La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Chau Chau Cucarachas
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23: Chau, Chau Cucarachas 23: Chau, Chau Cucarachas La reina lanzó un grito de dolor que resonó por toda la caverna, aunque ni siquiera ella entendía qué estaba pasando.
Sentía un ardor intenso, una agonía que no podía explicar.
Desesperada, comenzó a golpearse contra las paredes de la cueva, tratando de aliviar el sufrimiento.
Finalmente, abrió los ojos y vio algo que la llenó de furia: frente a ella, en el suelo, estaba la parte trasera de su cuerpo, donde antes se encontraba su aguijón.
Estaba cubierta de un líquido verde brillante, y de entre los escombros emergió una pequeña silueta cubierta del mismo fluido viscoso.
—¡Tú, maldito mocoso!
—rugió la reina con una mezcla de odio y asco—.
¡Pensé que estabas muerto!
¿Cómo osas destruir mi preciada fábrica de Curchacos?
Paltio hizo una mueca de repulsión mientras trataba de limpiarse el líquido verde que le cubría la cara y el cuerpo.
—¡Qué asco!
Esto debe ser su sangre… Y ahora estoy lleno de esto por todas partes —dijo escupiendo, tratando de quitarse el sabor amargo de la boca.
Golden observó la escena desde la conexión mental con Paltio.
—Veo que ella no puede regenerar su aguijón —comentó pensativo—.
Eso es excelente.
Es hora de acabar con ella.
La reina, ahora más furiosa que adolorida, cambió de color: su caparazón pasó de un marrón oscuro a un tono más claro, casi enfermizo.
Sus ojos brillaban como brasas endiabladas, cargados de sed de venganza, mientras clavaba su mirada en el muchacho cubierto de su propia sangre.
—Haré un festín contigo, niño —siseó con voz venenosa—.
Te comeré pedazo por pedazo mientras aún estés consciente, no como los otros que simplemente duermen antes de ser devorados.
Pero tú… Tú destruiste mis sueños de expansión.
Me tomarán años recuperar otro aguijón.
Morirás.
De su boca emergieron dos colmillos enormes y afilados, mientras que su antena-látigo se transformó en un látigo extensible, cubierto de púas afiladas.
La punta de este se dividió en tres tentáculos serpenteantes que se lanzaron hacia Paltio con rapidez letal.
—Creo que esta vez la regaste, muchacho —indicó Golden con preocupación.
—¡Pero fuiste tú quien me dijo que le partiera su granja de Curchacos!
—respondió Paltio, corriendo desesperadamente para evitar los ataques de los tres látigos.
—Sí, pero pensé que eso sería suficiente para acabarla.
Al parecer, subestimamos su resistencia —admitió Golden—.
Creo que tendremos que subir y cavar más profundo.
—¿Eso crees?
Pues ahora será mucho más difícil con esos tentáculos persiguiéndome —replicó Paltio, jadeando mientras esquivaba los látigos que chocaban contra las paredes, dejando marcas profundas.
Los tres látigos, cada uno con púas afiladas, seguían moviéndose como serpientes danzantes, buscando atrapar al príncipe sin descanso.
—Esos látigos son nuestra solución y ventaja —indicó Golden rápidamente—.
Ve hacia esos huecos en las paredes.
Creo que están conectados entre sí.
Atrae a los látigos hacia allí; les daré una orden especial.
El muchacho aceptó la sugerencia, aunque seguía dudando de sus habilidades atléticas.
—Yo no soy bueno para los deportes —murmuró entre jadeos mientras corría—.
Por eso nunca entré a las clases de atletismo en la escuela.
Pero si mi vida está en juego, supongo que tendré que hacerlo.
El sudor corría por su frente, mezclándose con la viscosa sustancia verde que lo cubría.
A pesar de todo, una determinación feroz empezaba a arder dentro de él.
No iba a rendirse.
El chico corría como si no hubiera un mañana, con los tres látigos zigzagueando furiosamente tras él.
Los tentáculos parecían tener vida propia, persiguiéndolo con una velocidad aterradora que lo obligaba a esquivar constantemente.
—¡Corre, corre, Paltio, corre!
—le animó Golden desde su vínculo mental, tratando de infundirle fuerzas.
—¡Sí, claro, como si esto fuera fácil!
—respondió el muchacho entre jadeos, sus piernas ardiendo por el esfuerzo.
Finalmente llegó a uno de los huecos en la pared y se lanzó dentro de él sin pensarlo dos veces.
Los látigos lo siguieron de inmediato, deslizándose como serpientes hambrientas tras su presa.
Dentro del túnel oscuro, Paltio activó las luces de sus botas para ver mejor.
—Ahora, ¿por dónde me siguen?
—se preguntó, observando los múltiples caminos que se ramificaban frente a él.
