frente a Toco-Toco.
Pero incluso herida, no se rendía.
Intentó usar sus alas para generar un ciclón devastador, pero antes de que pudiera completar el ataque, Toco-Toco sacó sus sais, que se transformaron en enormes espadas relucientes.
Con un par de movimientos precisos, cercenó las alas del monstruo.
La bestia volvió a gritar de agonía, ahora completamente vulnerable.
Desesperada, lanzó sus manos, que se transformaron en bocas de lobo y lagarto respectivamente, tratando de devorar al felino.
Pero Toco-Toco detuvo el ataque con facilidad, forzando a las extremidades a volver a su forma original de manos.
“¿Pero qué clase de poder es ese que tiene el gato?” gritó Meloc, furioso al ver cómo su creación estaba siendo derrotada.
Toco-Toco, con una expresión seria, miró directamente a los ojos de la bestia.
“Lo siento,” dijo con voz calmada pero firme.
“Tú no tienes la culpa de estar aquí, pero es momento de acabar con tu sufrimiento.” Mientras observaba a la criatura, las palabras de Avocios resonaron en su mente.
Un recuerdo vívido vino a él: “Ese monstruo que tienes enfrente es una abominación, una creación de Meloc hecha con las partes de mis guerreros.
Las patas de tu padre, la cola y el brazo del general tortuga-lagarto, el otro brazo del general siberiano, las alas del general, garza, el pelaje del torso del general zorro y la cabeza de mi sexto guardián, Maggus.
Ese maldito científico no tiene respeto por la naturaleza ni por los muertos; creó una quimera con partes de todos los que alguna vez conocí…” Avocios hizo una pausa antes de añadir, con tristeza: “Y lo peor no termina ahí…
El cerebro de tu padre es el que está en esa criatura.” “¿El cerebro de mi padre?” murmuró Toco-Toco, horrorizado.
La ira comenzó a arder dentro de él.
“Ese malnacido…
No solo usó las piernas de mi padre, sino que también tomó su cerebro.” “Es por eso que el alma de tu padre no puede descansar en paz,” dijo Siri, la madre de Toco-Toco, con voz suave pero cargada de tristeza.
“Por eso no puedo encontrarlo.” “No se preocupen.
Yo acabaré con él y vengaré a mi padre y a los caídos,” respondió Toco-Toco con determinación férrea, sus ojos brillando con una mezcla de ira y dolor.
“Entonces debes usar el poder de la familia,” le indicó Siri, recordándole el propósito del medallón.
“Es la única forma.” Toco-Toco miró al Gibrido frente a él, cuyos ojos comenzaron a brotar lágrimas involuntarias, como si el espíritu de su padre luchara por liberarse dentro de esa abominación.
“Es momento de acabar con esto,” murmuró el felino con calma.
“¿No es así, padre?” Con un movimiento rápido, lanzó un poderoso ataque que emanaba de sus puños, envolviendo al monstruo en una luz abrasadora.
El cuerpo del Gibrido se desintegró en partículas de polvo frente a sus ojos.
“Descansa, padre,” dijo Toco-Toco en voz baja mientras levantaba la mirada hacia el cielo.
Allí, vio a su madre y, por fin, a su padre juntos nuevamente.
Ambos le sonreían con ternura antes de comenzar a desvanecerse lentamente.
“No sin antes decirte…
gracias, hijo.
Sigue adelante,” dijo la voz de su padre, resonando como un eco cálido en su mente.
Pero no solo ellos dos estaban presentes.
Las almas de aquellos que habían sido usados para crear la quimera también aparecieron, envueltas en una luz suave y reconfortante.
Cada uno de ellos le dedicó una última sonrisa, transmitiéndole fuerza y ánimo para continuar su lucha.
Era como si todos los guardianes caídos, los generales y los protectores que alguna vez defendieron el mundo, estuvieran uniéndose en ese momento para darle aliento.
