La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 228
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- Capítulo 228 - 228 El Camino de Lava
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228: El Camino de Lava 228: El Camino de Lava “¿Qué imposible?
¿Cómo se pudieron liberar de mis engendros de fuego?
¡Nadie nunca ha podido hacer eso!” rugió Rageret, su voz cargada de furia mientras sus ojos ardían con un brillo aún más intenso que antes.
“Entonces son dignos, ¿eh?” continuó, volteando lentamente hacia ellos.
“No lo creo.
Voy a molerlos a golpes a ver si eso les enseña.” “No lo creo,” respondieron Chiki y Ron al unísono, lanzándose hacia él con puños directos al abdomen.
El impacto fue brutal.
Rageret salió despedido hacia una especie de estructura hecha de magma y tierra, estrellándose con fuerza.
Aunque rápidamente se puso de pie, sacudiéndose el polvo incandescente de su cuerpo, su expresión seguía siendo arrogante.
“Ya les dije que sus ataques no me hacen daño,” declaró con desdén.
“Pero admito que ambos me atacaron juntos, y eso solo alimenta mi ira y mi fuerza.” Sin embargo, justo después de pronunciar esas palabras, una punzada de dolor comenzó a extenderse desde el lugar donde le habían golpeado.
Rageret gruñó, desconcertado.
“¿Cómo pueden dañarme?
Se supone que la ira entre ellos dos debería darme el poder de ser invencible,” se dijo a sí mismo, frunciendo el ceño mientras trataba de comprender lo que estaba ocurriendo.
“A menos que…” Antes de que pudiera terminar su pensamiento, Chiki y Ron aprovecharon el momento para acercarse nuevamente y lanzar una serie de golpes certeros.
“¡Vamos a ver si esto te arregla, inútil!” gritó Chiki mientras ambos descargaban una lluvia de puñetazos y patadas sin darle tiempo a recuperarse.
Golpe tras golpe, Rageret sentía cómo su cuerpo cedía ante la presión.
Finalmente, Chiki lanzó una potente patada que lo envió volando nuevamente, levantando una gran polvareda al impactar contra el suelo.
Rageret se levantó tambaleante, su cuerpo aún recuperándose del impacto de los ataques.
Con un gesto brusco, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano, dejando un rastro de sangre oscura que contrastaba con su piel ardiente.
Su mirada, llena de confusión y rabia contenida, recorrió el campo de batalla mientras trataba de comprender lo que estaba ocurriendo.
Dentro de su dominio, siempre había sido invencible.
Se alimentaba de la ira y el odio que emanaban aquellos atrapados en su reino, convirtiendo esas emociones en poder puro que fortalecía su forma demoniaca.
Pero ahora…
algo había cambiado.
Frunció el ceño al darse cuenta de que ya no sentía esa corriente constante de furia fluyendo hacia él.
Era como si sus enemigos hubieran encontrado una manera de escapar de su control, de apagar el fuego interno que solía consumirlos.
“¿Qué está pasando?” se preguntó en voz baja, su tono oscilando entre la incredulidad y la frustración.
“¿Por qué no funciona?
¿Cómo pueden resistirse a mi poder?” Su respiración se aceleró mientras la rabia comenzaba a crecer dentro de él, pero incluso ese sentimiento parecía distinto esta vez.
Era más caótico, menos controlado.
Por primera vez en mucho tiempo, Rageret sintió una punzada de incertidumbre.
“Entonces es cierto…
Algo cambió en ustedes.
Ya no siento la furia e ira que antes me alimentaba,” murmuró para sí mismo, procesando lo que estaba sucediendo.
“Por eso sus ataques ahora me están haciendo daño.
Pero, ¿qué fue lo que pasó?” Se detuvo por un momento, como si intentara encontrar sentido a lo inexplicable.
Sin embargo, pronto recuperó su arrogancia con una sonrisa torcida.
“Vaya, vaya…
Es la primera vez que alguien me golpea de esa forma,” admitió, aunque su tono seguía siendo desafiante.
“Eso quiere decir que son fuertes…
¡Pero no tanto como yo!” Con un grito ensordecedor, Rageret invocó el poder del demonio de la ira.
Su cuerpo comenzó a mutar rápidamente.
Enormes manos rojas con dedos largos y uñas afiladas emergieron de sus brazos, plumas negras cubrieron su rostro adoptando la forma de un león, pero con ojos grandes y penetrantes como los de un búho.
Su cuerpo adquirió un tono amarillo oscuro casi ámbar, mientras sus piernas se alargaban y se oscurecían, terminando en garras afiladas.
Para completar su transformación, una cola de león surgió de su espalda, moviéndose con agresividad.
“¿Qué es esa cosa horrenda?” exclamó Ron, retrocediendo instintivamente ante la nueva apariencia de su enemigo.
“¡Pagarán caro su osadía!
¡Y volveré a alimentarme de su ira!” declaró Rageret con una voz distorsionada y demoniaca.
Sus enormes manos de color rojo brillante comenzaron a golpear el suelo con fuerza devastadora, causando grandes temblores que hicieron crujir la tierra bajo sus pies.
Lava empezó a brotar desde las grietas que se abrían en el suelo, extendiéndose rápidamente por todas partes.
“¡Veamos si ustedes pueden ganarme antes de morir quemados!” rugió Rageret, su figura demoniaca imponente bajo el resplandor infernal de la lava.
“¿Qué?
¿En serio?
¡Vamos a morir!” exclamó Ron con pánico, retrocediendo mientras observaba la figura imponente de Rageret avanzar hacia ellos.
