La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 232
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- Capítulo 232 - 232 Una Segunda Oportunidad
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232: Una Segunda Oportunidad 232: Una Segunda Oportunidad Eveldow observó a todos los soldados dorados que Greedo había creado, pero eso no lo detendría.
Con resolución en su mirada, comenzó a avanzar lentamente, luego rompió a correr hacia ellos.
Los enemigos intentaban bloquearle el paso, pero con un solo golpe devastador, derribaba a varios de ellos al mismo tiempo.
Docenas, miles, incluso millones de enemigos emergieron del cetro de Greedo, cada uno recibiendo una moneda que los transformaba en soldados de oro armados con lanzas y espadas.
Su objetivo era claro: detener a Eveldow a toda costa.
Sin embargo, algo había cambiado en él.
Ahora era imparable.
Con cada ataque, barría hordas enteras de adversarios como si fueran simples obstáculos en su camino.
Greedo reía desde su trono dorado, disfrutando del espectáculo.
“¡No puedes avanzar!” gritó con arrogancia, señalando el reloj de arena que flotaba junto a él.
La arena estaba a punto de agotarse.
Eveldow miró a sus oponentes y tomó una decisión estratégica.
Comenzó a golpear filas enteras de soldados, creando una especie de plataforma con sus cuerpos.
Siguió golpeando y golpeando hasta formar grandes líneas de enemigos caídos.
Luego, aprovechando su impulso, utilizó esos cuerpos como una garrocha improvisada, lanzándose hacia el aire con asombrosa velocidad.
Con la energía que le otorgaba su armadura oscura, saltó directamente hacia el cetro de Greedo.
Con un movimiento preciso, destrozó el cetro de un solo tajo, como si fuera un cuchillo cortando mantequilla.
El cetro se partió en dos, y en ese instante, todos los soldados dorados desaparecieron en una explosión de luz dorada.
“¡¿Qué?!
¡Eso es imposible!” gritó Greedo, incrédulo ante lo que acababa de presenciar.
Pero antes de que pudiera reaccionar, Eveldow aprovechó su momento de pánico y confusión.
Se impulsó sobre el estómago de Greedo, rebotando como si fuera un trampolín.
Con un salto calculado, Eveldow golpeó con el puño el abdomen de Greedo, usando el impacto para catapultarse hacia su frente.
Recordaba claramente las palabras de Avocios: El punto débil está en su frente.
Greedo sintió un dolor punzante en el estómago que lo hizo inclinar la cabeza hacia abajo.
Fue entonces cuando Eveldow aprovechó el momento: lanzó una poderosa patada directamente hacia la piedra incrustada en la frente de Greedo.
La piedra se fracturó con un sonido ensordecedor.
“¡NO!” gritó Greedo, tocándose la frente mientras caía de rodillas.
“¡No debiste hacer eso!
¡Morirás por esto!” amenazó, aunque su voz temblaba de miedo.
Pero algo ocurrió.
Unas manos huesudas emergieron de la nada, agarrando a Greedo con firmeza.
Una figura encapuchada apareció lentamente, revelando un cráneo macabro bajo su capucha.
Era la Parca.
“Es tu hora,” dijo la Muerte con una voz helada que resonaba como un eco eterno.
“¡Pero!
¡qué dices!
¡Yo gané!” protestó Greedo, aunque sabía que estaba mintiendo.
Para su horror, el reloj de arena ya había dado su último grano de arena justo cuando Eveldow rompió la piedra.
Él era el verdadero ganador.
“¡No, no, no!
¡No, me puedes llevar!
¡Te puedo dar todo el dinero de este mundo y de cualquier otro!
¡Solo déjame seguir aquí!” suplicó Greedo, su arrogancia desvaneciéndose por completo mientras era arrastrado hacia el oscuro abismo.
“Lo siento, pero las reglas son las reglas,” respondió la Muerte con indiferencia, llevándose el alma de Greedo hacia su reino eterno.
“No, ¡no!” gritaba el alma de Greedo mientras desaparecía junto con la Parca.
Antes de irse, la Muerte se detuvo un momento frente a Eveldow y le dijo: “Hoy ganaste nuevamente, suertudo,” antes de desvanecerse en la oscuridad.
“¿Qué?
¡Espera!
¿Eso quiere decir que no me vas a devolver mi forma de espíritu?” protestó Eveldow, mirando hacia donde había estado la figura encapuchada.
Pero ya era tarde; la Parca se había retirado sin dejar rastro.
El dominio de la avaricia comenzó a derrumbarse a su alrededor, marcando el final definitivo del concejal de la avaricia.
En otro lugar… Alita y Nakia seguían atrapadas en el caleidoscopio de la envidia, luchando contra una tormenta de pensamientos reprochadores que las consumían por completo.
Las voces dentro de sus mentes les recordaban los rencores de quienes las rodeaban, alimentándose de celos, resentimientos y una mezcla tóxica de emociones negativas que las estaba destrozando poco a poco.