Golden analizó rápidamente la situación.
—Mira, hay varios huecos interconectados.
Es tu oportunidad.
Ahora que está enojada, la reina no piensa con claridad.
Si logramos atraparla, podrás darle el golpe final.
Pero cada látigo tomó un camino diferente, moviéndose con una inteligencia casi autónoma.
Paltio tuvo que usar toda su astucia para engañarlos, llevándolos por distintos túneles, entrando y saliendo rápidamente para evitar que lo alcanzaran.
—¡No queda mucho tiempo!
—advirtió Paltio, sintiendo cómo el poder de los guantes empezaba a disiparse—.
El poder de tus guantes se acaba en cinco minutos.
Siguiendo las instrucciones de Golden, Paltio corrió desesperadamente por los túneles, guiado por las indicaciones precisas del holograma.
Finalmente, en un momento crucial, los tres látigos se encontraron de golpe, enredándose entre sí hasta formar una bola inmóvil.
Cuando Paltio emergió nuevamente por uno de los huecos, vio que la reina estaba pegada a la pared, aun forcejeando por liberarse.
—¿Dónde estás, maldito mocoso aguacate?
¡Dónde te escondes!
¡Ya voy por ti!
—gritó, furiosa—.
¿Qué pasa?
¿Por qué no puedo mover mis látigos?
—¡Rápido, Paltio!
¡Es hora!
—indicó Golden con urgencia.
—¿Hora de qué?
—preguntó el muchacho, confundido.
Sin esperar respuesta, Golden usó su telequinesis para empujar a Paltio hacia la cabeza de la reina.
El chico se aferró al cabello de la bestia, bajando rápidamente hasta su cuello.
—¿Dónde estás, mocoso?
¡Eres tú el que está arriba!
¡Muéstrate!
—gritó la reina, intentando desenredar sus látigos sin éxito.
—¡Ahora, chico!
Haz lo mismo que hiciste con su parte trasera.
No hay mucho tiempo: solo quedan sesenta segundos antes de que el poder de los guantes se agote —indicó Golden con voz tensa.
—¡Entendido!
—respondió Paltio, levantando uno de sus manos brillantes.
Con un movimiento rápido y preciso, como si estuviera cortando mantequilla con un cuchillo, asestó el golpe final sobre la cabeza de la reina monstruo.
Un destello verde iluminó la caverna cuando la criatura se desplomó inerte, acabada en el acto.
—3… 2… 1… Se acabó el poder de los guantes —anunció Golden justo cuando las manos de Paltio volvieron a estar desnudas, sin rastro de las ataduras verdes.
Pero el joven sintió cómo sus manos comenzaban a entumecerse.
—No siento mis manos… Y estoy cubierto de este líquido verde asqueroso —dijo Paltio, mirándose con repulsión.
—Bueno, creo que ni siquiera el cinco por ciento de mi poder puedes controlar por mucho tiempo —comentó Golden con una mezcla de sarcasmo y satisfacción—.
Pero menos mal que lo logramos.
Debo admitir que mi forma de dirigirte fue clave.
—¿Ah?, ¿sí?
Bueno, al menos dame algo de crédito también —replicó Paltio, cruzándose de brazos (o intentándolo, dado el entumecimiento).
—Está bien, está bien… Te doy crédito —aceptó Golden con una risita—.
Pero creo que deberíamos esperar un rato a que se te pase el calambre.
Mientras tanto, Toco-Toco luchaba ferozmente contra los Curchacos.
Sacando sus armas con agilidad felina, esquivaba a algunos de ellos mientras atacaba a otros.
—¡Son muchos, miau!
—exclamó el gato, aunque no parecía dispuesto a rendirse.
Pero, para su sorpresa, poco después los Curchacos comenzaron a tambalearse sin razón aparente.
Algunos se desplomaron en el suelo, inmóviles, como si algo dentro de ellos hubiera dejado de funcionar.
—Vaya… Parece que ese mocoso pudo con la reina, miau —murmuró Toco-Toco, observando cómo los cuerpos inertes de los Curchacos se acumulaban—.
Será mejor que libere a los demás, miau.
Una vez recuperado del entumecimiento, Paltio se acercó a la entrada bloqueada por los escombros.
Mirando hacia Golden, preguntó: —Y bien, ¿cómo vamos a salir de aquí?
Esto está completamente tapado.
—Pues por donde entramos —respondió Golden con simpleza.
—Sí, pero no podemos.
La reina colapsó y bloqueó todas las salidas —explicó Paltio, señalando la pared de rocas.
—Ya veo —dijo Golden, pensativo.
En ese momento, la gran pared de escombros comenzó a pulverizarse desde el otro lado.
Aparecieron cuatro siluetas humanas y una felina al otro extremo.
—¡Señorito Paltio, está bien!