“¡Tranquilo!” respondió Chiki, lanzándole una patada en la cara a Ron para calmarlo.
“No vamos a morir.
Debemos acabar con este sujeto de una vez.
Ya nos dijeron qué debemos hacer para derrotarlo.
Es hora de que uses tu artillería pesada, muchacho,” añadió con firmeza.
“¡Eso me hubieras dicho antes y no haberme pegado!
¡Eso dolió!” protestó Ron, frotándose la mejilla adolorida.
Estuvo a punto de llamarlo “perro pulgoso”, pero frenó sus palabras justo a tiempo al ver que las garras del demonio se dirigían directamente hacia él.
Ron esquivó el enorme brazo de Rageret con un salto desesperado.
Mientras tanto, Chiki se abalanzó sobre el demonio, lanzando una patada certera contra su brazo.
Sin embargo, al contacto, sintió cómo su pata comenzaba a quemarse.
“¡Auch!” exclamó Chiki, sacudiendo rápidamente su pata herida.
“Será mejor no tocar sus brazos o manos; parecen emanar fuego puro,” advirtió mientras soplaba suavemente sobre la quemadura.
“Entonces, ¿qué hacemos?” preguntó Ron, mirando ansioso a su maestro.
“Lo que te acabo de decir, mocoso… digo, muchacho.
Usa tu arma secreta.
Yo lo detendré,” indicó Chiki con determinación.
“Bien,” respondió Ron, cerrando los ojos para concentrarse.
Reunió energía en su cuerpo, aunque no pudo evitar murmurar: “Quería guardar esto para que los otros me tuvieran admiración y vieran lo genial que soy.
Pero si no hago algo, ese fuego nos quemará vivos y no podremos salir de aquí.” Mientras tanto, Chiki continuó enfrentándose al demonio.
En su forma de lobo rojo, saltaba y brincaba ágilmente, esquivando cada golpe cargado de ira agresiva que amenazaba con quemar todo a su paso.
“Debo tener cuidado,” pensó Chiki mientras mantenía la distancia.
“¡Apúrate, muchacho!” gritó a Ron, quien aún estaba concentrado en acumular energía.
Chiki aprovechó un descuido de Rageret para saltar sobre sus enormes piernas peludas, escalando rápidamente hacia arriba.
“Quizás si llego hasta la cabeza, Ron no necesitará transformarse,” pensó mientras se aferraba con sus garras para evitar caer.
El lobo sacó sus garras afiladas para escalar más rápido, pero Rageret lo detectó de inmediato.
“¿Qué haces, tonto animal?
Lo que sea que intentes, no te servirá,” rugió el demonio con una voz distorsionada y amenazante.
De repente, de los ojos de Rageret emergieron rayos láser que persiguieron a Chiki por todo su cuerpo.
Los rayos impactaban en la bestia, pero no parecían causarle daño alguno.
“¡Maldición!
Con los brazos de fuego de esta criatura ya bastaba, ¿y ahora tengo que escapar de unos rayos láser?” se quejó Chiki mientras saltaba de un lado a otro, aferrándose con sus garras para mantenerse fuera de peligro.
Finalmente, llegó al pecho del demonio.
Decidido, invocó sus guantes de boxeo, apareciendo unos guantes azules brillantes en sus puños.
“¡Toma esto, maldito demonio!” gritó Chiki mientras se iluminaba con un haz de luz y lanzaba un poderoso salto hacia la cabeza del enemigo.
“¡CHIKI PUNCH!” rugió mientras liberaba un ataque devastador directo hacia la cara del demonio, justo en sus ojos.
El impacto fue tan fuerte que repelió el rayo láser con su propio poder, causando que Rageret se tambaleara de dolor.
“¡Maldito perro!” rugió Rageret, su voz cargada de ira mientras sus enormes ojos ardían con furia ciega.
“Bien,” murmuró Chiki para sí mismo, aprovechando el momento para tomar impulso y escalar aún más rápido hacia la piedra incrustada en la cabeza del demonio.
Estaba a punto de alcanzarla cuando, de repente, algo lo aplastó brutalmente.
Las manos del demonio lo habían atrapado como si fuera un simple mosquito, cerrándose sobre él con una fuerza devastadora.
Luego, una de las manos de Rageret aprisionó a Chiki con firmeza, dejándolo completamente inmovilizado.
“No necesito mis ojos para ver,” declaró Rageret con arrogancia, sosteniendo al lobo rojo entre sus garras ardientes.
Chiki gritó de dolor mientras el impacto y la presión le comprimían el cuerpo.
Era evidente que no podría escapar fácilmente esta vez.
“Ahora pagarás tu osadía, tonto perro,” continuó el demonio, su voz resonando como un eco maligno.
“Serás incinerado antes de que este lugar se llene de fuego.
Pero siente alivio, porque será por mi propia mano.” El brazo del demonio comenzó a calentarse rápidamente, emanando un brillo rojizo intenso.
Pronto, la mano que sujetaba a Chiki parecía estar hecha de lava pura, quemando al lobo de inmediato.
“¡No…ooo!” gritó Ron desesperadamente al ver cómo su maestro era sometido a ese tormento infernal.
Su voz estaba llena de angustia y horror ante la escena.
“Ja, ja,” se burló Rageret, riendo con crueldad mientras observaba cómo el cuerpo de Chiki se calcinaba bajo el calor abrasador.
“Estúpido animal.
Esto es lo que pasa cuando desafías a alguien superior.” La risa estruendosa del demonio llenó el aire, mezclándose con los gritos agonizantes de Chiki.
Parecía que todo había terminado para el valiente lobo rojo.
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