“Gracias…
Gracias a todos ustedes,” murmuró Toco-Toco, sintiendo cómo sus corazones se conectaban con el suyo.
La calidez de su presencia lo llenó de determinación renovada.
No solo peleaba por él o por Paltio; ahora llevaba consigo la voluntad de todos aquellos que habían dado todo por proteger este mundo.
Con una última reverencia hacia el cielo, Toco-Toco cerró los ojos por un instante, absorbiendo la fuerza que le habían otorgado.
Cuando los abrió nuevamente, su mirada estaba decidida.
Sabía que aún quedaba mucho por hacer, pero ya no estaba solo.
“Bien, ahora a lo que venimos,” dijo Toco-Toco, girándose hacia Milko.
“Sí,” respondió Milko con urgencia.
Ambos avanzaron rápidamente hacia el cuerpo inerte de Paltio.
El tiempo corría en su contra.
“No hay mucho tiempo,” murmuró Toco-Toco mientras sentía cómo la presencia vital de Paltio se desvanecía poco a poco.
“¡Pero!
¡qué hacen, par de inútiles!” gritó Urugas, furioso, dirigiéndose a Tertrol y Meloc.
“¡Vayan tras ese gato!
¡No debe llegar hasta el mocoso!” Tertrol y Meloc intercambiaron miradas, impresionados por el poder demostrado por Toco-Toco.
Dudaban de querer enfrentarlo después de ver cómo había derrotado al Gibrido sin esfuerzo aparente.
Mientras ellos vacilaban, Toco-Toco llegó al cuerpo inerte de Paltio.
Sacó la Esfera del Deseo de entre su cinturón y la colocó sobre el pecho del joven.
Sin embargo, nada ocurrió.
La esfera no brilló ni mostró señales de vida.
“¿Pero?
¿qué pasa?” murmuró Toco-Toco, moviendo la esfera de diferentes formas.
Incluso la colgó alrededor del cuello de Paltio, pero seguía sin reaccionar.
“¡Ja, ja!” rio Urugas con malicia.
“Al parecer, el poder del tonto de Avocios ya no es tan fuerte como para cumplir deseos.
¿Qué esperabas?
Todo tiene un límite.” Tertrol y Meloc, viendo a Urugas reír, decidieron seguirle el juego.
Se cruzaron de brazos, disfrutando del espectáculo de frustración.
“No sé por qué me preocupé tanto pensando que revivirían al mocoso,” continuó Urugas con arrogancia.
“Ya no hay salvación para él.
Una vez que esta batalla termine, contaminaré este universo.
No habrá lugar que no sucumba ante mi poder.
Tal vez incluso libere lo que queda de mi esencia de RULER, la cual está escondida en manos de uno de los hermanos de Avocios.” “¡Sí!
Ya pronto todo está saliendo como quiero,” se dijo a sí mismo Urugas, sumido en su propia ambición y satisfacción.
“Lo siento, pero eso no sucederá,” dijo Avocios mientras descendía lentamente de la nube creada por Meliradal.
Su figura, aunque imponente, mostraba signos evidentes de debilidad.
“¡Tú, inútil!
¿Qué vas a hacer?
Ya no tienes poder.
Solo mírate…
¡Eres inservible!
Y quizá pronto morirás,” se burló Urugas con desdén.
“Yo he ganado, y pronto todos sucumbirán ante mí.” Una carcajada malévola resonó en el aire, cargada de arrogancia y triunfo.
“Es mejor que te des por vencido, Avocios.
Ya no eres nadie.
Ni siquiera eres lo que alguna vez fuiste como tus hermanos…
Ya no eres nada,” añadió Urugas con crueldad, disfrutando de su aparente victoria.
“Eso es lo que piensas,” respondió Avocios casi en un susurro, dando pasos vacilantes hacia donde estaba Paltio.
Con cada avance, parecía que su cuerpo luchaba contra el peso de su propia existencia.
“Escúchame, Toco-Toco,” dijo Avocios a través del enlace mental.
“Llévame donde está el muchacho.
