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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 231

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  4. Capítulo 231 - 231 El Ogro Avaro
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231: El Ogro Avaro 231: El Ogro Avaro “Adiós, monstruosa mosca,” le dijo Rocky a Glutto mientras sus garras cargadas de energía impactaban con fuerza letal contra la piedra incrustada en su frente.

El golpe fue devastador: la roca se fracturó en mil pedazos, pero eso no fue suficiente.

El Irconio que había cubierto el cuerpo de Glutto comenzó a consumirlo por completo, desintegrándolo hasta que no quedó ni rastro del demonio.

El espacio que rodeaba a Rocky empezó a desquebrajarse, como si el dominio de Glutto estuviera colapsando bajo el peso de su derrota.

Un suspiro de satisfacción escapó de los labios del topo monstruo mientras se echaba al suelo, exhausto pero orgulloso.

“Ya no podía pelear en mi elemento, la tierra,” reflexionó Rocky mientras observaba cómo todo el dominio de Glutto se desmoronaba a su alrededor.

“Pero tuve que usar mis habilidades e ingenio…

Todo por Paltio.” Cerró los ojos un momento, permitiéndose descansar antes de lo que vendría después.

En otro lugar… Eveldow, el fantasma atormentado, no estaba teniendo tanta suerte.

Montones de monedas caían sobre él, cada una capaz de derretir cualquier cosa que tocara.

Todo había sido un vil engaño orquestado por Greedo, quien solo buscaba ganar tiempo para que la Parca reclamara el alma de Eveldow.

De repente, el tiempo se detuvo.

Una voz familiar resonó en la mente del fantasma.

“Vaya, veo que hasta los fantasmas quieren ayudar a Paltio,” dijo Avocios con calma.

“¿Querer a ese mocoso?

¡Ja!

Solo vine porque su alma será mía,” respondió Eveldow con sarcasmo, aunque algo en su tono sonaba forzado.

“¿En verdad?” replicó Avocios, escéptico.

“No será por otra razón…” Eveldow guardó silencio por un momento antes de hablar.

“Bien, te lo diré.

La verdad es que fue por el pequeño Milko.

Cuando la reina Strongia vino a vernos, nos pidió ayuda en su guerra.

Nos prometió que, si apoyábamos a Paltio, dejarían tranquilo mi hogar y retirarían a las sombras molestas de mi reino.

Además, Milko no dejaba de hablar de apoyar a su amigo Paltio, poniendo esos ojos de cachorro triste…” Eveldow hizo una pausa, como si recordar esa escena lo incomodara.

“Eso no creo que sea toda la razón,” interrumpió Avocios con una sonrisa invisible.

“Bien, también fue porque yo… Yo fui el antiguo rey de Fuertelia,” admitió Eveldow finalmente, su voz cargada de culpa.

“Por mi codicia, muchos murieron.

El castillo donde vivía se incendió por mi descuido, atrapando a todos dentro.

Ahora moro entre esos escombros, atesorando lo poco que queda de lo que alguna vez fue mi hogar.” “Lo sabía.

No eres una persona, bueno, fantasma de mal corazón,” dijo Avocios con un tono cálido.

“Claro que no.

Solo oculto mis sentimientos porque tengo pendientes y cosas que me aquejan, como dejar que tantos murieran por mi culpa,” continuó Eveldow.

“Es por eso que no puedo resistirme ante la dulzura de Milko, y tampoco puedo ignorar que Paltio es un niño que quiere lo mejor no solo para su pueblo, sino para todos.” “Lo ves, aún tienes esa fortaleza y bondad en tu oscuro corazón,” afirmó Avocios.

“Si nos ayudas, le diré a los guardianes que renueven tu castillo y que vuelva a brillar como antes.” “¿De verdad harías eso por mí?” preguntó Eveldow, sorprendido y esperanzado.

“Así es, puedes darlo por hecho,” respondió Avocios con firmeza.

“Bien, que no se diga más.

Voy a vencer a ese sujeto codicioso, aunque yo también lo soy,” declaró Eveldow con renovada determinación.

“Esa es la actitud,” dijo Avocios antes de desvanecerse de su mente.

“Pero ¿cómo voy a pelear contra ese sujeto?

Él tiene poder, y a mí me lo quitaron,” protestó Eveldow con frustración, mirando sus manos como si buscaran alguna señal de fuerza.

“Bien, pero antes de que fueras un fantasma, también fuiste uno de la familia Fuerte… y uno muy poderoso,” respondió Avocios con calma volviendo a hablar en la mente de Eveldow, su voz cargada de confianza.

“Es verdad…

Usaré mi poder de los Fuerte.

Gracias, Avocios, por recordármelo.

Bueno, hace tiempo que no lo usaba, pero aquí va,” dijo Eveldow mientras comenzaba a concentrar su energía.

De pronto, su cuerpo empezó a brillar con una luz tenue pero intensa.

A su alrededor, raíces oscuras emergieron del suelo, cubriéndolo por completo en un manto sombrío.