La situación empeoraba cada vez más.
Las dos jóvenes estaban sumergidas en un mar de sinsabores y pensamientos oscuros, incapaces de distinguir qué era real y qué no.
Todo parecía tan tangible, tan dolorosamente verdadero…
hasta que el tiempo se detuvo.
La voz de Avocios resonó en sus mentes como un eco tranquilizador.
“Tranquilas, chicas.
Esto no es real.
Está solo en sus mentes.
El enemigo quiere jugar con ustedes y alimentarse de esos sentimientos negativos.
Por favor, entren en sí.” Pero las palabras apenas lograban penetrar el velo de confusión que las envolvía.
Alita y Nakia estaban absortas en sus propios laberintos mentales, sus pensamientos desvariaban, perdidos entre lo real y lo imaginario.
“¡Deben luchar!” insistió Avocios con firmeza.
Entrando directamente en sus mentes, proyectó una imagen de Paltio frente a ellas.
“Paltio las necesita, al igual que él a ustedes.
Abran sus ojos.” Con un toque suave en sus frentes, Avocios hizo que ambas brillaran con una luz cálida y pura.
La ilusión comenzó a disiparse, revelando que todo había sido una artimaña del enemigo.
Alita y Nakia abrieron los ojos lentamente, viendo por primera vez la verdad ante ellas.
Avocios apareció en sus mentes, sonriendo con serenidad.
“Es hora de que salgan y combatan a su enemigo.” Ellas observaron el lugar colorido en el que se encontraban, enfrentándose finalmente a sus versiones negativas, aquellas que estaban llenas de resentimiento, envidia y odio.
Con determinación renovada, canalizaron sus sentimientos puros y de esperanza, derrotando una tras otra a esas manifestaciones tóxicas hasta que no quedó ninguna.
Al acabar con todas esas versiones negativas, lograron regresar al cuarto de espejos dentro del caleidoscopio.
Nakia, furiosa por lo que le habían hecho ver, decidió tomar el control de la situación.
Se transformó en su FELICA FORM, invocando una de sus poderosas pócimas.
En un instante, su cuerpo creció hasta alcanzar dimensiones enormes, convirtiéndose en un majestuoso ave gigante con alas inmensas que brillaban bajo la luz.
Con un potente aleteo, rompió el caleidoscopio en dos, liberándose de la prisión que las había atrapado.
Alita subió rápidamente a su espalda, aferrándose mientras Nakia volaba hacia la libertad.
“¿Cómo es posible?” exclamó la villana con incredulidad al ver cómo una enorme ave azul emergía del caleidoscopio destrozado.
“¡Ah!
Son ustedes, tontas,” rugió Envydas, su voz cargada de furia mientras comenzaba a conjurar sus espejos mágicos.
De los espejos salieron versiones distorsionadas de enemigas conocidas, cada una reflejando los peores temores y resentimientos de Alita y Nakia.
Sin embargo, antes de que pudieran causar algún daño, Nakia extendió sus enormes alas y lanzó un aleteo tan poderoso que todos los espejos se hicieron añicos.
“¡Malditas!
¿Cómo pueden hacer eso?
¡Se supone que mis espejos no pueden ser destruidos!” gritó Envydas, incrédula ante lo que acababa de presenciar.
“Nada es indestructible,” respondió Nakia con firmeza, su voz resonando como un eco imponente mientras volaba majestuosamente sobre el campo de batalla.
“¡Ese mismo truco no servirá con nosotras!
Además, no creemos en la suerte,” declaró Alita, poniéndose de pie sobre el lomo de Nakia.
Con un movimiento fluido, conjuró un disco enorme cargado con los cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire.
Lo lanzó con precisión quirúrgica, cortando a Envydas por la mitad.
La mujer chacal cayó al suelo, dividida en dos partes, gimiendo de rabia.
“¡Malditas!
¡Ya verán!
¿Cómo puede ser?
No percibo envidia en sus corazones…
¿Qué pasó?
¡No puede ser posible!
¡Esto me lo pagarán!” vociferó con odio desbordante.
En ese momento, invocó su verdadero poder: “¡Ven a mí, demonio de la envidia!” Las dos partes de su cuerpo comenzaron a unirse lentamente gracias a unos tentáculos oscuros que emergieron de ambas mitades.
Su figura empezó a transformarse, alargándose y estirándose hasta tomar la forma de una criatura monstruosa.
Era una enorme serpiente con ojos cristalinos que irradiaban un brillo endemoniado.
Sus fauces se abrieron, revelando colmillos gigantescos, y su cola terminaba en una punta afilada como una lanza.
Desde su abdomen surgieron cuatro tentáculos largos y flexibles, cada uno culminando en una punta de flecha letal.
La criatura avanzó hacia ellas con movimientos sinuosos, su mirada cargada de envidia y desprecio.
Una voz gutural y maligna emergió de su garganta: “Ya no las quiero como souvenirs…
Ahora morirán aquí.”
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