—gritó Mok, reconociendo al príncipe entre el polvo.
—¿Mok?
¿Eres tú?
—preguntó Paltio, sorprendido.
—Sí, señorito —respondió el mayordomo con una reverencia.
—También somos nosotros —añadió Alita, sonriendo junto a Ron.
Pax permanecía de espaldas, como siempre indiferente.
—Miau, veo que están bien —comentó Toco-Toco, acercándose al grupo.
—Gato, ¡por tu culpa casi me muero por segunda vez!
—reclamó Paltio, lanzándole una mirada molesta mientras se aproximaba.
—Pero no te moriste, miau —replicó Toco-Toco con desenfado.
—Toco-Toco nos liberó de esas prisiones viscosas y luego vinimos a salvarlo, señorito —intervino Mok, ajustándose el saco—.
Pero, señorito, ¿de qué se ha ensuciado?
Huele feo.
—Es la sangre de la reina Curchacos —explicó Paltio, señalando su ropa cubierta de líquido verde viscoso.
—Ah, claro… Ese líquido ámbar que cubre todo tu cuerpo explica por qué ustedes también están llenos de esa cosa pegajosa por todo el traje.
Salir de esas prisiones líquidas no fue precisamente un paseo, ¿verdad?
—observó Paltio con una mezcla de sarcasmo y comprensión.
Alita arrugó la nariz con visible disgusto mientras intentaba limpiarse el residuo viscoso de su brazo.
—Ni me lo recuerdes —dijo con un tono que oscilaba entre el asco y la resignación—.
Esto es lo más asqueroso que he tenido que soportar.
Ron soltó una risa seca al verla luchar contra la sustancia adherida a su ropa.
—Bueno, al menos hueles como un dulce derretido —bromeó, ganándose una mirada fulminante de Alita.
—No empieces, Ron —advirtió ella, señalándolo con un dedo aún cubierto de líquido ámbar—.
A menos que quieras ayudarme a quitarme esto.
Pax, siempre imperturbable, simplemente se cruzó de brazos mientras inspeccionaba su propia armadura, manchada pero intacta.
—Necesito cambiarme esto de inmediato —añadió la muchacha, cruzándose de brazos.
—Espero que no nos encontremos con otro monstruo tan asqueroso creado por tu amo Pax —indicó Ron, y Alita asintió vigorosamente en acuerdo.
Después de limpiarse un poco de la baba de los Curchacos, Paltio y compañía comenzaron a liberar a las personas atrapadas.
Una vez fuera, los rescatados empezaron a levantarse y agradecer efusivamente al grupo por salvarlos.
—En agradecimiento, les hemos traído unas mudas de ropa —dijo uno de los comerciantes, entregando prendas limpias a Alita y Ron—.
Sabemos que el señorito Paltio tiene más ropa en su bolsa, además de la que le dio Mok para guardar.
—Les daría de mi ropa, chicos, pero no creo que les quede, sobre todo a Ron, que es más alto que yo —bromeó Paltio, provocando risas en el grupo.
—Menos mal que ellos nos dieron algunas mudas —comentó Alita, revisando la ropa limpia.
—¿Y tú no vas a cambiarte nada, Pax?
—preguntó Paltio, mirando al guerrero.
—No.
Solo tendré que limpiar la armadura —respondió Pax con su habitual seriedad.
Uno de los comerciantes intervino entonces: —Pueden cambiarse y bañarse en unas aguas termales que hay no muy lejos de aquí.
—Excelente —dijo Mok, pidiendo indicaciones detalladas.
Luego, dirigiéndose a los rescatados, preguntó—: Y, ¿hacia dónde se dirigen?
—Bueno, muchacho, nos dirigimos a Fuertelia —respondió uno de los comerciantes—.
Somos nómadas y hacemos cambios y trueques en cada pueblo.
—Pero deben tener cuidado con el ejército de sombras —advirtió Paltio, frunciendo el ceño.
—¡Las sombras!
—exclamó el hombre, riendo despreocupadamente—.
No les tenemos miedo.
Nosotros no somos parte de ninguno de los cinco reinos ni de Avocadalia.
Somos gente nómada, y como te has dado cuenta, venimos de diversas partes de los reinos.
Vamos de lugar en lugar ofreciendo productos.
Eso les pareció bueno a las sombras, y nos dieron carta abierta para realizar el traslado de mercancías por estos reinos y otros lugares.
El hombre, un Pinkerton llamado Jorl, llevaba una túnica blanca adornada con aretes de plumas.
Su semilla central era pequeña en comparación con la de Paltio.
Con orgullo, mostró al grupo una carta firmada que les garantizaba libre acceso a cualquier territorio sin interferencias.
—Está firmada por el mismísimo Urugas —observó Ron, examinando el documento con curiosidad.
¡Urugas!
dijeron todos al unísono.
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