La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 238
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238: El Despertar 238: El Despertar “Vamos, muchacho, resiste,” dijo la nube en forma de mujer, inclinándose sobre Paltio mientras este yacía en el suelo, retorciéndose de dolor.
“No te mueras, ya llega la ayuda,” añadió con urgencia, observando cómo los amigos del muchacho luchaban desesperadamente contra los siete concejales de las sombras.
“Paltio, no te mueras, muchacho.
La ayuda está en camino, resiste,” le repetía ella, notando que el estado de Paltio empeoraba con cada segundo.
“No puedo hacer nada porque mi señor me prohibió intervenir… Pero ¿qué más da?
Solo le daré un poco más de tiempo para que tenga una oportunidad de vivir,” murmuró la nube para sí misma.
Con delicadeza, tocó el cuerpo de Paltio con sus manos etéreas, transmitiendo ondas de energía que mantenían al muchacho consciente, evitando que cerrara los ojos y sucumbiera ante la muerte.
Mientras tanto, en lo más profundo de su mente, dentro del subconsciente, Paltio sentía un dolor insoportable.
La herida causada por Tejod se había abierto nuevamente, y la sangre fluía desde su corazón, el lugar donde el ataque había impactado.
“Ahora sí, en serio moriré,” pensó Paltio, mientras imágenes de toda su vida comenzaban a desfilar frente a él: tanto los momentos buenos como los malos.
De repente, apareció una puerta envuelta en una luz cegadora, y unas voces susurrantes comenzaron a hablarle.
“Ya disté todo, campeón.
Es momento de seguir el camino,” decían unas voces suaves y tranquilizadoras.
Sin embargo, otras voces más firmes intervinieron: “Espera, aún hay tiempo.
No puedes morir todavía.
Tus amigos y el mundo te necesitan.
No vayas hacia la luz, no aún, jovencito,” le decía la voz de la mujer nube, resonando en su mente como un eco insistente.
“¡Vamos, muchachos, dense prisa!
¡Paltio va a morir!” gritó la nube mujer, dirigiéndose hacia alguien invisible en el aire.
“Tranquila,” respondió una voz calmada y familiar.
“¿Señor Avocios?
¿Es usted?” preguntó ella, sorprendida.
“Sí, soy yo,” indicó Avocios con serenidad.
“Vaya, ¿quién pensaría que mis hermanos te enviarían para apoyarme?” dijo Avocios, con una mezcla de asombro y alivio en su voz, mientras observaba a la mujer nube con atención.
“Bueno, no exactamente,” respondió ella, bajando la mirada como si evitara encontrarse con los ojos de Avocios.
“Me enviaron a observar los disturbios en este lado.
Yo no quería involucrarme directamente, y bueno… ya sabes que no podía interferir abiertamente,” explicó ella, su voz cargada de preocupación y un ligero reproche hacia sí misma.
“Sí, lo sé.
Pero también sé que eres un ente de buen corazón y siempre apoyas sin dudarlo,” dijo Avocios, su tono suave pero melancólico.
Hizo una pausa antes de continuar: “Lástima que no pudiste hacer lo mismo con aquellos a quienes amabas.” Sus palabras flotaron en el aire, llenas de compasión y tristeza.
“Sí, lo sé, señor,” respondió ella, su voz entrecortada por la emoción.
Una lágrima etérea se deslizó desde su forma hecha de nube, disolviéndose antes de tocar el suelo.
“Señor, deben darse prisa.
Es todo lo que puedo hacer por el muchacho.
Ya puedo ver a la parca muy cerca, y quiere reclamar el alma de este niño,” indicó ella, visiblemente angustiada.
“Sí, eso ya lo sé.
Es por eso que ya sé lo que debo hacer.
Puedes darles un mensaje a mis hermanos de mi parte,” dijo Avocios con determinación.
“Señor, no me diga que va a…,” indico ella, alarmada.
“Sí, así es.
Pero ya tengo en mente a alguien mucho mejor que pueda seguir y cambiarlo todo para bien,” respondió Avocios, su voz cargada de una mezcla de tristeza y esperanza.
“¿Se refiere a este muchacho que está conmigo?” preguntó ella, señalando a Paltio.
“Sí, él será una mejor entidad de lo que yo puedo ser,” afirmó Avocios con convicción.
Avocios le entregó el mensaje a la nube mujer y luego añadió: “Tengo algo que hacer.