En cuestión de segundos, su figura quedó envuelta en una armadura negra imponente, cada detalle tallado con precisión y poder.

“Vaya, hace tiempo que no obtenía mi armadura oscura,” murmuró Eveldow, observándose con admiración.

“Aunque antes era de un color roja carmesí…

En ese tiempo me conocían como el Caballero Carmesí, pero luego cambié a Caballero de Armadura Oscura.

Aunque es un nombre muy largo,” añadió con una leve risa mientras se tocaba la cabeza.

La armadura que rodeaba a Eveldow era majestuosa: cubría todo su cuerpo, incluyendo su rostro, y unas alas de dragón decoraban los costados de su casco, dándole un aire intimidante y regio.

“Pronto, Eveldow, el tiempo volverá a activarse.

Es momento de que actúes.

Te veo del otro lado,” dijo Avocios antes de desvanecerse de su mente.

El tiempo volvió a la normalidad, y las monedas destructoras del Greedstorm reanudaron su caída.

Sin embargo, estas ya no podían hacerle daño a la armadura de Eveldow.

Con un movimiento rápido, golpeó una fila de monedas que estaban suspendidas en el aire, enviándolas directamente hacia el estómago de Greedo.

“¡Maldito!

¿Pero quién eres tú?” gritó Greedo, sobresaltado por el repentino cambio en su oponente.

“Soy yo, Eveldow, y vengo por la revancha,” respondió con firmeza.

“Si acabo contigo antes de que el tiempo se agote, habré ganado, y tu alma será llevada por la muerte.” “Así es, ya era tiempo de que te dieras cuenta,” replicó Greedo con arrogancia.

“Pero no creo que lo logres.

Además, solo te quedan cinco minutos,” añadió, burlándose descaradamente.

“Bien, es todo lo que quería saber.

Con cinco minutos me basta y me sobra.

Te arrepentirás de haberme traído de vuelta a la vida,” declaró Eveldow con determinación.

Con un movimiento veloz, avanzó hacia Greedo y lanzó un potente golpe con su guantelete oscuro, impactando directamente en la mandíbula de su enemigo.

El golpe fue tan fuerte que Greedo salió disparado hacia atrás, estrellándose contra una de las columnas de oro cercanas.

Greedo se levantó con dificultad, tocándose la mejilla del lado donde había perdido sus dientes.

Su expresión era una mezcla de furia y dolor mientras miraba a Eveldow con odio.

“¡Maldito!

¿Cómo te atreves?” rugió Greedo, su voz resonando como un trueno en el ambiente.

“¡Vas a morir por esto!” Con un grito desgarrador, Greedo invocó su poder: “¡Ven a mí, demonio de la avaricia!” De inmediato, su cuerpo comenzó a cambiar.

Se transformó en una criatura colosal, parecida a un ogro rojo infernal.

Sus cuernos, arqueados como los de una cabra, brillaban con aros de oro que los rodeaban.

Enormes colmillos afilados sobresalían de su mandíbula inferior, apuntando hacia arriba, y un collar pectoral de oro adornaba su torso, con una estrella dorada colgando de él.

Llevaba una especie de falda negra bordada en oro, similar a una vestidura ceremonial, y en su mano sostenía un cetro largo bañado en oro puro que irradiaba riqueza y poder.

“Vaya, vaya…

Pero qué ostentoso resultaste ser,” comentó Eveldow con sarcasmo, observando al demonio con una mezcla de asombro y burla.

“¡Silencio!

¡A callar, inútil!

Aquí soy yo el amo y señor del dinero y el egoísmo, lo mismo que veo en tu corazón,” respondió Greedo con arrogancia, señalando acusadoramente a Eveldow.

“Es verdad.

Admito que soy muy egoísta y avaro,” dijo Eveldow, tratando de que la palabra “generosidad” saliera de su boca con esfuerzo.

“Pero quieras o no, aún tengo algo de generosidad dentro de mí.

Es algo que me hicieron recordar,” añadió, refiriéndose claramente a las palabras de Avocios.

“¡Voy a acabar contigo!” declaró Eveldow con firmeza, su armadura oscura brillando bajo la luz dorada que emanaba del demonio frente a él.

“No lo creo.

Eres un simple humanoide avocado, ya no eres un fantasma,” replicó Greedo con desdén, mostrando una sonrisa burlona mientras señalaba el reloj de arena que flotaba a su lado.

La arena estaba a punto de agotarse.

“Muy pronto, no serás nada.” Golpeando tres veces el suelo con su cetro, Greedo se sentó en un trono hecho completamente de oro que relucía con un brillo casi cegador.

De repente, varios soldados cubiertos de oro emergieron de las sombras, bloqueando el camino de Eveldow.

Eveldow miró a sus enemigos con determinación.

Sabía que no sería una batalla fácil, pero algo dentro de él le decía que este era el momento de enfrentar sus miedos y culpas.

“Es hora de pelear,” murmuró para sí mismo mientras avanzaba hacia los soldados dorados.

“Y puede que este sea un buen momento para morir,” añadió, aunque su tono no era de resignación, sino de aceptación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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