Es mi última voluntad.” “Por favor…
Es mi última voluntad,” repitió Avocios con voz débil pero firme.
Toco-Toco, en su nueva forma imponente, se movió como un rayo y recogió cuidadosamente al ente supremo, llevándolo junto al cuerpo inerte de Paltio.
“¿Pero?
¿qué haces, viejo ente?
Ya no puedes hacer nada.
Incluso ahora usas la ayuda de tus peones del juego.
Qué patético…
Tan bajo has caído.
¡Muérete de una vez!” gritó Urugas desde su posición, su rostro lleno de furia.
“¡Ese mocoso no vivirá!” A menos que…” La expresión de Urugas cambió repentinamente de satisfacción a molestia.
“¡No me digas que vas a hacer eso, viejo ente!” exclamó con rabia.
“¡Vayan!
¡Deténganlo!” ordenó a Tertrol y Meloc.
“¿Por qué, señor?” preguntaron ambos, confundidos.
“¡Solo háganlo!” rugió Urugas con una mirada de ira.
Avocios respiró profundamente y habló a través del enlace mental, su voz resonando en la mente de todos: “Todos me escuchan: mis guardianes, amigos de Paltio, seres de este mundo.
Les habla Avocios, su creador.
Por favor, sigan adelante y peleen por sus vidas, peleen por su mundo, algo que yo no pude hacer.
Lo siento de verdad.
Voy a depositar toda mi confianza en este muchacho llamado Paltio.
Sé que es egoísta dejarle toda la responsabilidad a alguien, pero me siento impotente.
Mi luz ya se está agotando.
Solo él experimentará todo el caos que quedará en mi ausencia, pero sé que tiene buenos amigos y gente que lo apoya y quiere.
Algo que yo no pude hacer estando ausente, además de ser atrapar por el enemigo.” Hizo una pausa, como si buscara fuerzas para continuar.
“Doy gracias de haberlos creado a todos ustedes, a este mundo.
No me arrepiento de nada, solo de no haberlos conocido a cada uno, algo que este chico hizo y por lo cual dio su vida con tal de salvar su reino y no solo su reino sino el mundo.
En el camino, unió a las diversas personas de los rincones más remotos de este mundo.
Sé que ustedes podrán llevar la paz a este mundo y detener el mal.
Confió en ustedes para que lo apoyen.” Con esas palabras, Avocios colocó su mano sobre la Esfera del Deseo y miró el cuerpo de Paltio con ternura.
“Muchacho, en ti confío,” murmuró con voz suave pero cargada de convicción.
En ese instante, una luz cegadora comenzó a envolver tanto al joven como al ente supremo, irradiando una energía que parecía vibrar en el alma de todos los presentes.
“¡Sí!” gritaron todos al unísono, sus voces llenas de determinación renovada.
“¡Lo haremos!” Incluso Golden, quien aún estaba exhausto tras su enfrentamiento con los Tropogax, logró levantar lentamente una mano desde el suelo, como si quisiera alcanzar a su creador por última vez.
A pesar de su debilidad, sus ojos reflejaban una mezcla de gratitud y dolor ante las palabras de Avocios.
“Eso es bueno, hijos míos,” dijo Avocios con una sonrisa apenas perceptible, sus rasgos iluminados por la luz que lo consumía poco a poco.
Sus últimas palabras resonaron en el aire mientras su figura comenzaba a disolverse: “Adiós…” Pero entonces, Golden comprendió lo que estaba sucediendo.
Su rostro se descompuso en una mueca de horror.
“¡Espere!
¡No va a hacer lo que pienso!” gritó, su voz quebrándose por la angustia.
“¡No, señor!
¡No!” exclamó Golden desesperadamente, poniéndose de pie con dificultad.
Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras veía cómo la luz envolvía completamente a Avocios, llevándoselo para siempre.
Su cuerpo temblaba, no solo por el cansancio físico, sino por el peso emocional de perder a su creador frente a sus propios ojos.
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