Por favor, mantén estable al chico.” “Haré lo que pueda,” prometió ella, dedicándose nuevamente a cuidar de Paltio mientras veía cómo Avocios se alejaba con paso firme, listo para cumplir su propósito.
En ese momento, Avocios desapareció de la vista de todos, reapareciendo instantes después junto a los amigos de Paltio para apoyarlos en su lucha final contra los siete concejales de las sombras.
Con su ayuda, lograron liberarse uno a uno.
Toco-Toco, con un último esfuerzo, derrotó al enemigo que tenía enfrente.
Una vez liberados, Avocios descendió lentamente del cielo.
Se le notaba exhausto, su luz habitual apagándose como una vela a punto de extinguirse.
Sin embargo, no se detuvo.
Colocó una de sus manos sobre la esfera de deseo y la otra en la frente de Paltio.
Comenzó a canalizar su energía para sanar la herida mortal que Tejod había causado en el corazón del muchacho.
De pronto, Urugas lanzó un rayo letal que atravesó el pecho de Avocios.
A pesar de esto, Avocios continuó con lo que tenía que hacer, sin emitir queja alguna.
Los amigos de Paltio, viendo el sacrificio de su creador, se colocaron firmemente frente a él, formando una barrera protectora contra los ataques del señor maligno.
“Bien, es mi turno,” dijo Avocios en la mente de todos, despidiéndose con ternura.
“Pero no del todo, porque siempre estaré en sus corazones… y en el espíritu del muchacho, por Paltio.” Mientras esto sucedía, Paltio seguía indeciso frente al umbral.
La puerta lo llamaba con insistencia, prometiendo libertad de toda carga y peso, invitándolo a convertirse en parte del universo.
El umbral comenzó a transformarse en un portal lleno de espíritus luminosos que lo observaban con calma, extendiendo sus manos hacia él en una invitación silenciosa.
En ese instante, la esencia de Avocios entró en el cuerpo de Paltio.
Al abrir los ojos, vio a la nube mujer frente a él.
“He vuelto, como te prometí,” dijo Avocios con voz suave.
“Señor, no hay mucho tiempo.
El chico ya está por cruzar el umbral al otro mundo,” respondió ella con urgencia.
Avocios, sin perder un segundo, tomó a Paltio en sus brazos y conectó su mente con la del muchacho.
“No vayas hacia la luz, hijo mío.
He venido por ti,” dijo Avocios con firmeza y cariño.
Paltio, que ya estaba a punto de cruzar el umbral, se detuvo al escuchar la voz de Avocios.
Lentamente, giró su cabeza hacia él.
“¿Señor?
¿Qué hace aquí?” preguntó Paltio, desconcertado.
“Ya es hora, mi niño.
Tú eres mi verdadero heredero.
Eres parte de mí,” dijo Avocios con una serenidad que resonaba como un eco eterno en el espacio infinito.
Hizo una pausa, mirando a Paltio con una mezcla de orgullo y melancolía.
“Sí, bien sabes que todos en este sector del universo fueron creados por mis poderes.
Pero tú…
tú eres diferente.
Tú eres una porción de mí mismo, sacada de mi propio ser.
La energía que recorre tu cuerpo no es simplemente un regalo; es mi propia esencia hecha vida.” Avocios extendió su mano hacia Paltio, dejando que una luz cálida fluyera entre ambos como un puente invisible.
“Es por eso que puedes utilizar el poder de mi guardián, Golden.
No es solo un privilegio; es una conexión única que refleja lo profundo de nuestro vínculo.” Su voz era firme pero cargada de emoción, como si cada palabra fuera un legado que quería grabar en el alma de Paltio para siempre.
“Eso tiene sentido ahora.
Por eso pude usar el poder de Golden sin que él estuviera cerca de mí,” respondió Paltio, comprendiendo finalmente la conexión que siempre había sentido.
“¿Pero?
¿qué es este lugar?” preguntó Paltio, mirando a su alrededor con asombro.
“Este es el umbral de los muertos.
Aquí, tu ser se transforma en energía pura y es liberado en el universo.
Puedes reencarnar en otro ser, pero si no vencemos a Urugas aquí y ahora, no habrá un mundo al que regresar,” respondió Avocios con gravedad.
“Bien, entonces hay que volver,” dijo Paltio acercándose a Avocios con determinación.
De repente, apareció la mismísima Muerte, una entidad tenebrosa envuelta en una túnica negra con capucha, portando una guadaña en su mano derecha.
Sin rostro visible, su voz resonó con un eco tétrico: “El muchacho no puede irse de este sitio.
Es su momento.” Con un movimiento rápido, la Muerte sujetó uno de los brazos de Paltio, impidiendo que se alejara.
“Sabía que estarías aquí.
Después de todo, eres una presencia cósmica aún más poderosa que mis hermanos y yo,” dijo Avocios con calma, enfrentándose a la figura sombría.
“Pero, señora Muerte, hoy vengo a hacer un trato contigo.” “¿Qué tienes tú para ofrecerme a cambio de dejar que este muchacho siga vivo?” preguntó la Muerte, su tono lleno de curiosidad oscura.
“Le daré mi alma a cambio de la vida del muchacho,” respondió Avocios sin dudar.
“El alma de una entidad cósmica…
en lugar de la de un simple mortal,” reflexionó la Muerte en voz alta.
“Bien, acepto.” “¡No, Avocios, no hagas eso!” gritó Paltio con la voz entrecortada, sus ojos llenos de lágrimas.
“Tranquilo, niño.
Como ya te dije en aquella ocasión, sé que es algo egoísta de mi parte dejarte todo el problema a ti, pero confío plenamente en que lo harás bien.
Serás una nueva entidad, y sé que lo harás mejor de lo que yo jamás pude,” dijo Avocios con una sonrisa cálida.
“Yo ya he vivido lo suficiente.” “Pero, señor…
¡no lo haga!” suplicó Paltio, sollozando desconsoladamente.
“Tranquilo, mi hijo.
Bueno, mi hijo hecho de mi propia energía.
Soy el único de mis hermanos en tener un heredero,” añadió Avocios con un brillo de orgullo en su mirada.
“Recuerda, siempre estaré dentro de ti cada vez que me necesites.” “Pero, señor… Golden se pondrá triste por su partida,” murmuró Paltio, intentando encontrar una razón más para detenerlo.
“Tranquilo, él estará bien.
Ahora ellos serán tus guardianes,” respondió Avocios con firmeza.
“¡Muchacho!” Avocios miró a la Muerte y le hizo una seña, indicándole que liberara a Paltio para un último abrazo.
La Muerte, comprendiendo la petición, soltó al muchacho.
Paltio corrió hacia su creador y lo abrazó con fuerza.
En ese instante, toda la energía contenida en el cuerpo de Avocios comenzó a filtrarse en el de Paltio, llenándolo de luz y poder.
“Cuídate, Paltio.
Sé feliz,” dijo Avocios con su último aliento.
“Te quiero, Paltio.” Y con esas palabras, su cuerpo se desvaneció por completo.
La Muerte tomó el alma de Avocios y, tras una breve pausa, cerró el umbral detrás de ella, desapareciendo en la oscuridad.
“¡No!” gritó Paltio con lágrimas en los ojos, cayendo de rodillas mientras veía cómo su creador se iba para siempre.
Pero en ese momento, comenzó a escuchar las voces de sus amigos llamándolo desde la distancia.
“Paltio, ¡vuelve!
¡Despierta!” gritaban todos al unísono, luchando desesperadamente para protegerlo de los ataques de Urugas.
Paltio se secó las lágrimas con determinación y, en un destello de luz, fue teletransportado de regreso a su mente.
Al abrir los ojos de su mente, vio a la nube mujer frente a él.
“Gracias a ti,” le dijo Paltio con gratitud.
“No hay de qué.
Ve y acaba con el mal antes de que sea demasiado tarde,” respondió ella con una sonrisa suave antes de desvanecerse por completo.
La mente de Paltio comenzó a emanar una energía inmensa, brillando con una intensidad que iluminó todo el lugar.
“¡Vamos, Paltio!” gritaban sus amigos, viendo cómo el cuerpo del muchacho seguía inmóvil, aunque ahora rodeado de una luz cegadora.
El cuerpo sin vida de Avocios yacía a su lado convirtiéndose en polvo, un recordatorio silencioso del sacrificio que había permitido este momento.
Mientras sus amigos lo protegían de los ataques de Urugas, una luz brillante envolvió por completo el cuerpo de Paltio.
“Acabo de despertar…
y voy por ti, Urugas,” dijo la voz de Paltio, cargada de determinación y poder renovado.
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